Para entender bien lo que en el sistema bipartidista actual significan términos como “derecha” o “izquierda” hoy me resulta especialmente elocuente el discurso que Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, ha proferido a partir de un libro de Pedro J. Ramírez que habla del “gran peligro” que suponemos el 15M para la democracia española. Como no conozco el libro, lógicamente, ya que acaba de ser presentado, y en espera de enriquecer lo que en este post comente cuando sepa las razones de Pedro J. para atacar con acritud al 15M, no voy a referirme a éste en el presente post. Sí se sabe ya, pues ha sido propagado por los medios de comunicación, el contenido del discurso de Aguirre justo en el acto de presentación del libro de Pedro J. En lo que ha dicho la política puede ya perfilarse lo mucho que, contra todas las apariencias, une a PP y PSOE, si sabemos mirar más allá de su acritud a la hora de calificar a quienes no pensamos como ella. Es bueno prestar atención a estos ingredientes de nuestra política oficial y más institucional contra la que se supone que protesta el 15M. De hecho, el 15M ha surgido como movimiento social que ha pretendido marcar las diferencias con los partidos políticos prohibiendo su participación como tales en sus acciones (nunca ha sido una prohibición personal a nadie, obviamente, siempre que intervenga como persona y ciudadano). A mi juicio hay aquí un mensaje que a veces se ha formulado explícitamente y a veces es implícito en toda la acción llevada a cabo por este movimiento social. Se trata de que cuando hay una injusticia grave por la que muchos sufren (crisis económica y reforma laboral de Zapatero) es imposible emprender una protesta ágil y efectiva integrándose en lo que hay (democracia partidista representativa heredada de la Transición Española). Esto es así porque lo que hay responde a unas condiciones y elementos sociológicos e institucionales que son capaces de eludir todo cambio sustantivo que atente contra los intereses de los pocos beneficiados por la crisis. Entre estos beneficiados están, por supuesto, los oligopolios y monopolios que no paran de enriquecerse todo el tiempo aunque echen gente a la calle (Telefónica), los banqueros (que parece que van a acabar absorbiendo a las cajas de ahorro) y la patronal CEOE. Hoy mismo he visto al singular broker londinense decir a las claras lo que todos, economistas independientes o profanos en la economía, sabíamos: que la crisis es un invento de los muy ricos para hacerse muchísimo más rico de un modo fácil y rápido que supone el empobrecimiento masivo de la población. Esto tendría que fundamentarse por la teoría económica o simplemente una descripción de las corporaciones de fuerte endogamia que tienden al lucro amoral como principio, a toda costa, y que le piden dicha amoralidad a quien desee formar parte de ellas o simplemente ganar dinero (hoy día esto se hace fundamentalmente especulando y especulando con hipotecas, al parecer). Con el fin del comunismo, desde los ochenta, el capitalismo ha tendido a desregular los movimientos especulativos y financieros que, en esto hay unanimidad entre los expertos, han originado la crisis. Pero como no soy economista y además ya he tratado de este tema en numerosos posts anteriores, hoy vuelvo con la complicidad de la “clase política” en lo que según el broker londinense (aunque él no lo afirma así, sino que se limita a describir con cinismo la conducta de quienes se forran con nuestra pobreza destrozando el estado de bienestar) es un robo se mire como se mire de dimensiones gigantescas.
Pues bien, ante este robo que la gente sufre en sus cuerpos, vidas, futuros, hijos, familia, se debe reaccionar por ley de supervivencia. Es lo que yo tantos años me he preguntado por qué no ocurría, hasta que por fin ha ocurrido el 15 de mayo pasado. Cuando se empieza a tener el horizonte de una vida de esclavitud, miseria y abusos, la gente tenía que reaccionar. Era lógico. Los de siempre, con su amoralidad, habían quizás creído que podían seguir tirando de la cuerda, pero se han pasado y la cuerda se está rompiendo. Eso es, dicho en pocas palabras, el 15M, o sea, la lógica y humana respuesta a un grave abuso.
