martes 24 de mayo de 2011

¿Vais a echarnos también de la calle?

Todos los que aún tenemos fe en la capacidad de los seres humanos para decidir un proyecto común de felicidad y de mutua ayuda, quienes aún creemos en la democracia a pesar de lo mancillada y maltratada que la tienen, estamos acampados en todas las ciudades del España y del mundo. Aquí, en la España y la Andalucía que, confieso, creí muertas sin remedio cuando en plena subida del IVA sus pobladores sólo supieron echarse a la calle para aupar a la selección de fútbol, la savia vuelve a circular en la primavera más hermosa que recuerdo en mis casi cuarenta años de vida y más de quince de profesor universitario. Ayer, en la Asamblea de Granada, simbólica y acertadamente situada en la Plaza del Carmen, justo a la entrada del Ayuntamiento, se volvía a debatir con escrupuloso orden, con admirable respeto a quienes intervenían, con esforzada atención a los argumentos y razones que cada cual afirmaba, mientras yo, que no puedo dejar de ser profesor incluso cuando las máscaras caen, reconocía a mí mismo estar aprendiendo más que en años de tenaces lecturas. Frente a mi inercia a dejarlo todo y correr a leer mis libros, supe que donde debía estar era allí. Ningún ciudadano puede perderse esta ocasión. Aquello es luminoso. Es lo mismo que saben los muchos estudiantes que llenan la plaza felices pero vacían nuestras aulas, y que, sabiamente, nos empujan a los que somos sus profesores. Sí, somos sus profesores los que, impactados, apenas podemos sino balbucear y mirar con asombro, con unas ganas inmensas de abrazar a quienes nos están dando la mayor lección de nuestra vida. Los estudiantes escuchan con una atención que ya quisiera uno para sus clases y resulta notorio en ellos el esfuerzo consciente por pensar, por debatir, por organizarse, por no repetir errores, por vivir la política de un modo, como acertadamente indican, “apartidista”. Estoy muy orgulloso de ellos y creo que la Universidad de Granada, a la que pertenezco, debe también estarlo. Por fin, nuestros alumnos participan y se implican.

Ahora surge en la Asamblea, no sólo en los estudiantes, la necesidad de instruirse, de aprender economía y otras ciencias y artes que nos arrebataron, ciencias que nos liberen del pensamiento único que se ha apoderado del conocimiento y, lamentablemente, de la universidad española, tristemente consagrada al mercado y a los mismos poderes financieros que están maltratando sistemáticamente a millones de personas para obtener sus ganancias. Esto debe saberse y hablarse. Creo en la calidad en el conocimiento y en la universidad, y es, también, por lo que acudo a la Plaza con la misma puntualidad que a mis clases en la facultad. Veo que en la plaza hacen falta clases de economía, por ejemplo, ciencia que es fundamental conocer para que dejen de tomarnos el pelo.

Así, la necesidad de alfabetización, como en los círculos de lectura de Paulo Freire, surge en medio de las ansias democráticas de esta inolvidable primavera. En la Asamblea hay voces que ya lo ven y lo piden. Cultura y educación participativas, redefinirnos, recrearnos, fuera de los lugares en los que no hay cabida para ello. El brutal capitalismo neoliberal que se empezó a forjar como supuesta salida a la crisis de los setenta, crisis que ha culminado en la actual recesión económica, está en estos días mostrando su verdadero rostro. El sistema económico hace aguas pero quieren seguir aplicando sus medidas. Si de esto no se habla en los ayuntamientos, el parlamento o las universidades, hablaremos de ello en la calle.

Otra cuestión asombrosa es la sabiduría con la que se ha optado por una resistencia ética, pacífica. No he visto el menor atisbo de violencia, lo cual es otra lección para quienes sí son violentos, los que matan moviendo cantidades en cuentas bancarias, generando paro, miseria y hambrunas, jugando con los precios y elevándolos para hacer negocio, sin crear puestos de trabajo, sin producir, despojando a las familias de sus hogares, del pan y hasta del agua. La violencia de quienes violentamente nos han echado a la calle quedará aún más patente si nuestros cuerpos felices y en paz son apaleados por ellos. Todos estamos en la calle, desahuciados por los bancos, expulsados por la clase política, reducidos a número por las grandes empresas. Todos, asalariados, parados y pymes hemos sido y estamos siendo desahuciados. Son ellos, los violentos, quienes nos han puesto en la calle y nos han obligado a objetar a sus leyes trucadas que no obstante respetamos acaso mejor que quienes las apoyan, a la falsedad de una democracia de papel dominada por un mercado que no es democrático y que dicta a los políticos su reforma laboral. No se escucha nada más que un pensamiento. La censura, sutil y más eficaz todavía que la del franquismo, impregna las instituciones, disfrazada de palabras bonitas, como “calidad”, “progreso”, “prudencia” y se tacha de trasnochado, descaradamente, a quienes descubrimos lo oculto tras estos velos. Hay que denunciar que ellos nos han puesto en la calle, que ellos nos han arrancado el mundo y que nos cortaron las alas, que hemos sido mutilados, pero en cada Asamblea, los polluelos alzan el vuelo, todavía con torpeza, aunque un día serán grandes, felices y fuertes. Estamos en la plaza porque nos han expulsado de nuestros hogares. ¿Van ahora, también, a expulsarnos de la Plaza? ¿Qué quieren que hagamos? Somos personas de paz que iluminamos juntos la noche emprendiendo ese viejo esfuerzo llamado historia y humanidad que ellos se empeñan en cercenar. Por el amor de Dios, dejadnos en paz.

