jueves, 27 de octubre de 2011

Para una sociología revolucionaria

Hay una evidente dimensión social en el hombre que resulta inseparable del conjunto de lo que llamamos “persona”. Según Ellacuría esta dimensión social es la de la relación que la persona en cuanto unidad individual establece con un cuerpo que se eleva de ella, separado, con carácter propio y distinto de la mera suma de individuos, aunque surge como producto de los individuos que inciden en ella a la vez que son constituidos por ella. Lo social es una forma de darse lo respectivo en el hombre como relación con los demás mediada por algo que estando fuera está también dentro de los individuos. Pero lo respectivo o relacional no se agota en ello. Lo relacional no sólo es al modo social, sino que se manifiesta en distintas dimensiones una de las cuales es lo social. Somos "persona" en la medida en que somos relacionales de un modo que incluye todos los estadios o niveles de la materia, desde lo físico-mineral a lo vegetal a lo animal a lo social (nivel ya específicamente humano) a lo histórico y a lo ético (en el sentido de ética que significa la libertad de elegir dentro de unas posibilidades y horizontes dados en la configuración histórica).

Pero aunque el hombre incluya lo animal como ingrediente más básico que por ejemplo la historia, el hombre histórico completo está ya previamente a lo animal, en el sentido de que aun cuando ejercitamos funciones animales lo hacemos como personas. A partir de la materia, en el hombre se dan posibilidades únicas por las que aun siendo animal es algo más, siempre dentro de los márgenes de lo material. La persona es como un todo que en su combinación material (formada por “notas” estructuradas en una combinación o dibujo concretos dinámicos, diría Zubiri) aúna lo animal y el resto de los subniveles con una suerte de escalón cualitativamente distinto pero siempre material. Así es como hay que entender la historicidad del hombre, en términos materiales, según Ellacuría. Pero que estemos en el campo de lo material (sinónimo de mundano, de mundo, en Ellacuría) no implica que exista el mismo determinismo que uno puede ver en las “sociedades” animales. De hecho, para Ellacuría no puede hablarse de “sociedad” entre los animales porque sus agrupamientos son imperios del férreo determinismo causal, de relaciones pautadas y establecidas bajo el gobierno del encadenamiento causal. En las “sociedades” de hormigas o de mamíferos superiores no se da la posibilidad de optar al modo humano. Este optar, que en el hombre se llama “ética” supone un previamente haberse hecho cargo del mundo, haberse relacionado con el mundo, gracias a la desarrollada biología humana, de un modo especial. El hombre es consciente de estar en el mundo y de estar en lo que llamamos sociedad de un modo que no es igual al de las “sociedades” animales y que Zubiri describiera con un método de tintes fenomenógicos en su trilogía de la inteligencia o María Zambrano con tintes pathéticos (padecer el mundo).

La libertad en el hombre es la posibilidad de desenvolverse en un ámbito que constituye un nuevo nivel de realidad, y la posibilidad de crear más realidad en la forma propia de ese nivel, que es la historia. La historia, pues, se compone de sociedad, pero también es ética, es decir, producto de elecciones humanas que jamás abandonan lo material. Nunca habla Ellacuría de una libertad en abstracto, sino de una libertad como posibilidad de elegir figuras históricas dentro de los límites y posibilidades marcados por un tiempo histórico concreto, de los cuales emergen horizontes aptos para ser logrados y que a su vez constituirán una nueva combinación de posibilidades históricas que den pie a nuevas elecciones. Es como si el hombre se fuera reconstituyendo continuamente mediante nuevas combinaciones de su materia histórica que incluye la dimensión social y que revierte en ella.