El problema es que si se quiere afrontar estas cosas por medio de los partidos del bipartidismo imperante o acólitos (nacionalistas) es imposible. El sistema tiene formas de control eficaz mediante las estructuras jerárquicas que componen a los partidos. Como decía hace unos días, basta con una astuta ingeniería social que es muy fácil llevar a cabo desde la cúpula hacia abajo, con la mediación de personas bien elegidas que sean capaces de llevar a la gente a su terreno. Si es verdad que en una asamblea puede haber manipulación, en el mundo de la política “representativa” esta manipulación está cristalizada y consagrada por la misma forma de una institución que se basa en la obediencia y el poder autoritario. Por tanto, la manipulación en una estructura representativa o piramidal es mayor. Aquí intervienen tanto los miedos como las mezquindades de las personas que fácilmente pueden convencerse de que hacen bien asumiendo dicho cristal institucional e incluso de buena fe mantener que es lo mejor para todos. Hay personas capaces de imponerse institucionalmente, cosa que de este modo concreto no ocurre en una asamblea libre, aunque haya, por supuesto, otras formas de imposición y manipulación posibles.
Lo que Aguirre viene a “pedirnos” (con su habitual estilo amenazante y fuertemente agresivo) al 15M es que a estas alturas confiemos en ellos, tanto PP como, implícitamente, PSOE. Ella no habla de los sindicatos pero un ideólogo del PSOE hablaría también a favor de los sindicatos, porque son más o menos controlados por el PSOE. Esto lo demuestra también a estas alturas una cantidad tan abrumadora y elocuente de datos que no voy a insistir más. Baste recordar la diferencia entre la actividad sindical cuando gobierna el PSOE y cuando gobierna (pronto lo vamos a ver) el PP. Así que aquí sí tenemos una diferencia, pero que atendiendo a los hechos, sólo se trata de tener a su favor o no a grupos de presión o poder (sindicatos) que unos utilizan contra otros en la guerra por el poder político. Así, un sindicalista puede hoy resolverte la papeleta que se te ha planteado en la empresa (si es que el convenio es bueno, etc.), pero cuando se habla de cambios sustanciales y de ir a la raíz del mal, te tachan de violento e incluso (así me han llamado algunos defensores de estas organizaciones) de ¡neoliberal! Es verdad que un sindicato te puede ayudar, pero a una escala que no resulta peligrosa para quienes han acabado imponiendo la reforma laboral o el Plan Bolonia en las universidades.
Así, Aguirre nos pide que confiemos en esta compleja trama o red de favores y agresiones, de pactos y alianzas, de amistades o enemistades, y de conspiraciones eternas que es la política “representativa” tal como hoy rige. Estas perversiones del sistema deben estar tan arraigadas que, si fuera cierto que pudiéramos de algún modo volver a confiar en las siglas que hasta ahora han dirigido nuestras vidas, tendría que ser limpiando de personas implicadas en la política los últimos años todos los puestos de poder, desde la última sede local en el último pueblo. Pero seguramente la sociología y la psicología nos pueden demostrar que acabaría ocurriendo lo mismo. Porque el poder se ejerce, como ya sabemos, hasta la saciedad, también en la sombra y sus tentáculos son largos y pegajosos. Todo está hecho para que nada cambie de esta amoralidad generalizada. “Lo dejo todo atado y bien atado”, que dijo Franco mientras las oligarquías le aplaudían y fundaban partidos políticos, suavizaban y compraban a la oposición y hacían una constitución que les lavara la cara sin que los pusiera en peligro de nuevo. La crisis con toda la crudeza nos ha vuelto a recordar y a demostrar quién manda en España pase lo que pase. Y por decir esto, me acusará de resentido (Aguirre ha llamado con esa palabra a los indignados) y de alimentar el odio y la violencia. Vaya tela marinera.