viernes 20 de mayo de 2011

Crónica de un nacimiento (primera parte)

“Ríanse, pues, cuanto quieran, de las cosas humanas los satíricos y detéstenlas los teólogos, y alaben los melancólicos, cuanto puedan, la vida inculta y agreste, y desprecien a los hombres y admiren a los animales. Experimentarán, sin embargo, que con la ayuda mutua los hombres pueden procurarse mucho más fácilmente las cosas que necesitan y que sólo uniendo sus fuerzas pueden evitar los peligros que por todas las partes les acechan.”                                                                                                                                             
Spinoza


Asistiendo ayer a la asamblea de las organizadas a raíz del movimiento 15-M en Granada, entre el asombro y la satisfacción, percibí cómo lo político aflora, como una especie de germen latente de ayuda mutua, lo político como voluntad de vincularse con los demás, de hacer efectivo y consciente el vínculo primordial que nos une, pero que responde a una racionalidad que está dada antes que los discursos. Había en la asamblea este rasgo fundamental: una naciente voluntad de regir la vida en el marco de una comunidad de personas, un intenso deseo de vivir en paz entre todos, una positiva voluntad de vivir juntos, de decidir lo que juntos puede hacerse. A esto lo podemos llamar embrión democrático y ayer quedé literal, visceralmente, emocionado de verlo. Pero la dificultad de organizar dicha tarea colectiva, una tarea de felicidad colectiva, también era visible. A veces las inercias, que lo son de todo tipo y direcciones, se imponen, quizás a favor o en contra de tan amable viento. Pero me dio la gozosa sensación de que a pesar de todo, algo que ha sido asfixiado mucho tiempo, algo nuevo, se insinuaba ante mis ojos admirados.

Muchas personas (incluido, claro está, el balbuciente autor de esta brevísima y temblorosa memoria), necesitábamos probarnos, crecer, caminar en una auténtica adolescencia colectiva, en busca de redefinirnos o redefinir nuestra convivencia. Eso fue lo mejor de ayer (de las sombras en todo ello, cuya percepción forma también parte del proceso hacia la madurez, quizás hablemos otro día). Un intento de emprender camino juntos, o mejor, un incipiente y divertido, fruitivo, gatear. Gatear es admirable. Es un impulso bueno, luminoso. Y más cuando este impulso brota, paradójicamente, de la pura asfixia, del haber sido machacado con acritud (esta palabra me la enseñó un decadente Felipe González que la repetía con pedantería en los últimos tiempos de su mandato). Era el desesperado ahogado que emerge para tomar aire y revivir ante tanta, tanta muerte.

Se habían organizado bien muchas cosas, con ingenio y espíritu. Me encantó el buen clima de la gente, el talante respetuoso. “Talante”, por cierto, es otra palabra que me metió en la cabeza otro presidente del gobierno que ahora apura su presidencia. Porque los presidentes de gobierno tienen la virtud de incrustarnos palabras. Aunque el juego de incrustar palabras se ha vuelto contra quienes hacen de ello un deporte profesional. Así, sin centro, de un modo postmoderno, se ha colado un poquito de Ilustración, a través de redes sociales y de Internet. La realidad se les ha ido un ápice de las manos, y los sms que llevaron a uno a la presidencia, ahora lo van a echar de ella casi seguro. Ya veremos. Pero esta ineficacia del poder, a pesar del fortísimo, más que nunca, aparato ideológico, ahora se asombra y apela a una Transición que felizmente quienes no la vivieron saben comprender con mayor realismo, captando el mito y la mentira que había en ella. El mito de la Transición, esa historia que a todos nos cuentan, como un evangelio que ha de representar la alfombra de nuestro caminar. Esta evangélica mentira se ha repetido durante más de treinta años. Pero ahora resulta, de pronto, que se descubre que ya no surte tanto efecto. El gigante tenía los pies de barro. Y la gente sale a la calle por eso, para en un movimiento que tiene algo del rupturismo anarquista, comenzar de cero tras la airada y justísima negación de lo que hay. Sin necesidad de libros, taxistas, camareros, estudiantes, barrenderos, maestros, médicos, universitarios, se han percatado de la trampa que se hallaba en una bonita baraja de cartas trucadas. Y así, siempre ganaban los mismos.

