lunes, 19 de septiembre de 2011

15M: economía y política.


Se ha intentado a veces hacer creer que el 15M se encasilla en esa forma de intolerancia española que se llama desde antiguo “dos Españas” y que en particular el 15M representa a una de ellas (Esperanza Aguirre, p. e. lo ha insinuado). Falso. El 15M obedece a una coyuntura actualísima y trágica: la de una ciudadanía convertida en mercancía en manos de banqueros y políticos. Se trata de lo que cualquier persona siente lógicamente ante los abusos y la corrupción. Claro, cuando se nombra a los banqueros, enseguida alguien puede pensar que somos algo así como la Unión Soviética. Falso. Las medidas económicas aprobadas en distintas asambleas son buenas para pymes y trabajadores y jamás se ha planteado de un modo más allá de lo puntual una planificación total de la economía. Lo que tanto se combate es la tendencia del capitalismo actual (predicha por Marx, bien es cierto) a constituir monopolios y oligopolios que acaban asfixiando al propio libre mercado e imponiendo duras condiciones y precios a la población. En este proceso caen las pymes. Pero esto es corregible sin necesidad de establecer un régimen de tipo soviético. Según prestigiosos economistas como Juan Torres o Arcadi Oliveres, y también el profesor Vicenç Navarro, hay que emprender una política fiscal en la que paguen un poco más los más ricos (grandes bancos y corporaciones), que son quienes destruyen puestos de trabajo (Telefónica, p. e.) y sacan de España los beneficios, llevándolos en algunos casos a paraísos fiscales (en el mundo hay 8 billones de euros en paraísos fiscales). No se trata de fastidiar a las pymes, sino de lo contrario, que paguen lo justo y siempre menos que los grandes capitales. Además, según estos autores se trata de montar una pequeña red de empresas públicas y, aunque parezca paradójico, fomentar un mayor gasto público, lo que acabaría creando más puestos de trabajo y por tanto propiciando un consumo que haría remontar a muchas pymes. De un modo similar, con Keynes Europa y EEUU superaron una crisis muy seria y actualmente así funcionan países como Suecia que apenas están notando la crisis y que viven diría que opulentamente y con su sanidad, pensiones, etc. de calidad y aseguradas. Lo que pide el 15M, analizando sus textos y declaraciones, podría quedarse simplemente en una defensa o salvación del estado de bienestar. Y eso ni es comunismo ni es antisistema ni ningún otro calificativo del estilo que sobre todo la derecha tiende a poner al movimiento. Al contrario, se trata de defender un modelo que por más que digan que no, está probado que puede funcionar (estado del bienestar en Suecia) frente a otro que hace aguas por todas partes (neoliberalismo). Esto último es un hecho a la vista de los resultados mundiales y en la España de la absoluta desregulación de la economía financiera: hambrunas, burbuja inmobiliaria, etc. La crisis ha sido generada sobre todo, parece haber en esto unanimidad, por la especulación que no se regula y que obtiene sus ganancias inflando los precios (hay formas de hacerlo) y sin pagar impuestos apenas por ello. De hecho, decía ayer Antena 3 que la venta y el comercio de objetos de gran lujo (yates, etc.) ha incrementado sus cifras vertiginosamente en plena crisis. O sea, la venta de productos que sólo compran las grandes fortunas que, según este dato objetivo, han prosperado con la crisis, contra lo que muchas veces dice la derecha y la CEOE (que el empresario también sufre, que tiene pérdidas, etc.). Sufren las pymes dramáticamente, en efecto, pero no las megaempresas y bancos que dictan la reforma laboral a Zapatero. 

El caso es que las medidas económicas que plantea el 15M se pueden hacer. Y se deben hacer, porque mientras no haya una reestructuración de la economía en la línea que apuntamos, la democracia será papel mojado. Lo hemos comprobado con la vergonzosa reforma constitucional emprendida recientemente por quienes han pasado años cacareando lo difícil que era reformar nuestra constitución (se le contestó esto al 15M cuando pedía reformas en la constitución). Resulta que ahora sí se reforma de urgencia y de un modo “técnico” (eufemismo empleado por Saenz de Santamaría) para obedecer a los “mercados”. Por cierto, estos mercados, no son, como decía hoy en televisión un economista liberal entrevistado por Ana Pastor en Los desayunos de TVE, cualquiera de nosotros, cualquier grupo o persona que quiera comprar y hacer dinero con lo que compra, sino grupos y capitales concentrados y muy concretos, incluso a veces personas con nombres y apellidos, que tienen en su poder el manejo de precios, calificaciones de la deuda (agencias de rating), dar o no dar hipotecas, inversiones gigantescas, retirar fondos y acciones, etc. Los mercados no son un ente libre, sino que, en la versión neoliberal que presume, paradójicamente, de basarse en la libertad, son grupos de poder que desde una posición de partida privilegiada coaccionan, como señalaba Marx, pues son capaces de a golpe de inversión decidir si caen o mantienen a gobiernos enteros. Así, uno puede justificar las presiones recibidas por Zapatero por estos focos de poder. Pero si es cierto que nos representaba y que era un democrático dirigente, debería haber actuado de otro modo. Yo jamás, por mucho que me presionen, colaboraría con algo que mata y genera tantísimo sufrimiento. Así, cabe preguntarle y echarle en cara por qué no dimitió y lo contó todo. Quizás lo veamos tras perder las elecciones como a sus predecesores González y Aznar muy bien situado en el mundo del dinero y el poder fáctico. González, por ejemplo, es casi el dueño de Gas Natural y uno de los mayores empresarios de España. Si uno, en cambio, dimite y cuenta lo que pasa, corre el riesgo de terminar hecho un paria o un descamisado. La moral de nuestros representantes no parece aceptar esta última posibilidad.

