viernes 25 de noviembre de 2011

Adorno: pensar contra el todo. La dialéctica negativa.

Theodor W. Adorno desarrolla en su libro Dialéctica negativa una versión de la dialéctica hegeliana tradicional en la que resalta la negatividad, entendiendo por ésta, la impugnación de toda identidad desde un no-ser disolvente que no admite integración de la contradicción en una nueva identidad superior, como sí ocurría en Hegel. Esto implica que en Adorno se da una especie de agitación constante que marcha contra corriente, a contrapelo, en medio de paradojas y antítesis en las cuales su pensamiento fluye como dando saltos de un extremo a otro, afirmando lo que al siguiente momento niega, y viceversa. La prosa de Adorno es como un cauce de aguas que se arremolinan, de fuertes corrientes, en un río que nos obliga a una navegación en perpetua alerta, en medio de zarandeos. No es el elegante fluir de la prosa y el pensamiento hegeliano, sino un atormentado trasiego que sin embargo deja un cierto regusto placentero. El pensamiento dialéctico de Adorno busca no detenerse nunca, no paralizarse ante la supuesta opacidad de las cosas. Recuerda enormemente al Lukács de Historia y conciencia de clase, por su crítica al pensamiento cosista. De hecho, gran parte del libro de Adorno que nos ocupa, es una contundente impugnación de lo que él llama filosofías de la identidad. El pensamiento de la identidad obra identificando identidades, es decir, totalizando, dotando de unidad consistente y subsumiendo lo particular en el todo. Así han operado, por ejemplo, el platonismo, el hegelianismo, el idealismo subjetivista, el objetivismo positivista. Es lo que llegó a su culminación con la Modernidad, aunque Adorno señala que en la Ilustración, dentro de la cual y a pesar de haberse dedicado a dinamitarla (Dialéctica de la Ilustración) creo que se considera. La Ilustración es, para él, además de identidad, su contrario: disolución, acidez disolvente. Es el aspecto de la misma que conecta con el afán que guía al alemán en su Dialéctica negativa, un afán, también, demoledor y disolvente. Lo que ocurre con la Ilustración ha sido una oscilación de la razón que para cuestionar al mito ha acudido a un pensamiento de la identidad, naturalista, de fenómenos y cosas, que ha acabado incurriendo en nuevas mitologizaciones modernas, es decir, en una nueva cosificación (reificación) estabilista del mundo, en una nueva opacidad en la que la sociedad y el pensamiento que piensa la sociedad se topan, de nuevo, con insuperables opacidades.

Adorno va desarrollando las consecuencias de las distintas formas de subjetivismo y de objetivismo no dialécticos. Todas acaban tropezando, según él, de nuevo con la identidad. Esto mismo se ha dado también en el pensamiento dialéctico de Hegel o en ciertas deformaciones de la dialéctica en el marxismo del socialismo real. Todas ellas son formas coactivas de pensar porque acaban oprimiendo lo particular, invisibilizándolo. Contra esto, Adorno fija la mirada en lo que justamente ha carecido de importancia para la filosofía de todos los estilos: lo carente de concepto, lo singular y lo particular. Para esto hay que forzar, en cierto grado, la inercia identificadora del pensamiento: “Lo urgente para el concepto es aquello a lo que no llega, lo que su mecanismo de abstracción excluye, lo que no es ya un ejemplar de concepto” (p. 19). Pero frente a la acusación de que esto pudiese conducir a formas de irracionalismo, Adorno se proclama amigo de la razón y contrario a estas formas irracionalistas subjetivistas que se dan en la filosofía. Para él, la filosofía no debe renunciar a la captación racional del mundo mediante un continuo forzar los conceptos de los que se sirve la razón. Esto es necesario debido a que la cosa es contradictoria realmente, en su realidad (p. 21). Lo conceptual es un momento en la captación del todo y está siempre enredado en un todo no conceptual. La dialéctica negativa de Adorno trata de, como hemos dicho, reventar la inercia del concepto a subsumir el todo como uno ordenado mediante un dinamitarlo con aquello que no cabe en el concepto, con lo diferente y no captable por el mismo pero que en la realidad está ligado a lo sí captable. Adorno busca eliminar la ilusión de unidad y de todo integrado de una fe ingenua en los conceptos con los que obra el pensamiento. Busca impedir su propagación y desencantarlo. La filosofía debe renunciar a su vieja pretensión de disponer de lo infinito encorsetándolo en lo finito del concepto.

