jueves, 14 de julio de 2011

El Dr. House contra el padre Brown.

El relato policíaco es una de las seducciones literarias que persiste, a pesar de su aparente agotamiento, porque sin lugar a dudas toca algunas fibras características de nuestra época. Tiene una evidente relación con el combate humano por hallar luz en una realidad que se percibe como algo laberíntico o ambiguo, por el carácter de amalgama y confusión que ésta manifiesta. Hay en el relato policíaco una lectura y relectura constantes de los estereotipos que se realiza desde un planteamiento que tiene mucho también de comportamiento estereotípico. Así, el formato mismo de un cuento detectivesco es prácticamente dos o tres posibilidades que se repiten con pequeñas variaciones. El mundo se simplifica en grado extremo. Es el caso por ejemplo de esa incursión de lo policíaco en el universo de la medicina que vemos en la serie de televisión Dr. House. Con un clásico planteamiento de enigma por resolver, de hipótesis y tanteo experimental, la medicina moderna representada por House y su equipo hace sus descubrimientos a costa de también estereotiparse, tipificarse y clasificar la realidad, de hacer que ésta deje de ser misterio para convertirse en enigma. En el caso de House este comportamiento y método impregna como por un rebote a toda la personalidad de los médicos, que van poco a poco convirtiéndose en lo contrario de lo que deberían convertirse al iluminar la realidad: en seres lúgubres, aislados y escépticos, que no pueden relacionarse entre sí sin ironizar sarcástica y tristemente. A lo largo de la serie todos van cayendo víctimas de este hechizo moderno que repercute en sus vidas personales.

Para combatir los falsos estereotipos o líneas causales que siguen los médicos que yerran en sus diagnósticos, el equipo de House debe recurrir a estereotipos distintos y a hipótesis arriesgadas y descabelladas a juicios de los médicos que suelen fracasar con los casos asignados al equipo de House. Éstos intentar aplicar por un lado una observación más fina de lo normal de los síntomas guiada por hipótesis en ocasiones que hacen que destaquen algunos signos o síntomas aparentemente ocultos, por un lado. Por otro lado, a la colección de datos aplican distintas plantillas causales, en un juego como el de cambiar las causas por los efectos y viceversa. Así, en medio de un aparente caos de fracasos en los que la razón analítica parece no dar más de sí para descubrir al criminal (la enfermedad que causa los síntomas, la etiología, creo que es como llaman a esto los médicos, al agente que causa la enfermedad), en un último salto de saltimbanqui, House descubre la relación exacta entre los datos que conduce a la revelación del criminal. El hecho de que esto se dé en un hospital y en el mundo de la medicina quizás añade un factor más conmovedor y trágico a la empresa, aunque en el mundo de la novela policíaca, la muerte y la vida también se hallan muy presentes como el origen, precisamente, de donde provienen los enigmas que desafían a la razón. Todo se reduce a un juego con la muerte que eludiendo los grandes interrogantes que ésta plantea que no puedan resolverse por un uso analítico de la razón (House ironiza constantemente sobre la religión y se considera agresivamente ateo), la abordan reduciéndola a enigma o incluso acertijo o adivinanza, que ya sí puede ser resuelto de un modo analítico con la actitud de un triste y huraño jugador. Así, se combinan el escepticismo ante los puntos ciegos a los que no se llega pensando analíticamente o empíricamente, con una apuesta por un modo de abordaje analítico que sí funciona para unos fines más modestos: curar y diagnosticar a los pacientes. El método funciona bien con House porque precisamente él asume que debe eliminar de sí mismo y de su investigación todo lo no abordable analítica y empíricamente. Unas veces se trata de inducción a partir de datos empíricos pero que se combina estrechamente con una deducción cuya victoria es ser capaz de, al final del episodio, salvar a algunos pacientes aplicando tratamientos. Es por todo esto, y a pesar de su antipatía, que House seduce. Vemos en él algo que en el fondo todos somos, una cierta fe y una apuesta por un modo de existencia. Por eso, la desolación y el escepticismo que a muchos niveles aplican (el moral, el religioso) los miembros del equipo, quizás nos atraen por lo que su juego tiene de épico, de proeza heroica y de abnegado sacrificio. Un afán distanciado, cerebral, intelectual con el que el mundo es más gris, pero en el que la modernidad ha depositado las viejas esperanzas de la humanidad. Se sabe que el equipo de House es un poco la humanidad descarnada de nuestro mundo actual, con sus grandezas y miserias. House es una suerte de héroe antiguo que ha matado a los dioses y que manifiesta dolorosamente la carencia de los mismos. Su pierna enferma le recuerda esto constantemente. Esto puede hacer sospechar en algunos episodios si House es verdaderamente ateo, porque si el ateísmo paradigmático es el de Nietzsche, no debería echar de menos a los dioses. La verdad es que esto sólo se evidencia en breves y muy dispersos momentos de la serie. En general, los personajes viven inmersos en sus vidas laborales, en su trabajo, pero en la forma burguesa del trabajo hecho sin verdadera ilusión, un trabajo que se aborda con la misma frialdad con la que se aborda el misterio reducido a enigma racional o acertijo.