Así que el 15M no es ultraizquierdismo a la soviética. Conste que estoy describiendo lo que leo en documentos de asambleas, y no dando mi opinión concreta y mi afiliación política, al menos en estos momentos. Es verdad que uno puede encontrar grupos de extrema izquierda o anarquistas en las asambleas. Bueno, ¿y qué? Que hablen, den razones y convenzan. Si algún grupo pretende manipular, la solución no es descalificar al movimiento asambleario, sino educar y concienciar para resistir a la manipulación en una asamblea. Algo de esto se intuye porque han predominado los talleres de “asamblea” para defenderse en público, en principio, pero cabe imaginar que alguien los plantee pensando cómo detectar y vencer a los manipuladores de todos los colores en un grupo que argumenta y discute, que los hay. Una asamblea, por muy víctima que sea de la deseducación de la que todos hemos sido objeto, es soberana. Y todos debemos aceptar los derroteros por los que transcurre en su aprendizaje, humildemente. Se trata, en principio, de que hable gente que nunca ha podido hablar. Pero todavía más, y aquí tal vez Hannah Arendt se quede corta, es preciso que puedan ser realmente escuchados y atendidos. En especial pienso en los poderes de una democracia representativa que no escuchan sino a los “mercados” como acabamos de demostrar.
Así pues, no basta con un mero espacio formal de discusión y toma de decisiones. Hay que combinar esto con unos requisitos y condiciones en la economía que impidan a toda costa la proliferación de grandes monopolios que asfixien la economía y el bienestar de la gente. Si no hay una desactivación del poder cuyo origen es la economía que verdaderamente manda en España, no podemos aspirar a reformas desde arriba (ni desde abajo). Hay que suprimir este obstáculo económico para poder hablar y ser escuchado. Jefferson lo intuyó pero no pudo ni supo hacer para evitar que los bancos acabaran, como él temía, destruyendo la democracia norteamericana. En el fondo este discurso, que se diga o no tiene un evidente trasfondo liberal, es un discurso elitista que opera a un mero nivel discursivo que cree garantizar los derechos con su formulación. Se ha pretendido corregir esto con el fomento de políticas económicas de subvenciones a ONG o la prensa libre, como condiciones materiales para una democracia efectiva. Pero el capitalismo desregulado acaba tragándose todo esto. 

Por cierto, debo recordar que el mismísimo Papa Benedicto XVI me dejó boquiabierto este pasado verano cuando en el avión que lo transportaba de Roma a Madrid para presidir las JMJ contestó a la pregunta de un periodista sobre su opinión en torno a la crisis económica. El Pontífice proclamó (en un italiano que en la tele subtitularon en español) que había que regular los mercados financieros e incorporar criterios éticos en la economía, que no puede ser considerada algo frío como si no tuviera repercusiones en el sufrimiento de mucha gente. El propio Papa daba, pues, la razón al 15M. Lástima que tanto los medios como la propia Iglesia jerárquica española y políticos se hayan empeñado en la triste imagen de las dos Españas y en contraponer cristianismo a 15M. Es cierto, y yo lo he detecto, que hay una fuerte sensibilidad anticlerical en alguna asamblea. Es cierto que no se entiende que el cristianismo por fortuna es más que la Iglesia y que el Papa. Digamos que esto hay que respetarlo y en cualquier caso preguntarse humildemente la Iglesia por qué un movimiento de objetivos tan evangélicos se siente visceralmente ajeno a ella. Por otro lado, hay que destacar y recordar a quien su cristianismo lo aleje del 15M que en el 15M hay muchos cristianos y que el movimiento laico que se oponía a la financiación de la visita papal estaba formado en su mayor parte por agrupaciones cristianas como Redes Cristianas. No hay oposición entre los evangelios y lo que yo he podido contemplar en muchas asambleas, al menos de Granada. De todos modos, la interpretación de lo que uno vive y ve es lo de menos. Cristianismo o no cristianismo, da igual. Era gente que por primera vez en más de treinta años en España creían de verdad en la fraternidad y la hemos estado viviendo como buenamente hemos podido y nos han dejado los medios, la policía, los políticos y los banqueros. 

Es verdad que debe haber un orden y una organización. Pero no defenderé jamás que el orden deba prevalecer antes que la justicia. Esta ha sido la coartada siempre del conservadurismo de barriga llena y, aunque mi barriga está llena, mi afán de verdad, de captar la realidad, de inteligir, de ser honesto epistemológicamente, me obliga a escuchar a la mayoría que sufre y pasa hambre. No es una mera cuestión moral, sino de captación completa de la realidad. Un discurso sobre el orden y el espacio político en el que todos podemos hablar y expresarnos debe callarse y ceder la voz ante el horror de un desahucio sin aceptación de la dación en pago. Es la víctima quien sabe algo del orden que lo mismo quien tiene su barriga bien llena no sabe ni puede captar. El Vaticano no es sólo el Vaticano de Roma. Hay muchos Vaticanos desde los cuales es difícil contemplar el horror que cimenta a un mundo anegado en sangre y en el que por tanto hay un mal concreto y definible en la medida que genera dicho horror. 

