domingo 13 de noviembre de 2011

Filosofía del 15 M (VIII): Plan Bolonia, fetichismo de la mercancía y Adorno.


En los dos primeros capítulos del libro Origen de la dialéctica negativa de Susan Back-Morss, un clásico sobre el pensamiento de Adorno y la primera Escuela de Francfort, la autora señala las tempranas influencias de Adorno, especialmente las de su profesor Cornelius, Lukács y por supuesto Benjamin. El primer Adorno, previo a su afiliación marxista, es un Adorno de gran influencia kantiana que pronto será matizada por el contacto con el marxismo. El noumeno kantiano o cosa en sí es un reflejo de la conciencia cosista y fetichista del pensamiento burgués, explicará Lukács largamente en Historia y consciencia de clase. La clave de una crítica al kantismo desde la óptica marxista la proporciona Lukács. En este blog dediqué numerosos posts a comienzos de este año 2011 a la lectura de esta obra clave del Lukács de los años 20.

El libro de Lukács es una sugerente obra que enriquece sin lugar a dudas al marxismo, tratando a fondo la relación entre lo ideológico, la conciencia engañada frente a la conciencia liberadora, y la estructura de la economía burguesa. Aunque este libro adolece de un excesivo influjo hegeliano que resulta difícilmente defendible, en lo que se refiere a una especie de marcha de la historia interpretaba en los términos del materialismo histórico, de un sentido casi inexorable del devenir histórico, hay elementos que yo ya utilicé hace casi un año y que en Adorno van a ser fundamentales. Se trata del estudio de la mercancía y del fetichismo de la mercancía como importante clave a la hora de entender lo que sucede en la ciencia y el pensamiento burgueses.

Que la economía capitalista determine en gran parte los productos intelectuales del mundo capitalista es, creo, una de las verdades de Marx en las que éste parece haber acertado de pleno. La idea de que la configuración o estructura de lo que Marx describiera como “mercancía” nos está configurando en todo, desde las relaciones personales hasta la universidad (Plan Bolonia) y la ciencia y enseñanza producidas en la universidad (competencias, ECTS, planes de calidad y agencias de calidad, privatización) me resulta, por ahora, una hipótesis fundamental para entender el actual desarrollo de la universidad española. Así lo manifesté en largos posts que escribí meses antes de que llegara el 15 M. Lo que venía a defender, en conexión con la visión lukácsiana, era que se está dando en la universidad (a nivel estructural e ideológico) una mercantilización del conocimiento que consiste en que éste deja de tener valor de uso, es decir, deja de ser el conocimiento que busca comprender la realidad aunque se haga de manera paralela a una manipulación tecnológica de la realidad, para quedarse en la mera manipulación tecnológica de la realidad. Pero se trata de un saber técnico restringido, porque la técnica resulta de una interacción amplia y libre con la realidad que se experimenta o manipula. Ahora, con el Plan Bolonia y la Estrategia 2015 en la universidad, de lo que se trata es de producir saberes u objetos como mercancías, que puedan ser introducidos en la circulación mercantil y generar beneficios económicos. Se trata de producir un saber adecuado a los fines de la empresa.

Al convertirse los productos científicos en mercancías, ya no valen como productos científicos, sino como objetos de inversión económica. Es por lo que la fundación presidida por la hija de Emilio Botín, del Banco de Santander, nos pide a los investigadores que generemos patentes. Una patente es la forma comercial de un objeto científico, de un producto del saber universitario. Así, ellos pueden financiarnos pero, no se trata de un mecenazgo escrupulosamente altruista en absoluto, también pueden hacer dinero a partir de la comercialización de dichas patentes. Así el investigador es proletarizado (defendía yo hace casi un año), porque se le separa o aliena del producto de su trabajo, con el que desde la propia investigación básica, ya no se identifica. La investigación es dirigida, desde sus inicios, por corporaciones como el Banco de Santander. Así, se nos paga un sueldo que cada vez irá menguando más, se nos asusta con planes de calidad basados en la criminalización y la evaluación constante, para que hagamos lo que los bancos quieren que hagamos, sin rechistar ni cuestionar esta dinámica.