Si la cosa es así, como defiende Ellacuría, no cabe reducir falsamente lo histórico-ético a lo social. Si nos quedamos en lo social degradamos o eludimos gran parte de lo humano (dado siempre en términos materiales o mundanos, insisto). El hecho de que las elecciones se lleven a cabo dentro de un campo de posibilidades englobadas en lo que llamamos historia (realidad histórica) que asume figuras concretas (historia como contenido). La realidad histórica sería una especie de trascendental, de marco dentro del cual se darían los contenidos concretos de la historia que van determinando y posibilitando aquello que vaya siendo el hombre. El hombre es, pues, gerundio, un estar siendo, como dice la famosa expresión del pedagogo Paulo Freire. Por esta dinamicidad de la historia, nunca sabremos qué es el hombre hasta el final de los tiempos. La historicidad del hombre consiste precisamente en ello. El hombre es algo que nunca está cerrado y que puede acabar por ejemplo con la autodestrucción de la humanidad o con formas felices de organizar históricamente la existencia humana. Aquí es donde se da la posibilidad revolucionaria, de dar el salto, de optar por un giro en la configuración de la realidad histórica que permita que no exista la dominación de unos pocos sobre los muchos.

Pero aunque tal como lo he expresado puede parecer que la historia viene después, como algo añadido a lo animal, esto no es del todo así. No se da tal separación. En la historia está la animalidad, así como la socialidad (lo social), pero de un modo en que también, al revés, lo animal y lo social es ya personal o histórico desde el principio. Un niño nace envuelto y constituido por un nivel de realidad material que llega hasta lo histórico, aunque ni siquiera hable. Así, la sociedad humana presupone también este estrato de lo personal, de la “libre” elección. Una elección que puede hacerse bloqueando o no la relacionalidad básica, personal. Es decir, la persona puede renunciar a ser persona, y eso se hace cuando se restringe el campo de lo humano a un único aspecto desde el que se pretende explicar lo humano, cuando uno se empeña en entender de ese modo reduccionista al hombre. Justo esto es lo que hace el sociologicismo (que no la sociología), que es la pretensión reduccionista de que el hombre se agota en su sociedad o en lo social. Para evitarlo propuse en el post anterior una suerte de conexión que llamé abismal y que en términos éticos sería el exilio.

El exilio es una opción ética, y por tanto dada en la historia y en lo material-mundano, pero que subyace a lo social, aunque ciertamente también es en bastante cantidad determinado por lo social. El exilio se da en el diálogo de lo social con lo personal, en la medida en que uno renuncia a ser mero individuo de una sociedad y se hacer cargo de una forma de relación con los demás que consiste en ser plenamente consciente del vínculo con ellos y actuar, por tanto, en consecuencia con dicho vínculo. Entonces, dentro de las posibilidades históricas, uno opta por alejarse del núcleo de la sociedad (clase dominante) y aliarse o estar en los márgenes, en perpetuo exilio, errante, en lo invisible. Es lo que con una perspectiva más ontológica (que no causal-metafísica) señalé en el post anterior. Pero en este post insisto en el grado en que todo ello se da como mundo, en el mundo y por el mundo. Estamos en lo único que sabemos que hay, lo único que somos, que es la materia, pero una materia ordenada no como substancias (Aristóteles) sino como estructura dinámica de notas (Zubiri) que remite a una cierta fluidez, a un desfondamiento, a un perder el suelo que pisamos. Por tanto, se puede apelar a lo personal y a la libertad sin dejar de ser materialista, como hace perfectamente Ellacuría a partir de su maestro Zubiri. No tenemos por qué interpretar que lo personal o esa conexión ontológica o respectividad básica no captable lógicamente de la que hablaba en el post anterior esté fuera de los límites de la materia. La materia, sin embargo, no implica determinismo o ausencia de libertad, o menos aún “sustancia” o ni siquiera “cosa”.

Aceptar esa relacionalidad sería una actitud ética que hemos llamado “exilio” o “errabilidad” (perdón por el neologismo), la cualidad de ser errante, fugitivo y exiliado entre los hombres, adoptando como patria a las víctimas que constituyen vacíos en la historia, estando sin estar en ella. Esto es previo y determinante a la hora de hacer ciencia y aun más de situarse políticamente. Lo que llamamos vulgarmente “poder” o dominación es sencillamente una desarmonía o separación de estos 4/5 de la humanidad que en España son los 500.000 desahuciados. Esta opción ética produce sesgos científicos en la ciencia social que puede contribuir a silenciar ciertas realidades, la de estos vacíos. Así, la persona consciente de ello es plenamente persona, porque en ella se da a las claras ese vínculo extraño y producto del exilio autoimpuesto con los que sufren y son olvidados.