Ahora sí me voy a pronunciar un poco en cuanto a mi opinión política. Este mal generador de sangre y de horror yo lo llamo “capitalismo”, al menos, economía de mercado totalmente desregulada o neoliberalismo. Así, valen viejos términos que yo (no el 15M que mayoritariamente usa otro lenguaje para expresarse) sí uso porque son eficaces para describir y combatir el sufrimiento que me conmueve. Yo sí usaría de nuevo “clase social”, “burguesía”, “capitalismo”, “ideología”. Hay una estructura que en su conjunto, por los efectos que produce, puede ser tachada de maligna. Así, quien contribuye abiertamente a su perpetuación, con mayor o menos cinismo, consciente o inconscientemente, es culpable de ese mal. Un mal entre males. No se trata, como se puede acusar a este discurso, de estereotipos o maniqueísmo barato o grosero. Es que lo que produce tal cantidad de sufrimiento en el mundo es obviamente malo. Es malo como orden. Es un orden malo. Y si no se cree, invito a cualquiera que enarbole bellos discursos en el primer mundo a que resista un año en el tercer mundo, a ver si sobrevive. Así, considero que la actual estructuración de la economía y de la política a su servicio no es deseable ni merece anteponerse a la “justicia”, entendiendo por “justicia” la mitigación de tan ingente cantidad de dolor. Justificar este orden actual es justificar el dolor que produce y es participar, por tanto, del mal. Claro que esto ocurre, de hecho, de maneras muy sutiles. Nuestro mundo ha devenido en un desdoblamiento que sirve a este orden maligno: el del discurso meramente formal de la democracia representativa y, por otro lado, una estructura fáctica que opera contra lo defendido y manifestado por dicho discurso (o sea, que nuestra Constitución es mera ideología. No encuentro mejor palabra para denunciar este hecho). Una constitución como la española no ha fundado un orden bueno. Salta a la vista. Aun al contrario, sirve para justificar el expolio masivo y el sacrificio de los inocentes. A quien no indigne esto y por tanto no lo incorpore a su discurso y militancia política habría que situarlo en el lugar del padre de familia parado y desahuciado, si no queremos irnos tan lejos como decía antes. La sabiduría depende del lugar que ocupamos, está claro. Según donde estemos podemos ver más o menos. Pero a quienes por ahora vivimos bien, como pequeños burgueses, nos queda al menos, dentro de la complejidad de la razón, la posibilidad de escuchar y de utilizar la inteligencia empática. Es a partir de esta inteligencia que el legislador debería legislar. Pero no lo hace, porque nuestro sistema político y constitución permiten que no lo haga así. Están hechos para eso y convendría en este sentido estudiar a fondo la historia reciente y la Transición.

Así, habría que combinar educación y toma del poder, que a nivel simbólico es igual a tomar la calle. Es lo que hace el 15M como puede. Somos gente de distinta condición, creencias, ideas, edades, etc. Sufrimos nuestras inercias sociales y habitus. Pero estamos en medio de un intento serio de tomar conciencia y de participar en nuestro destino político, de forjar un marco auténticamente democrático. Es natural que haya errores y que nos traicionen las inercias: desde quien no sabe argumentar sus opiniones, o hablar en público, o detectar manipuladores, o escuchar pacientemente atendiendo a los argumentos, etc. todos somos falibles. Nadie habla aquí de pureza o de un bien absoluto o rousseauniana voluntad general. Lo único que el lenguaje y la educación nos traiciona. Pero esto no debe impedir que prosigamos. Cuanto haga falta. Habrá que aprender, desde luego, a detectar los dobles discursos. Es decir, y a riesgo de que me tachen de fomentar paranoias o purgas estalinistas, hay que aprender que quien habla está en un sitio y tiene intereses de mucho tipo. Para hablar honestamente en una asamblea, además de estar formado, hay que querer mostrar todas las cartas. No vale argumentar una cosa y defender lo que sea dando unas razones cuando en realidad pesan otras. Esta honestidad en la discusión, este mostrar a las claras lo que le mueve a uno a defender algo, ha sido defendida por ejemplo por Habermas. No es una cuestión de ser mejor o peor moralmente, sino de precisión argumentativa y verdad. Se debe exigir a cualquier persona que hable en una asamblea que diga de verdad por qué defiende lo que defiende. Y que lo haga alegando las auténticas razones si es consciente de ellas. Así, todos en la asamblea, estaremos más cercanos de la verdad y de una captación eficaz y racional de la realidad, lo cual incidirá, sin lugar a dudas, en mejores decisiones. No es tanto una caza de brujas o purga, aunque siempre estará el listillo que nos acuse de ello, ni de la búsqueda de una pureza revolucionaria, o virtud, o jacobina carencia de hipocresía, sino de un saber mirar para que cuando el lobo viene disfrazado de cordero para morder, no nos muerda. Eso es todo. El lobo no es un demonio y yo no soy un ángel, sino que yo soy Marcos y para sobrevivir tengo que detectar bajo los disfraces a quienes pueden hacer daño y morder. Porque hay muchas formas de morder. En este sentido, y lo he hablado con buenos amigos, es fundamental que en adelante el 15M detecte en su seno a estos submarinos o topos que juegan a varias cartas sin mostrar su verdadera realidad. Hemos de exigir claridad y honestidad o los profesionales del embuste y la política en su peor y más feamente maquiavélico aspecto, nos venzcerán y desactivarán. Un partido político con representación parlamentaria (en especial PSOE y PP) o un sindicato oficial son escuelas de manipulación e ingeniería social. Una asamblea de pongamos 600 personas puede ser manipulada por 3 o 4 si están en el ajo y bien organizados y sincronizados. Si el 15M quiere sobrevivir como movimiento de base democrático y asambleario debe aprender, todos debemos aprender, a señalar y denunciar a los boicoteadores. 

