martes, 27 de septiembre de 2011

Entre bestias civilizadas.


Para entender bien lo que en el sistema bipartidista actual significan términos como “derecha” o “izquierda” hoy me resulta especialmente elocuente el discurso que Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, ha proferido a partir de un libro de Pedro J. Ramírez que habla del “gran peligro” que suponemos el 15M para la democracia española. Como no conozco el libro, lógicamente, ya que acaba de ser presentado, y en espera de enriquecer lo que en este post comente cuando sepa las razones de Pedro J. para atacar con acritud al 15M, no voy a referirme a éste en el presente post. Sí se sabe ya, pues ha sido propagado por los medios de comunicación, el contenido del discurso de Aguirre justo en el acto de presentación del libro de  Pedro J. En lo que ha dicho la política puede ya perfilarse lo mucho que, contra todas las apariencias, une a PP y PSOE, si sabemos mirar más allá de su acritud a la hora de calificar a quienes no pensamos como ella. Es bueno prestar atención a estos ingredientes de nuestra política oficial y más institucional contra la que se supone que protesta el 15M. De hecho, el 15M ha surgido como movimiento social que ha pretendido marcar las diferencias con los partidos políticos prohibiendo su participación como tales en sus acciones (nunca ha sido una prohibición personal a nadie, obviamente, siempre que intervenga como persona y ciudadano). A mi juicio hay aquí un mensaje que a veces se ha formulado explícitamente y a veces es implícito en toda la acción llevada a cabo por este movimiento social. Se trata de que cuando hay una injusticia grave por la que muchos sufren (crisis económica y reforma laboral de Zapatero) es imposible emprender una protesta ágil y efectiva integrándose en lo que hay (democracia partidista representativa heredada de la Transición Española). Esto es así porque lo que hay responde a unas condiciones y elementos sociológicos e institucionales que son capaces de eludir todo cambio sustantivo que atente contra los intereses de los pocos beneficiados por la crisis. Entre estos beneficiados están, por supuesto, los oligopolios y monopolios que no paran de enriquecerse todo el tiempo aunque echen gente a la calle (Telefónica), los banqueros (que parece que van a acabar absorbiendo a las cajas de ahorro) y la patronal CEOE. Hoy mismo he visto al singular broker londinense decir a las claras lo que todos, economistas independientes o profanos en la economía, sabíamos: que la crisis es un invento de los muy ricos para hacerse muchísimo más rico de un modo fácil y rápido que supone el empobrecimiento masivo de la población. Esto tendría que fundamentarse por la teoría económica o simplemente una descripción de las corporaciones de fuerte endogamia que tienden al lucro amoral como principio, a toda costa, y que le piden dicha amoralidad a quien desee formar parte de ellas o simplemente ganar dinero (hoy día esto se hace fundamentalmente especulando y especulando con hipotecas, al parecer). Con el fin del comunismo, desde los ochenta, el capitalismo ha tendido a desregular los movimientos especulativos y financieros que, en esto hay unanimidad entre los expertos, han originado la crisis. Pero como no soy economista y además ya he tratado de este tema en numerosos posts anteriores, hoy vuelvo con la complicidad de la “clase política” en lo que según el broker londinense (aunque él no lo afirma así, sino que se limita a describir con cinismo la conducta de quienes se forran con nuestra pobreza destrozando el estado de bienestar) es un robo se mire como se mire de dimensiones gigantescas.

Pues bien, ante este robo que la gente sufre en sus cuerpos, vidas, futuros, hijos, familia, se debe reaccionar por ley de supervivencia. Es lo que yo tantos años me he preguntado por qué no ocurría, hasta que por fin ha ocurrido el 15 de mayo pasado. Cuando se empieza a tener el horizonte de una vida de esclavitud, miseria y abusos, la gente tenía que reaccionar. Era lógico. Los de siempre, con su amoralidad, habían quizás creído que podían seguir tirando de la cuerda, pero se han pasado y la cuerda se está rompiendo. Eso es, dicho en pocas palabras, el 15M, o sea, la lógica y humana respuesta a un grave abuso.

El problema es que si se quiere afrontar estas cosas por medio de los partidos del bipartidismo imperante o acólitos (nacionalistas) es imposible. El sistema tiene formas de control eficaz mediante las estructuras jerárquicas que componen a los partidos. Como decía hace unos días, basta con una astuta ingeniería social que es muy fácil llevar a cabo desde la cúpula hacia abajo, con la mediación de personas bien elegidas que sean capaces de llevar a la gente a su terreno. Si es verdad que en una asamblea puede haber manipulación, en el mundo de la política “representativa” esta manipulación está cristalizada y consagrada por la misma forma de una institución que se basa en la obediencia y el poder autoritario. Por tanto, la manipulación en una estructura representativa o piramidal es mayor. Aquí intervienen tanto los miedos como las mezquindades de las personas que fácilmente pueden convencerse de que hacen bien asumiendo dicho cristal institucional e incluso de buena fe mantener que es lo mejor para todos. Hay personas capaces de imponerse institucionalmente, cosa que de este modo concreto no ocurre en una asamblea libre, aunque haya, por supuesto, otras formas de imposición y manipulación posibles.

Lo que Aguirre viene a “pedirnos” (con su habitual estilo amenazante y fuertemente agresivo) al 15M es que a estas alturas confiemos en ellos, tanto PP como, implícitamente, PSOE. Ella no habla de los sindicatos pero un ideólogo del PSOE hablaría también a favor de los sindicatos, porque son más o menos controlados por el PSOE. Esto lo demuestra también a estas alturas una cantidad tan abrumadora y elocuente de datos que no voy a insistir más. Baste recordar la diferencia entre la actividad sindical cuando gobierna el PSOE y cuando gobierna (pronto lo vamos a ver) el PP. Así que aquí sí tenemos una diferencia, pero que atendiendo a los hechos, sólo se trata de tener a su favor o no a grupos de presión o poder (sindicatos) que unos utilizan contra otros en la guerra por el poder político. Así, un sindicalista puede hoy resolverte la papeleta que se te ha planteado en la empresa (si es que el convenio es bueno, etc.), pero cuando se habla de cambios sustanciales y de ir a la raíz del mal, te tachan de violento e incluso (así me han llamado algunos defensores de estas organizaciones) de ¡neoliberal! Es verdad que un sindicato te puede ayudar, pero a una escala que no resulta peligrosa para quienes han acabado imponiendo la reforma laboral o el Plan Bolonia en las universidades.

Así, Aguirre nos pide que confiemos en esta compleja trama o red de favores y agresiones, de pactos y alianzas, de amistades o enemistades, y de conspiraciones eternas que es la política “representativa” tal como hoy rige. Estas perversiones del sistema deben estar tan arraigadas que, si fuera cierto que pudiéramos de algún modo volver a confiar en las siglas que hasta ahora han dirigido nuestras vidas, tendría que ser limpiando de personas implicadas en la política los últimos años todos los puestos de poder, desde la última sede local en el último pueblo. Pero seguramente la sociología y la psicología nos pueden demostrar que acabaría ocurriendo lo mismo. Porque el poder se ejerce, como ya sabemos, hasta la saciedad, también en la sombra y sus tentáculos son largos y pegajosos. Todo está hecho para que nada cambie de esta amoralidad generalizada. “Lo dejo todo atado y bien atado”, que dijo Franco mientras las oligarquías le aplaudían y fundaban partidos políticos, suavizaban y compraban a la oposición y hacían una constitución que les lavara la cara sin que los pusiera en peligro de nuevo. La crisis con toda la crudeza nos ha vuelto a recordar y a demostrar quién manda en España pase lo que pase. Y por decir esto, me acusará de resentido (Aguirre ha llamado con esa palabra a los indignados) y de alimentar el odio y la violencia. Vaya tela marinera.

Pero si el poder político se justificaba de otro modo, por ejemplo con la religión o con halos sagrados (que no obstante continúan presentes en nuestro muy laicísimos tiempos. La Inquisición perdura disfrazada o secularizada, como queramos llamarla), ahora lo hace con teorías políticas que fundamentan un régimen “democrático” como el nuestro. Así, desde el liberalismo al republicanismo de Zapatero, se nos viene a decir que nuestro sistema político constitucional es el único posible para vivir en libertad y democracia, para poder expresarse y participar en la vida pública. Claro, cuando a quienes te roban la casa les oyes decir (bueno, a sus cómplices) esas preciosas palabras, poco falta para que uno no agarre un cuchillo y se suicide para hacerles el favor a los “señores” (Kafka dixit). O sea, que ahora todo se barniza con suaves palabras que argumentan a partir de cosas que todos queremos y en las que todos estamos de acuerdo, como son la libertad y la democracia. Pero aquí está la trampa. Porque el sistema que se justifica con tan bellas palabras es el mismo que de un modo brutal nos condena al hambre y a la pérdida de todo horizonte vital y posibilidad de realizarse a millones de jóvenes en España.

Es cierto que nuestra constitución tiene cosas muy buenas y que yo mismo he podido apelar a ella para defender, por ejemplo, la libertad de cátedra o el derecho a la vivienda. Eso es un logro, parece. Pero se queda corta y uno tiene la sensación de que tales logros no son sino concesiones hechas a regañadientes gracias a otros 15M anteriores al nuestro. La Constitución no pasa de formular unos derechos que yo puedo reclamar… mientras me muero de hambre, me quitan la casa y matan lentamente a mis hijos y a los hijos de mis hijos. Es decir, hacer como Aguirre nos sugiere, que sería protestar por los cauces de los partidos y las elecciones cada cuatro años para no actuar como matones, es igual que tratar de ganar jugando a las cartas con una baraja que nos han dado marcada para que siempre ganen los mismos. Es absurdo. Así, en la política convencional española la moral es ver morirse a los otros y apiadarse de ellos pero sin hacer nada para ayudarles. Es decir, los otros no cuentan y sólo se alza ante mis ojos lo bien que vivo yo, representante político, pequeño burgués o pulcro ciudadano. O tal vez se les puede recomendar a los hambrientos que sean pacientes, que confíen en los políticos y en el sistema, que voten, que sean mansos y pacíficos sin que puedan ni estornudar so pena de ser tachados de violentísimos antisistema. En fin, lo que hacía la vieja Iglesia lo vemos hacer a la “derecha” y a la “izquierda” oficialistas en la muy secularizada España. Te mienten, te roban, matan a tus hijos y les tienes que dar las gracias por ser nuestros “representantes”. Esto es lo que el 15M ya no puede tolerar más.

