domingo, 27 de noviembre de 2011

Algunos elementos de la crítica de Adorno a Heidegger


Lo cósico para Adorno (y para Lukács) es lo factual (que es un modo de presentarse lo fáctico, en la forma de representaciones, datos, hechos, como algo dado). Un pensamiento temeroso de incurrir en la reificación es el existencialismo, según Adorno, por lo que apela a la ilusión de un sujeto autárquico (Sartre). Pero lo cósico vuelve, el ente en su forma cósica, al sujeto. Retorna lo dado en la forma de hipóstasis y sublimaciones, como la noción heideggeriana de historicidad, que es una historia sin historia que acaba claudicando ante la historia inconscientemente, ante los contenidos de la historia. Porque los sujetos privados de objeto no pueden conocer ni conocerse. Por eso, para Adorno debe haber presencia de lo objetivo en el sujeto y lo subjetivo debe estar también en el objeto, volcado al mismo, generando una perpetua agonía de conceptos para asirlo mientras, afortunadamente, se le escapa de las manos. Al final el ente se venga, aunque el sujeto o el ser se crean zafar de ello (p. 58). A diferencia de la dialéctica hegeliana, “Aquello con que la dialéctica negativa penetra sus endurecidos objetos es la posibilidad por la que la realidad de éstos ha engañado y que sin embargo se ve en cada uno de ellos”.

La dialéctica debe desafiar la ilusión de mismidad de las cosas mediante un reventar los conceptos con otros conceptos. “Sólo los conceptos pueden realizar lo que el concepto impide (…). La deficiencia determinable en todos los conceptos obliga a citar otros; surgen ahí aquellas constelaciones que son las únicas a las que ha pasado algo de la esperanza del nombre. A éste el lenguaje de la filosofía se aproxima mediante su negación. Lo que critica en las palabras, su pretensión de verdad inmediata, es casi siempre la ideología de una identidad positiva, existente, entre la palabra y la cosa” (p. 59). Esto equivale también a devolver al pensamiento la dimensión histórica, frente al ídolo del presente puro. Siempre hay un pasado. De ahí que captar la realidad implica una labor hermenéutica de captación de ese pasado que en Adorno es, como ya sabemos, dialéctica. Este pasado existe incluso cuando parece no estar. Es el caso de la ciencia atemporal, formal y tautológica, pero en cuya atemporalidad late el tiempo desterrado (p. 60).

Adorno reivindica una retórica que se ocupe de las palabras y de la expresión de la cosa, a sabiendas de que la mancha del lenguaje post adánico lo hace incapaz de expresar totalmente la cosa, lo cual es, precisamente, su virtud cognoscitiva. Porque la clave (la llave que nos abre la puerta de la verdad del objeto) está siempre, según Adorno, en el resto, en lo que no cabe en el concepto, en la fisura. Por eso, en las fisuras entre las palabras y las cosas está la verdad, hay una verdad (social). Aunque como Foucault, Adorno asume que tradicionalmente el conocimiento (moderno) ha obrado organizando sin fisuras lo real. Es en las fisuras de lo real, entre lo real y la palabra, entre el objeto y su concepto, donde se alza lo posible, o utopía, como “color indeleble”: “El color indeleble procede de lo que no es. Le sirve el pensamiento, un pedazo de existencia que, aunque negativamente, alcanza a lo que no es. Sólo la más extrema lejanía sería la proximidad; la filosofía es el prisma que capta su color” (p. 63).   

No hay, pues, una renuncia al pensamiento, al concepto y a la razón en la filosofía de Adorno. Pensar es intentar un ajuste entre la palabra y el objeto. Esto no quiere decir, ya ha ido quedando claro en lo que llevamos expuesto sobre Adorno en este blog, que el sujeto se alce ante el mundo en una suerte de virginal contemplación. Para Adorno, digámoslo una vez más, en el sujeto está el objeto. Los entes se nos cuelan. Hay en Adorno un materialismo que quiere decir que el mundo antecede al sujeto y que el objeto constituye y determina lo que brota del sujeto. Es desde esta perspectiva que Adorno arremete contra Heidegger. Lo que sucede en el mundo de los entes influye en el pensamiento del filósofo que imaginó lo que estaría por encima de los entes. El Ser, en su indefinición y vaguedad, es, según Adorno, un reflejo de la legalidad formal que rige el mundo del valor de cambio y las mercancías. El mundo burgués es un mundo de abstracciones que tiñen su pensamiento. La hipóstasis de la abstracción sería el Ser. Además, la diferencia ontológica expresa la distancia que siempre experimenta el pensamiento con el objeto, con lo pensado. El Ser sería fetiche y fantasmagoría, una abstracción de las negatividades que vertebran el mundo burgués, de sus negaciones, del no-ser. De ahí que aparezca como algo negativo, más cercano a la nada que a la afirmación de algo. En general, la analítica del Dasein corresponde a lo experimentado por el sujeto burgués, como su ceguera ante lo social desgarrado que lo constituye. En el Dasein se desmaterializa y deshistoriza lo que se torna paradójica historicidad ahistórica. Hay una pobre conexión con lo mundano que refleja la escisión que el hombre burgués experimenta ante su mundo, el carácter de alienación de su existencia. Yo añadiría, por continuar la crítica y empleando una palabra que no gusta a Adorno, que el Dasein sería la despersonalización de la persona, la extracción de lo personal-histórico del sujeto. En todo caso, lo histórico se vive como sometimiento y opresión, que en Heidegger sería el Ser como proyecto, el Ser como losa bajo la cual el Dasein es llevado.

Hay un carácter impersonal en lo que Heidegger considera “autenticidad”, porque el Dasein consagra como destino lo que hay, avalando lo ya establecido y, según Adorno, el poder. Unos elementos de la sociedad se invisibilizan y otros se elevan (Dialéctica negativa, pp. 127-129). Cuando el Dasein es más auténtico, es cuando más sometido y alienado se hallaría. Pero tampoco satisface a Adorno el personalismo y el existencialismo, en los que también encuentra un sujeto empobrecido, escindido y víctima de sublimaciones. Heidegger manifiesta una aversión al cosismo, a las cosas, al pensamiento cosista. Pero huye a un polo que no existiría sin la cosa, por lo cual rinde tributo a aquello que elude. El problema de fondo es, desde la perspectiva de Adorno, una escisión entre el sujeto y el objeto que no se resuelven, pues lo uno lo es en la medida en que se enfrenta a lo otro y lo excluye. Desde Adorno, esto se soluciona si captamos la relación dialéctica entre ambos polos y como uno no sería sin el otro, tanto es así, que el uno siempre constituye y forma parte del otro. Toda dinámica del sujeto, en sus proyecciones, ya porta una materialidad propia del mundo en su profundidad social. Así, en lo que se refiere, por ejemplo, a la sociología, Adorno intenta superar la dicotomía entre el individuo y la sociedad. La sociedad no condiciona ni influye desde fuera sino que vive encarnada en el sujeto. Por ejemplo, incluso el individualismo de tipo burgués liberal se debe, precisamente, a una sociedad que lo ha creado y que reside en sus vivencias individualistas. En lo más íntimo del individuo burgués está el desgarro que vertebra a la sociedad. Pero frente al fatalismo sociológico, sí hay un pensamiento que puede mediar y hacerse dialécticamente con la cosa social.