Sin embargo, el objeto científico se presenta como un producto de la ciencia más desinteresada, como algo que tiene que ver con el progreso entendido en términos absolutos. Se confunde el progreso con el desarrollo de una economía basada en los dogmas de la privatización y el “libre” mercado (pongo “libre” entre comillas porque no es libre, sino controlado por lobbies y oligopolios de hecho que imponen precios y condiciones al mercado, o que, como se está viendo, crean crisis para hacer más beneficios y concentrar la riqueza). Se nos pide al profesorado universitario que participemos de esta peligrosa y diría criminal dinámica, dedicándonos a una productividad o calidad perfiladas en los términos mercantilistas que estoy señalando. Pero, como indicaba la idea marxiana y luckácsiana del fetichismo de la mercancía, todo el entramado económico y de intereses de los grupos de poder que dominan el mercado y la política, es olvidado. Tenemos el objeto científico como algo autónomo en apariencia, tal y como también se hace con la idea de calidad, pero en realidad es algo fantasmal que se adora (yo hablaba del “dios calidad” en la universidad española) como si fueran diamantes. Se olvida que esos objetos valen no tanto por su valor de uso, sino por el muy abstracto valor de cambio (valor que adquiere en el mercado y que se basa en su capacidad de generar más dinero).

El dinero empalidece todo lo que toca, lo convierte en más dinero, o sea, lo hace genérico y abstracto, escindiéndolo de lo que no sea el producir más dinero. Así, la sociedad y la cultura humanas son reducidas a su más mínima pero abstracta y volátil expresión: el dinero. Eso es lo que está pasando en la universidad española. Se trata de una peligrosa confusión que vamos a pagar generaciones enteras con vidas desdichadas, restringidas y sin horizonte. Al tiempo que se dice que no hay dinero para la educación pública, se deja entrar a las corporaciones privadas para su financiación, y estas corporaciones introducen una mentalidad y unas condiciones capitalistas en la universidad.

El fetichismo de la mercancía quiere decir, en definitiva, que el objeto convertido en mercancía es tomado como imagen del dinero, en la medida en que puede transformarse en dinero. Por supuesto esto es silenciado y se apela en medio de un discurso de clara función ideológica, al saber y a la ciencia en sí, o al “progreso”. Que el comercio ha incidido en el progreso es cierto, pero que el comercio deba ser la única clave del progreso y que el progreso deba leerse sólo en términos de relaciones comerciales entre los seres humanos, es falso y muy peligroso. No se trata de que asumiendo algunas claves lukácsianas debamos suprimir el libre mercado. Nadie pide eso y en el 15 M la inmensa mayoría no lo pide. No se trata de retornar a una economía totalmente planificada como la de la Unión Soviética. Esta economía planificada tendía a hacer, como el neoliberalismo, una lectura de la sociedad según las leyes del universo económico, de manera que, por ejemplo en la URSS, se le dictaban requerimientos a la expresión artística en conexión con los logros y métodos de la economía planificada del Estado todopoderoso soviético. Esto lo denunció, por decir un nombre, el Foucault que en ciertos cursos del Collège de France, estudió al liberalismo. Es decir, el monstruo sería, o lo monstruoso, la pretensión de regir la vida desde las condiciones y formas específicas del mercado (neoliberalismo). El liberalismo, dice el francés, fue de hecho el intento de separar esferas (la económica y la regulación jurídico-estatalista de la vida). Sobre esto habría mucho que hablar, desde luego, y yo creo que en la tradición liberal, por muy “social” que se diga algún tipo de liberalismo, está ya latente como potencialidad el monstruo neoliberal, el monstruo de un “libre” mercado que se traga todo y que atenta contra la vida reduciéndola y cosificando lo que toca (convirtiéndolo en ese oro del rey Midas que finalmente le hace morir de hambre).

De lo que se trata, quizás como también pretende a su estilo Habermas, es de mantener cada esfera con su regulación propia. Una cosa es la vida, amplia y polifacética, de los seres humanos en sociedad, y otra el funcionamiento autorregulado (según los liberales) del mercado. Yo creo que esto tampoco es así, ya que en los seres humanos aunque pueda distinguirse esferas autonomizadas, el funcionamiento siempre es holístico, como un todo, en el que lo económico es, siempre, político, como defiende en España, creo, el economista José Luis Sampedro. La economía refleja decisiones humanas y en ella está un modelo de ciencia (no todo lo que puede ser la ciencia), o un ethos concreto. Lukács ayuda a entender estas equivalencias. Del “fetichismo de la mercancía” podemos concluir un tipo de ciencia “cosista” en cuanto es ciencia en cuya apariencia no existe la profundidad estructural o relacionalidad de fondo. Es la ciencia que hoy se dicta a las universidades que deben hacer, desde las susodichas agencias de calidad, consejerías y ministerios pertinentes. Sigo viendo muy operativo este enfoque tan antiguo (años 20) del Lukács de Historia y consciencia de clase. 