Pero enseguida viene la imagen evocada por Aguirre del jacobinismo y del terror en la Revolución Francesa. Las revoluciones son sangrientas, dice. A esto se replica con facilidad. ¿Y la sangre que anega al mundo? ¿Quién la vierte? ¿Qué hacemos con eso? ¿Anteponer orden a justicia, como dice el pensamiento conservador de Hannah Arendt? Esta es la coartada de lo que yo llamaría asimismo, “pensamiento continuista conservador” propio de la Transición española y heredado, tal vez, de los gobiernos liberales del XIX en España. A esto también se replica fácilmente. Todo consiste en educar la mirada. Porque yo no veo orden. Yo veo mucha sangre ya, sangre anónima, sangre callada y olvidada, sangre de inocentes. Y creo que si la política debe ser una forma de vivir mejor y garantizar que podemos vivir mejor escogiendo el modo de realizarnos, lo primero es que no haya tantísimos excluidos que evidentemente no pueden realizarse. Es verdad que esto parece, a mi opinión, afrontarse mejor por la izquierda que por el pensamiento neoliberal de la actual derecha. Pero tengamos cuidado con las palabras y con quiénes consideramos izquierda. Unos han gobernado ya dos veces y han demostrado con hechos su doctrina política. Y de la derecha de Aguirre sabemos también lo que podemos esperar. Tanto unos como otros, en sus cargos, en medio de la trama del poder político y económico, se integran, a la hora de gobernar, en un mundo en el que resulta imposible cambiar nada a favor de los débiles. Y esta es la cuestión. El 15M no puede seguir confiando en esto. La izquierda del PSOE puede tener, es cierto, un discurso más social y proclive a un estado de bienestar, pero las condiciones sociales e institucionales en las que se ejerce el poder político, impiden la realización que sólo llegaría con coacción legal a las oligarquías de la economía. Así, el discurso impotente del PSOE (republicanismo, socialdemocracia) queda ya por eso mismo en el fangoso terreno de la ideología que sirve con una enorme eficacia para que “nos meen y digan que llueve” (lema muy oído en las manifestaciones del 15M, por cierto).

Así, no puede valernos una alternativa al asambleísmo incipiente y tentativo del 15M que consista en confiar en una ideología continuista-conservadora en sus versiones de “izquierda” y de “derecha” que nos garantizan tan solo que la pobreza seguirá aumentando. No podemos llamar al producto de esta ideología o a la propia ideología “democrática”. Debe buscarse, en el plano de los discursos que es paralelo al de la acción social y política, una alternativa que de verdad nos sitúe en la posibilidad de vivir bien, o sea, en libertad y eligiendo nuestra forma de vida y de realización. De hecho, la democracia oficialista española ha devenido en un mundo atomizado con una moral de pícaros y arribistas, de realización egoísta, de no jugársela por el otro si pongo en peligro no ya mi vida, sino mi prestigio, poder o ascenso social, que es el mundo del neoliberalismo. Nuestra constitución se queda a medias y es cierto que garantiza que yo pueda decir esto sin que me metan en la cárcel (otros sin decir nada, lo que han hecho es reformarla con un procedimiento de urgencia “técnico” y van a cobran casi 9000 euros cuando pierdan su escaño, más la pensión vitalicia y otras prebendas). Pero además hay que desarrollarla garantizando como a priori una regulación al menos parcial de la economía de mercado, sobre todo de los movimientos financieros y la especulación. Sólo a partir de este requisito material podemos confiar en que se realice aquello a lo que apunta nuestra constitución de 1978. Pero pedirnos, como hace Aguirre, que nos vayamos a la casa y dejemos de tomar la calle (llega a equiparar el 15M con un golpe de estado) supone que seguimos dejando la reforma constitucional en manos de PP y PSOE, que no han sido muy fieles al espíritu de la constitución en la reforma emprendida (sí lo han sido, obviamente, al procedimiento y a los requerimientos formales que han respetado, ¡faltara más!). Así que nos vemos sin otra opción que salir a la calle a presionar a los representantes con un activismo pacífico y legítimo. Esta es la única opción que ha conseguido mejoras sociales y democráticas en la historia española, la de la resistencia pasiva y la desobediencia civil ante leyes claramente injustas que no tienen otra vía de ser cambiadas. Por ejemplo, la ley hipotecaria y la trama legal que insólitamente permite en España los desahucios sin dación en pago en caso de hipotecas impagadas. Si en esto han fallado los representantes y sindicatos durante al menos los cuatro años de crisis, ¿qué hacemos ahora? De hecho sólo han reaccionado con pequeños pasitos a la injusticia cuando les hemos “obligado” con el activismo pacífico de calle.
Me gustaría saber la respuesta de Esperanza Aguirre a mis inquietudes. Pero lo que sí tengo claro es que el 15M ha asumido una forma de participación en la vida política que ni es “golpista” ni “camorrista” ni “pendenciera” como ella ha dicho. Aguirre ha considerado también que “la obra [de Pedro J] supone una advertencia para los políticos de hoy en día, para que no dejen que la demagogia de resentidos y minorías organizadas cambie fatalmente el rumbo de la historia” (ahora jugarán los dos, PP Y PSOE, a que Rubalcaba es el 15M. Tiempo al tiempo). Desde luego esto son insultos y descalificaciones que no muestran haber escuchado, razonado y comprendido el dolor de tanta gente afrentada y herida por el robo y el engaño, gente que se ha visto forzada, como las sufragistas en su momento o los liberales, a expresarse políticamente en la calle para conseguir el mínimo democrático. No creo que aunque lo sea a nivel formal y representativo, lo que ofrece Aguirre o Zapatero o Rubalcaba o Rajoy sea democracia de hecho.

Pero yendo todavía más lejos, dice Aguirre que el 15M aspira a una suerte de democracia orgánica como la del franquismo (equipara democracia directa a democracia orgánica o tiranía). Es cierto que puede haber manipulaciones en las asambleas, aunque podemos replicar que los partidos como el PSOE y también el PP conocen a fondo y utilizan como arma habitual la ingeniería social y están bien preparados y organizados para dominar en asambleas y movimientos sociales. No digamos la presencia de la mentira, la demagogia, el populismo y la traición en la vida política, protagonizado todo ello por gente tanto de PP como de PSOE. Es verdad que hay que estudiar un buen tipo de organización política para la toma de decisiones en la sociedad y el ejercicio del poder que repercute en nuestras vidas. De la democracia directa se pueden echar pestes. Pero una cosa está clara. Cuando una asamblea se reúne es gente concreta (es verdad que no es el “pueblo”, lo cual fue una ficción de los liberales que han usado todas las teorías políticas y que parece cuestionar el republicanismo que sin embargo plantea abstracciones casi iguales). Gente que ha decidido decidir directamente. Y bajo la forma representativa de democracia está este tipo de asamblea, que se simboliza de múltiples maneras, incluida la forma espacial que adoptan muchos parlamentos. Pero sin entrar ahora en justificar si lo asambleario precede axiológicamente o filosóficamente a lo representativo, una cosa es ya muy obvia. Lo representativo hace aguas en España. No entiendo que se diga que la fórmula es más de lo mismo si este más de lo mismo implica confiar en ciertas personas porque han sido votadas. Habría que ver en qué condiciones formales y sobre todo materiales (educación, riqueza, etc.) se ha ejercido dicho voto y, aun cuando fueran legítimos representantes por haberse acogido a un procedimiento constitucional democrático, habría que ver si merecen serlo después de asuntos como las imputaciones por corrupción. Según esto, lo que hay en España no es tanto un poder bien gestionado sino la más pura dominación de unos (clase política) sobre otros (votantes). Todo esto debe debatirse abundantemente en asambleas.

Pero todo esto lo seguiremos intentado argumentar y explicar en próximos posts. Este ya va siendo demasiado largo. Sí deseo para terminar llamar vivamente la atención sobre el hecho de que tanto la derecha de Aguirre como la izquierda psoista de Rubalcaba o Zapatero echen mano del mismo discurso legitimador y de las mismas razones para concluir que el 15M deje la calle y se vaya a su casa. Si nos fijamos, las razones que en el mencionado discurso da Esperanza Aguirre son las mismas que hemos oído, con un tono un poco más suave, a José Bono y otros socialistas del PSOE. El mismo discurso que justifica el inmovilismo y la perpetuación de un sistema político-económico que hace aguas. El carácter ideológico de este discurso lo prueba el hecho de que ambos, izquierda y derecha, echen mano del mismo para continuar mandando. Aunque para ser honestos digamos que sí hay una diferencia. El PSOE da una de cal y otra de arena, mientras que el PP en la versión Aguirre muerde con virulencia y aúlla para que lo sepamos. Que cada uno juzgue qué puede ser más peligroso para el 15M y para la sociedad, si el lobo que avisa y muerde o el lobo disfrazado de cordero.


jueves, 22 de septiembre de 2011

¿Puede autodestruirse el 15M? Críticas "internas" destructivas al 15M.

         Cualquier crítica al 15M es bienvenida en el sentido de que no hay forma de progresar si no es en medio de un constante tanteo por el que un movimiento social (y tal vez también político) como es el 15M puede ir definiéndose y decantándose por unas aportaciones concretas. Así, hay dos aspectos del 15M que suelen aparecer en las críticas que se le hacen: negativo y afirmativo-constructivo. Es más fácil ejercer una impugnación de aquello que nos hace daño (elemento negativo), pero es mucho más laborioso proponer las alternativas definidas positivamente (elemento afirmativo). Se trata de que en el 15M está mejor definido en su elemento negativo, es decir, de impugnación de algo que daña y a lo que se señala como un todo maligno, más fácil, digo, que definir su aspecto afirmativo que consistiría en las medidas concretas para reconstruir la política. Es bueno que se le recuerde al 15M que debe aportar medidas concretas y ostentar también un componente afirmativo consistente. De hecho, una de las críticas que más a menudo pueden oírse es que al 15M le falta decantarse y que adolece de un carácter vaporoso o poco práctico. Pero aun considerando la razón que hay en reprochar esto al 15M, es muy necesario insistir en que no resulta aceptable que se concluya una suerte de enmienda a la totalidad para el 15 M como un todo echándole en cara que es producto de una pataleta y poco más. Esta forma de ejercer la crítica al movimiento nos conduce al peligro del que deseo advertir en las líneas que siguen. Porque hemos de tener en los tiempos que vienen un cuidado muy especial sobre la intencionalidad inconfesable que acompaña a determinadas críticas al 15M.
            Para orientarnos en nuestra calibración de las críticas que se hacen al 15 M, tarea imprescindible para evitar que la crítica interna en lugar de ser un agente fortalecedor incida como elemento disolvente, hemos de partir de un hecho obvio y mantenerlo siempre bien a la vista. Se trata de que acudamos al famoso y elocuente lema inicial que encabezó la primera movilización el mismo día 15 del mes de mayo. El lema decía que “no somos mercancía en manos de políticos y banqueros”. Creo que volver a este lema es necesario para no olvidar el norte que fue capaz de unir a gran parte de la ciudadanía en una protesta sin precedentes en la historia de la democracia española. De manera asociada con el mencionado lema tampoco debemos olvidar que esta protesta se realizó con la expresa intención de que no hubiera siglas de partidos o de sindicatos involucradas en las distintas acciones reivindicativas. Asimismo, algunas acciones pueden ser calificadas de abiertos desafíos a leyes como la ley electoral que obliga a guardar una jornada de reflexión previa a cualquier elección sin manifestaciones ni concentraciones. Se recurrió por tanto, no lo olvidemos, a una desobediencia civil masiva y sin precedentes en la historia de nuestra democracia. Todo ello, realizado a espaldas de los sindicatos, refleja un evidente e innegable hastío y hartazgo respecto al sistema político convencional por parte de los que protagonizamos dichas acciones. Dejemos por ahora, ya que lo hemos tratado en post anteriores y volveremos al tema, a los “banqueros” para centrarnos en la crítica implícita y explícita del movimiento a los “políticos”. 