La lucha no violenta es el modo que tienen los cuerpos de decir que la violencia viene de fuera, de indicar que el incivilizado, el asesino y el violento es el otro que nos llama violentos o incívicos. Así, hay una ética de la resistencia, estoica y spinozista. Eso era un poco también lo de ayer. La unánime y explícitamente expresada voluntad de no hacer daño, de no responder jamás, bajo ninguna circunstancia, violentamente a la policía, de cumplir las leyes, de respetar a quien nos pega, fue todo un ejemplo de civilizada ciudadanía que debería incorporarse a los libros y cursos de Educación para la Ciudadanía que tanto gustan al gobierno. La asamblea, en medio de sus torpezas y balbuceos que eran, también, los míos, me enseñó que la persona está antes que el ciudadano. Porque se requiere de buenas personas para construir una convivencia que no sea la de la mentira a la que ahora recurren los cínicos devotos de la Transición. Aquello, la susodicha Transición, no nació, y hoy es más evidente que nunca, de un buen germen, como la semilla cuyo humilde y generoso brotar pude contemplar ayer estupefacto. Era, dejémoslo así, otro germen. Un germen que hoy ha dado lo que ha dado, condenando a 500.000 familias a perder sus casas y a vivir eternamente endeudadas. El poder tiene, en este sentido, mucho de condenar al otro al infierno de una vida desgraciada y truncada, de esa cruda violencia, de la más infame carencia de escrúpulos; porque si alguien presionó a Zapatero hace un año para que emprendiera su reforma laboral, él debería haber dimitido y haber contado lo que pasa en el mundo. Pero no lo hizo. Ahora debe atenerse a las consecuencias. El velo se ha rasgado y se descubre el fondo farisaico que había dentro del templo de la sacrosanta y sagrada Transición.

miércoles 18 de mayo de 2011

Está muy claro lo que queremos.

Piden que demandemos medidas concretas, que nuestras reivindicaciones estén claras y sean factibles, a quienes nos manifestamos con la plataforma Democracia Real Ya (DRY). Creo que está claro y que ellos, prensa y políticos lo saben perfectamente. Se trata de defender lo logrado con tanto esfuerzo, que la reciente reforma laboral en España pone en peligro: el Estado de Bienestar, esa plasmación en la política económica de la vieja caritas estoica, cristiana, socialista, ilustrada, que antepone el hombre al dinero o las mercancías. Preguntarnos como si no supiéramos qué queremos son ganas de despistar y desprestigiar gratuitamente al movimiento.

Está claro por qué salimos el 15 de mayo a la calle; muy claro y expresado en términos bien factibles y concretos. Sencillamente nos oponemos al empobrecimiento de la mayoría para la acumulación en unas pocas empresas y grandes grupos financieros que, ellos lo saben bien, han generado la crisis. La crisis económica, y lo dice hasta Obama en EEUU, se ha ocasionado por una inflación de paquetes de inversión arriesgada que sin ser nada valioso acaban, por estrategias de compra-venta especulativa, inflando su precio. Pero cuando se quiere recuperar la liquidez, es decir, el dinero invertido y los beneficios, al final de la cadena, resulta que era un dinero fantasma, que no corresponde a nada real que lo avale. Con esta estrategia que obedece a un giro del capitalismo a partir de los ochenta, se puede ganar muchísimo dinero, pero un dinero que lo que hace es concentrarse, acumularse en unos pocos inversores. De algún modo, esto estalla, que es lo que al parecer ha ocurrido en España, y entonces los bancos, principales especuladores que usan nuestro dinero en estas arriesgadas operaciones, se endeudan, carecen de liquidez, de dinero real para afrontar gastos cada vez mayores. Por ejemplo, en una sucursal, decía Melé de Triodos Bank, donde él fue directivo en un banco anterior al suyo, les pedían aumentar los beneficios un 200% al año. Esta desmesura ha mermado incluso la salud de muchos trabajadores en las sucursales que masivamente están contrayendo enfermedades como depresión cada vez más a menudo. Es decir, se fuerza a producir beneficios (no productos reales, no se trata de una producción de bienes que todos podamos disfrutar y que genere empleo) a un volumen impresionante, a costa de estar invirtiendo, como digo, sin generar empleo y riqueza real a la sociedad. Es, pues, una economía que sólo sirve para multiplicar el dinero de inversores que juegan con los precios y tienen además modos de subirlos para seguir ganando (vivienda, alimentos, etc.).

Esta trama ha estallado y surgen agujeros y deudas. Son deudas trimillonarias. Lo que ha hecho Zapatero ha sido darles dinero. Un equivalente al 14% del PIB (lo que es una barbaridad) que podría financiar durante años, por ejemplo, la sanidad pública o las pensiones. Tanto dinero es, que la deuda del Estado ha aumentado exponencialmente (déficit fiscal). Y aquí los bancos han visto otro negocio: comprar deuda, con elevados intereses (prestar al Estado el dinero que previamente le había prestado el Estado pero exigiendo la devolución en un plazo determinado y con intereses). Para que este negocio funcione, según las reglas de la economía, un Estado no puede endeudarse al nivel que lo ha hecho, por ejemplo, Grecia. Esto es porque si el Estado deja de tener dinero, no puede pagar los susodichos intereses a los bancos. ¿Se entiende ahora por qué Zapatero ha emprendido una reforma laboral durísima que no crea, desde hace un año que empezó, puestos de trabajo sino que ha generado mayor paro y pobreza en la sociedad? El Estado no puede, tras haber regalado dinero a los bancos que después le han prestado con intereses, gastar mucho. De ahí que el dinero que le falta al Estado para pagar esos intereses tenga que sacarlo de reducir el salario a los funcionarios, aumentar la edad de jubilación, el copago sanitario, reducir ayudas sociales, reducir el paro, suprimir becas a estudiantes. Todo obedece a los dictados del mismo capital financiero que ha creado una crisis que incluso uno tiende a pensar que ha sido tal vez producto premeditado de una estrategia para ganar todavía más del modo que ahora estoy exponiendo.