El poderoso emplea a veces el terror o a veces da caramelos, y así muchos venden hasta a su madre. Y no hay por qué decirlo. Uno puede dejarse comprar y otro puede comprar sin que haya mala conciencia ni nadie diga nada. Son los entresijos del poder que tan bien describe una lectura imprescindible para entender estas cosas: Manuel Vázquez Montalbán. Así, el peligro es que nuestros jóvenes se dejen engañar. Espero que algo tan positivo como es el 15M no caiga ante críticas o maniobras de turbios intereses que no van más allá del propio bolsillo, prestigio, rango social o puesto político. Denunciemos esto sin piedad. Denunciemos la razón estratégica de quienes quieren hacer de la política no tanto un proyecto colectivo de felicidad sino un juego doble y triple de enredados intereses que renuncian a la ética del bien común llamándola fascismo. Vaya tela esto último, por cierto.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Organización de la educación en el siglo XVIII


De manera paralela al estudio de la educación antigua, según se desprende de las fuentes existentes, y excelentemente expuesto en el libro mencionado en nuestro post anterior, estoy leyendo sobre el origen y desarrollo del moderno sistema educativo español. Para ello me valgo por ahora del libro Educación e ideología en la España contemporánea de Manuel de Puelles (Tecnos, Madrid, 2010). Se trata de una obra sintética que expone los cambios en la política educativa basándose sobre todo en los textos legales y manifiestos de algún intelectual o político relevante. Sobre todo, el autor se basa tanto en proyectos de leyes o reglamentos que no llegaron a entrar en vigor como en aquellas normativas que tuvieron vigencia durante un tiempo. El moderno sistema educativo debe entenderse como una manifestación íntimamente ligada a la historia de la España y Europa de fines del siglo XVIII en adelante. En las polémicas y batallas desatadas en torno al mismo se reflejan las pugnas ideológicas para cuya comprensión habría de echarse mano de obras de pensamiento político e historia de las ideas, así como, por supuesto, estudios sociales y económicos del periodo señalado. El libro de Puelles se limita, sobre todo, a exponer distintas políticas educativas trazadas por los diferentes gobiernos, como digo, a partir de las normativas, aunque alude puntual y someramente a las guerras sociales e ideológicas que subyacen a dichas normativas. Sí resulta claro en su exposición que el sistema educativo contemporáneo responde al surgimiento de una nueva sociedad que a su vez responde al progresivo predominio de la burguesía que busca su lugar restando poder a la nobleza y las instituciones en las que ésta se apoyaba (la Iglesia, por ejemplo). Esto fue la Ilustración, aunque como señala Puelles, en el corto periodo que tuvo influencia en los gobiernos monárquicos (sobre todo con Carlos III) no supuso una alternativa política, un cambio de régimen que desafiara abiertamente el modelo despótico de las monarquías ilustradas. Esto sí llegó a ser un rasgo propio del movimiento político liberal, el liberalismo, cuyo germen en España que constituye el momento al que siempre habrá que mirar para entender el liberalismo, son las Cortes de Cádiz. El liberalismo no dejará de ser, a juicio de Puelles, un movimiento típicamente burgués al que pronto se le achacará desde la izquierda marxista o anarquista su ideal de la reforma política desde arriba (aunque ello irá suavizándose en el liberalismo republicano de la segunda mitad del XIX y otras facciones democráticas de la izquierda liberal) y la no suficiente consideración de los cambios necesarios en la economía para que la libertad y la igualdad en la sociedad sean verdaderamente efectivas. Así, el siglo XIX, si atendemos a los distintos gobiernos, es el siglo del liberalismo que se irá desmembrando en distintas facciones a izquierda y derecha y que producirán todas ellas diferentes formas en el sistema educativo. En el XIX, creo, ya parecen definirse las famosas dos Españas al hilo del surgimiento del liberalismo que desafía al viejo modelo de la España del absolutismo en la que la educación era monopolio de la Iglesia Católica. Ya se ven entonces algunas tendencias y problemas endémicos de la historia española reciente, como es la adscripción de la Iglesia más jerárquica con las fuerzas conservadoras y antiprogresistas, en una defensa de su ancestral papel en la sociedad, la política y la educación española. En la alianza de esta parte de la Iglesia con dichos poderes sociales y económicos, su muy tardía asunción de las ideas liberales y aún peor, de los movimientos de liberación obreros, salvo honrosas excepciones puntuales, puede estar la raíz de su enfrentamiento con los gobiernos más progresistas y que se tiñó tristemente de sangre en el periodo de la II República, ya en el siglo XX. La pugna con el liberalismo será grande y conducirá, a nivel internacional, a su condena por parte de Pío IX. Pero veamos con más detenimiento, y siguiendo la mencionada obra de Puelles, cómo se va perfilando esta lucha que caracteriza a la España contemporánea. Empecemos por un exbozo de la situación en el siglo XVIII de los Borbones.

