sábado, 10 de diciembre de 2011

"Ontología" de las competencias.

En la pedagogía propugnada por la actual normativa universitaria, que creo relevante analizar en la medida en que representa a toda una corriente general en la pedagogía actual, hay un obstinado afán nivelador. Con el fin de entender en qué consiste esta “nivelación” hemos de dar un cierto rodeo yendo hacia donde arraiga toda ciencia y todo conocimiento. Porque la pedagogía y su ámbito de ocupación (la educación) enraízan en un basamento que podemos denominar con algunas reticencias “ontológico”, entendiendo por lo “ontológico” una dimensión vertical o profundidad desde la que se da la orientación de la mirada y una cierta preconcepción acerca de cómo buscar la verdad tanto en la ciencia como en el pensamiento filosófico. Aquí, aunque sigamos una pista de aire heideggeriano, hemos de matizar dos cosas:

1) El carácter estrictamente mundano de todo el proceso y de toda la verticalidad a la que nos referimos, del origen de la mirada y del carácter de lo que llamamos “verdad”. Ya no es tanto la orientación hacia un “Ser” que en Heidegger parte de la diferencia ontológica entre Ser y ente, orientación cuyos peligros se han señalado ampliamente, sino una cimentación en algo que Heidegger cuestionara con contundencia y que dicho todavía sin muchos matices es lo que suele denominarse “sujeto”. El conocimiento lo presupone siendo el origen de las distintas perspectivas y miradas, desde la contemplativo-cartesiana a las de tipo hermenéutico. El sujeto es aquello que, en la imagen nietzscheana expresada por Foucault en cierta entrevista poco conocida,  resulta capaz de jugar en el límite de la estructura, estando dentro de ella pero rehaciéndola, en sus márgenes, en un tenso estar dentro de ella pero también, en cierto modo que habrá que describir, fuera de ella, en la zona de penumbra, en el claroscuro.  

2) La cimentación preconceptual (dirección, sentido de la mirada que busca la verdad, pre-definición del logos y de la verdad) del sujeto y su obrar no puede apelar a algo así como un “ser” aparte del mundo. La vaguedad de algo que aunque deba manifestarse mundanamente se situaría, en el fondo, en el extrarradio del mundo tiene el problema, creo, de toda trascendencia que pierda los lazos con la inmanencia. Heidegger desde luego dejó bien claro que toda teología se sitúa en un plano óntico, pero yo hasta ahora no he podido sino recordar a la teología negativa cuando abordo en los textos de Heidegger a ese “Ser” indefinible y siempre lejano, que parece evadirse en una constante fuga. La imagen como de una mano que apunta al cielo no puede dejar de asemejarse a planteamientos teológicos tradicionales en la versión negativa. Lo negativo es siempre “fuga de”, “desbordamiento”, “apertura” o, en la versión dialéctica, “impugnación”. Todo ello es gnosticismo si se hace en función del mundo como un todo. Aunque este operar negativo del pensamiento sí resulta productivo cuando no abandona los márgenes mundanos.

En Heidegger, el Ser se muestra en el mundo (ente) sin agotarse nunca en ese mostrarse mundano, por lo que trasciende al mundo. En el mundo el Dasein encuentra al Ser en el ente, como acontecimiento, como lo que se muestra cercano y lejano, con una cercanía cotidiana pero también con una inasible lejanía. Es esta lejanía la que hay que matizar y entender bien para no deslizarnos en la vieja teología negativa o, por el contrario, en trascendencias positivas disfrazadas de inmanencia (esto último se lo reprocha Adorno a Bloch en un escrito que acabo de leer en Notas sobre literatura). En lo que llevo leído me parece que el problema lo resuelve bien Ellacuría en su Filosofía de la realidad histórica, pero se halla también excelentemente encaminado en Adorno. En ellos se alude a lo utópico como lo que trasciende al modo de horizonte, un color indeleble (metáfora empleada por Adorno), lo que desde la actual configuración de la realidad histórica late en ella al modo de “posibilidades” realizables. Se trataría de una trascendentalidad inmanente que delimita lo bueno en su mutabilidad histórica, lo bueno como emanado de un presente concreto aunque anticipe dinámicamente un futuro a partir del mismo. Es el modo en que lo futuro puede insertarse en lo presente sin forzar lo presente al estilo idealista. Lo posible es y no es al mismo tiempo, es un límite, pero es, sobre todo, mundano, temporal, material, histórico. Se trata de evitar una indefinición propia de la teología negativa para algo que tampoco debe ser perfilado como si existiera realmente, en términos positivos fuertes. Esto sería el único modo de trascender lo dado de manera realmente imaginable y legítima. No habría utopía sin mundo y sin historia humana. Es lo único que cabe suponer que marca un límite u horizonte entre lo que es y lo que no es, en el lugar de la sombra, en el claroscuro. Más allá de ello está la nada que según Adorno dice en Dialéctica negativa, Heidegger llama “Ser” en la medida en que está sublimando formas históricas de “nadas” y de nihilismo.
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Frente al peligro gnóstico (aunque el gnosticismo es una respetable tentación, desesperada y bella) creo que debe darse un movimiento del pensar que apunte sólo al interior de estrictos márgenes inmanentes. Que en lugar de “Dios” Heidegger ponga al “Ser” es desde luego una no pequeña diferencia, pero el pathos es teológico gnostizante, en cuanto impulso que lleva a algo que no es algo y que se sitúa fuera del mundo y de los entes. Curiosamente, la teología contemporánea (la teología política de Metz, la teología de la liberación latinoamericana, Moltmann, Tillich, Lafont) ha sabido estar más en el mundo que Heidegger. Creo que lo prudente y menos arriesgado es, aunque enarbolemos la posibilidad de un “fuera de” trascendente, situarse como hace esta interesante teología, dentro de los márgenes en los que transcurre la existencia.