            En el lema inicial ya aparece la denuncia o queja, como quiera verse, de unos políticos que nos convierten en su mercancía. Se entiende que estos políticos no tienen por qué ser cualquier persona que ejerza una actividad política. No sé si esto, al menos en los foros en los que he estado, estaba claro desde un principio, me refiero a que no se trataba de una crítica a la política en sí, inseparable de cualquier actividad humana, sino a una política muy concreta que sobre todo representa el bipartidismo actual de PP y PSOE. Fundamentalmente me pareció que era a estos partidos a los que se echaba en cara que nos traten como a mercancías, es decir, que nos instrumentalicen y consideren como medios para fines que no son los que afirman, sino fines propios que comienzan y terminan o bien en la clase política como tal o bien en las oligarquías del poder fáctico en España (fundamentalmente el del mundo de la economía) o hasta en bolsillos particulares. No pienso estar yéndome por las ramas en esto que pretende ser una descripción escrupulosa de lo ocurrido y no tanto una interpretación en la que yo pudiera cometer el peligro de proyectar mis deseos o ideales en la realidad. 

         Así, si un movimiento social se plantea como un cuestionamiento de PP y PSOE involucrados en un régimen político que ha permitido el bipartidismo de ambos y la corrupción y los abusos que están deteriorando miles de vidas, no resulta lógico que la conclusión de la crítica al régimen político sea que en el fondo este régimen es bueno y que hay que volver a apostar por él, yéndonos a casita a votar cada cuatro años y como mucho a militar en ONG. Resulta descabellado e inverosímil, por tanto, que alguien dentro del 15M, con todo lo sanamente heterogéneo que este movimiento me parece que es y que debe seguir siendo, descubra, así de pronto, que lo que existe es bueno, que no se puede aspirar a cambios sustanciales y que la receta es más de lo mismo. Esta conclusión resulta cuando menos sospechosa. Es, de hecho, una conclusión a la que conducen ciertas críticas internas a las que pretendo denunciar. No estoy apelando a una pureza ni revolucionaria ni de ningún tipo, como si fuera un fundamentalista del 15M, sino que pretendo orientarme en una realidad confusa para que no aparezcan fieras peligrosas entre el follaje y la maleza. Así que voy a revisar algunas de las críticas que llamo “destructivas” las cuales vienen a desembocar implícitamente en la conclusión de que la opción mejor para el 15M es disolverse e integrarse en el sistema político contra el que protesta.
            
        Demos primero un pequeño rodeo. Vayamos a la cuestión de si es mejor como alternativa a lo que hay fortalecer el Estado en el sentido defendido por la izquierda clásica (no necesariamente marxista) o al contrario adelgazar el Estado en el sentido anarquista (que coincide en esto, y sólo en esto, con el liberalismo puro). El 15 M podría decantarse por una de estas opciones o tal vez formar grupos de opinión a favor de una u otra. Pero si se opta por la receta de más Estado, lo cual suele traducirse en la versión moderada o suave que no implica una planificación total de la economía a la soviética como la receta de más regulación central de la economía con el fin de salvar al Estado de Bienestar, esto no puede equivaler a dejar las cosas como están. Porque lo que nos arrojó a la calle es un tipo de Estado que no ha funcionado y que ha generado aberraciones de la democracia, dando el poder de hecho a los “banqueros”. Esto ha ocurrido porque podía ocurrir. Es decir, en nuestro sistema legal (Constitución) cabía esta posibilidad de que la democracia se suicidara o más bien fuera “suicidada” por los banqueros. Es algo que en el fondo Jefferson, por ejemplo, sabía bien. Así, por mucho que se siga creyendo (y en el 15M hay quienes así lo creen) que debe mantenerse el Estado, esto no significa que deba consagrarse precisamente un régimen político que hace aguas (aquel régimen que alberga como posibilidad su autodestrucción neoliberal). A eso creo que apunta la forma asamblearia mayoritaria en el movimiento, pues se ha visto en la representatividad uno de los peligros de nuestras “democracias”. Quizás esto expresa el deseo de que la democracia se refundara en la línea de una estructura en la que el ciudadano pueda verdaderamente participar. Esta estructura no puede ser, insisto y cae esto de su peso, la misma que no ha funcionado. Así, el 15M podría corregir la democracia en una línea más asamblearia y directa, aun manteniendo el Estado, y no como la democracia estrictamente representativa que tanto daño nos ha acarreado. Creo que sí sería factible mantener un régimen parcialmente representativo pero en el que lo asambleario y participativo fuera mucho mayor. Justo esto es lo que están haciendo en Islandia.

            Por otro lado, puede optarse por suprimir el Estado, en la versión más anarquista del movimiento. Esto entronca con una larga tradición de la vida política española y de nuestra historia. Esta opción anarquista se puede, como es obvio, criticar, pero desde luego, y aquí tenemos una crítica de las destructivas, no se puede alegar que el anarquismo es neoliberalismo. El anarquismo aboga por una antropología y estructura en la economía muy diferente de aquellas que defiende el neoliberalismo. Es decir, no se trata de eliminar el Estado y esperar a que el orden surja del desorden (neoliberalismo) sino de eliminar el Estado y construir otro orden. De hecho, creo que era Bakunin quien decía que la anarquía era la máxima expresión del orden; y, también, que no había posibilidad de democracia ni libertad sólo a un nivel político, sino que había que empezar por cambios en la economía. Así que resulta falaz y destructivo, en la medida que ahoga una de las posibles vías creativas del 15M (acaso interesadamente) asociar neoliberalismo con anarquismo. Nos puede gustar más o menos el anarquismo, pero hay que respetar y argumentar sin descalificaciones todas las opciones que aparecen en las asambleas y documentos. Hay que esforzarse en argumentar y no detenerse en casos concretos que se generalizan a toda una filosofía política. Pero cuando alguien esgrime la crítica al Estado, suele aparecer contra él un tópico, una consabida y manida crítica que roza la demagogia y el argumento ad hominem. Se trata del reproche de que quien cuestiona el Estado lo hace paradójicamente formando parte del mismo u ocupando un lugar en el mismo, tal vez como funcionario, docente o cualquier otro oficio. Esto nos conduce a un plano de alusiones personales que se aleja de la discusión en torno a razones y argumentos. 
            Partimos de que aquí nadie está libre de pecado. Todos tenemos miserias de que avergonzarnos y expresamos unos intereses y habitus que operan a favor del Estado que es, según Bourdieu, la institución de instituciones, o campo social entre campos. Esto es resulta epistemológicamente necesario reconocerlo para comprender a la sociedad y comprendernos a nosotros mismos, así como a nuestras ideas y creencias. Pero una cosa es reconocerse y reconocer la realidad en la que uno se nutre y se halla inmerso, y otra el fatalismo dogmático sociologicista de que quien ocupa un determinado nicho social debe servir al mismo. Afortunadamente, sin que aquí entremos en profundidades en torno a la razón, el ser humano es capaz, como manifiesta a nivel teórico la filosofía de la realidad histórica de Ignacio Ellacuría, de estar inserto en una estructura digamos globalmente dañina, pero poder diagnosticar el daño y abordar trabajosamente y desde un cierto punto de partida material que nunca equivale a un cartesiano partir de cero, una salida o terapia. Yo puedo estar metido en el mar, con el agua hasta el cuello, pero me es posible adivinar un cierto horizonte. Sería cínico por mi parte asumir que como vivo del mar y el mar me nutre (llamemos mar a una cierta configuración social que me ha sido dada y que no he hecho voluntariamente) debo evitar que el mar nutra a todos. Se trata de ceder o no a unos intereses que me ofrece mi mundo social y que recibo por estar en un determinado lugar (por ejemplo ser profesor o maestro, con influencia en muchas personas, y dar el salto a la política representativa y bipartidista) o, por otro lado, tener la capacidad de elegir la opción política según criterios que no sean mantener a toda costa mi estatus, privilegios, seguridad y comodidad. Así, muchos miedos y ambiciones nos traicionan y podemos llegar a temer la revolución si ésta implica que cuando saco a pasear a mi perro me puedo encontrar molestas revueltas callejeras.

            Así, la mirada sociológica es muy saludable cuando me ayuda a detectar miopías y sesgos. No lo es, sin embargo, si conduce al fatalismo de tener que aceptar como bueno aquello que me da de comer porque me da de comer, o al fatalismo de tener que defender denodadamente el statu quo porque vivo bien en él. Yo puedo arrogarme lo que he llamado en  el título de este post “derecho a soñar” que consiste en, dentro de la modestia de saberse ocupante de un nicho social determinado que nos determina en casi todo, poder cuestionar lo que sustenta a dicho nicho social. Yo puedo tener la barriga llena, pero también puedo razonar que el lugar que me da de comer está condenando al hambre a 4/5 de la humanidad. Para eso ayuda la ciencia. Así, ninguno de los que nos consideramos partícipes del movimiento 15M estamos como es lógico en una suerte de robinsoniano paraíso aislado. Esto es imposible. Ni nadie pretende la robinsonada de empezar de cero. Pero la dignidad que consiste en que aunque tengamos la suerte de que la estructura político-social actual nos beneficie, no tenemos por qué dejarnos comprar y convertirnos en fieles defensores de ésta. Aun más, se puede ostentar, ciertamente, un lugar privilegiado, como es el de profesor universitario, pero desde ahí contribuir a una sana crítica de aquello que resulta manifiestamente dañino para muchos. No voy en estas líneas a explicar con detenimiento y rigor cómo esto puede ocurrir, pero para quien le interese apunto que autores como el filósofo Ignacio Ellacuría constituyen una cierta clave de ello. De hecho, Ellacuría fundó como quien dice una universidad que a partir del conocimiento y la docencia procuró en tiempos turbulentos y arriesgadamente, que los beneficios de unos pocos fueran para provecho de muchos. Apelar al carácter de pequeño burgués o de funcionario o de, pongamos por caso, comerciante de alguien para descalificar sus críticas al sistema es un argumento sucio que se basa en la demagogia y la descalificación. 