Me asombra que esto lo vio venir en el año 1994 el prestigioso economista Jesús Albarracín, y todo el proceso y el diagnóstico está detalladamente explicado por José Luis Sampedro, Juan Torres, Diego Guerrero, Luis de Sebastián, Vicenç Navarro y muchos otros catedráticos de economía que enseñan o han enseñado en la universidad española. Sin embargo, estas perspectivas críticas no aparecen en el discurso de políticos, banqueros, periodistas ni autoridades universitarias empeñadas en la versión neoliberal en la educación que significa el Plan Bolonia. Hay una suerte de pacto de silencio que instaura el dominio de facto de un inapelable pensamiento único en política económica. Sólo existe un planteamiento que es el que casualmente viene bien para lo que acabo de explicar sobre el origen de la crisis y la reforma laboral de Zapatero. Se trata del mismo neoliberalismo que ideológica y estructuralmente impregna, como he dicho anteriormente, la universidad con la excusa del llamado Plan Bolonia y la calidad.
El precio del juego especulativo es, pues, que nuestros jóvenes, principalmente, van a vivir, si no se evita, vidas terribles, como esclavos de bancos, sin viviendas, hipotecados, amenazados de despido o desahucio constantemente, sin tiempo para ver y educar a sus hijos, sin pensiones, sin jubilación prácticamente, sin derecho a indemnización por paro, sin vacaciones pagadas (porque ya hay modos legales de contratar para eso), haciendo duras jornadas laborales, 600 euristas, en inhumana competitividad entre sí, sin poder acceder a másteres universitarios de prestigio por razones económicas, sin poder hacer proyectos de vida, sin poder realizarse, con el sindicalismo controlado y censurado, y un largo etcétera que viene a consistir en que van a carecer de los mínimos materiales para realizar lo que los derechos humanos y la Constitución defiende de palabra.

Encima, hacen una sentada y se les dice que hay que respetar el sistema de libertades y convivencia que ganamos con tanto esfuerzo en la Transición. Mi lectura es que, entonces, la Transición, como ya avisaban mentes sabias de entonces, venía a sancionar un sistema que sería capaz de despojarnos de todo, de nuestras vidas y de nuestro futuro, impidiéndo un juego democrático eficaz para hacernos oír (degeneración bipartidista, política de pactos y mítines demagógicos, circo electoral, etc.). O sea, que quienes nos despojan pueden apelar a leyes que los consideran señores a ellos, los despojadores, y que culpabilizan, kafkianamente, a las víctimas. Las víctimas, señores, si no se sientan en la Puerta del Sol no son escuchadas por nadie. Y Uds. lo saben.

Se hablaba de la generación NINI y por fin, nuestros chavales se mueven. Pero ahora, cuando se mueven, nos molestan. Porque hay que “respetar la convivencia” y recurrir a las mismas leyes trucadas que dan a los bancos el privilegio único en España y otros tres países, de dejarlos sin casa y encima con deudas millonarias. Esas leyes las han hecho políticos democráticos, elegidos, hijos de la Transición… unas leyes y ahora una reforma laboral hecha para el capital financiero, con poder de hundir un país en 24 horas, como decía el economista Luis de Sebastián. Son, por tanto, unas leyes de las que habría, racionalmente, que sospechar. Hay indicios para ello. Así que la ciudadanía, con lógica desconfianza de políticos y banqueros, recurre a lo que puede, y pacíficamente. Porque, a pesar de la manera de presentarlo TVE, han sido 500.000 personas bien organizadas y pacíficas, en ambiente de vida y de fiesta, que pedían justicia y defender a las personas antes que al dinero.
Pero también se nos reprocha a quienes simpatizamos con DRY que no somos concretos en nuestras exigencias. Que lo que hacemos es trasnochado romanticismo. ¡Pues no es cierto! ¡Es la sana reacción de mentes y corazones que aunque no lo parecía, estaban vivos! Se está llegando muy lejos con la reforma laboral de Zapatero, muy lejos, demasiado lejos, siempre al servicio, como he demostrado, del capital financiero. Por cierto, el economista Jesús Albarracín hablaba de estas típicas medidas anticrisis del neoliberalismo en un libro excelente que he tenido el gusto de leer recientemente, como típicas medidas neoliberales para salir de la crisis que no funcionan. Porque lo único que logran es proteger a los grandes capitales concentrados y seguir acumulando riqueza en quienes ya tenían mucho, a costa de empobrecer al pueblo. Lo que decimos los indignados está, por tanto, muy claro. Es que deje de hacerse políticas económicas de este tipo para encima decirnos, como si fuéramos tontos, que se hacen para crear empleo. Hay datos empíricos que maneja cualquier economista que desmienten esta relación. El discurso contra lo caro de mantener al Estado de Bienestar es demagógico y rotundamente falso. En los 50 y los 60, época dorada del Estado de Bienestar, se aplicaban políticas keynesianas de subir los salarios y de déficit público que no obstante coincidieron con un enorme aumento de los beneficios y la producción. No sé si esta economía de producción viene bien ahora, pero no crea empleo y no es la que fomentan los capitales financieros que están dictando la reforma a Zapatero. Habría al menos que debatir más, que apelar a argumentos distintos y proponer medidas más creativas que no sean las que ya han demostrado fallos en otros momentos (esto lo explica Albarracín con sumo detalle). En cualquier caso, habría que hacer todo lo posible antes de cargarse el futuro de generaciones enteras.