Esta permanencia en lo inmanente implica que el basamento del logos y de la verdad ha de ser el mundo pero como se da en el hombre. Es la raíz de un humanismo que podemos contraponer al duro cuestionamiento del humanismo proferido por Heidegger. Aunque la palabra “hombre” (en minúscula y tal vez en plural) o “persona” no tiene por qué entenderse en la versión personalista que semejante al existencialismo fue objeto de justas protestas por parte de Adorno, sino que ha de entenderse al modo materialista.

El núcleo o lugar donde se debaten las distintas perspectivas o sentidos que se dan a la mirada, la búsqueda y la verdad, es el propio hombre o sujeto. Adorno llega a defender que un error del Lukács tardío en cierto trabajo que él comenta es, justamente, el olvido del sujeto en pos de una falsa objetividad que degenera en burdo dogmatismo porque se ha eliminado el momento subjetivo que protege contra dicha degeneración (vid. Notas sobre literatura). Eliminar al sujeto y eludir su posición central es siempre peligroso. Quizás sea esto un acierto de la modernidad antropocéntrica (¡Feuerbach!), siempre que no extrapolemos la invención del sujeto cartesiano a donde no debe estar. Si nos prevenimos tan sólo de una recaída en ficciones idealistas, puede con dignidad filosófica partirse de un Dasein ya no sacrificado a un “fuera de” sino un Dasein cuyo principio y final sea él mismo, pero siendo mundo, estando constituido de mundo.

Es en esta realidad humana en la que se da la orientación previa que llamamos “ontológica”, como apuesta pre-consciente pero previa a la psicología como ciencia y a la psique, las cuales presuponen un modo de estar en el mundo y de comprensión. No hablamos del inconsciente freudiano, aunque éste pueda servir como metáfora para entender el modo de apuesta o “actitud” que enmarca todo posterior operar en el mundo del hombre. Es este basamento “ontológico” el que encauza para la búsqueda de la verdad, teniendo ya una preconcepción de la misma verdad. No es esto trascendentalismo formal, porque lo que podrían ser trascendentales, como por ejemplo el espacio o el tiempo, son adjetivos o notas de la materia (Zubiri-Ellacuría). No se trata de un sujeto que proyecta la realidad, sino de un sujeto que es esa realidad estructurada de un modo concreto, esa misma realidad que observa, de la que está compuesto. Así, tiempo y espacio están, como todo, engarzados a todo y por ello mismo modulados en función de los distintos niveles de la materia en los que se dan, por lo que en la realidad histórica (ámbito o estructuración propiamente humana de lo real) dice Ellacuría que existe un tipo histórico de temporalidad. Incluso en niveles más básicos, el tiempo de la materia que estudia la física actual ha perdido el carácter fijo, trascendental, que tenía en la física newtoniana.

En lo que podemos considerar, con todas las salvedades, un nuevo humanismo porque partimos de la centralidad de la persona, un humanismo “fluido”, se dan numerosas posibilidades para el hombre. Si retornamos a la actual pedagogía, es de este modo como se vincula el discurso de las competencias y el Plan Bolonia con un estilo de búsqueda de un cierto tipo de objetos, constituidos como cosas, superficies (por mucho que haya una profundidad legaliforme y causal) y datos. Es este tipo de mundo representativo y legaliforme el que presupone una metafísica de la presencia y un tipo de racionalidad llanamente descriptiva. El modo cartesiano de sujeto, ciencia, mundo y razón, se extrapola y se erige en modelo que define y cierra toda otra posibilidad. Así, tenemos un sujeto como abstracto Adán que parte de cero para educarse adquiriendo “competencias” que son una forma de saber racional-práctico en el que el conocimiento y el trato mundano con las cosas se da al estilo objetivista.