En el siglo XVIII la sociedad española es claramente estamental. Por eso no tenía lógica plantear un sistema nacional educativo en la enseñanza primaria y secundaria (p. 31). Es la Iglesia la que se ocupa de enseñar a los súbditos y no tanto la monarquía. Sin embargo había un cierto ordenamiento de hecho. La nobleza utiliza preceptores o leccionistas para iniciar a sus hijos en las primeras letras. También “Los ayuntamientos sostienen escasas escuelas primarias, a cargo de maestros ignorantes y mal pagados” (p. 31). La Iglesia mantiene escuelas monásticas anejas a conventos y sin control regio, para los niños de campesinos que pretendan iniciar la carrera eclesiástica. Los pocos maestros existentes se inscriben es un gremio (Hermandad de San Casiano) que es quien verdaderamente controla su labor y los faculta para ejercer. No obstante, un maestro de la época debía dedicarse a varios empleos para subsistir, pues la enseñanza estaba muy mal pagada. 

La enseñanza secundaria como entidad con un fin en sí misma no existe aún. Se trata de una enseñanza puente ofertada por las propias facultades universitarias y que prepara para el acceso a la universidad. Son las llamadas Facultades Menores de Filosofía o Artes que permiten el paso a las Facultades Mayores. Aquí se enseñan profesiones. De manera paralela y sin un fin profesional, existen poderosos colegios religiosos sobre todo de jesuitas y escolapios que imparten una cultura general para jóvenes de familias pudientes y nobles. Hay una red de lo que hoy llamaríamos enseñanza privada de este tipo. 

Así pues, la única institución en el siglo XVIII que imparte una enseñanza más o menos reglamentada es la universidad, pero una universidad propia de la época que iría también transformándose profundamente a lo largo del siguiente siglo XIX. La “guerra” por el control de la educación ha tenido desde entonces, tras el advenimiento de los liberales, un punto álgido en la universidad que se manifestaría en distintas tensiones: centralización, secularización, libertad de enseñanza (de cátedra, de ciencia, de fundar centros aparte de la red estatal una vez que el Estado se ha hecho con el control de la educación oficial). Esta pugna parte de una inicial universidad totalmente bajo el control de la Iglesia en el siglo XVIII, siguiendo la tradición de su origen eclesiástico medieval. Yo he visto, por ejemplo, en una excelente exposición de documentos hace años en Granada, la carta con la que el emperador Carlos V encomienda al obispo competente la fundación y organización de la actual Universidad de Granada. Se trata de la misma institución en la que yo trabajo, pero desde luego ha habido desde entonces cambios tan básicos que uno duda que apenas quede sino el nombre como resto de lo que la institución fue en su origen. Al hilo de las tensiones que vamos a estudiar que suceden en torno a la enseñanza universitaria en el siglo XIX no podremos sino aludir a la peculiar y actualísima “propuesta” que ahora mismo significa el Plan Bolonia.

Así pues, “Desde su nacimiento, las universidades aparecen unidas a la Iglesia, es decir, fundadas y sostenidas por Roma. Las universidades pontificias son, incluso durante la Casa de Austria, autónomas respecto del poder regio. El rey apenas interviene en su creación, regulación o mantenimiento. A lo sumo, envía visitadores para conocer el funcionamiento de estas instituciones” (p. 32). El modelo es el de la universidad pontificia, cuyo paradigma es la de Salamanca. Doctores, profesores y alumnos la componen, bajo la autoridad del Papa. El representante de éste es el canciller, siendo frecuente que el obispo de la diócesis delegue para esto en el maestrescuela de la catedral respectiva. “El canciller concede los grados académicos, preside el claustro y ejerce la jurisdicción universitaria sobre escolares y profesores. Junto al canciller, el rector, segunda autoridad en la universidad y, como tal, encargado de la vigilancia académica” (p. 32). Todavía el cargo de rector no representa la máxima autoridad universitaria, hasta las primeras reformas en una línea ilustrada-liberal.
Junto al modelo de la universidad pontificia (Salamanca), están los poderosos (por su gran influencia) colegios mayores. Son fundaciones de prelados importantes que desarrollan la enseñanza propia de una universidad. Aquí sí es el rector la máxima autoridad. La pugna ideológica y política de los ilustrados se encaminará a un enfrentamiento con estas instituciones de enorme influencia en la universidad y que a su vez mantienen el equivalente a universidades propias (Alcalá de Henares).

Además hay otro tipo de universidades dependientes de municipios (Valencia). Aquí financia la ciudad, aunque su fundación sea del tipo de la universidad pontificia. Hay también un canciller representante del papado, pero “el verdadero dominio corresponde a los representantes municipales” (p. 33). “El Ayuntamiento nombra al rector, a quien paulatinamente irá pasando la jurisdicción académica. El Ayuntamiento provee las cátedras, suministra y controla los fondos, salvo algunas rentas propias de la universidad. Gozan, pues, estas universidades de autonomía respecto del poder regio y eclesiástico, pero dependen del municipio” (p. 33).

La función de la universidad del XVIII será la misma que en la Baja Edad Media: suministrar a partir de las facultades de Teología, Jurisprudencia y Medicina, teólogos, juristas y médicos. Pero esta función a fines del XVIII ya se quedaba corta, pues hacían falta otros estudios que no supusieran el fortalecimiento del poder regio (juristas) o de la Iglesia Católica (teólogos). “Así lo expondrá la real cédula de 1768, iniciando su reforma” (p. 33). Puelles señala el libro conocido como el Barbadiño, del padre Verney, como la obra en la que ya puede leerse esta preocupación por modernizar los planes de estudio. Dice Puelles: “El Barbadiño traza un verdadero plan de estudio de gran calidad pedagógica, recomendando las clases poco numerosas, los métodos activos, la disciplina fundada en la amistad entre profesores y alumnos, proscribiendo, finalmente, los castigos corporales. El libro será objeto de fuertes críticas, especialmente de los jesuitas” (p. 34).