Y por cierto, medidas concretas sí hay. Digo algunas:

- Tasa Tobin para inversiones financieras.
- Salarios mínimos dignos que fomenten el consumo.
- No contratos basuras o formas de contratación que favorezcan abusos.
- Castigar duramente las cuentas en paraísos fiscales, como dice otro gran economista “heterodoxo”: Arcadi Oliveres.
- Legislar para evitar abusos a clientes como los de las compañías de telefonía y otros oligopolios.
- Derogar las leyes que prohíben la dación en pago y permiten los desahucios sin condonación de las deudas ante el impago de hipotecas (la ministra Elena Salgado se ha pronunciado varias veces a favor de que los bancos mantengan estos privilegios).
- Paralizar la aplicación del Plan Bolonia en las universidades hasta que haya dinero para poder hacerlo sin que suponga una carga económica y laboral en profesores y estudiantes.
- Darnos de baja de los sindicatos y partidos mayoritarios, los que pertenezcan a alguno.
- Bajar el IVA y aumentar los impuestos a quienes más tienen.
- Hacer boicots a los productos de las 42 empresas que se reúnen con Zapatero para dictarle los términos de la reforma laboral.
- Voto nulo con alguna palabra concreta escrita en la papeleta.
- Dejar de vender armas.
- No a la guerra de Libia, como a la de Irak.
- Derogar la ley SINDE
- Prohibir que haya imputados por corrupción en las listas electorales

Es decir, la principal reclamación está muy clara, como expresan los manifiestos de DRY: marcha atrás a la reforma laboral y mantener el Estado de Bienestar. Eso puede concretarse en medidas sobre todo de tipo económico que conocen bien los economistas a los que el gobierno no pregunta y que les podrían dar consejos. Quizás no se trata de hacer burradas o cambios radicales (aunque si por mí fuera…), pero sí se puede intentar una política económica un poco más redistributiva aunque fastidie a algunos lobbies. Hay que regular el mercado, también, en ciertos sectores, como medicinas y alimentación. Los mínimos deben estar asegurados y después dejar un mercado libre de compra-venta de bienes privados, pero también, vigilado por una instancia externa (Ver post aquí).

No sé el poder que el capital financiero puede tener para hundir el país y así chantajearnos. Posiblemente tienen mucho poder y por eso dictan la reforma a Zapatero. Pero quizás si llegan cosas como DRY, sepan ceder un poco, entiendan que la lucha social podría reactivarse como siempre, en los últimos 100 años, para frenar sus reformas. Se están pasando de la raya, y van a lograr movilizaciones masivas. Esta lucha masiva que viene dentro y fuera de España, a ejemplo de Islandia y Túnez, es una lucha pacífica, ya que aquí en España la gran violencia es la de haber dejado a 500.000 familias sin casa y con deudas de por vida o a 5.000.000 de parados y otros tantos empleos precarios, por decir una de tantas. Los violentos no somos nosotros y eso debemos demostrarlo. Porque ellos son los violentos. Su violencia mata y destruye vidas. Nosotros digamos, con la educación y la vergüenza que sí tenemos, que es preciso cambiar nuestro injusto sistema electoral; que no es admisible más corrupción; que no nos vendemos. Porque sabemos muy bien lo que queremos y lo tenemos muy claro.

sábado 14 de mayo de 2011

Precisiones sobre el libro "La educación como búsqueda..."

El mal es el punto de arranque y el eje en torno al cual gira toda la discusión del libro, lo cual conduce a su vez a la conexión entre la ética (que trata de la posibilidad o no de elegir el mal) y la educación. ¿Pero a qué llamo mal? Se asume desde un principio que el mal pesa, que actúa como un lastre que impide ciertos desarrollos. Por eso, tener en cuenta al mal añade realismo al pensamiento y a la pedagogía. Nos dice por dónde van, a día de hoy, las cosas. No creo que sea una cuestión subjetiva o perspectivista la que juzga sobre lo malo abundante en el mundo, sino que se trata de la captación de algo real, de lo que Ellacuría o Zubiri denominan “mal estructural” o incluso “pecado histórico”. La subjetividad es capaz de captar y reaccionar por distintos mecanismos y modos a lo que de malo hay en una estructura histórica-social, quizás vivenciando lo malo (“lo malo” es lo que en la historia bloquea ciertas posibilidades de mejorar las vidas humanas que tiende la propia historia) como sufrimiento personal, como enfermedad (anorexia, neurosis, depresión, etc.), como apatía, como dolor.

Hay una correspondencia entre este tipo de patologías o vivencias individuales y un mal que reside en la estructura que nos constituye. No hay que ver lo social como algo objetivo y ajeno (aunque tenga algo de estructura independiente), sino como algo encarnado y hecho real en nuestros cuerpos. Así, lo que en principio parecen dinámicas estrictamente racionales o cognitivas, como la ideologización, causan paralelamente un sufrimiento concreto en los cuerpos, en las personas individuales. Por eso, si alguien experimenta dolor, en gran medida podemos afirmar que dicho dolor puede tener una correspondencia social. Aquí, aunque en el libro no hablo en absoluto de esto, la concepción de la persona en Zubiri y en Ellacuría nos ayuda a superar la dicotomía entre individuo y sociedad, o cuerpo y razón. Hay una sabiduría en el cuerpo que sufre que nos habla acerca de la realidad histórica, de los contenidos de la realidad histórica.