El método de House es el método del detective Sherlock Holmes, igual que su personalidad, que para que destaque, requiere del contrapunto de un ingenuo Watson (perdido en la admiración por un método analítico que sin embargo no logra dominar porque no es capaz de emprender el sacrificio personal que requiere) que en la serie de televisión es el Dr. Wilson, oncólogo. Es decir, es el método propio de la ciencia moderna y que todos admiramos porque sabemos que funciona. Admiramos a los médicos como se admiraba a la policía en el siglo XIX y parte del XX. De hecho, la novela negra del XX surge ante el fracaso del método analítico de los detectives decimonónicos, como una desesperada impugnación del padre (¿América frente a Europa?) y poniendo ya en total evidencia lo que en el XIX era una violencia sutilmente disimulaba y disfrazada de aristocratismo.

A Holmes o House podemos oponer un tipo de detective con otro método de tipo más intuitivo o imaginativo, que piense con imágenes, que empatice con las personas. Algo así como el psicoanálisis, que requiere de fina observación y que por supuesto plantea soluciones e hipótesis, pero que todo ello es propiciado por una mimesis camaleónica. Se trata de combinar el distanciamento analítico tipo House con una fusión con el otro (víctima, delincuente) que nos conduce de nuevo a una dinámica mitologizante, o sea, propia de la típica inmersión mítica en la realidad que viene bien para captar aspectos (no sé si decir “datos”) o elementos presentes en la realidad cuya captación requiere asumir un papel. En el fondo se trata de oponer a unos estereotipos otros estereotipos mediante un breve rodeo o incursión en lo psíquico. Este método, mucho más avanzado y quizás gratificante para quien lee el relato, es el método del padre Brown, el cura detective inventado por Chesterton. Brown no renuncia a la luz de la razón, sólo que aplica cierto escepticismo también a la forma analítica de razón que puede engañar por no ser capaz de captar bien la realidad en su complejidad. Para ello, el padre Brown tiene que simular que es la otra persona y pensar y sentir como ella, a fin de descubrir sus fines, valores, hábitos y emociones (¡ojo que en ocasiones hay algo de esto también en House!). Primero hay unos datos enigmáticos que inducen falsas causalidades y explicaciones. Entonces, Brown descubre que tiene que cambiar la plantilla, para hallar una nueva revelación, el verdadero vínculo entre los datos observados. Se sumerge camaleónicamente en el otro, en las demás personas, aplicando una norma que consiste en no fiarse de las normas, de las apariencias ni de los estereotipos convencionales. Brown entra en juego, podríamos decir, cuando falla el equipo del Dr. House, el seductor mundo simple y cristalino del Dr. House y de Sherlock Holmes. Entonces, es como si avanzara a un nivel distinto de realidad, para hacerse con la verdadera naturaleza de lo que observa. Es el mundo tan aborrecido por House de lo psíquico, de las motivaciones humanas que House desprecia y despacha con un escepticismo rápida y fácilmente estereotipante, pero que Brown valora (por algo es cristiano y sacerdote). Es en ese nivel de la realidad personal donde a Brown se le revela, también causalmente, una trama compleja que despista y que descubre la auténtica naturaleza de los datos que al principio confundían por no haber sido mirados desde lo psicológico. Esto no es, por supuesto, irracionalismo, aunque tenga algo de místico. Porque en Brown prevalece el análisis y en ello se manifiesta como un ser típico de la modernidad o, yendo más allá, de occidente, como House; lo que ocurre es que tiene que recurrir a un dibujo distinto de la realidad para descubrir las causalidades que la explican. De hecho, Brown es, como su inventor Chesterton, un tomista. Cree que el análisis racional da luz, que sirve realmente y que la realidad acaba plegándose al mismo, para alivio de los pobres seres humanos. De hecho, Brown es mucho más racional que quienes aplicando estereotipos simples se equivocan una vez tras otras e incluso acaban incurriendo en estereotipos propios de la magia. Brown representa el momento racional de cuestionamiento y crítica de aquello en lo que hasta ahora nos habíamos apoyados, que va desde las supersticiones y la magia hasta la propia razón analítica. Brown aplica a la razón analítica otro modo de análisis, pero porque cree en ella y quiere salvarla. Su apuesta, como tomista, es una apuesta a la vez (la una implica a la otra apuesta) por Dios y por la razón. Se trata de Pascal que de tanto admirar a Descartes encuentra sus fallos e intenta superarlo para salvarlo. Es en el fondo un querer salvar la razón siendo crítico con la propia razón descubriendo sus determinaciones (Pascal y más actualemente, Bourdieu). Así, lo que para House puede ser una vuelta al curanderismo, es en el fondo un salto en el vacío de la razón hacia sí misma. O un salto al vacío del que vuelve a sí misma como rebotada. Por eso, el placer literario de leer los relatos del padre Brown quizás es mayor, da la sensación de ser un juego intelectual más avanzado que el tosco empirismo de House o de Holmes. Pero no deja de ser descripción de la realidad mediante una red causal, por lo que tanto Brown como House son típicos personajes de nuestro mundo occidental y moderno.

