Lo propio de nuestro momento histórico es, según llevo años observando, un especial refinamiento del mal. Con esto quiero decir que la dominación, el poder abusivo de un grupo reducido y endogámico sobre la inmensa mayoría de la humanidad, se ha convertido en eficacísimamente camaleónico. La dominación vertebra la sociedad pero lo hace de un modo tal sutil como férreo, llegando mucho más hondo y lejos que las viejas dictaduras. Vivimos un totalitarismo del pensamiento único que sin necesidad de una represión excesiva violenta ya ha puesto dos gobiernos títeres en Europa sin tener que, por ahora y todo está aún por ver, sacar los tanques a la calle. Ya lo había avisado Durao Barroso hace un año y tras las masivas manifestaciones del 19 de junio pasado convocadas por el movimiento 15 M en España. Dijo que habría que replantear las democracias tal como las hemos conocido hasta ahora y previamente había advertido o amenazado sobre la posibilidad de golpes de estado en Grecia y otros países. Lo que está ocurriendo es que se está imponiendo unos intereses de pocos a la gran mayoría y, mientras tanto, se destruye la democracia sin que hasta la fecha en España ningún medio de comunicación oficial (prensa y televisión) lo haya señalado. Nadie de los que se espera que deban decirlo (políticos, por ejemplo, o periodistas) abre la boca para denunciarlo. Así que quienes lo vemos, y eso es el 15 M, el sector de la población que casi desesperadamente lo ve y está defendiendo la democracia frente a la oleada de dictaduras y tiranía más o menos encubiertas que se avecina, tenemos que hacer algo.
Yo quiero, al margen de otro tipo de activismo de calle o político que por supuesto hay que emprender y que jamás voy a abandonar, dejar claro que los que ocupamos ese nicho social que la sociedad llama “intelectuales” (profesores en todos los niveles y estudiantes) podemos hacer algo de lo que, por cierto, siempre se ha esperado de los intelectuales. En este blog me voy a ir centrando especialmente en esta tarea teórica que definiría como combate ideológico, como lucha en un terreno teórico y de las ideas pero que, como se puede comprobar en mis escritos, tiene una conexión directa con el ámbito práxico de la realidad histórica que vivimos y repercute en ella. No se trata de defender una idea de la teoría como algo superfluo u ornamental, sino de elaborar una teoría que siga métodos que hagan reventar la realidad y revelarse o visibilizarse la dominación que nos constituye desde fuera y desde dentro, en lo más hondo y en las estructuras sociales. No quiero tampoco el platonismo de unas ideas que cubran la realidad concreta y nos hagan olvidar el sufrimiento que uno encuentra cuando acude a lo concreto.
Para esta tarea no sólo la filosofía vale, por supuesto, sino que toda la ciencia puede colaborar. En particular mi mirada se centra en dos ciencias o saberes valiosísimos: la pedagogía y la sociología. Señalemos que existe una ambigüedad por la que según el método empleado ambas ciencias pueden ser utilizadas para la dominación o para la emancipación. Creo que no hay término medio y que una descripción que se presente escrupulosamente fiel a los hechos encierra siempre, y contra las apariencias de un lenguaje neutro y descriptivo, una apuesta axiológico-política concreta. Así, he denunciado en este blog un uso de la sociología consistente en la pulverización empirista del entramado social mediante una mirada microscópica que elude las conexiones macro propias de la dominación (capitalista, burguesa, liberal) bien específica que existe. Así, achicando la mirada no como paso previo a otro análisis o como elemento de un análisis consistente en combinar miradas macro y micro, el sociólogo que actúa como ideólogo es capaz de eliminar el componente crítico de una impugnación general a un modo de vida social que destila dominación de los pies a la cabeza, hablando sólo de los pies y deteniendo toda crítica en ellos.