Pero si el poder político se justificaba de otro modo, por ejemplo con la religión o con halos sagrados (que no obstante continúan presentes en nuestro muy laicísimos tiempos. La Inquisición perdura disfrazada o secularizada, como queramos llamarla), ahora lo hace con teorías políticas que fundamentan un régimen “democrático” como el nuestro. Así, desde el liberalismo al republicanismo de Zapatero, se nos viene a decir que nuestro sistema político constitucional es el único posible para vivir en libertad y democracia, para poder expresarse y participar en la vida pública. Claro, cuando a quienes te roban la casa les oyes decir (bueno, a sus cómplices) esas preciosas palabras, poco falta para que uno no agarre un cuchillo y se suicide para hacerles el favor a los “señores” (Kafka dixit). O sea, que ahora todo se barniza con suaves palabras que argumentan a partir de cosas que todos queremos y en las que todos estamos de acuerdo, como son la libertad y la democracia. Pero aquí está la trampa. Porque el sistema que se justifica con tan bellas palabras es el mismo que de un modo brutal nos condena al hambre y a la pérdida de todo horizonte vital y posibilidad de realizarse a millones de jóvenes en España.
Es cierto que nuestra constitución tiene cosas muy buenas y que yo mismo he podido apelar a ella para defender, por ejemplo, la libertad de cátedra o el derecho a la vivienda. Eso es un logro, parece. Pero se queda corta y uno tiene la sensación de que tales logros no son sino concesiones hechas a regañadientes gracias a otros 15M anteriores al nuestro. La Constitución no pasa de formular unos derechos que yo puedo reclamar… mientras me muero de hambre, me quitan la casa y matan lentamente a mis hijos y a los hijos de mis hijos. Es decir, hacer como Aguirre nos sugiere, que sería protestar por los cauces de los partidos y las elecciones cada cuatro años para no actuar como matones, es igual que tratar de ganar jugando a las cartas con una baraja que nos han dado marcada para que siempre ganen los mismos. Es absurdo. Así, en la política convencional española la moral es ver morirse a los otros y apiadarse de ellos pero sin hacer nada para ayudarles. Es decir, los otros no cuentan y sólo se alza ante mis ojos lo bien que vivo yo, representante político, pequeño burgués o pulcro ciudadano. O tal vez se les puede recomendar a los hambrientos que sean pacientes, que confíen en los políticos y en el sistema, que voten, que sean mansos y pacíficos sin que puedan ni estornudar so pena de ser tachados de violentísimos antisistema. En fin, lo que hacía la vieja Iglesia lo vemos hacer a la “derecha” y a la “izquierda” oficialistas en la muy secularizada España. Te mienten, te roban, matan a tus hijos y les tienes que dar las gracias por ser nuestros “representantes”. Esto es lo que el 15M ya no puede tolerar más.
Pero enseguida viene la imagen evocada por Aguirre del jacobinismo y del terror en la Revolución Francesa. Las revoluciones son sangrientas, dice. A esto se replica con facilidad. ¿Y la sangre que anega al mundo? ¿Quién la vierte? ¿Qué hacemos con eso? ¿Anteponer orden a justicia, como dice el pensamiento conservador de Hannah Arendt? Esta es la coartada de lo que yo llamaría asimismo, “pensamiento continuista conservador” propio de la Transición española y heredado, tal vez, de los gobiernos liberales del XIX en España. A esto también se replica fácilmente. Todo consiste en educar la mirada. Porque yo no veo orden. Yo veo mucha sangre ya, sangre anónima, sangre callada y olvidada, sangre de inocentes. Y creo que si la política debe ser una forma de vivir mejor y garantizar que podemos vivir mejor escogiendo el modo de realizarnos, lo primero es que no haya tantísimos excluidos que evidentemente no pueden realizarse. Es verdad que esto parece, a mi opinión, afrontarse mejor por la izquierda que por el pensamiento neoliberal de la actual derecha. Pero tengamos cuidado con las palabras y con quiénes consideramos izquierda. Unos han gobernado ya dos veces y han demostrado con hechos su doctrina política. Y de la derecha de Aguirre sabemos también lo que podemos esperar. Tanto unos como otros, en sus cargos, en medio de la trama del poder político y económico, se integran, a la hora de gobernar, en un mundo en el que resulta imposible cambiar nada a favor de los débiles. Y esta es la cuestión. El 15M no puede seguir confiando en esto. La izquierda del PSOE puede tener, es cierto, un discurso más social y proclive a un estado de bienestar, pero las condiciones sociales e institucionales en las que se ejerce el poder político, impiden la realización que sólo llegaría con coacción legal a las oligarquías de la economía. Así, el discurso impotente del PSOE (republicanismo, socialdemocracia) queda ya por eso mismo en el fangoso terreno de la ideología que sirve con una enorme eficacia para que “nos meen y digan que llueve” (lema muy oído en las manifestaciones del 15M, por cierto).