En el modelo "ontológico" o perspectiva que estamos refiriendo como subyacente a una ciencia (pedagógica) y a un mundo concreto, tenemos la imagen del hombre como animal al que se añade, como dijo Aristóteles, la razón. Esta razón apéndice se reduce a saber adaptativo que elude toda crítica e impugnación del mundo. Es un saber y un modelo positivo de hombre, que afirma lo dado, que trata con lo dado como dado (como datos o hechos), sin extralimitarse nunca, presuponiendo la bondad de lo dado como tal. No hay lugar, por ejemplo, para una racionalidad tal como la plantea Adorno, que se base más en negar que en afirmar y que no elabore justificaciones de lo dado, sino que, por el contrario, ejercite un perpetuo movimiento de desgajamiento conceptual del objeto o del propio concepto. Se trata, como en Foucault, de una razón como movimiento cuestionador, como movimiento de fuga, de impugnación y ex – clusión o salida. No vamos a entrar ahora en los matices que diferencian a la Ilustración de Adorno del carácter más anti-ilustrado de Foucault que a mi juicio produce en este último ciertas aporías y consecuencias prácticas peligrosas, como en todo el llamado “pensamiento postmoderno”. Digamos, por ahora, en un estilo identitario y afirmativo con el que ambos ironizarían, que los dos pensadores coinciden en su crítica al pensamiento de la identidad.

Pensamiento de la identidad es el que se presupone en el aprendizaje por “competencias”. Un saber sin negatividad ni sombras, meramente adaptativo al, y aquí está el gran peligro, modelo de sociedad y economía neoliberales existentes, que es como se nos presenta actualmente lo dado. Así, hay un pensamiento plano, superficial, que cubre y niebla con una falsa luminosidad, con un manto monocromo, la realidad. Este pensamiento invisibiliza las grietas que en lo real claman por su transformación. La universidad española, en masa, ha claudicado ante esto. Ya no hay un modelo de profesor, por ejemplo, como lo fue Adorno o, incluso, el valiente Foucault. Las reglas del conocimiento y del trabajo intelectual se han convertido en una glosa o ciego elogio de lo dado. No se profundiza y nos hallamos enmarañados en una superficie de datos. Se abusa de los estudios descriptivos según un modelo antes cuantitativo que cualitativo. En las evaluaciones y rankings el conocimiento es cuantificado de un modo que olvida los difícilmente mensurables elementos cualitativos, que son justamente donde se juega todo.

Frente a un Adorno obsesionado con sumergirse en los contenidos para "tratar" con ellos, se acude a una sobrevaloración del método apriori y de lo formal, callando la teoría que subyace a estas elecciones epistemológicas y olvidando el plano de lo basal-ontológico. Paradójicamente, nunca la ciencia ha sido tan política, nunca la epistemología ha estado tan llena de intencionalidad política. Pero el saber que se expresa en el dominio de competencias no capacita para ver esto. Más bien, bajo la capa uniforme de datos y más datos, bucear en ellos se ha convertido en descubrir causalidades que no ahondan. Se desprecia lo que desafía a todo esto y que parte de una “ontología” diferente, en la medida que presupone una elección distinta en cuanto al lugar donde se espera hallar la verdad. Me refiero por ejemplo a la pedagogía liberadora de Paulo Freire que por contrastar con este mundo de lo plano legaliforme vive en España en el exilio. La sabiduría de la pedagogía desarrollada en América Latina, me decía ayer un alumno tras su estancia en México de dos meses, estriba en que presupone que toda verdad es marginal y que es en la exclusión, en la negatividad social, donde se halla la clave para “humanizarnos”, “perfeccionarnos”, “educarnos” como tanto dice el discurso de la pedagogía tradicional.

La pobreza es la forma social de manifestarse lo negativo y en esta medida es el lugar de la verdad. Esto no puede verse desde una orientación afirmativa y positivista como la que impera en la pedagogía de las competencias. Por eso mismo, se ha asumido sin mucho problema que el profesor universitario ya no es lo que era un Adorno, sino un garante del orden, un afirmador de lo dado que en realidad es un nihilista que nubla y prohíbe otras posibilidades. Falta el elemento socrático de riesgo, de valentía, de no casarse con los poderes dados, de conocimiento quisquilloso y taladrador propio de un tábano. Ya no existe eso y si existe está aislado en una universidad tan atomizada como nivelada que imita al dinero, el gran nivelador social para el que lo cualitativo ya no cuenta. Subyace a ello una mirada u ontología que se sitúa en la perspectiva de un mundo como superficies, como hechos mensurables, como llanura, como planas apariencias, que implica un conocimiento que es repetición de lo siempre igual en la ilusión de que todo cambia pero realmente nada cambia. Todo es lo mismo y por tanto, como dice Adorno, todo es nada. Se da la identidad absorbente. Se sufre el pensamiento único, ciego e inmune a los vacíos porque es él mismo un gran vacío. Ya no hay intelectuales en la universidad. Tristemente, la mina se agota y el agua ya no mana de la fuente cuando se es servil consagrante de lo dado, cuando uno se somete al dominio cuya niebla todo lo cubre.