Dicho esto, es cierto que el primer capítulo da una leve impresión de desmesura, de un dolor que tiene otro origen. Sería el dolor de un individuo concreto que en una actitud muy poco estoica o filosófica sufre de un modo narcisista por su propia finitud. Esto puede ser en parte cierto y atribuible a algunas perspectivas existencialistas que sobrevaloran lo individual, pero si rastreamos en esta actitud, de nuevo surge la verdad social que es reflejada y vivida en ese modo. En este sentido, también un dolor narcisista nos habla de un mundo dolorosamente narcisista.

Es cierto que resulta muy difícil hacer una valoración que incluya el futuro y, por tanto, es imposible valorar la cantidad de mal o de bien que acumulará finalmente la humanidad. Pero sí es legítimo analizar el pasado y el presente, intentar mirarlo más allá de las explicaciones o interpretaciones usuales (positivismo, hegelianismo, incluso marxismo) y extraer conclusiones. Me parece irrefutable que la historia se ha sufrido o padecido antes que gozado, que ha sido un auténtico baño de sangre. Quizás nos falte un rasero para esta valoración, que yo tomo de la ética de Dussel. La vida es principio del que brota todo lo humano, incluido ética y reflexión filosófica. Aquí, el valor que Zubiri da a la biología, de un modo no biologicista reduccionista, nos ayuda también a entenderlo. Sin vida humana, sin materia, no hay humanidad ni historia. Así que la afirmación de lo “humano” pasa por afirmar aquello que lo constituye, la materia donde empieza y acaba lo humano (en las corrientes materialistas y si nos liberamos de dualismos gnostizantes). La vida, pues, no es un valor abstracto, sino algo concreto, real y físico que requiere cuidado. Favorecer la vida es cuidar la vida y desde aquí podemos mirar si en la “realidad histórica” la vida obtiene el cuidado que requiere. Creo que evidentemente no se tiene ninguna consideración con la vida humana en el momento que se sacrifican los hombres de carne y hueso, pueblos enteros, en “baños de sangre”. Esto no es una mera impresión o juicio valorativo, sino una realidad que puede captarse racionalmente. En este sentido el mundo, en su configuración actual, es muy malo.

La negación de lo más básico, que es la vida (hambrunas, explotación laboral, guerras, masacres, conquistas, etc.) es lo que llamo en el primer capítulo “nihilismo”. La actitud nihilista niega a las personas y niega el mundo. Se trata de responder a la muerte con más muerte. Lo ético surge, por el contrario, cuando se supera este nihilismo en la afirmación de las personas, que pasa, necesariamente, por la afirmación del Tú y del Otro. El situarse en apertura con el Otro es el arranque, prerracional o como fruto de una suerte de razón corporal y a-lógica, de lo que llamo ética en el libro. Cuando nuestra ubicación existencial, podíamos decir, manifiesta esta apertura, entonces entendemos el mal como mal, el mal como negación de la vida. En el fondo, esto es Nietzsche depurado de su actitud final individualista y, como en La Peste, considerando al individuo como necesariamente y conscientemente constituido por los demás, en la medida en que hay una presencia física de los demás en el sujeto. Negar a los demás es negar una parte material de sí mismo y, por tanto, negarlo todo.

Sinceramente no sé si el mal es superable. El que podíamos denominar “mal histórico” tal vez, pero tiendo a creer que no es suficiente. Uno sabe que el mundo es un “valle de lágrimas” y creo, de nuevo insisto, que esto es evidente: la enfermedad, la muerte, el dolor… Ahora bien, uno puede interpretar la muerte de distinto modo. Una actitud sabia es el estoicismo, descrito en el segundo capítulo de mi libro. Yo confieso que me debato entre la proclamación de que sólo hay mal, de que el mal tiene la última palabra, ante la evidencia de la condición trágica humana (prevalece y vence siempre la muerte), o hacer caso de mi deseo de que las cosas fueran de otro modo. Esto último puede ser ya acusado de teología o inicio de la teología (eso diría, con razón, Heidegger). Conozco a un buen teólogo que entiende esto mismo, que el deseo funda lo religioso, el deseo como afirmación, hasta el punto de que este amigo reconoce como grandes teólogos a Feuerbach y a Nietzsche (sé que esto puede escandalizar a muchos). Primero está la realidad del deseo humano de una superación de lo que de doloroso y malo hay en el mundo, y después, tras la realidad de dicho deseo, se puede apostar o no por Dios, pero quien apueste por Dios, lo hace desde algo que sí es plenamente real: el deseo (anhelo) de justicia, de un mundo sin sufrimiento gratuito e inútil. Por eso, el cristianismo desideologizado opone al valle de lágrimas que ciertamente es el mundo, la afirmación de aquello donde reside el deseo de lo bueno, que es el propio mundo, el hombre y la vida. Afirmación del mundo, a pesar del sufrimiento. La respuesta cristiana al mal, así pues, sería el combate contra el mal en el mundo. Y eso sería todo el secreto del cristianismo en lo que nos concierne aquí y ahora. Una respuesta al problema del mal en el estricto ámbito de la praxis sin poder ir más allá (aunque legítimamente se desee y se anhele un mundo sin lo malo que hay en él).