Un conjunto social crítico, nacido de la indignación, como una asamblea del 15 M es disuelto por esta tendenciosa mirada “burguesa” en granos de arena que pueden ser reunidos para formar la figura reaccionaria, con su tendencia política u horizonte también fabricados o elegidos incluso previamente. Así, el sociólogo puede dibujar a su antojo la sociedad y extraer peligrosas conclusiones que sirven al pensamiento único (democracia representativa tal como de hecho existe en España) que justifica la dominación (poder financiero, capitales, corporaciones, las cuatro familias que controlan la economía en España en conexión con las “familias” europeas). Que nuestro sistema constitucional no nos salvaguarda de la posibilidad bien real, como ya se ha visto en Grecia o Italia, de golpes de estado disfrazados (o no disfrazados, que todo está por ver), era evidente. Pero un sociólogo empeñado en ver átomos de dominación dispersa, sectorial, atómica, puede confundir, por ejemplo, la dominación de género con la dominación capitalista y subsumir la segunda en la primera. Esto sirve, sin lugar a dudas, al poder que está abusando de millones de personas en la actualidad.
¿Quiere esto decir que la sociología contribuye siempre a la dominación? Por supuesto que no. Debe acudir a lo empírico y describir. Pero no detener la mirada en los átomos que componen una molécula mayor llamada “sociedad”. Debe también acudir a la molécula que expresa un ámbito de realidad particular y propio. Así, puede haber una mirada en clave marxista, que complete los estudios empíricos de la miopía sociologizante interesada. Habría que, a nivel científico, replantearse estas viejas maneras alternativas de mirar que han sido demasiado rápidamente desechadas, como es el planteamiento marxista. Habría que inspirarse en una mirada que, como la de Lukács o aun más, la de Benjamin, Horkheimer (Teoría Crítica) o Adorno (constelaciones de sentido, oblicuidad freudiana, combinación de análisis y de síntesis en el estudio de los objetos artísticos, profundidad social de los objetos) aspiren a unificar lo micro con lo macro. Así, el intento de, por ejemplo, Adorno estriba precisamente en esto.
La primera Escuela de Francfort desarrolla una ciencia social inextricablemente ligada con la filosofía. Esto cristalizó en métodos de investigación que unificaban la recolección de datos y el análisis empírico con una teoría que descubre claves en los propios datos para bucear en sus profundidades, al modo del Freud que intenta descubrir el sentido de los sueños. Este método de Adorno, que más adelante voy a ir detallando y que compararé con la visión crítica del mismo elaborada por su discípulo Habermas, nos proporciona una ciencia social capaz de desvelar el origen social burgués en muchas de las construcciones teóricas (ciencia, filosofía idealista) o estéticas (estilos artísticos, determinadas obras de arte o textos) de la modernidad burguesa-capitalista. No se trata de asumir acríticamente el método que empleó Adorno, basado en su idea de una dialéctica negativa, sino de recuperarlo, iluminarlo desde el presente y usarlo de inspiración para una sociología que decida no ser cómplice de la tan peligrosa como sutil dominación que sufrimos actualmente en Europa y el resto del mundo. Se trata de ver a Adorno desde Adorno, aplicando a él y a su recuperación, su propia mirada.
Siguiendo el planteamiento de la primera Escuela de Francfort y el inicial freudomarxismo de algunos de sus miembros, hay que ser capaz de descubrir y sacar bien a la luz los elementos fuertemente totalitarios de nuestro mundo. Nuestro mundo social es dialéctico ya tan sólo por un hecho concreto: la dominación se viste de su contrario. Es decir, la dictadura aparece como democracia. Este peligro que de otro modo hemos ya resaltado a partir del último Foucault y sus análisis sobre la parrehsía, es señalado por Adorno. Hay una construcción de un sujeto que es fiel imagen del gran elemento que sirve de clave en nuestra aproximación a la realidad social: la mercancía y el fetichismo de la misma.