Tenemos, pues, una gravísima posibilidad de error en la sociología. Grave porque puede estar contribuyendo a un silencioso baño de sangre. Este error consiste en creer que todo es social (reduccionismo sociologicista), lo que conduce al fatalismo y al conservadurismo político (aunque este reduccionismo se explique previamente, en una suerte de círculo, a partir de una apuesta de tipo ético-político previa). El reduccionista cree que por muy flexible o fluido que sea el movimiento social, no puede dejar de obedecer a causalidades estrictas. Aunque Bourdieu intentó con gran sabiduría escapar de ello habría que estudiar si lo logró. Así, aunque Aristóteles o Platón produjeran su filosofía condicionados por su sociedad o historia, no dejaron de ser personas, de estar involucrados en esa forma de relacionalidad propiamente humana que permite un pequeño margen de libertad. Por tanto, en la filosofía de Platón además de condicionamientos sociales hay una breve ráfaga de libertad, en la medida en que la sociedad de Platón podía haber producido otra cosa, otro Platón. El que Platón nos haya llegado por condicionamientos históricos y determinaciones sociales no elimina que podía habernos llegado de otro modo por un mero azar que consiste en que de dos posibilidades, se da una. Eso ocurre porque el hombre elige en cierto modo y ello nos obliga a no reducir al hombre a lo social para explicar su filosofía. Este error en la mirada, cientificista o positivista, se subsana desde una antropología zubiriana-ellacuriana que dota de esta forma de libertad al hombre. No todo en él es agotado por lo social. No somos sólo sociedad, sino también historia. No sólo somos individuos, sino también personas. Y todo ello sin vaguedades ni “alma” o “espíritu” en el sentido vulgar de la palabra, en el sentido dualista-platónico.

El empirismo de algunos sociólogos obra en el sentido reduccionista que estoy denunciando. Reduce la explicación del hombre al dato social, lo que no da cabida a la libertad y lo que en la política elimina posibilidades revolucionarias. Es como si cuando pretendemos elevar el horizonte, al modo revolucionario, viniera un sociólogo (no todos, ojo) a decirnos: “¡baja de ahí! Debes ceñirte a lo que hay”, empleando para ello una mirada atomizadora, desmenuzadora y miope que destruya realidades bajo la sospecha de ser sustancias metafísicas no realmente existentes (“clase social”). Esto es lo que señala Lukács en su Historia y consciencia de clase, que ya comentamos extensamente en este blog hace casi un año. Hay, pues, un uso conservador y continuista, reformista en la política y anti-revolucionario, de la sociología, que consiste en achicar la mirada para obrar como un nihilista destructivo que disuelva en una forma de ciencia ex profeso a cualquier aspiración revolucionaria a dar un salto cualitativo en la historia. Y esto es una opción política y personal que subyace al nivel de la ciencia y que por tanto configura a la ciencia. La epistemología en gran parte es una opción personal y política cuando intentamos explicar niveles de realidad propiamente humanos como el nivel que llamamos “sociedad”.

Y cuidado, que esto no es una crítica a toda la sociología. El marxismo y la sociología marxista o tal vez la sociología de la liberación o comunitaria del sociólogo asesinado en El Salvador junto a Ellacuría, Martín Baró, pueden tal vez asumir posicionamientos revolucionarios porque en su ciencia está la conexión relacional con los débiles, una suerte de pathos o vínculo con lo que en el post anterior he llamado “abismo” y que tiene tanto de opción científica como de opción ética. Es decir, como ya he señalado, en lo científico (social) está lo ético, igual que en lo físico o mineral en el hombre está ya también el nivel superior que llamamos lo personal. El marxismo, grosso modo y sin matizar escuelas ahora, se halla imbuido de un cierto espíritu o nervio que en términos materiales consiste en ser ciencia de exiliados, de existentes ubicados en los márgenes de lo que llamamos sociedad, con una armonización o afinidad por los perdedores, las víctimas y la gran mayoría de la humanidad que muere de horror y de hambre. Esto apunta a la forma materialista en la que Ellacuría tal vez corrigiera a Sartre, yendo más lejos que él en el materialismo pero sin por ello abandonar la libertad como posibilidad humana. Ellacuría resuelve en términos mundanos el difícil problema de la libertad y el determinismo y nos ayuda a entender, desde su perspectiva, cómo la sociología obra a partir de haber elegido a sus amos.