            Es cierto que a la hora de proclamar ideales y utopías hay que tener los pies en el suelo, pisar bien el terreno y saberse el grado en que uno es hijo de su rango social y sociedad. Se puede ser utópico (yo creo que se debe ser) pero no utopista. No logro entender el fatalismo por el que alguien pudiera decir que como uno cobra del Estado u obtiene beneficios y dinero dentro de este sistema económico, debe callar. Lo cortés no quita lo valiente y el que miremos lo social como componente y origen de las ideas, no quiere decir que reduzcamos (reduccionismo sociologicista) la verdad a la verdad social, como señala Ellacuría. Desde un lugar concreto, gracias lamentablemente a tener la barriga llena en un mundo hambriento, uno puede por lo menos atisbar cierto horizonte en el que no exista el hambre. Así, es signo de honestidad el apuntar a un horizonte aunque impugne nuestro bienestar presente, por mucho que a veces se entremezcle el narcisismo típico del intelectual o la historia personal de resentimientos que uno puede albergar en este afán. Esto es un necesario heroísmo moral, diría, o incluso heroísmo de la razón, capaz de sacar miserias a la luz pero para depurar y definir mejor las verdades, como tanto insistía el sociólogo Bourdieu. Aunque bien es cierto que alguien podría cuestionar el heroísmo como actividad peligrosa para uno mismo, o sea, el sacrificio del propio bienestar y supervivencia por futuros bienestares o bienestares ajenos. Aquí la empatía puede ayudar, tal vez el haber sufrido, el haber vivido la pobreza, para recuperar la necesidad de un cierto heroísmo moral, entendiendo por esto, la capacidad de poner en riesgo el propio estatus y bienestar por un fin político que denominaría “proyecto de felicidad colectiva”. No voy ahora a fundamentar esto ni a hacer filosofía política. Me limito a señalar una doble opción con respecto al lugar de privilegio social que alguien puede ostentar: anteponer un fin político en su sentido más elevado que implica también el moral aunque ponga en riesgo el propio privilegio; o anteponer el propio bienestar a lo que sería un elevado proyecto de felicidad colectiva. No siempre hay que optar entre uno u otro, pero en el caso del 15M y el actual contexto de crisis económica, tal vez sí sea necesario escoger valientemente. Así, podríamos dar la vuelta al argumento ad hominem, a mi juicio producto de turbias intenciones o intereses, y acusar a quien se agarra con fatalismo al propio bienestar social de actual en función de su interés particular. Pero esto, aunque sea necesario vislumbrar todos los intereses que mueven y subyacen a las razones y conclusiones que se esgrimen en una asamblea o comunidad dialógica o como queramos llamarla, no debemos cebarnos en dichas motivaciones aviesas pues convertiríamos la discusión en pura demagogia. 

            Toda esta larga digresión viene a manifestar mi sospecha ante un tipo concreto de crítica al 15 M, que no es sospecha ante el hecho en sí de que alguien dentro del movimiento critique aspectos que no le gusten, que los habrá y muchos. Me refiero a esa crítica que nos viene a aconsejar que confiemos en lo que hay, o sea, en la democracia representativa bipartidista y la Constitución española forjada en un momento histórico concreto por personas y grupos que ocupaban nichos sociales y políticos concretos, como algo sagradamente inviolable, que funda la posibilidad de proyectos de felicidad colectiva. Esto es una evidente incongruencia y resulta cuando menos grotesco que el 15 M decidiera disolverse para volver a ceder el protagonismo a la política de partidos oligárquicos, sindicatos subvencionados y, a lo sumo, ONG. Es como si para curarnos de un resfriado tuviéramos que resfriarnos. Si el actual sistema político encabezado por una Constitución que respondió a un momento e intereses concretos de ciertos grupos sociales (y alguien incluso ha defendido que muy particularmente de oligarquías) nombra unos derechos cuya consecución no garantiza. La libertad no es garantizada si permanecemos en un nivel meramente formal y si decidimos poner unas condiciones materiales para conseguir una sociedad libre y feliz, como afirma el republicanismo, esto no puede hacerse si no hay expresamente una estructuración económica fundante, sine qua nom puede considerarse democracia a una simple democracia formal. Así, si se recurre a un espacio constitucional para poder expresarse y elegir el modo particular de realización cada ciudadano, es necesario emprender serias medidas económicas cuya obtención requiere a menudo, por desgracia, una fuerte lucha social. Esto no es nuevo. La Transición y la ya anticuada constitución española, así como los derechos sociales que hemos disfrutado, llegaron gracias a una contundente lucha social que obligó a un lavado de cara político de las oligarquías del franquismo y del poder empresarial y la banca. 

            El poderoso no va a ceder sus privilegios por las buenas nunca. Así que habría que usar el poder de la ley y de una constitución para obligar a la medidas materiales de redistribución de la riqueza (si es el 15M apuesta por el Estado), como ocurre en muchas constituciones que siendo consecuentes con la materialidad intrínseca a la realización de los derechos promulgados, dictan y obligan a las mencionadas condiciones materiales fundamentalmente económicas. No basta decir que tenemos derecho a la vivienda, sino que hay que garantizar constitucionalmente la vivienda de un modo efectivo, es decir, obligar a las condiciones estructurales y económicas para que este derecho básico se realice de verdad. Pero insisto en que no se puede esperar a que las oligarquías obedezcan sumisamente la ley así por las buenas. Por tanto, el 15M debería en todo caso y en su versión estatalista o reformista, rehacer la constitución precisando el modo de cumplimiento de los derechos básicos que resultaran garantizados con todo el peso y poder de la ley fundante. Para llegar a esto hay que ejercer una cierta presión o activismo social, que es justo lo que el 15M hace. Un activismo en varios frentes y pacífico por supuesto, pero contundente y tenaz. Esto sí es lógico, y tanto es así que en pocos meses todos los partidos políticos que al principio nos condenaban, ahora coquetean con el 15M como es el caso clamorosamente grotesco de Rubalcaba. Pero si una facción o agente crítico intenta impugnar este activismo para retornar, sin que todavía haya garantías que sólo pueden llegar en la versión reformista con una nueva constitución que realice lo que la actual sólo sugiere, y decirnos que vale esta constitución y que vale la actual democracia tales cuales existen ahora (¡pero cuyo fracaso nos ha sacado a la calle el 15 M, insisto!), debo decir que hay gato encerrado. Esto que estoy explicando no supone por mi parte, creo, y si lo es, pido que me lo demuestren, ni fanatismo ni maniqueísmo ni paranoia. Estoy dando razones, creo, convincentes. De nuevo debo repetir que no me molesta que haya una sana y necesaria autocrítica en el seno del 15M, sino que me veo obligado a denunciar un tipo de contenido crítico concreto que según estoy demostrando resulta lógicamente incongruente con el propio 15M. 

            Las críticas llamémoslas “internas” inconsecuentes pueden alegar que la concepción política combativa que apunta a la lucha contra un “otro” enemigo es maniquea y falsa. Es decir, se diría entonces, que no existe ese “otro” o poder homogéneo que se nos opone. Esta perspectiva crítica tiene una parte de verdad que consiste en manifestar el peligro de las generalizaciones y las etiquetas que fácilmente devienen en tópicos. Así, se diría, no se puede definir como a un todo al grupo de los políticos de la democracia española actual. Pero aquí hay, de nuevo, una falacia. Consiste en la confusión entre un grupo o clase fácilmente definible por una moral, habitus e intereses y acciones concretas, que se autoreproduce, lo cual puede describirse en términos empíricos sociológicos sin lugar a dudas, con la sociedad más general u otros grupos sociales y estratos o campos con los que el grupo de los políticos interactúa y se relaciona. Yo creo, aunque no soy sociólogo, que el grupo “clase política de la democracia española fabricada en la Transición (o sea, en un momento concreto que a su vez procedía de otros momentos y luchas o grupos concretos)” es identificable. Tiene una historia y unos rasgos concretos que lo define. Basta con acudir a las cúpulas de  los partidos con representación parlamentaria y, en especial como tan sabiamente ha visto el 15M, a los culpables del actual orden bipartidista (PP y PSOE) o acudir al Parlamento o al Gobierno. Uno llega a tales lugares como “representante” porque ha asumido unas reglas a menudo implícitas de juego que no son las que se supone sustentan y definen a la democracia. Me refiero a las reglas no explícitas propias de un juego social. Aquí sí resulta oportuno acudir a la descripción sociológica no tanto por demagogia sino para conocer el mundo en el que nos movemos. Es este colectivo con entidad propia que ha demostrado que sólo se sirve a sí mismo como tal o a los intereses particulares de sus miembros (de ahí la reciente y escandalosa reforma constitucional para satisfacer a los “mercados) contra el que nos alzamos. 

            Es cierto que los tópicos suelen ser peligrosas generalizaciones, pero sospecho que si por renunciar a los tópicos disolvemos mentalmente un organismo bien consistente y con reglas propias que lo definen dentro (y en cierto modo aparte) de la sociedad (de ahí la división entre política y sociedad civil de que a veces se habla y que responde a esta evidencia), estamos falseando también la realidad. Un representante no es, sociológicamente, un simple ciudadano. Pero hay quien se empeña en justificar a los políticos olvidando y cuestionando su tratamiento como clase específica y diferenciada dentro de la sociedad. En este caso, el discurso y la ciencia podrían estar tornándose ideológicos, es decir, legitimadores de los abusos reales y presentes existentes en la sociedad por parte de un grupo de poder predominante bien definido.