Brown recela de las explicaciones novelescas, de los engaños propios de los artistas, aunque sabe que el mundo es en gran medida una actuación, un teatro en el que se mueven los seres humanos interpretando papeles. Es como si viera en el alma de House y descubriera su carácter de actor, su núcleo estereotípico. Y lo denunciara. De hecho, Brown (y creo que también su creador Chesterton) arremete contra, por ejemplo, los periodistas, maestros en precisamente los engaños y seducciones por los estereotipos que ciegan y nublan la realidad en una trama simplista. Son quienes juegan a ser cultos, librescos, iluminadores de los demás, quienes más confunden y se engañan, por vivir inmersos en una pseudo realidad plana y fácil. La racionalidad del periodista es una racionalidad de mal poeta, de falso escritor que se queda en los niveles más simples y engañosos de lo que observa. Así, transmite un engaño tras otro, a juicio del padre Brown y recae en una superstición tras otra por no ser capaz de sincerarse, de conocer lo que obra en su mirada y en sí mismo (el nivel que hemos llamado psicológico en el que el padre Brown se mueve como pez en el agua). El periodista o mal detective se pasa de listo. Cree en unas plantillas que aplica al mundo pero que apenas descubren lo que hay en el mundo. Pecan de pereza intelectual, de ligereza, de miopía, pero, y aquí llega el sarcasmo socrático, (como el del teniente Colombo que se halla entre Holmes y Brown), además resulta que el mal detective o detective-periodista, es arrogante. Brown ejerce un cierto papel moralista que consiste en rebajar a quien el propio ego oculta la visión correcta del mundo. Y aquí Brown es más listo que Nietzsche. Nietzsche vio con agudeza todo, pero cayó bajo la sombra de ese émulo del Dios que creyó superado: su propio Ego. No aplicó a sí mismo las consecuencias de su psicología, con lo que su psicología dejó en ciertos momentos mucho que desear. Precisamente porque Brown es capaz de ver a Dios donde hay que verlo, su observación y psicología es más fina. Aunque no nos engañemos, Brown era, como Chesterton, un conservador y casi un reaccionario, pues opone a los simulacros de la modernidad una vuelta a una estructura monárquica, de la rancia tradición europea que él opone a lo que a su juicio es la ligereza del norteamericano. El norteamericano que Brown ridiculiza es en realidad el paradigma de la sociedad burguesa urbana y capitalista que construye su democracia desde abajo para oponerse al mundo aristocrático. Esto, claro, deja mucho que desear para una mentalidad en el fondo aristocrática como es la de Brown. Así, este elemento monárquico tiñe también su fe y su imagen de Dios, del que destaca su distancia salvadora que le ayuda a ver los infiernos de la tierra. Dios es como la hipótesis monárquica que ilumina a Brown para entender el alma demoníaca y lo satánico, como su negativo. Y en los relatos funciona. La plantilla que aplica Brown es la de una primera causalidad buena de la que los hombres pueden optar separarse, desviarse hacia lo malo. Entonces, una vez que hay arrepentimiento, ya cabe el perdón. Es evidente que esto es una estructura tomista, de arriba abajo. La Norteamérica que critica Brown es más compleja de lo que él cree. Tiene evidentes miserias pero también encomiables momentos de grandeza. Hay una tradición de modestia en medio de la aparente arrogancia del norteamericano que critica la arrogancia europea (monárquica y aristocrática) de Brown. Brown critica, ciertamente, a los aristócratas, pero para decirles cómo deben ser, para que sean verdaderos aristócratas. Sin embargo, House permanece a pie de campo, y en su arrogancia es, también, más modesto y humilde que el bueno y agudo de Brown. Aquí estamos ya no tanto ante epistemologías (que en el fondo hemos visto que eran matices de una misma epistemología occidental explicativa y factual, aunque en Brown tienda a la hermenéutica, al saberse constituido por aquello que observa con mayor acierto que House) sino ante actitudes existenciales o formas de existencia, en evidente relación con estilos políticos y con morales concretas. House quiere permanecer en el fango y desde ahí iluminar su vida con un sarcasmo escéptico ante todo lo que motiva a los hombres más allá de su estómago, mientras que Brown puede distanciarse de ese sarcasmo proletario para sacar a relucir estómagos que House no ve ni en los otros ni en sí mismo que también funcionan.