martes, 25 de octubre de 2011

Límites y limitaciones de la sociología

Respondo a un comentario que me hacen en torno al post anterior (23 de octubre de 2011) de alguien que subraya el valor de la sociología como mirada cercana y fiel a la realidad, descriptiva, al menos con un método científico, frente a las vaguedades de muchos filósofos. Esto nos conduce a un tema filosófico precisamente, que no es mi especialidad, la teoría del conocimiento o de la comprensión de la realidad. Intentaré ser breve a pesar de lo dificilísimo del asunto. Digamos para empezar que la ciencia no es mala y debe acudirse a ella para conocer la realidad. En este sentido, la sociología es buena y debe utilizarse para ahondar en el conocimiento de la realidad social. Pero si nos alzamos o distanciamos a un nivel digamos filosófico, asumimos una perspectiva o profundidad que ayuda a entender los límites y riesgos del conocimiento sociológico y de reducir el conocimiento del hombre a sociología.

Ciertamente, no podemos huir de la sociedad, pero lo que llamamos sujeto no es sólo sociedad o su dimensión social. Eso sería un individuo, de cuya suma y relaciones mutuas complejísimas saldría todo el entramado social y cultural. La perspectiva de la sociología es la perspectiva del hombre individuo que forma grupos que adoptan un dibujo siempre móvil (el tipo o forma de la sociedad) al que contribuye a hacer al mismo tiempo que es hecho por dicho dibujo. Esto es así porque su mirada es representativa, capaz sólo de ver en la realidad “planos” mensurables y no llega más allá. Así, Bourdieu tanto en su aspecto más racionalista-universalista de defensor decidido del conocimiento científico como en el tono más pascaliano (razón encarnada-habitus) de los campos sociales no escapa de esta concepción analítica y en el fondo, aunque le pese, cartesiana. Por mucho que según él el sujeto no sea un sujeto meramente calculador y que piense con su cuerpo-habitus, la clave de la captación de la realidad (social) es, para el francés, científica y por tanto parte del modelo sujeto impoluto que observa al objeto desde la pulcra distancia, transparentemente. De hecho, el ideal de Bourdieu es limpiar la realidad y la mirada de suciedad para mirar con más nitidez. Es una concepción humilde, de una tradición de modestia filosófica, que se limita a barrer la suciedad en la mirada, pero que no entiendo más que usuaria de un tipo particular de mirada (la científico-descriptiva).

La reflexión filosófica puede también a partir de las posibilidades e ingredientes sociales que ofrece al filósofo su sociedad salir hasta cierto punto de ello en una comprensión de lo humano que lo entienda como persona, pero este salir fuera no es al estilo cartesiano sino fenomenológico posthusserliano. La persona no es una sustancia al modo aristotélico-tomista, sino a su vez una relación que Zubiri llamaba “respectividad”, como digo en el post anterior. Pero es una relación previa a la constitución de lo social en el individuo y no captable empíricamente. O sea, el individuo que forma y es formado por una sociedad puede hacer eso porque previamente los demás están en él como condición de posibilidad de su existencia, de un modo a-lógico que por tanto no puede ser captado por la ciencia (la ciencia juega con el aspecto lógico de la realidad). Esto es así porque la ciencia, por mucho que intente superar determinados sustancialismos en su propia tradición (como hace Bourdieu con la sociología), no puede dejar el plano de la “cosa” que es una forma representativa (captable empíricamente, fenómeno en el sentido kantiano) de la sustancia (noumeno en el sentido kantiano). O sea, la ciencia funciona en el momento en que tenemos cosas o sustancias captables racionalmente.