            Este es, precisamente, el riesgo de las democracias representativas, de que los políticos cobren y de que se erijan en nuestros representantes. ¿No es posible otra opción? ¿Resulta por eso aconsejable una democracia directa o lo más asamblearia posible? Yo creo que sí, pero habría que discutirlo y probarlo. No obstante, me atrevo a aseverar que hay gato encerrado en el momento en que alguien se empeñe en utilizar el típico y tópico discurso justificador de la democracia representativa para ocultar el hecho de que el representante político se erige realmente como clase propia y que no es exactamente lo que dice que es. Hay que decir las cosas claras. Si en el 15M hay una sensibilidad de protesta contra la representatividad, hay que respetarla porque tiene, cuando menos, su parte de razón y de verdad. Seamos honestos. Los tópicos que yo he oído a menudo en gritar en las manifestaciones contra los políticos son en su mayor parte bien ciertos y responden a realidades tangibles. Por supuesto que hay excepciones entre el grupo o clase social llamado “clase política”, pero no son relevantes e incluso podría afirmarse que contribuyen al fortalecimiento de la ideología en la que se amparan sus compañeros “corruptos”, perseguidores de fines particulares o como queramos llamarlos. La gente ha coincidido en esta verdad. Todos la hemos percibido a menudo arriesgadamente e incluso a veces contra la lógica social que nos explica o que explica que estemos donde estemos. Gracias a Dios esto ha podido ocurrir a pesar de la fuerte manipulación de los medios de comunicación (a ver si ahora dicen que esto también es mentira y que los medios de comunicación son independientes y funcionan como agentes críticos). Tanto la clase política definible por su actuación global y terribles efectos en el conjunto de la sociedad (generación de pobreza y malestar), como los mencionados mass media, han mostrado su vulnerabilidad (permitida por la actual constitución y reglas formales del espacio político pseudemocrático) al poder del capital o campo económico. Así, aunque dispongamos de las reglas formales para expresarnos y decidir nuestro destino y ámbito o modo de realización particular, esto es verdaderamente obstaculizado por una estructura de dominio que viene garantizada y reforzada, paradójicamente, por las supuestas libertades proclamadas en la actual y supuesta democracia. Y digo “supuesta” para resaltar otro elemento que ha visto el 15M dentro de su heterogeneidad: la falsedad de una democracia que se queda en los discursos, en la que el ámbito legal justifica la injusticia y una sutil pero muy eficaz falta de libertad y dominación de unos pocos fuertes sobre los muchos débiles. En nuestra pseudodemocracia se dicen unas cosas muy bonitas pero se hacen otras, incluso las que se hacen son lo contrario de lo que dicen los discursos. Esto entronca con la vieja crítica marxista al liberalismo, a su miopía epistemológica que le lleva a creer que la realidad es lo que ella dice que es. Todo esto viene a concluir que sí resulta oportuno el empleo de un lenguaje que las críticas interesadas pueden tachar de dogmático o maniqueo, un lenguaje de combate y de lucha contra un mal bien definido y consistente. Al contrario, si dichas críticas a este supuesto maniqueísmo se basan en la creencia en la verdad de unas reglas formales cuya función está siendo obviamente ideológica, el dogmatismo sería más bien achacable a  esta última opción “crítica” demasiado confiada en el valor de las palabras. Es decir, puede haber tenebrosas motivaciones y una función claramente ideológica en ciertas críticas al 15M increíblemente surgidas en su propio seno. Esto es, fundamentalmente, lo que quería expresar y advertir mediante este escrito.

lunes, 19 de septiembre de 2011

15M: economía y política.


Se ha intentado a veces hacer creer que el 15M se encasilla en esa forma de intolerancia española que se llama desde antiguo “dos Españas” y que en particular el 15M representa a una de ellas (Esperanza Aguirre, p. e. lo ha insinuado). Falso. El 15M obedece a una coyuntura actualísima y trágica: la de una ciudadanía convertida en mercancía en manos de banqueros y políticos. Se trata de lo que cualquier persona siente lógicamente ante los abusos y la corrupción. Claro, cuando se nombra a los banqueros, enseguida alguien puede pensar que somos algo así como la Unión Soviética. Falso. Las medidas económicas aprobadas en distintas asambleas son buenas para pymes y trabajadores y jamás se ha planteado de un modo más allá de lo puntual una planificación total de la economía. Lo que tanto se combate es la tendencia del capitalismo actual (predicha por Marx, bien es cierto) a constituir monopolios y oligopolios que acaban asfixiando al propio libre mercado e imponiendo duras condiciones y precios a la población. En este proceso caen las pymes. Pero esto es corregible sin necesidad de establecer un régimen de tipo soviético. Según prestigiosos economistas como Juan Torres o Arcadi Oliveres, y también el profesor Vicenç Navarro, hay que emprender una política fiscal en la que paguen un poco más los más ricos (grandes bancos y corporaciones), que son quienes destruyen puestos de trabajo (Telefónica, p. e.) y sacan de España los beneficios, llevándolos en algunos casos a paraísos fiscales (en el mundo hay 8 billones de euros en paraísos fiscales). No se trata de fastidiar a las pymes, sino de lo contrario, que paguen lo justo y siempre menos que los grandes capitales. Además, según estos autores se trata de montar una pequeña red de empresas públicas y, aunque parezca paradójico, fomentar un mayor gasto público, lo que acabaría creando más puestos de trabajo y por tanto propiciando un consumo que haría remontar a muchas pymes. De un modo similar, con Keynes Europa y EEUU superaron una crisis muy seria y actualmente así funcionan países como Suecia que apenas están notando la crisis y que viven diría que opulentamente y con su sanidad, pensiones, etc. de calidad y aseguradas. Lo que pide el 15M, analizando sus textos y declaraciones, podría quedarse simplemente en una defensa o salvación del estado de bienestar. Y eso ni es comunismo ni es antisistema ni ningún otro calificativo del estilo que sobre todo la derecha tiende a poner al movimiento. Al contrario, se trata de defender un modelo que por más que digan que no, está probado que puede funcionar (estado del bienestar en Suecia) frente a otro que hace aguas por todas partes (neoliberalismo). Esto último es un hecho a la vista de los resultados mundiales y en la España de la absoluta desregulación de la economía financiera: hambrunas, burbuja inmobiliaria, etc. La crisis ha sido generada sobre todo, parece haber en esto unanimidad, por la especulación que no se regula y que obtiene sus ganancias inflando los precios (hay formas de hacerlo) y sin pagar impuestos apenas por ello. De hecho, decía ayer Antena 3 que la venta y el comercio de objetos de gran lujo (yates, etc.) ha incrementado sus cifras vertiginosamente en plena crisis. O sea, la venta de productos que sólo compran las grandes fortunas que, según este dato objetivo, han prosperado con la crisis, contra lo que muchas veces dice la derecha y la CEOE (que el empresario también sufre, que tiene pérdidas, etc.). Sufren las pymes dramáticamente, en efecto, pero no las megaempresas y bancos que dictan la reforma laboral a Zapatero. 

El caso es que las medidas económicas que plantea el 15M se pueden hacer. Y se deben hacer, porque mientras no haya una reestructuración de la economía en la línea que apuntamos, la democracia será papel mojado. Lo hemos comprobado con la vergonzosa reforma constitucional emprendida recientemente por quienes han pasado años cacareando lo difícil que era reformar nuestra constitución (se le contestó esto al 15M cuando pedía reformas en la constitución). Resulta que ahora sí se reforma de urgencia y de un modo “técnico” (eufemismo empleado por Saenz de Santamaría) para obedecer a los “mercados”. Por cierto, estos mercados, no son, como decía hoy en televisión un economista liberal entrevistado por Ana Pastor en Los desayunos de TVE, cualquiera de nosotros, cualquier grupo o persona que quiera comprar y hacer dinero con lo que compra, sino grupos y capitales concentrados y muy concretos, incluso a veces personas con nombres y apellidos, que tienen en su poder el manejo de precios, calificaciones de la deuda (agencias de rating), dar o no dar hipotecas, inversiones gigantescas, retirar fondos y acciones, etc. Los mercados no son un ente libre, sino que, en la versión neoliberal que presume, paradójicamente, de basarse en la libertad, son grupos de poder que desde una posición de partida privilegiada coaccionan, como señalaba Marx, pues son capaces de a golpe de inversión decidir si caen o mantienen a gobiernos enteros. Así, uno puede justificar las presiones recibidas por Zapatero por estos focos de poder. Pero si es cierto que nos representaba y que era un democrático dirigente, debería haber actuado de otro modo. Yo jamás, por mucho que me presionen, colaboraría con algo que mata y genera tantísimo sufrimiento. Así, cabe preguntarle y echarle en cara por qué no dimitió y lo contó todo. Quizás lo veamos tras perder las elecciones como a sus predecesores González y Aznar muy bien situado en el mundo del dinero y el poder fáctico. González, por ejemplo, es casi el dueño de Gas Natural y uno de los mayores empresarios de España. Si uno, en cambio, dimite y cuenta lo que pasa, corre el riesgo de terminar hecho un paria o un descamisado. La moral de nuestros representantes no parece aceptar esta última posibilidad.

Así que el 15M no es ultraizquierdismo a la soviética. Conste que estoy describiendo lo que leo en documentos de asambleas, y no dando mi opinión concreta y mi afiliación política, al menos en estos momentos. Es verdad que uno puede encontrar grupos de extrema izquierda o anarquistas en las asambleas. Bueno, ¿y qué? Que hablen, den razones y convenzan. Si algún grupo pretende manipular, la solución no es descalificar al movimiento asambleario, sino educar y concienciar para resistir a la manipulación en una asamblea. Algo de esto se intuye porque han predominado los talleres de “asamblea” para defenderse en público, en principio, pero cabe imaginar que alguien los plantee pensando cómo detectar y vencer a los manipuladores de todos los colores en un grupo que argumenta y discute, que los hay. Una asamblea, por muy víctima que sea de la deseducación de la que todos hemos sido objeto, es soberana. Y todos debemos aceptar los derroteros por los que transcurre en su aprendizaje, humildemente. Se trata, en principio, de que hable gente que nunca ha podido hablar. Pero todavía más, y aquí tal vez Hannah Arendt se quede corta, es preciso que puedan ser realmente escuchados y atendidos. En especial pienso en los poderes de una democracia representativa que no escuchan sino a los “mercados” como acabamos de demostrar.
Así pues, no basta con un mero espacio formal de discusión y toma de decisiones. Hay que combinar esto con unos requisitos y condiciones en la economía que impidan a toda costa la proliferación de grandes monopolios que asfixien la economía y el bienestar de la gente. Si no hay una desactivación del poder cuyo origen es la economía que verdaderamente manda en España, no podemos aspirar a reformas desde arriba (ni desde abajo). Hay que suprimir este obstáculo económico para poder hablar y ser escuchado. Jefferson lo intuyó pero no pudo ni supo hacer para evitar que los bancos acabaran, como él temía, destruyendo la democracia norteamericana. En el fondo este discurso, que se diga o no tiene un evidente trasfondo liberal, es un discurso elitista que opera a un mero nivel discursivo que cree garantizar los derechos con su formulación. Se ha pretendido corregir esto con el fomento de políticas económicas de subvenciones a ONG o la prensa libre, como condiciones materiales para una democracia efectiva. Pero el capitalismo desregulado acaba tragándose todo esto. 