viernes, 1 de julio de 2011

In extremis

Vivimos en un tiempo urgente que requiere una moral de urgencia. ¿Qué quiere decir esto? Tendríamos que demostrar primero que vivimos en un tiempo urgente. Creo que responden a esto los precedentes post de este blog inspirados por la efervescencia ilustrada que constantemente se está dando en Internet aportando todos los datos y hechos en torno a políticos, CEOE y banca que ya conocemos, sobre la mentira de una reforma laboral emprendida con el fin de que la riqueza vaya a unos pocos que puedan hacer negocios con beneficios astronómicos sin parangón en la historia a costa de destruir el Estado de Bienestar e imponer de nuevo la esclavitud de masas enteras. Aunque para el tercer mundo por supuesto nada de esto es nuevo y la vida se viene desarrollando in extremis desde hace siglos. Nadie salvo en quien subyazgan inconfesables intereses o que tenga la mirada ideológicamente sesgada puede honestamente decir que vivimos en un mundo bien hecho. Nuestras democracias, y ahora hablo sobre todo teniendo a la vista la primermundista y hasta hace poco privilegiada realidad española, hacen aguas. Todo el entramado de discursos y mentiras con los que un poder muy claro y definido, el de banqueros y clase política, se ha mantenido haciendo lo que todos sabemos durante décadas.