El nivel de la persona es previo, creo. No habría cosas ni ciencia sin el mismo. Pero al estar fuera del campo de captación de la ciencia, tenemos que acudir a una reflexión previa, distinta, que relacionaríamos con la tradición fenomenológica en la filosofía. Así, filósofos de esta tradición continental como Levinas han captado que previo al nivel captable por el logos científico está una relacionalidad básica, indispensable, por el que el cosmos está religado y una persona lo es porque está religada a las demás. En este sentido el pensador judío señala que la ética precede a la metafísica. Es en el nivel de lo personal, que no excluye lo animal, ni lo mineral, ni lo vegetal, ni lo social, donde hay un carácter histórico, una historicidad, que consiste en ser mundo, parte del mundo, en estar ligado al mundo en sus distintos niveles animal, mineral, vegetal o social. Es algo previo que, como indica una imagen que extraigo de mis lecturas de algunos libros del profesor Luis Sáez, es vertical, como un basamento que no lo es en el sentido de suelo firme. En realidad es la perspectiva a la que apunta Foucault, la de un des-fondamiento del sujeto, a cuyos pies, todo se mueve. Ese movimiento es mundo y es historicidad. Los contenidos de esa historicidad y de ese mundo son los objetos de estudio científico, justo donde se sitúa la sociología. En estos contenidos se expresa lo previo y a partir de ellos todo lo humano se reconfigura constantemente. Por eso, la historia cambia, por una mezcla de elecciones y determinaciones, pues hay posibilidad de libertad a la hora de que el hombre adopte un tipo de dibujo o forma histórica a partir siempre de un material que viene dado y que limita pero también señala su horizonte de realización. La historia no se entiende sin la persona, pero tampoco la persona se entiende sin la historia (Ellacuría).

Si nos quedamos en la sociología verás que la libertad desaparece porque todo es engarzado en la cadena causal propia de las explicaciones científicas. Se trata de un nivel plano, horizontal, superficial, representativo, que no puede ahondar más allá de sí mismo. La filosofía es el intento de, como hizo Foucault, caminar peligrosamente en los límites de este plano, atisbando el abismo. Para Levinas o Benjamin o Adorno, el abismo son, como para mí, las víctimas, entendiendo esto como una negatividad impugnadora de lo dado, de lo que llega como dato empírico (que es sólo un modo de llegar lo que es). Así, desde los datos empíricos conservados en archivos, tenemos una historia como progreso ascendente que resulta ser una ilusión y es impugnada si acudimos al trasfondo o desfondamiento que quita el habla de “algo” que se alza como un silencioso pero altamente clamoroso “no”. Un “no” que actúa como el nihilismo activo de Nietzsche, deshaciendo pero haciendo otro orden al mismo tiempo (ya que no podemos vivir sin orden). Ese nivel u orden es el orden del fracaso, de las ruinas, de lo no logrado, de los anhelos cruelmente truncados de los oprimidos. Es como un eco, como vacíos o nadas que insertas cual agujeros en la realidad la transfiguran. Esto no es captable sólo con la ciencia o la sociología. De hecho, aunque la sociología puede ayudarnos en el mundo, también puede colaborar con los vencedores y ser instrumento de la ingeniería social utilizada por la dominación que precisamente genera vacíos y víctimas, que con la apariencia de llenar el mundo, como decía Heidegger, lo vacía, en un nihilismo absoluto, negador de lo personal, de la relacionalidad humana que es condición de posibilidad para toda vida humana realizada.