La consecuencia de la dialéctica negativa es una perspectiva en la que la filosofía juega de un modo antes artístico que causal-metódico cientificista. Así sería el movimiento, dialéctico, de un pensar libre que combata a las ideologías que intentan transmitir una visión unitaria de lo real y de la sociedad. Se evita toda trascendencia, lo que no sea la pura inmanencia de lo particular. Así, para Adorno cuenta el sufrimiento como la manera en la que el sujeto concreto tiene de expresar la violencia del todo que lo oprime, de la imposición ideológica (p. 28). El filósofo debe aunar el rigor con la expresión, en una constante búsqueda expresiva que haga y rehaga el cuadro que pinta, como único modo de pensar con rigurosidad, porque sólo así se va captando el flujo y la interacción de lo real. El sujeto pinta pero sabiéndose parte de lo que él mismo pinta. Hay una interconexión dialéctica entre el sujeto y el objeto que Adorno va trazando al tiempo que polemiza con los excesos de la filosofía tradicional que consisten en una mala conexión entre ambos extremos o la ceguera ante uno de ellos. En la filosofía tradicional, incluido Hegel, sendos extremos resultan irreconciliables. Es por eso que se ha dado en la teoría del conocimiento el idealismo, en cuanto se tiende a concebir la realidad como una proyección del sujeto. El trascendentalismo kantiano e incluso un Heidegger que Adorno cuestiona ferozmente son recaídas en la filosofía del sujeto. Tal vez aquí Adorno se asemeje a lo que décadas después diagnosticaría su discípulo Habermas en su excelente libro El discurso filosófico de la Modernidad. Habermas opondrá un paradigma intersubjetivo frente al predominio de lo subjetivo en toda la filosofía anterior, incluida la de Adorno, del que considera que no acabó de escapar de la trampa del sujeto moderno y que por eso su pensamiento, junto con el de Horkheimer, terminan en aporías irresolubles, en callejones sin salida (ver aquí).

En general Adorno ostenta un materialismo que aplica a la hora de combatir las distintas formas de subjetivismo. Así, desmenuza la filosofía heideggeriana y su Dasein, señalando que incurren en aquello que dicen no incurrir. Hay en el filósofo alemán del Ser la contradicción de una historicidad del Dasein que no es apropiadamente histórica, que no arraiga realmente en el suelo del ente (mundo, tiempo). El ahí del Ser-ahí no es un verdadero ahí, según Adorno. Además, el Ser parece más bien una sublimación o hipóstasis de situaciones sociales que son elevadas y desde las cuales se dirige el curso del Dasein. Heidegger es víctima de un mundo social al que legitima. Así, introduce la materialidad en su pensamiento pero sin ser consciente de ello ni consecuente con ello.

La ceguera ante el mundo del objeto también conlleva otras filosofías, como las que monadizan al sujeto o, curiosamente, las sistemáticas que proyectan la ilusión del orden en el todo, ante las cuales, la dialéctica negativa debe introducir la negación como cuñas. Se cree capaz al sujeto de ser libre, de tener voluntad libre y de crear el mundo con su pensamiento. Es lo que también vemos en el existencialismo. Adorno arremete desde esta perspectiva contra Sartre y Jaspers, acusando de filosofía burguesa a aquella que es incapaz de ser receptora de la materialidad del sujeto, aquella que es ciega para los elementos objetivos y materiales que nos constituyen (no que nos condicionan, sino que, insisto, nos constituyen). Frente a estas formas de ser arrastrados por una materialidad justo por no hacerla consciente o visible, Adorno propugna el poder de la teoría para obrar con la distancia necesaria pero sabiéndose constituida por aquello sobre lo que se teoriza. Teorizar es mantener una perpetua rebelión contra lo reglamentado, para captar el movimiento de lo real desvelando los velos que la ideología fosilizante ha colocado ante nuestros ojos. Dialéctica negativa es un pensar que da vértigo. Hay una especie de desfondamiento de mundo y de sujeto, un ataque tanto a lo noumenista como a lo fenoménico representativista en filosofía, que son enfrentados a un movimiento dialéctico consistente en la separación de lo diferente, en la constante escisión de partes y disgregación de lo unitario. Adorno desmembra la realidad y se centra en lo no central, en los fragmentos, en lo carente de importancia, como hizo Benjamin en su póstumo Libro de los pasajes. Sólo que la tensión en Benjamin era más fuerte por estar menos resuelta, por no haber mediaciones entre extremos yuxtapuestos. Benjamin arranca las citas y los detalles del París burgués del siglo XIX y nos los pone, desnudos y como un caótico collage, ante las narices. Pero sólo así es como Benjamin logra que lo concreto, donde se halla el todo, exprese al todo que contiene. Esto es similar a las constelaciones de Adorno que también saben arrancar este lenguaje de lo concreto. Adorno, sin embargo, tiende a un pensamiento más típicamente dialéctico debido a su mayor componente marxista, tal como señala Susan Buck-Morss. Esto dota a los textos de Adorno de un movimiento que es como lo describí líneas arriba, como un engañoso río de discurrir turbulento, frente a los relámpagos que repentinamente expresan el todo a partir de los fragmentos en Benjamin.