Pero para sorpresa de ellos, surge el 15M. De pronto muchos jóvenes han demostrado, contra lo que las difamaciones de periódicos como El País intentan enturbiar, una madurez política y una capacidad organizativa que asombran a cualquier espectador sin prejuicios ideológicos. Muchos que hemos asistido a asambleas y a las acampadas, así como a manifestaciones, constatamos hechos que los periodistas parecen no ver. Hay varios evidentes. Por ejemplo, de manera insólita y sin precedentes en toda la historia española, casi un millón de personas nos manifestamos a pesar de una dura campaña de desprestigio al movimiento 15M, sin que hubiera un solo incidente. Esto ha hecho mella sin lugar a dudas en los políticos y en unos medios de comunicación que han quedado en entredicho. Porque, llevo diciéndolo varios días, estamos en el tiempo en el que muchos velos van a caer. Todo se va a descubrir. Es cuestión de tiempo. Por ejemplo, esos escritores y artistas de alfombra roja declarando que el 15M es una moda y que hay que renovar la izquierda, justo ahora. Desde que empezó la crisis y la horrible realidad de los desahucios, no han abierto la boca. Todos los que se agitaban contra el aznarismo (que buenas razones para agitarse había) ahora, cuando sigue gobernando de hecho una derecha que está masacrando a la gente honrada, ahora, digo, callan. Hasta hace unos días. Todo esto enseña e ilustra. Ilustra acerca de las muchas mezquindades del ser humano cuando se convierte en una máquina de engañar y de engañarse. Yo preguntaría, mirando a los ojos, a cada uno de los pseudoprogres que intentan destrozar un movimiento que les ha quitado el protagonismo, si persiguen el bien común (con sus hechos, ideas, declaraciones y militancia en partidos o sindicatos) o persiguen intereses particulares acaso corporativistas. ¿Hasta dónde llega su madurez moral? ¿Hasta dónde su honradez con los demás y consigo mismo? Habría que definir, por una cuestión filosófica, en este sentido, dónde se sitúa cada uno, qué persigue realmente, hacia dónde quiere ir y si verdaderamente empatiza con los millones de víctimas inocentes que impugnan cualquier optimismo pseudoleibniziano. Vivimos en el peor de los mundos posibles. Y no reconocer esto es pasar por alto el mal en una falta de honestidad racional y filosófica. Porque si atendemos a la dosis de sufrimiento gratuito (no me refiero al inevitable de la enfermedad y la muerte aunque éste también tenga un efecto en la moral que nos ayude a comprender todo sufrimiento y a asumir posiciones a favor de la vida humana y de la persona) que los seres humanos hemos logrado que anegue el mundo, nosotros solitos, entonces el mundo, Europa y España están ciertamente mal construidos en lo que supone responsabilidad humana. No puedo decir sin sentir vergüenza, mirando a mis jóvenes alumnos, a mis ancianos padres, a la gente humilde y honrada de mi barrio, que vivimos en una democracia. La democracia que vivimos es una farsa cuyo origen fue la Transición, que puso los cimientos para que ahora Emilio Botín y compañía estén haciendo lo que están haciendo. Aun más. Culpo a la actual democracia de justificar el mal, diabólicamente, pues consiste en un impecable discurso (y sólo eso) de buenas intenciones (seguramente aprendido de la Iglesia jerárquica y de la Inquisición) que legitima al poder insano, a la constante opresión de los inocentes, a la alianza inconfesable con los poderes satánicos e ídolos de este mundo (banca y CEOE), a la avidez de mandar y medrar a toda costa, a la dominación en suma, al más puro y duro abuso hacia el bueno y el débil. Nuestros laicos gobernantes, por cierto, han quitado a Dios del entramado mental monoteísta donde ellos o sus padres o sus vecinos lo tenía subido (sin que dicho entramado, por cierto, tenga que ver con el cristianismo) y se han situado ellos en lugar de la divinidad destronada. Así, pueden citar a Nietzsche para justificar su avidez de venganza, su resentimiento, un resentimiento del que tampoco se libraba el propio Nietzsche. Y no olvido la cara abiertamente eclesiástica de esta trama que representan en España Rouco Varela y la Conferencia Episcopal Española a la que dedicaremos también en su momento unas palabritas. Unos y otros son monoteístas, anticristianos y muy, pero que muy, soberbios. Y malos, por supuesto. Pero cubren su infamia con velos, bien sea el de un discurso rancio nacionalcatólico o un discurso de progresismo barato capaz de venderse por cuatro duros a la banca, porque claro, como ya no hay Dios entonces ponemos nosotros al Dios que nos conviene. Toma del frasco. ¡Qué duro es ser ateo, verdad, qué difícil y qué meritorio! No, estos laicos de fachada ni son ateos ni lo van a ser en toda su idolátrica vida. Porque ser ateo de verdad, librándose de los ídolos con todas sus consecuencias, requiere mucha filosofía y mucho valor. Que lean a Séneca, que lo lean.