O sea, si no incorporamos al discurso científico esa nada previa al mismo y no captable científica o discursivamente, sucumbimos al vacío y al tedio de un mundo plano, una decadencia que nos sustrae la posibilidad de un mundo donde poder ser más “felices” o en el que al menos haya menos sufrimiento evitable. La ciencia social es proteica o camaleónica. Sirve al mejor postor y siempre, sobre todo la social, transmite una visión del mundo (como señala la Teoría Crítica de Adorno y Horkheimer). Y mi inquietud y sospecha es que hoy se esté utilizando la ciencia social por parte de algunos para abrumarnos en un desierto cuya arena tape la relacionalidad básica o respectividad constituyente de lo humano.

El peligro de quererse meter en estas profundidades abismales de la filosofía es que todo en ellas es oscuro. Foucault lo intentó y a su manera también Nietzsche. En esa oscuridad se dan la mano la muerte y la vida, el horror y el heroísmo, el fracaso y la victoria (estas polaridades son meras metáforas). Ése es el peligro, peligro al que sucumbió Heidegger, intuyo (porque no lo he estudiado a fondo) y que solventó o intentó solventar Levinas, quien insistió en el carácter respectivo (respectividad) de lo que Heidegger llamó Dasein. Es decir, en la historicidad del Dasein, hay ya el otro, el vínculo primario con los demás y con el mundo, con el hecho de que haya algo y no nada, en la religación o ineludible y mutuo engarzamiento de unos con otros. La sociología insensible a esta profundidad de lo real también puede caer en el peligro contrario al de Heidegger que señalara Heidegger, el de una luz que pretendiese iluminar todos los recovecos de la realidad creando la falsa impresión de un mundo, de una sociedad o de una historia captables empíricamente en su totalidad. A la ciencia, por tanto, y a las cosas y relaciones entre las cosas o a las cosas como meros cruces de fuerzas o posiciones relativas (Bourdieu) hay que añadir un cierto “tono”, una suerte de sensibilidad, un saberse en los otros y saber a los otros en uno, un saberse religado y constituido en lo más hondo de materia y persona por lo otro. Esta religación asume formas (la sociedad concreta que estudia el sociólogo) que heredan un dinamismo constante de la plasticidad personal previa, del no haber límites claros entre uno mismo y los otros. Quizás para algunos esto conduzca al plano de las grandes religiones. Para otros al silencio del místico o del budista. Otros lo llamarán (a esto innombrable) “ser” (Heidegger). Es lo que difícilmente, oblicuamente, expresa. El arte a veces pelea con esto, intenta definir lo indefinible. O incluso un logicista como el primer Wittgenstein llamará precisamente lo místico a lo que por ser condición previa del mundo descriptible no puede describirse, o sea, para él, el lenguaje o el universo en sí, como un todo, en su totalidad, no pueden expresarse (Tractatus).

Olvidar esta dimensión fenomenológica nos puede desorientar en la realidad, también en la realidad social (sociedad). La sociología entonces funciona como razón calculadora, cuantificadora que corre el riesgo de ocultar antes que revelar. Que tapa el ser, diría Heidegger. Y esto se presta a un uso de la sociología desconectado de otras dimensiones que pueden orientar la existencia humana (el grito silencioso de los oprimidos, de las víctimas que han posibilitado que nosotros existamos y que incluso algunos vivamos bien). Es una dimensión no expresable sociológicamente y que el sociólogo puede olvidar si reduce el conocimiento de la realidad o lo real a lo meramente social. Entonces acude a descripciones que pueden, además, enredarse y obedecer a distintos sesgos de la mirada, sesgos precisamente sociales que aunque el sociólogo vea no puede evitar. Su ciencia le ayuda a distinguir estos sesgos y depurar la mirada, pero en su olvido de la común religación previa incurriría en un pacto con los poderes establecidos, en un dejar de mirar el horizonte, el a dónde vamos, para centrarse en el ombligo de la realidad plana de su ciencia sociológica. Así es muy fácil dejarse tentar por el poder y utilizar el conocimiento científico que empieza y acaba en sí mismo sin miramientos. Uno puede medir el mundo bajo la pretensión de abarcarlo todo pero olvidando sustratos básicos. Este sustrato opera y uno puede obedecer a la tendencia a llenarlo todo de “asfalto”, a consagrar lo que mira, a obedecer a la estructura situándose dentro de ella sin jugar, como hizo Foucault o hace el artista o el hombre religioso, en los límites de la estructura. El sociólogo puede ser afectado de un pathos que le “determine” para elegir a ciertos amos y que a su servicio lo haga desmenuzar la realidad social, atomizarla, enmarañarla antes que aclararla. Esto ocurre aunque eche mano de la excusa de que conceptos como “clase social” son sustancialistas. Así, el engranaje conceptual que sirve a la lucha social liberadora puede ser sustituido por un empirismo atomizante que desintegre la realidad que no nos gusta y dejemos de verla (las clases sociales, las categorías marxistas tomadas ampliamente y sin dogmatismo). La sociología, en este sentido, ella sola, ni pone ni quita rey, sólo sirve a su señor. Pero lo que yo le he preguntado en el post anterior ha sido: ¿Y a qué señor sirves? ¿Dónde reina? ¿Cuál es su reino? El sociólogo que no se someta desinteresadamente a los débiles no sirve al señorío que ha arrojado al 15 M a la calle.