Hay una gran parte de la realidad que como las nueve décimas partes de un iceberg, se invisibiliza y cubre bajo las aguas. Esta realidad que por invisible no es menos real, debe ser abordada, según Adorno, dialécticamente, entendiendo dialéctica en un sentido que la tiñe de elementos también freudianos. La aproximación del filósofo o del estudioso social debe ser tan oblicua como micro, pero para no detenerse en lo micro, en el detalle. Debe avanzar pero en un tipo de avance que nunca abandona al objeto concreto. Para ello se analizan detalles en apariencia irrelevantes, casi casuales, como hace Freud. Pero dentro de estos elementos hay una trama de imágenes y conceptos que son cristalizaciones de esa misma trama real en la sociedad. Así, los conceptos u objetos de arte nos ofrecen una imagen que expresa (con mayor fuerza que un mero símbolo porque contiene a la realidad que expresa, componiéndose de ella) un entramado social que es ambiguo, dialéctico y gris.
La dialéctica en Adorno intenta no ser, a diferencia de algunos marxistas, ni una polarización burda de lo real en parejas de opuestos ni, y este es el principal elemento aportado por Adorno, una dialéctica que pueda ser superada, que apunte a una síntesis. El fragmento y lo concreto nunca deja de ser concreto, pero, al mismo tiempo, expresa al todo. En la parte está el todo en la forma de constelaciones. Las constelaciones que el sociólogo o filósofo social buceador saca a la luz son figuras de elementos que una vez son puestos a formar parte, conceptual y teóricamente, de dichas figuras, brillan como no podían brillar por sí solos. Se expresan y lo dan todo, como refulgentes estrellas, una vez que forman parte de la constelación de sentido. Pero al mismo tiempo, la figura que es la constelación, expresa (no tanto “significa” o “refiere” en el sentido analítico) una verdad que siempre es una verdad social. En Adorno la verdad que subyace tras las apariencias es siempre una verdad social, y este es el evidente elemento que Adorno aprendió del marxismo. El secreto de las cosas es su verdad social, es decir, el tipo de sociedad y de relaciones humanas socialmente determinadas que se da en el mundo social. En la ciencia burguesa, decía un Lukács que en esto influyó también notoriamente en Adorno, se da una detención de la mirada en lo que llamaríamos superficie de las cosas, en su mera representación horizontal, y que elude la verticalidad que las sostiene. Dicha verticalidad es, básicamente, la sociedad.
Por tanto, la mirada del científico social y del filósofo debe aspirar a romper ese hechizo que Marx llamó “fetichismo de la mercancía” en el primer capítulo del primer tomo de El Capital. Adorno toma esta inspiración marxista para exponer a la mirada las contradicciones existentes en la trama social, pero sin superarlas, sin hacer una síntesis que bajo un concepto o fácil teoría, las vuelva a cubrir en el nivel del pensamiento. Lo que es contradictorio debe permanecer como tal, como pura contradicción. Yo creo que es lo que hoy, una filosofía del 15 M, debe también aspirar a hacer. De hecho, si interpretamos el 15 M al modo de Adorno, haríamos lo siguiente:
Iríamos a los detalles en apariencia irrelevantes. Dichos detalles, que pueden ser hechos que ocurren en una asamblea, como que las mujeres tiendan a no hablar y a actuar de “clac”, aplaudiendo y vitoreando a los hombres que hablan en público, han de ser destacados y, en un primer momento, separados del conjunto de la asamblea. Esto lo hace toda la sociología, pero hemos de insistir en que si nos detenemos aquí, podemos interpretar lo social sólo como dominación de género o, aun peor, no ver lo que engarza con la dominación de género que es otro tipo de dominación que quizás deba salir a la luz y proporcione claves que corresponden mejor con lo que pasa en la sociedad.