Pues bien, este panorama moral de engaños y autoengaños es el que tiñe la democracia española. Insisto y espero estar explicándome con claridad. Se trata de un tinglado que consciente o inconscientemente justifica lo que de hecho es el dominio de los carentes de escrúpulo moral sobre una mayoría inocente. Es verdad y así parecía hasta la fecha en España que esta mayoría supuestamente inocente obedecía a los mismos ídolos, de manera que el pobre ha estado robando al pobre y dando el triste espectáculo de un país de pícaros donde todos vendíamos a nuestra madre por cuatro duros, como contaba en el post del pasado martes 28 de junio de 2011. Esto era para mí, decía, doloroso e incomprensible. Pero he ahí que, repito, surge como un relámpago el 15M. Una de las cosas que este movimiento representa es, he dicho, una ilustración que está demostrando un esfuerzo esencialmente filosófico por desentrañar lo que hay de ideológico en los discursos e instituciones de la “democracia”, el abismo entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se aparenta y lo que se es, por parte de banqueros, políticos e inquisitoriales sotanas de todo tipo, incluido y sobre todo, las sotanas laicas.
Así que desde una mente abierta y sin inconfesables intereses el 15M era y es para alegrarse. Se alegran de él la gente buena si es que no las ciegan los velos de la ideología y del miedo. Por eso el 15M es la prueba de fuego para que cada uno se reconozca cómo es verdaderamente. Gracias a él lo que antes funcionaba, los engaños de la prensa y los políticos, los autoengaños sutiles, ahora resuenan con estridencia y ya no pueden engañar a nadie. Así, quienes oponen sesudos discursos que vienen a cuestionar algo tan racional y luminoso como está siendo este movimiento de reflexión, pedagogía y filosofía en la calle, se delatan ellos y ellas, solitos. Su infamia choca y es visible ya a la legua sin que puedan disimularla. Es el caso, por decir un ejemplo conocido por todos, del periódico El País, empeñado en enterrar esta sana y democrática subversión. Seguramente porque quienes están detrás de El País jamás han creído en la democracia, sino que la han tomado como el instrumento para sus fines particulares por encima siempre del bien común. Es tiempo de probar la catadura moral que tenemos. Por desgracia tiene que venir el sufrimiento de una crisis económica que no es sino un robo descarado y masivo, un auténtico expolio a millones de personas, un latrocinio del futuro y del horizonte de generaciones enteras, para que aprendamos, con mirada ilustrada, a diferenciar los embaucadores de los sinceros y veraces. La novedad de todo esto es que ya los embaucadores no pueden engañar. Su impotencia en este sentido es cada vez más evidente. Ya sabemos que son monas vestidas de seda.

Así pues, el tiempo urgente es aquél en el que están cayendo estos velos, en el que el robo y la infamia son tan descarados que se están cavando su propia tumba. Se han pasado de rosca y nos han tomado por tontos. Ahora, los mentirosos comprueban que ya no pueden seguir mintiendo ni riéndose de nosotros. Es un tiempo en el que el dolor de los inocentes se ha propagado velozmente sobre el mundo. Pero ahora este dolor hace temblar al mundo. Los malos (sí, soy maniqueísta, no encuentro un mejor lenguaje para referirme a los culpables del expolio del que unos son cómplices y otros víctimas) intentarán aplicar lo mismo de siempre: un remedio (reforma laboral, fuerza bruta, manipulación mediática, ideología pseudemocrática) para mantenernos temblando, pero esta vez corremos peligro de muerte, y cuando eso ocurre, el enfermo se alza contra quien le administra un veneno diciendo que es la medicina. Así, nuestro cuerpo destrozado, lleno de malestar, dolorosamente sabio, en el límite de sus fuerzas, cuando parecía morir, resucita in extremis.