domingo, 23 de octubre de 2011

Filosofía del 15 M (III): Carácter relacional de la persona y pensamiento como "ethos".

En el primer capítulo de La hermenéutica del sujeto, de Michel Foucault, el brillante autor francés hace una muy sugerente lectura de la Antigüedad, que desarrollará después a lo largo del libro, en su doble aspecto griego-pagano y cristiano. De Sócrates, el estoicismo y el cinismo, así como del primitivo pensamiento cristiano, toma una idea de verdad como aquello para lo que el sujeto no está configurado, sino al contrario, aquello que hace que el sujeto procure una transformación que abarca al pensamiento y al ethos (comportamiento, práctica, ética). El sujeto se re-hace constantemente bajo la luz de aquello escogido como verdad y que funciona como una suerte de moral o elemento normativo. Así, la filosofía, con la notable excepción casi única en la Antigüedad de Aristóteles, se acompañó siempre de una forma de espiritualidad (Foucault emplea esta palabra en términos elogiosos) como actividad práctica y no meramente contemplativa o racional. Esto último fue lo propio del cambio moderno en la concepción de verdad y sujeto que representa muy bien Descartes. A partir de aquí, en la Modernidad, la búsqueda de la verdad será tan sólo una cuestión intelectual que se rige por normas formales en una pretensión de orden y claridad en el discurso, meramente expositiva y sistemática. El filósofo antiguo, en cambio, transforma su self en la búsqueda de la verdad, pues no hay elementos dados de manera permanente y estática en lo que llamamos sujeto para que éste pueda captar una supuesta verdad unívoca y sin fisuras. Por eso, el esfuerzo filosófico griego es un esfuerzo personal, tanto intelectual como ético. 