En cuanto a la organización de la carrera, los alumnos ingresan a los doce o catorce años en las Facultades Menores de Arte o de Filosofía. En tres o cuatro años acceden a las Facultades Mayores de Teología, Leyes o Cánones y Medicina. Los graduados en Filosofía lo harán como “maestro en Artes” y los otros como “bachiller” en la disciplina que sea. Ello habilitaba para el ejercicio profesional. Los que continúan estudiando es para impartir docencia en las universidades y obtienen la “licencia” que les faculta para ello. Este último período equivale a una suerte de prácticas docentes. 

“Finalmente, la consecución de los grados académicos no se realiza a través de exámenes por curso, sino escuchando las lecciones, participando en las ‘disputas’ y demás actos académicos, realizándose al final el ejercicio de grado, ejercicio de gran dureza en sus orígenes, pero que desembocó en pura formalidad con la decadencia de las universidades” (p. 34).

Será este modelo educativo expuesto el que va a ser profundamente reformado con los nuevos tiempos. Primero, en un próximo post, estudiaremos brevemente lo que la Ilustración española pensaba al respecto e iniciaremos el periodo de sucesivas reformas que enlazan la ideología ilustrada con el liberalismo del XIX, que acabará pariendo un sistema educativo tal como hoy lo conocemos, es decir, con la pretensión de estar bien reglamentado, de ser universal y gratuito para toda la población, haciendo hincapié, al principio, en la enseñanza primaria.     

       

domingo, 11 de septiembre de 2011

La educación homérica.


El estudio de instituciones, normativas y formas de organización de la educación, es decir, de cómo cada sociedad o Estado ha abordado la instrucción de los súbditos para fines concretos, es ilustrativo acerca de las estrechas relaciones que guardan una moral más o menos promovida oficialmente, un régimen político y un modo de plantearse la educación. Así, ética o moral, política y educación son tres elementos que se relacionan y definen un contenido histórico determinado, una época o período. La historia, en lo que se refiere a los contenidos que la constituyen, a las formas concretas que va adoptando, muestra que la educación posee innegables elementos políticos y morales. A cada estructuración concreta corresponde morales y pedagogía concretas. Es más, incluso el hecho de ver o no la necesidad de un saber pedagógico diferenciado ya es histórico y constatamos que no siempre ha ocurrido así. En teóricos como Platón, la educación forma parte de la política en la obra República y en el caso de Aristóteles, por ejemplo, tampoco se escinde claramente lo educativo de la política, ambos tratados en su obra Política

Hay vestigios de lo que podríamos considerar escuelas en la antigua Mesopotamia, pero responden, lógicamente, al carácter fuertemente aristocrático y estamental de las primeras civilizaciones de ciudades estado entre el Tigris y el Éufrates. En realidad, son lugares donde un escriba-maestro y sus ayudantes transmitían el arte de la escritura fundamentalmente a alumnos que se formaban para pertenecer a una élite vinculada a la realeza, la de los escribas, que constituían, ya digo, un grupo de gran influencia y prestigio en aquellas sociedades, como en el antiguo Egipto. Estas primitivas escuelas impartían a grupos de alumnos jóvenes sentados en grandes bancos, por tanto, la enseñanza de la escritura. Además, había lecciones que dictaba el maestro y parece que se debatía sobre los temas tratados. La disciplina era durísima e incluía, como fue normal en toda la antigüedad, el castigo físico. Se conservan hoy restos de tablillas de cerámica de ejercicios escolares que eran grabados en la arcilla fresca. La escritura fue un enorme y singular avance tecnológico y cultural, que resultaba costoso de aprender y al que tenían acceso en las primeras civilizaciones tan sólo unos pocos. Parece que su utilidad era grande en la administración y necesidades organizativas y económicas de los antiguos reinos-ciudades. Fundamentalmente, la escritura era un instrumento del poder que era controlado por y para el poder. Pronto se grabaron las leyes y regulaciones, así como acuerdos comerciales o tratados de paz. Demostró una utilísima eficacia y seguramente contribuyó a afianzar a los distintos gobernantes o regímenes políticos, siempre de corte aristocrático, guerrero y autoritario. Así, enseñar a escribir era una actividad estrechamente vinculada con la política oficial y se organizó primitivamente para ello.  

Este viejo tipo de instrucción basado en el escriba y la escritura no llegó a Grecia hasta muy tarde. Las primeras sociedades de la Grecia arcaica eran reinos con un rey rodeado de una aristocracia de guerreros que será la que marque el carácter de la cultura y los ideales perseguidos en la educación. La figura mitológica del centauro Quirón representaba un saber enciclopédico volcado a una sabiduría práctica, del saber manejarse bien en la vida. En la Ilíada aparecen ya personajes más realistas como Fénix, maestro de Aquiles. Es el modelo del viejo preceptor que ha criado y asistido al niño noble desde pequeño, cuidándolo y proporcionándole el saber necesario para destacar en las asambleas y en la guerra, donde el hombre noble buscaba la fama. El ideal era ser un buen orador y un realizador de hazañas, o sea, “un orador y guerrero, capaz de corresponder a su soberano tanto en el terreno político como en el militar” (p. 25). En la Odisea esto aparece de forma parecida con Atenea instruyendo a Telémaco bajo la apariencia de Mentes o de Mentor. “Advertimos así, en los orígenes mismos de la civilización griega, un tipo de educación claramente definido: en el que el joven noble recibía consejos y ejemplos de un adulto al que había sido confiado para su formación” (p. 25). 