Este tiempo urgente de límite y desesperación, decía, requiere una moral de urgencia. Esta moral es la que se va a poner a prueba. Muchos querrán pactar con el diablo llamándolo sentido común. Pero serán sus mezquindades particulares las que hablarán por ellos. No hablará realmente la razón y el espíritu crítico aunque lo parezca, sino su burda adhesión al fango donde se revuelcan y hozan. Sus inteligentes y bellos discursos serán gruñidos. Gruñidos de cobardes y descastados colaboradores con aquello que mata de hambre y de dolor a la humanidad. Apelarán a una moral complaciente con el mal y la enfermedad. Pero esa apelación revelará al ojo ilustrado que sólo obedecen a sus intereses particulares, con lo que no es ética sino sofística moral lo que demuestran. Tampoco será, como es evidente, democracia, sino tiranía, lo que estarán defendiendo. Les falta el auténtico ingrediente de la moral: la empatía con el dolor de cualquier ser humano que hace que el dolor ajeno sea propio. Sólo este resorte ético es capaz de hacer que abramos los ojos al fuego que viene. Se trata de un tener presentes en la inteligencia y en el corazón a las víctimas. Pero no las víctimas glamourosas que dan nombre a algunas calles o santorales, sino a los olvidados, a las víctimas de verdad, a aquellos de quienes nadie se acuerda o que humildemente cuidan a nuestros enfermos y ancianos en nuestro propio barrio, los que a pesar de la marea maligna de una España que ha hecho durante diez años de la picaresca su ideal, han persistido calladamente en ofrecer la mano al que se cae. Las víctimas y los ángeles anónimos que la historia ignora y a espaldas de los cuales, sin atender a su combate humilde y pacífico, se habla de progreso. Aquellos con quienes se están cebando los bancos, la CEOE y los políticos de todos los parlamentos existentes en la España de la democracia representativa que demagógicamente defendía El País el martes pasado. Este pesado lastre de los sin nombre debe ser ahora la gasolina de toda moral, de toda reflexión ética y creo que incluso también de la política en las nuevas formas que vienen para ella. El 15M, a su manera, intenta incluir este elemento del olvidado dolor de los pobres en la democracia, pues sin él, toda democracia lo es sólo de boquilla. En el 15M se ha comprendido que no hay política sin ética. Pero esto requiere una ética especial, para este tiempo delicado y urgente. Una ética in extremis que eluda el peligro de la moral complaciente y connivente con el mal que nos mata. Para ello hay que recurrir de nuevo a un cierto heroísmo capaz de hacer peligrar, en nombre de la justicia y la libertad, la propia situación privilegiada. Puede parecer extremo pero tal como está de bien enredado todo por los nigromantes de la doble moral, hay que asumir este riesgo. España despierta de su miedo y de su sueño. La España que perdía toda dignidad cuando ganaba el Mundial de fútbol nuestra selección. Entonces, ante la sonriente mirada de los políticos y los banqueros, aclamábamos a aquello que nos convertía en parados y en pobres. Espero que ahora el 15M no ceda al miedo y a la pereza. Nuestros verdugos dicen palabras razonables en las que no creen. Sepamos percatarnos de esto. No se puede defender la justicia y permitir el robo, el asesinato y la mentira que inundan ahora mismo España y el mundo. Acudamos a los hechos y a las prácticas.

Hay que posicionarse con claridad, con arrojo, y estar dispuestos a una larga, tenaz y acaso dolorosa lucha cuyo símbolo e instrumento deber ser la no violencia. Es tiempo de que nos definamos y de mostrar lo que somos. Precisamente porque hemos callado mucho, ahora la palabra de paz debe inundar sosegada y soterradamente el mundo, para extenderse como se extiende el aceite sobre la mesa e impregna todo lo pétreo hasta su mismo núcleo mineral. Lenta pero penetrantemente. Acabará llenando el mundo. Hemos descubierto que para ello, para tener de nuevo vergüenza moral, se requiere una poderosa valentía. Como decía un escrito que circuló poco antes de la masiva y exitosa manifestación del 19J que dio una lección a periodistas, políticos y banqueros, a cada bofetada que nos den, pondremos la otra mejilla. Así, les venceremos.