Así, no puede valernos una alternativa al asambleísmo incipiente y tentativo del 15M que consista en confiar en una ideología continuista-conservadora en sus versiones de “izquierda” y de “derecha” que nos garantizan tan solo que la pobreza seguirá aumentando. No podemos llamar al producto de esta ideología o a la propia ideología “democrática”. Debe buscarse, en el plano de los discursos que es paralelo al de la acción social y política, una alternativa que de verdad nos sitúe en la posibilidad de vivir bien, o sea, en libertad y eligiendo nuestra forma de vida y de realización. De hecho, la democracia oficialista española ha devenido en un mundo atomizado con una moral de pícaros y arribistas, de realización egoísta, de no jugársela por el otro si pongo en peligro no ya mi vida, sino mi prestigio, poder o ascenso social, que es el mundo del neoliberalismo. Nuestra constitución se queda a medias y es cierto que garantiza que yo pueda decir esto sin que me metan en la cárcel (otros sin decir nada, lo que han hecho es reformarla con un procedimiento de urgencia “técnico” y van a cobran casi 9000 euros cuando pierdan su escaño, más la pensión vitalicia y otras prebendas). Pero además hay que desarrollarla garantizando como a priori una regulación al menos parcial de la economía de mercado, sobre todo de los movimientos financieros y la especulación. Sólo a partir de este requisito material podemos confiar en que se realice aquello a lo que apunta nuestra constitución de 1978. Pero pedirnos, como hace Aguirre, que nos vayamos a la casa y dejemos de tomar la calle (llega a equiparar el 15M con un golpe de estado) supone que seguimos dejando la reforma constitucional en manos de PP y PSOE, que no han sido muy fieles al espíritu de la constitución en la reforma emprendida (sí lo han sido, obviamente, al procedimiento y a los requerimientos formales que han respetado, ¡faltara más!). Así que nos vemos sin otra opción que salir a la calle a presionar a los representantes con un activismo pacífico y legítimo. Esta es la única opción que ha conseguido mejoras sociales y democráticas en la historia española, la de la resistencia pasiva y la desobediencia civil ante leyes claramente injustas que no tienen otra vía de ser cambiadas. Por ejemplo, la ley hipotecaria y la trama legal que insólitamente permite en España los desahucios sin dación en pago en caso de hipotecas impagadas. Si en esto han fallado los representantes y sindicatos durante al menos los cuatro años de crisis, ¿qué hacemos ahora? De hecho sólo han reaccionado con pequeños pasitos a la injusticia cuando les hemos “obligado” con el activismo pacífico de calle.