Por cierto, debo recordar que el mismísimo Papa Benedicto XVI me dejó boquiabierto este pasado verano cuando en el avión que lo transportaba de Roma a Madrid para presidir las JMJ contestó a la pregunta de un periodista sobre su opinión en torno a la crisis económica. El Pontífice proclamó (en un italiano que en la tele subtitularon en español) que había que regular los mercados financieros e incorporar criterios éticos en la economía, que no puede ser considerada algo frío como si no tuviera repercusiones en el sufrimiento de mucha gente. El propio Papa daba, pues, la razón al 15M. Lástima que tanto los medios como la propia Iglesia jerárquica española y políticos se hayan empeñado en la triste imagen de las dos Españas y en contraponer cristianismo a 15M. Es cierto, y yo lo he detecto, que hay una fuerte sensibilidad anticlerical en alguna asamblea. Es cierto que no se entiende que el cristianismo por fortuna es más que la Iglesia y que el Papa. Digamos que esto hay que respetarlo y en cualquier caso preguntarse humildemente la Iglesia por qué un movimiento de objetivos tan evangélicos se siente visceralmente ajeno a ella. Por otro lado, hay que destacar y recordar a quien su cristianismo lo aleje del 15M que en el 15M hay muchos cristianos y que el movimiento laico que se oponía a la financiación de la visita papal estaba formado en su mayor parte por agrupaciones cristianas como Redes Cristianas. No hay oposición entre los evangelios y lo que yo he podido contemplar en muchas asambleas, al menos de Granada. De todos modos, la interpretación de lo que uno vive y ve es lo de menos. Cristianismo o no cristianismo, da igual. Era gente que por primera vez en más de treinta años en España creían de verdad en la fraternidad y la hemos estado viviendo como buenamente hemos podido y nos han dejado los medios, la policía, los políticos y los banqueros. 

Es verdad que debe haber un orden y una organización. Pero no defenderé jamás que el orden deba prevalecer antes que la justicia. Esta ha sido la coartada siempre del conservadurismo de barriga llena y, aunque mi barriga está llena, mi afán de verdad, de captar la realidad, de inteligir, de ser honesto epistemológicamente, me obliga a escuchar a la mayoría que sufre y pasa hambre. No es una mera cuestión moral, sino de captación completa de la realidad. Un discurso sobre el orden y el espacio político en el que todos podemos hablar y expresarnos debe callarse y ceder la voz ante el horror de un desahucio sin aceptación de la dación en pago. Es la víctima quien sabe algo del orden que lo mismo quien tiene su barriga bien llena no sabe ni puede captar. El Vaticano no es sólo el Vaticano de Roma. Hay muchos Vaticanos desde los cuales es difícil contemplar el horror que cimenta a un mundo anegado en sangre y en el que por tanto hay un mal concreto y definible en la medida que genera dicho horror. 

Ahora sí me voy a pronunciar un poco en cuanto a mi opinión política. Este mal generador de sangre y de horror yo lo llamo “capitalismo”, al menos, economía de mercado totalmente desregulada o neoliberalismo. Así, valen viejos términos que yo (no el 15M que mayoritariamente usa otro lenguaje para expresarse) sí uso porque son eficaces para describir y combatir el sufrimiento que me conmueve. Yo sí usaría de nuevo “clase social”, “burguesía”, “capitalismo”, “ideología”. Hay una estructura que en su conjunto, por los efectos que produce, puede ser tachada de maligna. Así, quien contribuye abiertamente a su perpetuación, con mayor o menos cinismo, consciente o inconscientemente, es culpable de ese mal. Un mal entre males. No se trata, como se puede acusar a este discurso, de estereotipos o maniqueísmo barato o grosero. Es que lo que produce tal cantidad de sufrimiento en el mundo es obviamente malo. Es malo como orden. Es un orden malo. Y si no se cree, invito a cualquiera que enarbole bellos discursos en el primer mundo a que resista un año en el tercer mundo, a ver si sobrevive. Así, considero que la actual estructuración de la economía y de la política a su servicio no es deseable ni merece anteponerse a la “justicia”, entendiendo por “justicia” la mitigación de tan ingente cantidad de dolor. Justificar este orden actual es justificar el dolor que produce y es participar, por tanto, del mal. Claro que esto ocurre, de hecho, de maneras muy sutiles. Nuestro mundo ha devenido en un desdoblamiento que sirve a este orden maligno: el del discurso meramente formal de la democracia representativa y, por otro lado, una estructura fáctica que opera contra lo defendido y manifestado por dicho discurso (o sea, que nuestra Constitución es mera ideología. No encuentro mejor palabra para denunciar este hecho). Una constitución como la española no ha fundado un orden bueno. Salta a la vista. Aun al contrario, sirve para justificar el expolio masivo y el sacrificio de los inocentes. A quien no indigne esto y por tanto no lo incorpore a su discurso y militancia política habría que situarlo en el lugar del padre de familia parado y desahuciado, si no queremos irnos tan lejos como decía antes. La sabiduría depende del lugar que ocupamos, está claro. Según donde estemos podemos ver más o menos. Pero a quienes por ahora vivimos bien, como pequeños burgueses, nos queda al menos, dentro de la complejidad de la razón, la posibilidad de escuchar y de utilizar la inteligencia empática. Es a partir de esta inteligencia que el legislador debería legislar. Pero no lo hace, porque nuestro sistema político y constitución permiten que no lo haga así. Están hechos para eso y convendría en este sentido estudiar a fondo la historia reciente y la Transición.

Así, habría que combinar educación y toma del poder, que a nivel simbólico es igual a tomar la calle. Es lo que hace el 15M como puede. Somos gente de distinta condición, creencias, ideas, edades, etc. Sufrimos nuestras inercias sociales y habitus. Pero estamos en medio de un intento serio de tomar conciencia y de participar en nuestro destino político, de forjar un marco auténticamente democrático. Es natural que haya errores y que nos traicionen las inercias: desde quien no sabe argumentar sus opiniones, o hablar en público, o detectar manipuladores, o escuchar pacientemente atendiendo a los argumentos, etc. todos somos falibles. Nadie habla aquí de pureza o de un bien absoluto o rousseauniana voluntad general. Lo único que el lenguaje y la educación nos traiciona. Pero esto no debe impedir que prosigamos. Cuanto haga falta. Habrá que aprender, desde luego, a detectar los dobles discursos. Es decir, y a riesgo de que me tachen de fomentar paranoias o purgas estalinistas, hay que aprender que quien habla está en un sitio y tiene intereses de mucho tipo. Para hablar honestamente en una asamblea, además de estar formado, hay que querer mostrar todas las cartas. No vale argumentar una cosa y defender lo que sea dando unas razones cuando en realidad pesan otras. Esta honestidad en la discusión, este mostrar a las claras lo que le mueve a uno a defender algo, ha sido defendida por ejemplo por Habermas. No es una cuestión de ser mejor o peor moralmente, sino de precisión argumentativa y verdad. Se debe exigir a cualquier persona que hable en una asamblea que diga de verdad por qué defiende lo que defiende. Y que lo haga alegando las auténticas razones si es consciente de ellas. Así, todos en la asamblea, estaremos más cercanos de la verdad y de una captación eficaz y racional de la realidad, lo cual incidirá, sin lugar a dudas, en mejores decisiones. No es tanto una caza de brujas o purga, aunque siempre estará el listillo que nos acuse de ello, ni de la búsqueda de una pureza revolucionaria, o virtud, o jacobina carencia de hipocresía, sino de un saber mirar para que cuando el lobo viene disfrazado de cordero para morder, no nos muerda. Eso es todo. El lobo no es un demonio y yo no soy un ángel, sino que yo soy Marcos y para sobrevivir tengo que detectar bajo los disfraces a quienes pueden hacer daño y morder. Porque hay muchas formas de morder. En este sentido, y lo he hablado con buenos amigos, es fundamental que en adelante el 15M detecte en su seno a estos submarinos o topos que juegan a varias cartas sin mostrar su verdadera realidad. Hemos de exigir claridad y honestidad o los profesionales del embuste y la política en su peor y más feamente maquiavélico aspecto, nos venzcerán y desactivarán. Un partido político con representación parlamentaria (en especial PSOE y PP) o un sindicato oficial son escuelas de manipulación e ingeniería social. Una asamblea de pongamos 600 personas puede ser manipulada por 3 o 4 si están en el ajo y bien organizados y sincronizados. Si el 15M quiere sobrevivir como movimiento de base democrático y asambleario debe aprender, todos debemos aprender, a señalar y denunciar a los boicoteadores. 

El poderoso emplea a veces el terror o a veces da caramelos, y así muchos venden hasta a su madre. Y no hay por qué decirlo. Uno puede dejarse comprar y otro puede comprar sin que haya mala conciencia ni nadie diga nada. Son los entresijos del poder que tan bien describe una lectura imprescindible para entender estas cosas: Manuel Vázquez Montalbán. Así, el peligro es que nuestros jóvenes se dejen engañar. Espero que algo tan positivo como es el 15M no caiga ante críticas o maniobras de turbios intereses que no van más allá del propio bolsillo, prestigio, rango social o puesto político. Denunciemos esto sin piedad. Denunciemos la razón estratégica de quienes quieren hacer de la política no tanto un proyecto colectivo de felicidad sino un juego doble y triple de enredados intereses que renuncian a la ética del bien común llamándola fascismo. Vaya tela esto último, por cierto.

El 15M y sus razones. Por un otoño caliente.


