lunes, 7 de marzo de 2011

La filosofía de Lukács en la pedagogía de Paulo Freire


A lo largo de mi lectura de Lukács he percibido claras afinidades con el planteamiento pedagógico liberador de Paulo Freire en quien, sin duda, influyó el filósofo marxista. Este rastro puede seguirse mediante una atenta lectura de Pedagogía del oprimido que tenga en cuenta al Lukács de Historia y consciencia de clase como uno de sus grandes referentes. En el libro de Freire hay también mucho de una dialéctica de corte hegeliano pero, en la línea marxista, llevada al material de la praxis en la que los hombres viven y crean entre sí. En el nivel de la cultura (conciencia, autoconciencia o ideología) se dan reflejadas las escisiones que paralelamente se dan en el nivel de la relación material entre los hombres y de los hombres con la naturaleza. Freire atiende especialmente a la conciencia como resulta lógico en un educador. Estudia los discursos, la forma en que éstos se dan y el tipo de relaciones humanas a las que apuntan, en las que se engarzan. Así, lo educativo puede adquirir distintos tintes en función del lugar dentro de la historia y de la sociedad (de clases) en que se da. Freire encuentra en el oprimido la misma dialéctica de fracaso y desesperanza por un lado, consecuente con la sociedad que produce dicho fracaso y desesperanza, y de liberación, por otro lado, consecuente con la necesidad de superación de dicho fracaso y desesperanza identificable en la sociedad y en la conciencia de los hombres y clases sociales. Así, para Lukács, el proletario también incluye en sí mismo, en su conciencia de clase, la doble insinuación de un final sin futuro, nadeante y, por el contrario, un futuro prometedor y esperanzador. Dice Lukács: “(…) en el proletariado el hombre se ha perdido a sí mismo, pero de tal modo, que no sólo cobra consciencia teórica de esa pérdida, sino que se ve además obligado directamente a la cólera contra esa inhumanidad por la constricción imperiosa y absoluta, ya inevitable e imposible de disfrazar, que es la expresión práctica de la necesidad” (p. 97). Bien es cierto, que para evitar posibles equívocos de tipo idealista, Lukács hace la siguiente precisión acto seguido: “Pero el proletariado no puede liberarse sin suprimir sus condiciones de vida” (p. 97). No se trata, por tanto, ni en Lukács ni en Freire, de meros movimientos dados exclusivamente en la conciencia (de clase), de tipo interiorista, en las creencias o en el pensamiento, sino de un pensar operativo que es fabricado al tiempo que se fabrica nueva realidad. O a lo sumo, de un anticipar lo que viene pero en la medida que se husmea en el subsuelo de la historia, de lo posible en la historia. Es desde una vocación de lucha liberadora como la conciencia obra su parte y contribuye a una con las manos en la recreación de realidad. Así, más que en otras clases sociales, en el proletariado se concentra la clave de los tiempos, según Lukács. Y del mismo modo, es en el educando oprimido en quien la educación superadora de las escisiones se logra plenamente, porque en el lugar límite donde habitan los oprimidos se da la revelación de lo bueno posible albergado dialécticamente por la configuración dada, maligna para los hombres. Esta malignidad es captada por el oprimido, como también señala de un modo sumamente convincente y certero el pensamiento de Ellacuría acerca de la realidad histórica. Quien mejor conoce la anti educación (la educación escindida e impotente, "bancaria" en la terminología freiriana) es el mismo en que mejor puede realizarse la educación (unificadora, capaz): el oprimido. Es el mal que sufre lo que permite, precisamente, comprender lo patológico de los procesos educativos bancarios (o sea, antieducativos) y su faceta ideologizadora que consagra lo dado maligno. Dichos procesos educativos bancarios participan, entre otras cosas, de la escisión con el mundo, del idealismo de la mera conciencia y la cosificación clausurante del mundo y de los hombres, que tan exhaustivamente es descrita también por Lukács. Así, la liberación no es un deber ser exterior al hombre sino que nace en el propio hombre, concretamente, en el oprimido (Freire) o el proletario (Lukács). Merece la pena citar por extenso a Lukács por lo enormemente freiriano del texto:
“Pues el objetivo final no es un estadio que espere al proletariado al final del movimiento, independientemente de él, independiente del camino que hay que recorrer, en algún lugar imprecisado y como ‘estado del futuro’; sería entonces una situación que podría tranquilamente olvidarse durante la lucha cotidiana, y proclamarse a lo sumo en sermones dominicales como momento sublimador de las preocupaciones de cada día. Tampoco es un ‘deber ser’, una ‘idea’ coordinada regulativamente al proceso ‘real’. El objetivo final es más bien la relación al todo (al todo de la sociedad considerada como proceso) por la cual cobra sentido revolucionario cada momento de la lucha” (p. 99). Se trata de una vinculación de la conciencia con la realidad, del pensamiento que capta a lo real como un todo en el que se halla incluido el propio pensamiento. Un pensamiento ya consecuentemente consciente de que no hay pensamiento (nunca) sin mundo. Entonces es cuando en la conciencia aparecen las tendencias de la realidad histórica, se hacen conscientes en la conciencia conectada con el mundo, dirigida decisivamente al mundo. El proletario encarna en sí, como clase, un dualismo que él mismo puede superar aunando el mundo que lo ha generado a él mismo con la conciencia que lo refleja y articula. Así, “La extrañeza de los hechos entendidos se disipa de este modo en la conexión de la realidad, en la referencia de todos los momentos parciales a sus internas raíces, antes no aclaradas, en el todo: entonces se hacen visibles en esos hechos las tendencias que aspiran al centro de la realidad, a lo que suele llamarse objetivo final” (pp. 100-101). Todo esto que formula Lukács está en Freire, en su alusión a lo que puede ir ocurriendo en quien es educado liberadoramente (concientización), pero resulta, a mi juicio, mejor formulado en la filosofía de Bloch y de Ellacuría que supera, éste último, el excesivo peso de lo hegeliano-dialéctico en los autores marxistas. Creo que esta conexión, en cualquier caso, de Lukács con Freire es digna de ser explorada y completada con autores próximos como los ya nombrados. Estudiarlos a todos ellos nos puede ayudar a entender mejor en qué consiste educar y, en especial, cuándo y en quiénes educar se constituye en un proceso liberador.