Me gustaría saber la respuesta de Esperanza Aguirre a mis inquietudes. Pero lo que sí tengo claro es que el 15M ha asumido una forma de participación en la vida política que ni es “golpista” ni “camorrista” ni “pendenciera” como ella ha dicho. Aguirre ha considerado también que “la obra [de Pedro J] supone una advertencia para los políticos de hoy en día, para que no dejen que la demagogia de resentidos y minorías organizadas cambie fatalmente el rumbo de la historia” (ahora jugarán los dos, PP Y PSOE, a que Rubalcaba es el 15M. Tiempo al tiempo). Desde luego esto son insultos y descalificaciones que no muestran haber escuchado, razonado y comprendido el dolor de tanta gente afrentada y herida por el robo y el engaño, gente que se ha visto forzada, como las sufragistas en su momento o los liberales, a expresarse políticamente en la calle para conseguir el mínimo democrático. No creo que aunque lo sea a nivel formal y representativo, lo que ofrece Aguirre o Zapatero o Rubalcaba o Rajoy sea democracia de hecho.
Pero yendo todavía más lejos, dice Aguirre que el 15M aspira a una suerte de democracia orgánica como la del franquismo (equipara democracia directa a democracia orgánica o tiranía). Es cierto que puede haber manipulaciones en las asambleas, aunque podemos replicar que los partidos como el PSOE y también el PP conocen a fondo y utilizan como arma habitual la ingeniería social y están bien preparados y organizados para dominar en asambleas y movimientos sociales. No digamos la presencia de la mentira, la demagogia, el populismo y la traición en la vida política, protagonizado todo ello por gente tanto de PP como de PSOE. Es verdad que hay que estudiar un buen tipo de organización política para la toma de decisiones en la sociedad y el ejercicio del poder que repercute en nuestras vidas. De la democracia directa se pueden echar pestes. Pero una cosa está clara. Cuando una asamblea se reúne es gente concreta (es verdad que no es el “pueblo”, lo cual fue una ficción de los liberales que han usado todas las teorías políticas y que parece cuestionar el republicanismo que sin embargo plantea abstracciones casi iguales). Gente que ha decidido decidir directamente. Y bajo la forma representativa de democracia está este tipo de asamblea, que se simboliza de múltiples maneras, incluida la forma espacial que adoptan muchos parlamentos. Pero sin entrar ahora en justificar si lo asambleario precede axiológicamente o filosóficamente a lo representativo, una cosa es ya muy obvia. Lo representativo hace aguas en España. No entiendo que se diga que la fórmula es más de lo mismo si este más de lo mismo implica confiar en ciertas personas porque han sido votadas. Habría que ver en qué condiciones formales y sobre todo materiales (educación, riqueza, etc.) se ha ejercido dicho voto y, aun cuando fueran legítimos representantes por haberse acogido a un procedimiento constitucional democrático, habría que ver si merecen serlo después de asuntos como las imputaciones por corrupción. Según esto, lo que hay en España no es tanto un poder bien gestionado sino la más pura dominación de unos (clase política) sobre otros (votantes). Todo esto debe debatirse abundantemente en asambleas.
Pero todo esto lo seguiremos intentado argumentar y explicar en próximos posts. Este ya va siendo demasiado largo. Sí deseo para terminar llamar vivamente la atención sobre el hecho de que tanto la derecha de Aguirre como la izquierda psoista de Rubalcaba o Zapatero echen mano del mismo discurso legitimador y de las mismas razones para concluir que el 15M deje la calle y se vaya a su casa. Si nos fijamos, las razones que en el mencionado discurso da Esperanza Aguirre son las mismas que hemos oído, con un tono un poco más suave, a José Bono y otros socialistas del PSOE. El mismo discurso que justifica el inmovilismo y la perpetuación de un sistema político-económico que hace aguas. El carácter ideológico de este discurso lo prueba el hecho de que ambos, izquierda y derecha, echen mano del mismo para continuar mandando. Aunque para ser honestos digamos que sí hay una diferencia. El PSOE da una de cal y otra de arena, mientras que el PP en la versión Aguirre muerde con virulencia y aúlla para que lo sepamos. Que cada uno juzgue qué puede ser más peligroso para el 15M y para la sociedad, si el lobo que avisa y muerde o el lobo disfrazado de cordero.