Como filósofos, sólo podemos quedarnos en el deseo de mejorar el mundo y en la acción por ello. Eso es, aunque cuestionable en algunos aspectos, Nietzsche, al que completa y mejora, a mi juicio, el Camus de La Peste. Camus intuye o ve que la concepción de la vida en Nietzsche, la racionalización que el alemán hace de la vida, está teñida por su momento histórico (individualismo insolidario, liberalismo burgués). Sabe, quizás con sus huesos, que la última palabra, lo que hace hombre al hombre, es estar con los demás, y esto no está bien reflejado en Nietzsche, creo. Del alemán toma, (y yo lo reflejo en mi primer capítulo e incluso se puede interpretar que algo de esto hay en el estoicismo) un previo a la razón que podemos denominar “voluntad”, apuesta, un “porque sí”. Si no fuera así, nadie se jugaría la vida por los demás. Este jugarse la vida como máxima expresión de lo ético (de la presencia constituyente de los demás en uno mismo) adquiere tintes de apuesta… trágica, porque si no vamos a la teología, de nuevo insisto en que vence el mal (la muerte). Así, veo hasta la fecha de hoy el comportamiento ético como una suerte de arriesgada apuesta por la que se anda en la cuerda floja, a contracorriente de una realidad hecha contra lo ético (contra lo dialógico, “dialógico” en el sentido del pensamiento judío, Levinas, etc. y en el sentido también de Paulo Freire). Así, la ética cuyo momento extremo sería el martirio (no nihilista, es decir, sin connotaciones de suicidio o asesinato) brota y reluce cuando la relacionalidad personal humana se muestra a las claras y sin bloqueos de ningún tipo. Por cierto, es la relacionalidad humana en este sentido lo que se cuida y “riega” cuando educamos o nos educamos, frente a los modos de educación que contrariamente niegan dicha relacionalidad (adoctrinamiento, etc.). Negar esto, impedir esto, es lo que en mi libro, también, se asocia con el mal. El mal sería una suerte de interrupción del proceso de engarzamiento y re-creación de los seres humanos, proceso necesariamente dual, relacional. Opta uno, pero opta con los demás hombres y ante ellos. En la opción hay la afirmación o la negación de las demás vidas, de toda la fluida y proteica vida humana expresada con ese concepto abstracto que llamamos “humanidad”. Creo que podemos hablar de humanidad o de hombre, siempre que lo entendamos encarnado y concretado, quizás en el modo que lo hacen Zubiri y Ellacuría. Este hombre es presupuesto de la ética, si no hay hombre, no hay ética, como sabía Heidegger, que negó ambas realidades (humanismo y ética). Pretender situarse más allá de lo humano, como ámbito o estructura real, tiene, además, muy peligrosas consecuencias, quizás peores que pretender definir y cerrar, al modo idealista, lo humano (Ilustración, modernidad).

Puede mantenerse que la vida es dolor y, a pesar de ello, desear que no haya dolor. Este deseo es no sólo un deseo narcisista del individuo y de la subjetividad, sino un deseo que afirma a los seres humanos y que afirma a la historia frente a lo que se opone a ellos. Yo me tomo en serio mi dolor porque me tomo en serio el mundo, y mi deseo es un mundo con menos dolor. Esto obtiene, obviamente, una expresión histórica y política. Yo puedo admitir que prevalece el dolor y al mismo tiempo desear que no fuera así. No contradice esto del todo al estoicismo. De hecho el estoico vive en la tensión entre afirmar el mundo (Séneca, cuya virtus se engarza cada vez más con el mundo, frente a los griegos más dualistas) y la realidad de que en el mundo hay dolor. Quizás el nacimiento de la interioridad sea una respuesta a cómo casar deseo mundano, deseo de mundo, con un mundo que duele. El estoicismo trata de conciliar su deseo con un mundo que se opone constantemente al mismo, y lo hace sobriamente, afirmándose como interioridad que persevera, como voluntad, que acepta pero al mismo tiempo transforma. Esto es casi Nietzsche (y mira que él detestaba a los estoicos, creo recordar). Es verdad que en algunos momentos del primer capítulo, este equilibrio no se logra del todo y prevalece la realidad del baño de sangre como un ácido que disuelve cualquier empeño humano. Pero junto a este sentimiento está también su opuesto, el deseo de superarlo, y ahí aparece Freire, Illich. Digamos que en el libro está esta tensión que no acaba de resolverse adecuadamente del todo. Se oscila entre uno y otro extremo. Entre la queja y el ponerse a trabajar para combatir el mal (Camus opta por lo segundo).