En lo ocurrido hasta la fecha, veo muchísimos más elementos positivos en cómo va actuando y posicionándose el 15M, que elementos que puedan juzgarse negativos. Como es evidente, éstos últimos, que no pasan de alguna escaramuza puntual e irrelevante ante un masivo activismo pacífico e inteligente (concentraciones para evitar desahucios, por ejemplo), son aireados por una prensa que no airea del mismo modo otras violencias tan peligrosas como sutiles. Precisamente, el 15M nace como respuesta a una violencia que tiene el nombre y apellido de las grandes corporaciones, el capitalismo financiero internacional especulativo y sus servidores en la política. En el caso de España, un ejemplo de poder procedente del mundo de la economía y antidemocrático, en el sentido de que como bien dicen en el 15M no ha sido elegido ni nos representa legítimamente, es el de grupos como la familia Botín. Este poder actúa mediante inversiones, que según a dónde sean dirigidas, es muy fácil que originen tendencias en la sociedad y la economía. Desde luego que así se puede mandar un país sin ser su presidente, está claro. Si uno estudia las inversiones de los Botín y el Banco de Santander, por poner un ejemplo (podía irme a empresas como BBVA, La Caixa, Endesa, Gas Natural, Telefónica, etc. y nombrar a quienes están detrás manejando capitales o dirigiendo las juntas directivas o de accionistas), puede dibujar literalmente en un papel sus maniobras e incluso atreverse a predecir lo que pretenden. Esto, en relación siempre con las leyes que se promueven y los actos del gobierno que descaradamente ha gobernado para ellos (reforma laboral, no aceptación de la dación en pago, reforma constitucional, privatización encubierta y destrucción de la universidad, la educación y la sanidad públicas, etc). El gobierno de Zapatero ha actuado de hecho, y ya es un tópico que cae por su propio peso, como un gobierno neoliberal, al menos en su última etapa. Un neoliberalismo que Aznar fundó con ímpetu y que Zapatero, haciendo lo contrario siempre de lo que decía, ha consagrado.
Tal vez estos agentes destructores del estado de bienestar, políticos y grandes empresarios (CEOE) no se esperaban algo como el 15M. Es cierto que hasta el final Zapatero no para de legislar como si fuera la mismísima CEOE. Una prueba es la reciente reforma legal para que se pueda contratar en prácticas a jóvenes por 480 euros mensuales hasta los 33 años, o entrelazar contratos temporales que precarizan la vida de familia enteras que a duras penas dispondrán de la necesaria estabilidad para educar y nutrir bien a sus hijos. Todo esto, sobra decirlo, es violencia, y de la peor, porque lo es de guante blanco, sutil y eficacísima, a la par que siempre impune. Estamos asistiendo a un expolio masivo que si nada lo impide nos va a condenar a generaciones enteras a malvivir como si hubiésemos vuelto al siglo XIX o sencillamente lo que es una realidad cotidiana en 4/5 de la humanidad ahora llegara al denominado primer mundo.
Sin embargo, a pesar de la deshonrosa colaboración del gobierno y los diputados del PSOE por disciplina de partido (explicable no tanto como una fe religiosa en la voluntad del partido, sino como una fe religiosa en sus bolsillos y prebendas que evidentemente no quieren perder), ahora llega un miembro de ese gobierno llamado Rubalcaba y nos quiere convencer, tras haber estado ocho años gobernando para los bancos, que va a introducir algunas reformas de las que pide el 15M. No sólo él. También el mismísimo PP, a pesar de la aversión irracional de la derecha a lo que consideran estereotipadamente un movimiento de abortistas anticlericales y perroflautas izquierdosos sin percibir la razón de fondo que subyace al mismo y lo justo de sus objetivos, ha hecho guiños al 15M. No digamos Izquierda Unida y otros partidos minoritarios. También hay que mencionar a unos sindicatos “oficiales” (CCOO y UGT) que habiendo callado tanto tiempo y permitido aberraciones como los desahucios sin aceptación de dación pago, ahora aparecen con asambleas y manifestaciones. Pero no nos engañemos. Haría mal el 15M si por lo que sea cede a la tentación de aliarse con estos partidos o sindicatos. Porque en ellos se encuentra la raíz de la enfermedad que acosa a nuestra democracia, que se hizo de modo que precisamente promoviera el partidismo representativo de sí mismo y de los banqueros.
El problema es que una estructura piramidal y representativa funciona desde arriba y es muy fácil, de este modo, manipular a la denominada “base”. Se ha visto con los diputados del PSOE y, a mi juicio, con la labor antes desactivadora que activadora de movimientos populares de justa protesta por parte de los susodichos sindicatos “oficiales”. Cuando hay una cúpula, el poder ha actuado siempre, sabiamente, comprando a la cúpula. Hay muchas manera, de todo tipo, que utilizan desde las ambiciones a los miedos de la gente. Se promete, se ofrece, se pacta, se concede… pero todo es mentira. Así, son utilizados por ejemplo intelectuales que ponen su trabajo e inteligencia al servicio de una razón estratégica tan eficaz como cínica y desalmada. Yo, que viví de cerca los movimientos estudiantiles de los ochenta en España, en la España de Felipe González, tendría mucho cuidado con pactar o fiarme de este tipo de gente. La historia ha demostrado, y youtube está lleno de documentos que lo prueban, que movilizaciones todavía más contundentes y, en ese momento sí de verdad, violentas, lograron reuniones y concesiones de las altas esferas y autoridades del gobierno de la época. Si uno atiende en los documentales a las peticiones de los estudiantes, verá que aunque se dijo que serían atendidas, lo que se consiguió fue con falsas promesas parar un movimiento social que acabó disolviéndose sin conseguir nada de lo prometido. Esto es historia, son datos y está documentado, siendo fácilmente accesible la información. Nuestros jóvenes del 15M deberían tomar buena nota de esta democracia con trampa o trampa democrática que actúa de manera eficacísima desactivando cosas como el 15M. Basta con que se metan los sindicatos en el 15M o nos creamos de pronto que Rubalcaba ha visto la luz.
Según la sociología (Bourdieu) una estructura o institución produce un habitus en la gente que vive en ella o de ella. Así, al que es profesor universitario, se le va a notar adonde vaya, por ejemplo. Pues lo mismo con ese mundo donde la moral imperante estaría muy en los primeros niveles de la famosa clasificación de Kohlberg. Para triunfar en la política hay que creerse una moral que reproduce básicamente una razón estratégica, una cierta ley de obediencia interesada a tu familia y enemistad también interesada con los otros. Se tiene que convertir uno en una suerte de Iago manipulador (el cínico personaje de la obra Otelo de Shakespeare), de jugador frío de un juego cuya regla es que tú mismo y el grupo que te acoge ganen (no la sociedad, ni el pueblo, ni nada eso). Si alguien obedece a una moral auténticamente democrática (lucha por el bien común aun a costa de que el propio grupo o interés particular pierda) es fulminantemente eliminado. Sencillamente, ni llega alto ni si llega puede hacer nada, rodeado de sátrapas sin escrúpulos morales llamémoslos de los propios de una moral democrática. Así, la política se escinde de toda ética que pretenda lo mejor para la mayoría (democracia). Si uno pretende servir al pueblo sirviendo sus propios fines es un hipócrita y un mal demócrata, estaría en el mismo caso que ese egoísta que según Adam Smith o el neoliberalismo, produce el bien a partir del mal (la justicia a partir del egoísmo). Esto, por el lenguaje que empleo o el modo de explicarlo, puede sonar moralizante por mi parte, pero insistiré en que lo que trata de explicar es que la democracia, como régimen o espacio político, presupone una ética democrática que resulta hoy por hoy imposible mantener y propagar en un partido político o sindicato “oficial”, por mucho que se tengan buenas intenciones.
Estando así las cosas, el peligro para el 15M es evidente, como lo fue para los estudiantes de los ochenta manipulados y engañados por Felipe González. Nuestros jóvenes deben aprender cómo funciona y se las gasta el poder. Esto no quiere decir que sea malo cualquier partido o el sindicalismo, sino que hay que replantearse muy a fondo una nueva estructura legal y organizativa, tal vez lo más participativa y asamblearia posible, que por lo menos ponga las cosas difíciles a Iago. Sí veo con claridad que lo que existe actualmente ha demostrado de sobra que no sirve. No es la solución más de lo mismo y afirmar que lo que hay está bien. Esto es un engaño. Insisto en que siendo como son los partidos y sindicatos oficiales estructuras representativas piramidales y jeráquicas, es muy fácil comprarlos y que desde ciertas alturas o elementos concretos de gran influencia, se desactive la lucha social. A mí juicio, una prueba de que esto es así ha sido la facilidad con la que el PSOE ha impuesto el Plan Bolonia (puro neoliberalismo) en la universidad que contrasta con las agitadas protestas contra el PP de Aznar que trataba de hacer lo mismo. Ahora, cuando vuelva a gobernar el PP, estos sindicatos, muchos de cuyos exdirigentes son ahora diputados, ministros o consejeros de la Junta de Andalucía, jugará de nuevo al sindicalismo de base y al activismo social. Será sólo política en el peor sentido de la palabra, en el sentido que la entiende como una suerte de ingeniería social o manipulación maquiavélica de las masas.
El 15M sí tiene propuestas factibles, razonables y concretas (acordadas en asambleas como la de Sol, por ejemplo). Lo que pide podría hacerse. Y su fuerza social es tal que, como decía arriba, todos hacen supuestas concesiones y guiños al 15M, al mismo 15M que la prensa y los políticos ponían de violentos e insensatos. Es positivo el intento de volver, con todas las lógicas deficiencias del mundo (no nos han enseñado para ser dueños de nuestro destino en asambleas), a un movimiento asambleario. Esto es lo que de verdad desafía al poder malo y puede funcionar. No se trata, como enfatiza el republicanismo de Petitt, de que la sociedad participe en ONG o se involucre votando cada cuatro años y respetando el halo sagrado de una constitución. Todo eso es derrotado y desactivado por el capitalismo. Toda reforma que se haga, aun con buenas intenciones, desde arriba y de un modo elitista, acaba corrompiéndose. Zapatero lo ha demostrado. Ni el juego de poderes de que habla Petitt, ni el estado de derecho, ni menos aún las elecciones cada cuatro años, son suficiente. Este republicanismo se queda corto y parece miope a lo que tanto ha demostrado ya la historia. Ningún sistema político es perfecto, desde luego, pero este es el ideal para que se acabe legitimando lo injustificable (el hambre y la pobreza, por mucho que se intente resolver a golpe de decreto). Al poder hay que controlarlo de un modo más eficaz que de la manera que se hace en las democracias de tipo norteamericano. Al final, Jefferson fue abatido por la banca en su país. Pues eso. O el método de las subvenciones para promover el activismo social puede acabar con una ONG y comprar a los elementos subversivos. Es de cajón.
Así, aunque no sabría decir vías políticas concretas, pues ni soy un profeta ni me he educado para ese mundo de verdadera democracia (y no la democracia de papel que vivimos), sí me veo en la obligación de insistir en que no acudamos a lo de siempre. Ojo, que nos timan. Alguien podrá decir que esto es paranoia, pero yo volveré a apelar a la historia y a los datos que en cualquier momento puedo ofrecer para ilustrar el comportamiento de nuestras viciadas instituciones políticas y sus miembros: los políticos, que constituyen una clase endogámica y que se reproduce y defiende a sí misma. ¿Que se trata de fundar un partido nuevo o un sindicato? ¿Que podemos optar por ser una organización distinta reconocida legalmente? ¿Que debemos centrarnos en el activismo de calle como hasta ahora, aunque esto puede quemar y cansar a la gente? No lo sé, sinceramente, y aquí entiendo que el 15M ha demostrado una inteligencia y una madurez admirable como para poder esperar que la gente decidirá lo adecuado o al menos tantearemos. Pero que nos digan que hay que confiar en nuestros verdugos suena a chiste de mal gusto. Eso no, por favor. Hay que fundar nuevas formas y una nueva organización política que pueda obligar tanto a banqueros como a políticos corruptos a que den con sus huesos en la cárcel. Pero de verdad, no tan solo en el papel o los códigos penales. Una vigilancia y un constante y objetivo rendir cuentas y la posibilidad legal y real, factible, de ejercer el ostracismo contra quienes de manera objetiva se haya probado que lo merecen. Y esto no está, hoy por hoy, garantizado en la democracia española, en su funcionamiento de hecho.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Organización de la educación en el siglo XVIII