Así, pues, no se trata de interpretar linealmente el hecho señalado como un asunto de género, sino de, sin olvidar el tipo de dominación que en primer lugar nos viene a la mirada, entender que puede haber más formas de dominación que se entrelazan en este hecho. Para ello hay que desarrollar metodología o paradigmas de investigación social que sean capaces de emprender esta tarea visualizadora. Lo que hacía Adorno, más o menos, era combinar el análisis minucioso del hecho, extrayendo elementos nucleares que pudieran o bien contener un dibujo o formar un dibujo con otros elementos. Quien hace ese dibujo es el sujeto, pero no al modo kantiano de una ciencia como proyección de las categorías del sujeto que ordenan la realidad que experimenta, sino sumergiéndose al modo de un psicoanalista en el objeto e impregnándose del mismo, dejándose configurar por el mismo, escuchándolo, dejándolo que él nos hable y nos cuente.
Así, surge la constelación. Esta constelación que supone un nivel profundo en el que el hecho u objeto estudiado se expresa, va a hablarnos de la sociedad en su conjunto. En realidad, se trata de una visión a la vez concreta que no abandone lo concreto del hecho “machista” que nos ocupa, y general, de conjunto (pero no abstracta). La constelación es pintada en el texto del teórico. Quizás este nivel sea ya filosófico, lo cual quiere decir que en Adorno, y yo también lo veo así, la ciencia social y la filosofía se necesitan una a la otra. Van cogidas de la mano y deben marchar juntas para hacer sus descubrimientos. Esto implica una presencia de teoría y de estudios empíricos que se combinan y pintan mutuamente.
Adorno resuelve la escisión de una teoría en el limbo y una experiencia miope o microscópica. Para él la labor que en apariencia es intelectual y elitista, sin dejar de serlo, es también una labor activista y socialmente transformadora. Aunque la verdad es que esto no acaba de quedar claro en él y ello nos remite a la vieja discusión sobre la comunicación del trabajo intelectual con los movimientos sociales revolucionarios, con la revolución “en la calle”. Lo que hace Adorno es permanecer en su supuesto aislamiento de intelectual para, paradójicamente, permanecer en la calle, en la más peligrosa y práctica militancia. Pienso que más que Adorno, si atendemos a las biografías, es Ignacio Ellacuría quien demostró el peligroso vínculo de lo que ocurre en la celda del estudioso con lo que ocurre fuera de sus paredes. Ayer, 16 de noviembre, hizo 22 años que Ellacuría fue asesinado precisamente por ser intelectual en el sentido que lo pinta Adorno. En la medida en que fue puro intelectual, fue activista político en una militancia práctica que pagó con su vida.
Intento en este post y en los que vendrán ofrecer una suerte de misión intelectual que en este caso se ha basado en la figura y el pensamiento de las constelaciones de sentido que Adorno tomó de su maestro Walter Benjamin, al que pasó por un tamiz marxista, y su concepción negativa de la dialéctica hegeliano-marxista. Creo que son tiempos en los que hay que recuperar un pensamiento y una ciencia revolucionarios. Ahora más que nunca. Se trata de una universidad, por ejemplo, comprometida que denuncie infatigablemente, aunque se quede sin medios económicos, lo que está pasando. Es el modo en que la teoría y la ciencia que da a luz la universidad deje de ser superficial, burguesa, en la forma de mercancía fetichizada, y entre en las tan freudianas como sociológicas profundidades en las que hay que entrar para comprender el mundo que a nuestro alrededor se está derrumbando. Hay que volver, en el caso de la sociología, a conectar con lo macro que alberga en su seno lo concreto, la ropa que llevan dentro de su desnudez los hechos concretos, para desde lo empírico iluminar teóricamente lo empírico. Las constelaciones que revelan lo que pasa han de emerger del interior de lo real-concreto-empírico, para alzarse ante nuestra conciencia y que su figura sirva para iluminar a su vez nuevas constelaciones y nuevos sentidos ocultos en las más banales apariencias y sucesos concretos.
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