Hay una sabiduría o pedagogía del sufrimiento producto de la confrontación con el mal. Es verdad que esto nos hace más conocedores de la realidad y de nuestra realidad. Pero es razonable pensar en la inutilidad de muchos sufrimientos. ¿Aceptamos las cosas como son y sólo las cambiamos en la medida de lo posible? Esto es ciertamente el estoicismo. La superación de algunos males es realmente posible, pero no se ha concretado aún, por lo que insisto en el libro en empezar partiendo de lo evidente, que es que mucha gente sufre. Lo superable no quiere decir que esté determinado a suceder, la superación no está garantizada, y por eso, siguiendo a Ellacuría, se pueden cuestionar todas las versiones de teorías del destino histórico (muchos marxismos, hegelianismo, etc.). Ellacuría fundamenta bien la apertura e indeterminación de un final de la historia. Se sabrá lo que es la humanidad al final, pero ahora no lo sabemos. Estamos aún dibujándonos, y cada trazo es una ruta nueva que abre la posibilidad de nuevos trazos. Si hay juicio final sobre la historia, un veredicto sobre ella en mi libro, por supuesto que es una desmesura y que me equivoco. Estamos en la apertura y en el dinamismo que apunta a muchos finales distintos, felices o no. Por ejemplo, hace unos siglos, no era real que la humanidad pudiera suicidarse, pues no había tecnología para ello, pero hoy esa posibilidad sí es un componente que constituye lo humano, propio del ámbito de lo humano (la posibilidad de una catástrofe final es hoy un contenido de la historia que ya sí pasa a determinarnos como un trascendental surgido de la propia historia, surgido por una mezcla de opciones libres y de determinaciones materiales, de capacidades cristalizadas tras haber apuntado al logro de unas posibilidades concretas y no a otras de entre las posibilidades que se alzaban en el horizonte que emana de las capacidades). Ser humano hoy es ser capaz de exterminar al hombre. Esto nos define y conocerlo forma parte de un conocimiento de lo que a día de hoy el hombre parece ser. Pero no justifica que el exterminio sea un final feliz y la ética a contracorriente se opone a dicho final, a la posibilidad de dicho final que aun ciertamente tampoco está asegurado. Mientras haya hombres prevalecerá la apertura de la historia. Sin embargo, puedo aceptar imperturbablemente el autoexterminio de la humanidad si llega, pero no aprobarlo. Esto es, también, estoicismo.

La necesidad de Dios es la necesidad de que corresponda una realidad a nuestro deseo de que el mal no tenga la última palabra. Kant pensó que esta realidad (Dios) era un postulado necesario para la ética, un marco, un trascendental requerido para que haya ética (opciones morales). Yo intento buscar una ética, como Camus, que no lo necesite, pero confieso que me las veo y me las deseo para lograrlo. Ésa es la queja principal que aparece abundantemente en mi libro. Quizás es verdad que en los márgenes de la estricta filosofía, contra lo postulado por Kant, no hay Dios y debamos pensar sin Dios, con digna sobriedad. Pero en mi libro acaso hay un intento o deseo de poder ir más allá, contraviniendo esta regla del juego filosófico o de la razón, adonde apunta mi deseo de que el mal no tenga la última palabra. Esto ocurre porque ese más allá adonde apunta mi deseo real, aquí y ahora, sí puede ayudar a fundamentar mejor la ética hasta el hipotético caso de un martirio. Pero es verdad que el Dr. Rieux en La Peste es sobria y agnósticamente un mártir (agnósticamente quiere decir que permanece en la pregunta, que es lo único que los seres humanos podemos hacer en torno a la posible existencia de Dios). ¿Es patológico pretender ir más allá? ¿Es legítimo filosóficamente? ¿Es mejor o peor vivir en la esperanza de ese más allá donde se aten los cabos que quedan sueltos? ¿O sólo mirar los cabos sueltos y mantenerme sólo en mi deseo de que se anuden sin ir más allá, sin más? ¿Qué apuesta es mejor para vivir? Pero independientemente de lo que sea mejor para vivir (una suerte de utilitarismo moral-religioso) recuerdo la admirable contundencia con la que Russell rechaza engañarse porque sea mejor para nosotros. No. Quizás un filósofo lo que deba hacer, como tal, es no engañarse. Nunca engañarse. Y en este caso, no hay Dios que valga. Quizás a esto llegó el gran sabio que fue Séneca, maduro y ya de vueltas en relación con los maestros estoicos griegos de casi cuatrocientos años antes. A una religión sin Dios que yo equivocadamente he asociado en el libro con el budismo pero que frente al budismo es mundana y afirmativa de lo mundano.

Por último, deseo precisar que lo que dice Benjamin es que nuestro presente está lleno de ausencias y es constituido justo por lo que falta. Eso no es una fantasía ni algo irreal, sino al contrario, algo bien real. Es como un monumento que conmemora la tragedia del Holocausto compuesto de huecos, dice Reyes Mate. Esos huecos son carencias o faltas que sin embargo están ahí, con una suerte de densidad o de modo distinto de estar, determinándonos a nosotros. Esto también es la muerte, habría que matizar a Heidegger. Una muerte dada en la historia, en los términos bien reales y materiales de la historia, causada por la historia. Nuestra mera existencia biológica ya se debe, tal vez, a que nuestros padres se alimentaron de víveres que fueron negados a otros en los campos de exterminio. El presente nietzscheano no percibe, a mi juicio, este aspecto del presente, esta presencia aquí y ahora de lo no logrado. Creo que Nietzsche fabrica una imagen que se interpone, que ciega, que nos crea una falsa (ideológica, liberal, burguesa) impresión triunfalista del presente como instante o mediodía en el que desaparecen, falsamente, las sombras. Las sombras están ahí y la prueba es que todos los proyectos humanos, también los presentes, acaban truncándose. Aunque es verdad que Nietzsche en ningún momento ha eludido lo doloroso de la vida y la realidad del sufrimiento, e incluso ha criticado contundente y sabiamente la incapacidad para encajar el sufrimiento mostrada por la metafísica platónica o el cristianismo. Porque el goce, por muy real e intenso que sea, no lo es todo, desgraciadamente, ni lo borra todo.