De manera paralela al estudio de la educación antigua, según se desprende de las fuentes existentes, y excelentemente expuesto en el libro mencionado en nuestro post anterior, estoy leyendo sobre el origen y desarrollo del moderno sistema educativo español. Para ello me valgo por ahora del libro Educación e ideología en la España contemporánea de Manuel de Puelles (Tecnos, Madrid, 2010). Se trata de una obra sintética que expone los cambios en la política educativa basándose sobre todo en los textos legales y manifiestos de algún intelectual o político relevante. Sobre todo, el autor se basa tanto en proyectos de leyes o reglamentos que no llegaron a entrar en vigor como en aquellas normativas que tuvieron vigencia durante un tiempo. El moderno sistema educativo debe entenderse como una manifestación íntimamente ligada a la historia de la España y Europa de fines del siglo XVIII en adelante. En las polémicas y batallas desatadas en torno al mismo se reflejan las pugnas ideológicas para cuya comprensión habría de echarse mano de obras de pensamiento político e historia de las ideas, así como, por supuesto, estudios sociales y económicos del periodo señalado. El libro de Puelles se limita, sobre todo, a exponer distintas políticas educativas trazadas por los diferentes gobiernos, como digo, a partir de las normativas, aunque alude puntual y someramente a las guerras sociales e ideológicas que subyacen a dichas normativas. Sí resulta claro en su exposición que el sistema educativo contemporáneo responde al surgimiento de una nueva sociedad que a su vez responde al progresivo predominio de la burguesía que busca su lugar restando poder a la nobleza y las instituciones en las que ésta se apoyaba (la Iglesia, por ejemplo). Esto fue la Ilustración, aunque como señala Puelles, en el corto periodo que tuvo influencia en los gobiernos monárquicos (sobre todo con Carlos III) no supuso una alternativa política, un cambio de régimen que desafiara abiertamente el modelo despótico de las monarquías ilustradas. Esto sí llegó a ser un rasgo propio del movimiento político liberal, el liberalismo, cuyo germen en España que constituye el momento al que siempre habrá que mirar para entender el liberalismo, son las Cortes de Cádiz. El liberalismo no dejará de ser, a juicio de Puelles, un movimiento típicamente burgués al que pronto se le achacará desde la izquierda marxista o anarquista su ideal de la reforma política desde arriba (aunque ello irá suavizándose en el liberalismo republicano de la segunda mitad del XIX y otras facciones democráticas de la izquierda liberal) y la no suficiente consideración de los cambios necesarios en la economía para que la libertad y la igualdad en la sociedad sean verdaderamente efectivas. Así, el siglo XIX, si atendemos a los distintos gobiernos, es el siglo del liberalismo que se irá desmembrando en distintas facciones a izquierda y derecha y que producirán todas ellas diferentes formas en el sistema educativo. En el XIX, creo, ya parecen definirse las famosas dos Españas al hilo del surgimiento del liberalismo que desafía al viejo modelo de la España del absolutismo en la que la educación era monopolio de la Iglesia Católica. Ya se ven entonces algunas tendencias y problemas endémicos de la historia española reciente, como es la adscripción de la Iglesia más jerárquica con las fuerzas conservadoras y antiprogresistas, en una defensa de su ancestral papel en la sociedad, la política y la educación española. En la alianza de esta parte de la Iglesia con dichos poderes sociales y económicos, su muy tardía asunción de las ideas liberales y aún peor, de los movimientos de liberación obreros, salvo honrosas excepciones puntuales, puede estar la raíz de su enfrentamiento con los gobiernos más progresistas y que se tiñó tristemente de sangre en el periodo de la II República, ya en el siglo XX. La pugna con el liberalismo será grande y conducirá, a nivel internacional, a su condena por parte de Pío IX. Pero veamos con más detenimiento, y siguiendo la mencionada obra de Puelles, cómo se va perfilando esta lucha que caracteriza a la España contemporánea. Empecemos por un exbozo de la situación en el siglo XVIII de los Borbones.

En el siglo XVIII la sociedad española es claramente estamental. Por eso no tenía lógica plantear un sistema nacional educativo en la enseñanza primaria y secundaria (p. 31). Es la Iglesia la que se ocupa de enseñar a los súbditos y no tanto la monarquía. Sin embargo había un cierto ordenamiento de hecho. La nobleza utiliza preceptores o leccionistas para iniciar a sus hijos en las primeras letras. También “Los ayuntamientos sostienen escasas escuelas primarias, a cargo de maestros ignorantes y mal pagados” (p. 31). La Iglesia mantiene escuelas monásticas anejas a conventos y sin control regio, para los niños de campesinos que pretendan iniciar la carrera eclesiástica. Los pocos maestros existentes se inscriben es un gremio (Hermandad de San Casiano) que es quien verdaderamente controla su labor y los faculta para ejercer. No obstante, un maestro de la época debía dedicarse a varios empleos para subsistir, pues la enseñanza estaba muy mal pagada. 

La enseñanza secundaria como entidad con un fin en sí misma no existe aún. Se trata de una enseñanza puente ofertada por las propias facultades universitarias y que prepara para el acceso a la universidad. Son las llamadas Facultades Menores de Filosofía o Artes que permiten el paso a las Facultades Mayores. Aquí se enseñan profesiones. De manera paralela y sin un fin profesional, existen poderosos colegios religiosos sobre todo de jesuitas y escolapios que imparten una cultura general para jóvenes de familias pudientes y nobles. Hay una red de lo que hoy llamaríamos enseñanza privada de este tipo. 

Así pues, la única institución en el siglo XVIII que imparte una enseñanza más o menos reglamentada es la universidad, pero una universidad propia de la época que iría también transformándose profundamente a lo largo del siguiente siglo XIX. La “guerra” por el control de la educación ha tenido desde entonces, tras el advenimiento de los liberales, un punto álgido en la universidad que se manifestaría en distintas tensiones: centralización, secularización, libertad de enseñanza (de cátedra, de ciencia, de fundar centros aparte de la red estatal una vez que el Estado se ha hecho con el control de la educación oficial). Esta pugna parte de una inicial universidad totalmente bajo el control de la Iglesia en el siglo XVIII, siguiendo la tradición de su origen eclesiástico medieval. Yo he visto, por ejemplo, en una excelente exposición de documentos hace años en Granada, la carta con la que el emperador Carlos V encomienda al obispo competente la fundación y organización de la actual Universidad de Granada. Se trata de la misma institución en la que yo trabajo, pero desde luego ha habido desde entonces cambios tan básicos que uno duda que apenas quede sino el nombre como resto de lo que la institución fue en su origen. Al hilo de las tensiones que vamos a estudiar que suceden en torno a la enseñanza universitaria en el siglo XIX no podremos sino aludir a la peculiar y actualísima “propuesta” que ahora mismo significa el Plan Bolonia.

Así pues, “Desde su nacimiento, las universidades aparecen unidas a la Iglesia, es decir, fundadas y sostenidas por Roma. Las universidades pontificias son, incluso durante la Casa de Austria, autónomas respecto del poder regio. El rey apenas interviene en su creación, regulación o mantenimiento. A lo sumo, envía visitadores para conocer el funcionamiento de estas instituciones” (p. 32). El modelo es el de la universidad pontificia, cuyo paradigma es la de Salamanca. Doctores, profesores y alumnos la componen, bajo la autoridad del Papa. El representante de éste es el canciller, siendo frecuente que el obispo de la diócesis delegue para esto en el maestrescuela de la catedral respectiva. “El canciller concede los grados académicos, preside el claustro y ejerce la jurisdicción universitaria sobre escolares y profesores. Junto al canciller, el rector, segunda autoridad en la universidad y, como tal, encargado de la vigilancia académica” (p. 32). Todavía el cargo de rector no representa la máxima autoridad universitaria, hasta las primeras reformas en una línea ilustrada-liberal.
Junto al modelo de la universidad pontificia (Salamanca), están los poderosos (por su gran influencia) colegios mayores. Son fundaciones de prelados importantes que desarrollan la enseñanza propia de una universidad. Aquí sí es el rector la máxima autoridad. La pugna ideológica y política de los ilustrados se encaminará a un enfrentamiento con estas instituciones de enorme influencia en la universidad y que a su vez mantienen el equivalente a universidades propias (Alcalá de Henares).

Además hay otro tipo de universidades dependientes de municipios (Valencia). Aquí financia la ciudad, aunque su fundación sea del tipo de la universidad pontificia. Hay también un canciller representante del papado, pero “el verdadero dominio corresponde a los representantes municipales” (p. 33). “El Ayuntamiento nombra al rector, a quien paulatinamente irá pasando la jurisdicción académica. El Ayuntamiento provee las cátedras, suministra y controla los fondos, salvo algunas rentas propias de la universidad. Gozan, pues, estas universidades de autonomía respecto del poder regio y eclesiástico, pero dependen del municipio” (p. 33).

La función de la universidad del XVIII será la misma que en la Baja Edad Media: suministrar a partir de las facultades de Teología, Jurisprudencia y Medicina, teólogos, juristas y médicos. Pero esta función a fines del XVIII ya se quedaba corta, pues hacían falta otros estudios que no supusieran el fortalecimiento del poder regio (juristas) o de la Iglesia Católica (teólogos). “Así lo expondrá la real cédula de 1768, iniciando su reforma” (p. 33). Puelles señala el libro conocido como el Barbadiño, del padre Verney, como la obra en la que ya puede leerse esta preocupación por modernizar los planes de estudio. Dice Puelles: “El Barbadiño traza un verdadero plan de estudio de gran calidad pedagógica, recomendando las clases poco numerosas, los métodos activos, la disciplina fundada en la amistad entre profesores y alumnos, proscribiendo, finalmente, los castigos corporales. El libro será objeto de fuertes críticas, especialmente de los jesuitas” (p. 34).

En cuanto a la organización de la carrera, los alumnos ingresan a los doce o catorce años en las Facultades Menores de Arte o de Filosofía. En tres o cuatro años acceden a las Facultades Mayores de Teología, Leyes o Cánones y Medicina. Los graduados en Filosofía lo harán como “maestro en Artes” y los otros como “bachiller” en la disciplina que sea. Ello habilitaba para el ejercicio profesional. Los que continúan estudiando es para impartir docencia en las universidades y obtienen la “licencia” que les faculta para ello. Este último período equivale a una suerte de prácticas docentes. 

“Finalmente, la consecución de los grados académicos no se realiza a través de exámenes por curso, sino escuchando las lecciones, participando en las ‘disputas’ y demás actos académicos, realizándose al final el ejercicio de grado, ejercicio de gran dureza en sus orígenes, pero que desembocó en pura formalidad con la decadencia de las universidades” (p. 34).

Será este modelo educativo expuesto el que va a ser profundamente reformado con los nuevos tiempos. Primero, en un próximo post, estudiaremos brevemente lo que la Ilustración española pensaba al respecto e iniciaremos el periodo de sucesivas reformas que enlazan la ideología ilustrada con el liberalismo del XIX, que acabará pariendo un sistema educativo tal como hoy lo conocemos, es decir, con la pretensión de estar bien reglamentado, de ser universal y gratuito para toda la población, haciendo hincapié, al principio, en la enseñanza primaria.