En la educación homérica, señala el historiador Marrou en su excelente obra sobre la educación en la Antigüedad que estamos siguiendo, que había un doble factor. Por un lado se inculcaba una técnica, entendiendo esto como iniciación en un estilo de vida. Y por otro lado, se inculcaba un ideal o una moral que apuntaba a algo por realizar, a un cierto ideal de existencia. En este segundo aspecto, Marrou desarrolla el ideal caballeresco homérico que, en la medida en que Homero siempre estuve presente en la educación antigua como textos canónicos en la enseñanza, pervivió todo el tiempo. Homero fue, según Platón, el educador de toda Grecia, cosa que ya había hecho notar Jenófanes en el siglo VI a. C. Aunque el predominio de la obra de Homero pudo justificarse en algunos momentos por su valor estético, en realidad había más motivos subyacentes. “la epopeya no fue estudiada primordialmente como obra maestra de la literatura, sino porque su contenido la convertía en un manual de ética, en un tratado del ideal. (…) el contenido técnico de la educación griega evolucionó profundamente, reflejando las transformaciones radicales del conjunto total de la civilización: sólo la ética de Homero pudo conservar, además de su valor estético imperecedero, un alcance permanente” (p. 27). De todos modos, como todavía ocurre con cualquier texto canónico o clásico, se puede utilizar y usar de muchas maneras. Hay un modo típicamente conservador o incluso reaccionario (según las circunstancias del momento) que consiste en promover valores y una cultura arcaicos que no responden totalmente al presente, o en todo caso, responde a un presente que va al pasado para justificar la eternidad de lo que es en realidad contingente. Se trata del impulso por hallar “valores eternos” en viejas obras que ya en su estilo, imitado con pedantería, suponen una regresión que se ofrece como respuesta a un presente cuyo dinamismo tira hacia lo nuevo. Es el ideal, creo, de una pureza, de un conocimiento impoluto, etéreo o ultramundano que se eleva y finge regir o querer regir el presente desde los altos cielos. Pero el arcaísmo a menudo obedece a una aspiración de mantener valores y estructuras en la sociedad propias de, en el caso de Grecia, una antigua cultura aristocrática. Esta es una fuerza que parece estar dándose casi siempre en la historia entre modelos elitistas o aristocráticos de sociedad, defendidos por las instancias conservadoras (Esparta, oligarquía ateniense), y modelos más democráticos, como el que acabó gobernando Atenas en el siglo V a. C. El caso es que estos ideales y conjuntos axiológicos son, en realidad, apuestas por formas de existencia y de configuración social y política. Creo que en todo estudio de las ideas debe mantenerse una cierta vigilancia acerca de este hecho, lejos de toda especulación meramente abstracta.  
La ética homérica, pues, responde a una sociedad o grupo social concreto. Se compone de sabiduría práctica del tipo oriental (la misma de los libros sapienciales del Antiguo Testamento), una moral heroica del honor que se basa en el amor a la gloria. Resulta interesante la observación del historiador que estoy siguiendo de que hay un pesimismo griego en torno a la fugacidad de la vida y la carencia de valor de la otra vida, que lleva precisamente a buscar lo bueno en la vida real. Así lo expresa, con su estilo un tanto idealista: “Esta vida tan breve, que su destino de combatientes vuelve todavía más precaria, nuestros héroes la aman fervientemente, con ese espíritu tan terrenal, con ese amor tan franco y súbito, que a nuestros ojos sirve para definir una evidente actitud del alma pagana. Y no obstante, esta vida terrenal tan preciosa, no representa a la luz de sus ojos el valor supremo. Siempre dispuestos -¡y con qué decisión!- a sacrificarla en aras de algo superior a su propia vida; y es en este sentido en el que la ética homérica se convierte en una ética del honor” (p. 29). Este valor superior al que se sacrifica la vida es la areté, que a veces se traduce por “virtud”. En la moral homérica, la areté es lo que hace a un hombre valiente, un héroe. La gloria a la que se aspira será, entonces, el reconocimiento público de los valientes. Subyace, por tanto, un ideal agonístico de la vida, como combate o competición deportiva. El hombre “homérico” aspira a destacar entre los demás, a ser el primero y superior dentro de su categoría. Los grandes héroes de los poemas homéricos serán como modelos o paradigmas que ha de seguir el griego noble y libre y que precisamente se vinculan con la permanencia de este grupo y estructuración social. Es el modelo de un heroísmo que justifica un tipo de sociedad aristocrática y fuertemente jerarquizada, que viene en el fondo a sancionar al aristócrata como bueno y admirable. Así, un viejo modelo social determina y configura una mirada que pare una cierta axiología concreta. La educación, en este sentido, sirve a la consagración y perpetuación de este viejo modelo propio de la Grecia arcaica de los guerreros individuales que pronto serán sustituidos (léase Esparta) por un tipo de ejército organizado en el que el ideal ya es ser un buen soldado en un conjunto disciplinado y no tanto un noble combatiente solitario. En el próximo post dedicado a la educación antigua nos ocuparemos de este caso representado sobre todo por Esparta. Sí quiero señalar la distinta forma de entender la educación que son, por un lado, la cultura del escriba de carácter literario que a Grecia llegará muy tarde, y, por otro lado, la cultura heroica del guerrero singular que persistirá como cultivo del deporte cuya presencia en la primitiva educación griega, veremos, era predominante, hasta que se impuso un modelo de escriba literario en la Grecia clásica que fue desalojando al deporte y la cultura física de la educación.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Intentando pensar a partir de la historia