3 comentarios:

Hecto Grjales-dietas par adelgazar dijo...

Bueno yo creo que nada es absoluto y todo es relativo, creo que la pedagogia hoy en dia debe cambiar totalmente deben dejar de meternos informacion como a las computadoras y en cambio motivarnos a encontrar nuestras propias respuestas, en cuanto comprender el mundo y llegar a la verdad desde la religion y la fe es totalmente vible siempre y cuando sea una busqueda personal y no halgo impuesto, saludos

Rodolfo Plata dijo...

LOS VALORES SUPREMOS DE LA TRASCENDENCIA HUMANA Y LA SOCIEDAD PERFECTA, DEBEN ORIENTAR LOS OBJETIVOS DEL CURRÍCULO ESCOLAR LAICO Y LA CATEQUESIS, A FIN DE ALCANZAR LA SUPRA HUMANIDAD. La Epístola apócrifa de los Hechos de Felipe, expone al cristianismo como continuación de la educación en los valores de la paideia griega (cultivo de sí). Que tenía como propósito educar a la juventud en la “virtud” (desarrollo de la espiritualidad mediante la práctica continua de ejercicios espirituales, a efecto de prevenir y curar las enfermedades del alma, para alcanzar la trascendencia humana) y la “sabiduría” (cuidado de la verdad, mediante el estudio de la filosofía, la física y la política, a efecto de alcanzar la sociedad perfecta). El educador utilizando el discurso filosófico, más que informar trataba de inducir transformaciones buenas y convenientes para si mismo y la sociedad, motivando a los jóvenes a practicar las virtudes opuestas a los defectos encontrados en el fondo del alma, a efecto de adquirir el perfil de humanidad perfecta (cero defectos) __La vida, ejemplo y enseñanzas de Cristo, ilustra lo que es la trascendencia humana y como alcanzarla. Y por su autentico valor propedéutico, el apóstol Felipe introdujo en los ejercicios espirituales la paideia de Cristo (posteriormente enriquecida por San Basilio, San Gregorio, San Agustín y San Clemente de Alejandría, con el pensamiento de los filósofos greco romanos: Aristóteles, Cicerón, Diógenes, Isócrates, Platón, Séneca, Sócrates, Marco Aurelio,,,), a fin de alcanzar los fines últimos de la paideia griega siguiendo a Cristo. Meta que no se ha logrado debido a que la letrina moral del Antiguo Testamento, al apartar la fe de la razón, castra mentalmente a sus seguidores extraviándolos hacia la ecumene abrahámica que conduce al precipicio de la perdición eterna (muerte espiritual)__ El reto actual, es formular un cristianismo laico que se pueda vivir y practicar, no en y desde lo religioso y lo sagrado, sino en y desde el humanismo, la pluralidad y el sincretismo, a fin de afrontar con éxito los retos de la modernidad. Es tiempo de rectificar retomando la paideia griega de Cristo (cristianismo grecorromano), separando de nuestra fe el Antiguo Testamento y su religión basura que han impedido a los pueblos cristianos alcanzar la supra humanidad. Pierre Hadot: Ejercicios Espirituales y Filosofía Antigua. Editorial Siruela

Rodolfo Plata dijo...

JAQUE MATE A LA DOCTRINA JUDAIZANTE DE LA IGLESIA. El análisis racional de los elementos que integran la triada pre-teológica judeo cristiana, nos permite: ___criticar objetivamente el profetismo judío y la cristología de San Pablo que estructuran la doctrina judaizante de la Iglesia; visualizar nítidamente que el profetismo judío es opuesto a las enseñanzas de Cristo; visualizar la omisión capital que cometió Pablo en sus epístolas al mutilar al cristianismo de la doctrina más importante para la humanidad. Desechando la prueba viviente de la trascendencia humana patente en Cristo, que se alcanza practicando las virtudes opuestas a nuestros defectos hasta adquirir el perfil de humanidad perfecta (cero defectos). Disciplina que nos da acceso a los contenidos meta concientes, y potencialidades del espíritu__ Y la urgente necesidad de formular un cristianismo laico enmarcado en la doctrina y la teoría de la trascendencia humana (sustentada por filósofos y místicos, y su veracidad comprobada por la trascendencia humana de Cristo); a fin de afrontar con éxito: “el ateismo, el islamismo, el judaísmo, el nihilismo, la nueva Era y la modernidad”, que amenazan con sofocar al cristianismo. http://es.scribd.com/doc/73946749/Jaque-Mate-a-La-Doctrina-Judaizante-de-La-Iglesia