Lukács prestó atención a la conciencia como imagen de lo que pasa, una imagen compartida o individual que siempre tiene dos formas de relacionarse con lo que pasa: ideológica (cuando encubre) y liberadora (cuando, según él en el partido o la vanguardia proletaria, se refleja lo que pasa realmente). El peligro de este Lukács es la idealización del proletariado y, aun peor, de las decisiones de un partido que lo representa y que, según él, siempre tiene la razón. Esto significa, de hecho, una priorización de lo pragmático frente a lo teórico, tal y como se da en el mundo neoliberal que he descrito líneas arriba. En vez del “mercado” sería el “partido”. Esto es metafísica y religión en los peores sentidos de tales palabras. Es un ejemplo de resto metafísico hegeliano en el caso de Lukács.

El modo que tuvo el primer Adorno de escapar a ello fue una apariencia de paradoja. Se enfocó en el arte y en su autonomización, es decir, en la producción de obras de arte por parte de intelectuales independizados del público y de las necesidades de la lucha revolucionaria partidista (en el seno de los partidos políticos revolucionarios). El arte es, para este primer Adorno pero también para el último de la Teoría Estética, un ámbito donde se da la lucha, una lucha social ideológica en la que tomar partido por la revolución consiste en superar la teoría estética burguesa de la armonía y el buen gusto y echar mano de un intelectualismo escindido de los gustos del público, dejando que el arte marche por sí mismo, él solo. Aquí es clara la primitiva influencia del compositor Schönberg o de Berg en Adorno. El modo de lucha ideológica, en el nivel del arte o del pensamiento, ha de ser, según Adorno, mediante una depuración, una estilización, que obedezca a las reglas formales del propio arte. Se trata de un arte de vanguardia que opera como algo cerrado en sí mismo y que se explica sólo en función de sí mismo. Paradójicamente, es mediante esta obediencia del artista a las reglas formales de su arte como el artista sirve a la revolución, en el silencio, ajeno a los gustos y, por tanto, al mercado y a la comercialización de las obras de arte. Así, el objeto artístico deja de ser equivalente a dinero, deja de tener valor de cambio, y escaparía a la fetichización.

Es evidente que la utopía adorniana en relación con el arte ha de creerse a medias. Hay algo de cierto en que en la dicotomía entre la teoría y la praxis (revolucionaria, política) debe haber siempre un margen de libertad para la teoría. Estoy convencido de que sin dicha autonomía o libertad, como se está viendo en la actual universidad, no hay ciencia ni verdadero progreso científico. Habrá un progreso sesgado, a medias, parcial, pero no un progreso científico en los términos que dicta lo formal en la ciencia y en la teoría. Así lo defendí en mi serie de posts contra el Plan Bolonia en las universidades españolas hace casi un año. Pero al mismo tiempo toda escisión absolutizada entre lo teórico y lo práctico es también falsa y peligrosa. No podemos olvidar que la vida y el conocimiento humano transcurren como un todo y el propio Adorno posterior a sus primeros escritos sobre música se hará cargo de ello. Es el elemento que Bourdieu llama “pascaliano” en la razón, lo corporal, lo nervioso que hay en todo razonar. Lejos de un formalismo cartesiano (Pascal lo subrayó y el sociólogo Bourdieu en su excelente libro filosófico Meditaciones pascalianas lo ha repetido) hay que tender a una concepción de lo teórico como espacio en el que está, queramos o no, la complicidad o no directa, la presencia omnipresente (valga la redundancia) del mercado. Prueba de ello es, justamente, la comercialización del supuestamente escindido y elitista arte de vanguardia que tanto deleitó a Adorno.

Así, tanto en la universidad como en el 15 M, debemos aspirar a una teoría, a teorizar, a desarrollar una suerte de lucha ideológica. Creo que eso está por hacer en el 15 M y, también, en la parte de la universidad que no hemos querido claudicar ante el Plan Bolonia y la mercantilización del conocimiento. Por eso yo propuse una suerte de autonomización en cierto modo elitista de la creación universitaria (digo “creación” y no “producción”, nótese bien). Esto es necesario para proteger al conocimiento de las inclemencias del mercado y de su fetichista conversión en mercancía. Pero al mismo tiempo sí debe haber una constante militancia, activismo o directa conexión con el mundo laboral, que a veces sea de colaboración pero muchas otras de impugnación y franco combate. Esto implica que hay que trabajar desarrollando teorías, a un nivel formal pero también pragmático, sin que el ser pragmático se lea en los términos mercantilistas del Plan Bolonia como obediencia a la CEOE o al Banco de Santander, sino todo lo contrario. En fin, en eso estamos.

1 comentarios:

Juana dijo...

Educación y neutralidad.
Uni-versidad y universalismo.

La UGR se une a la confesionalidad, parcialidad,...

¿Será por que en su día la Compañía de Jesús vendió los terrenos de la Cartuja a la institución académica?

Campaña: NO a una Cátedra de Teología católica en la Universidad de Granada

Saludos,

J