A partir del dinamismo que el movimiento 15M, dado en la realidad social y política, ha generado en mi pensamiento, haciendo que la inteligencia intente comprender o por lo menos captar lo que está dando de sí la realidad, he percibido y aprendido algunas cuestiones importantes para tener en cuenta a la hora de pensar la realidad. Un peligro evidente ha sido y es el de una captación estrictamente teórica, a un nivel de ideas que en el fondo responden a intereses y situaciones personales no siempre hechos visibles o conscientes. Así, antes que responder y dialogar con la realidad, se intenta decir a la misma lo que debe hacer. Esta arrogancia de las ideas propia de muchos intelectuales puede ser contrarrestada con una fina observación a distintos niveles, que incluye el científico, de lo que ocurre. Hay diferentes vías de reaccionar con sensibilidad y respeto a la realidad que se mueve y dejar que en primera y última instancia sea ella la que tenga la palabra. Esto es difícil, desde luego. Tendemos a proyectar nuestros deseos, los más excelsos y los más viles a la hora de pensar el 15M. Pero en mi caso particular un modo de mejorar la comprensión de lo que puede implicar una cosa como el 15M está (esto es algo que me ha sido evidente con fuerza en las asambleas a las que he asistido y al conversar con algunos compañeros de profesión implicados en el tema) en estudiar a fondo la historia, prestando atención a las revoluciones dadas en ella, del mismo modo que ya llevaba yo tiempo estudiando, dentro de mis limitaciones, la teoría económica. Así, me he visto forzado gratamente a “descender” al suelo que piso que fundamentalmente es un suelo donde pasan cosas entre los seres humanos y que se ha dado en llamar “historia”. Además, y en evidente relación con la historia, he percibido gracias a tantas discusiones sobre democracia e instituciones, que somos encarnación de aquello que nosotros mismos hemos hecho, léase leyes educativas, escuela, estado, burocracia, etc. Es algo muy obvio, pero por primera vez me veo seriamente obligado a tomármelo muy en serio e incorporar a mi reflexión con decisión ese elemento material que nos constituye y que también forja nuestras ideas. Mi primera intuición fue, digo, esta compleja estructura que denominamos economía y que ante mi desconocimiento de las matemáticas sólo puedo captar como conceptos o ideas. Pero en los últimos días, habiendo terminado ya mi periodo de vacaciones e incluso durante parte del mismo, mi vocación lectora ha sido modelada por el hambre de historia.
Concretamente, quiero saber qué pasa a través de un rodeo por lo que ha pasado. Así, ocurre que si he visto que el 15M tiene parte de lo que he denominado no sé si con mucho acierto una ilustración popular, o sea, una voluntad grupal, podíamos decir, de informarse y formarse entre otras cosas en política, con el fin de hacer efectiva la tan cacareada participación democrática en el propio destino, la educación ha cumplido y está cumpliendo un papel vital en todo este proceso. Pero una educación que se dirige, parte y responde a una educación previa, institucionalizada, en el sistema escolar y la LOGSE. Esta ley y esta institución, a su vez, forman parte del juego de la historia y encarnan por supuesto un pasado y unas tensiones históricas concretas. Es aquí adonde mi olfato me encamina. Concretando, que con este fin estoy leyendo el libro Historia de la educación en la Antigüedad, del historiador y pedagogo Henry-Irenee Marrou (Akal, Madrid, 2004). Por supuesto mi fin es estudiar con intensidad sobre todo el siglo XX, y en especial España, pero he creído oportuno, ya que he escrito además hace años sobre pedagogía socrática y estoica, responder a algo que me llena de curiosidad: ¿Cómo plantearon las viejas sociedades, hoy tan exóticas para nosotros, la educación de sus miembros? La distancia cronológica, además, puede ayudar a visibilizar bien las relaciones que se dan entre la moral de una sociedad, su estratificación, su economía (aunque de esto apenas manejo datos por ahora) y su historia. La relación entre, por ejemplo, el ejército o la democracia ateniense, y las instituciones y estilos educativos que una ciudad antigua o estado producen. Es un juego circular, ciertamente, en el que se crean tipos de personas con unas opciones establecidas y posibilidades o direcciones de evolución, a imagen y semejanza de las reglamentaciones, organización y estructuras o instituciones. Si tomamos el ejemplo de la Atenas democrática del siglo V a. C. (la Atenas de Pericles), centrándonos en ella, estas relaciones se pueden ver bien, con el aliciente añadido de un 15M que aboga de nuevo por esa vieja tradición asamblearia. Ver paralelismos, ver diferencias, para entender nuestro presente y comprender por qué somos como somos o por qué pensamos como pensamos. Una cosa está clara, no se piensa en abstracto, en el vacío, y eso es lo que quiero ver con nitidez, aunque haya de ir a tiempos tan pretéritos. Pero no nos llevemos a engaño, es precisamente la realidad presente, es el 15M, es la universidad (institución a la que sirvo y en la que trabajo) quienes tiran de mí para haber decidido emprender esta hermosa travesía.