A esta idea preciosa de Foucault yo añadiría en la línea de superación del aristotelismo y de la Modernidad meramente cartesiana que llamaría “decadencia ilustrada” (que en absoluto es toda la Ilustración, sino sus apéndices positivista o idealista) lo que mucho más tarde el filósofo Zubiri llamó “respectividad” de lo real y que se puede contraponer al substancialismo aristotélico. Esta respectividad zubiriana fue lograda y llevada a sus máximas consecuencias para campos como por ejemplo la política por el discípulo también vasco y teólogo Ignacio Ellacuría, en su Filosofía de la realidad histórica. Si somos capaces de superar tanto en la filosofía como en la teología el substancialismo, cosa que intuyó, me cuenta un amigo teólogo, el mismo Tomás de Aquino aunque acabase prevaleciendo contradictoriamente en sus textos un pensamiento substancialista para referirse al hombre y a Dios, llegamos a la prioridad levinasiana y presente en el pensamiento judío de lo ético pre-lógico respecto a lo lógico-metafísico-fundacional. Es decir, hay algo dado en la realidad humana y en la persona (mejor llamar al “hombre” así que “ser humano” o “sujeto” o menos aún “individuo”, como tiende a hacer el liberalismo) por lo que ésta está constitutivamente ligada a los otros que son condición de posibilidad de la persona. Esto lo he hablado recientemente con el profesor López Herrerías y un amigo y compañero filósofo y gran teólogo, en el marco del Congreso Internacional de Teoría de la Educación celebrado en Barcelona y que concluyó ayer sábado 22 de octubre. El profesor López Herrerías ha trabajado a fondo esta concepción que ha publicado en algunos libros y que aplica sabiamente a la educación. Los tres estábamos de acuerdo en la necesidad de superar una concepción estática o substancialista de la persona que subyace a planteamientos técnicos y racionalistas-instrumentales en la pedagogía. A la peligrosa a mi juicio concepción actual de “competencia” que se impone en el discurso pedagógico procedente de la racionalidad empresarial, habría que buscar un discurso o pedagogía que, en la línea estoica o griega no aristotélica, entendiera la persona no como el animalis rationalis aristotélico, o animal al que se añade la razón calculadora propia de un sujeto que planifica clarificando la realidad en la pretensión de iluminarla con una luz cegadora que ocultas las regiones de sí sombrías de la realidad. Así, la imposición de un orden cartesiano en el mundo por un hipotético sujeto omnisciente que tiene su evidente correspondencia en cierta teología no ayuda precisamente a conocer y a construir o re-hacer la humanidad. Esto último es un hecho, es decir, la humanidad se re-crea o re-constituye constantemente como algo dado. Es un movimiento o dynamis intrínseca a lo que llamamos humanidad o persona. Así, oponiendo al orden dado el filósofo obra como un agente del desorden creativo, con un nihilismo activo al estilo de Foucault. En la tradición política puede ser entendido así cierto anarquismo, aunque esta amplia corriente haya abarcada perspectivas un tanto positivistas y cartesianas (Ferrer, en la pedagogía española, por ejemplo, o el propio Bakunin). Así, es condición previa de posibilidad de la persona el ser deshecho por el otro, en la forma de rostro que se nos presenta y ante el que debemos responder, pues reclama nuestra responsabilidad (Levinas).

Estos movimientos filosóficos están de hecho en el 15 M, a veces faltando aún su verbalización o como nos pide el “orden” vigente (capitalista, rationalis, moderno degenerado, positivista), su sistematización (sabia denuncia que he leído en el profesor Luis Sáez que no es partidario creo de ceder a este chantaje del “sistema”). Así, he visto cómo apelando a una descripción empírica mediante la observación cartesianamente escrupulosa de la realidad, de tintes sociologicistas (reduccionistas, pues reduce lo personal a lo social) se ha querido por parte de algunos intelectuales en España destacar en el 15M sus incoherencias, su supuesta vaguedad (falso, pues hay demandas y una praxis muy clara y distinta, como señala acertadamente Luis Sáez), su desorganización o incluso, viendo como defecto lo que es justo su mayor virtud, su carácter reticular y des-centrado que lo posibilita tal vez para precisamente vencer al proteico y no menos fantasmal capitalismo. 

No debemos ceder por tanto a visiones que aunque en apariencia recogen el pascaliano principio de la razón encarnada, son de espíritu estrechamente moderno, cartesiano y liberal. En la política se aplica la razón instrumental y calculadora que desintegra grupos enteros de lo social en una atomización de micro-poderes (momento que también existió en cierta época de Foucault y tendencia en Bourdieu, aunque en ambos hay también evidentes elementos para una lucha liberadora o revolucionaria que yo deseo destacar en ambos). Así, si nos quedamos con una microfísica del poder que hemos de describir a la Descartes con lupa y cuaderno de notas, puede operar lo peor del orden moderno que en términos políticos se llama capitalismo y liberalismo. Esta perspectiva groseramente moderna y cercana al positivismo nos hace una suerte de chantaje en la medida en que destaca y agiganta las fisuras en el 15 M para oponer la “claridad” del modo de pensar, analizar y funcionar (ethos) de los partidos políticos y la democracia representativa-bipartidista a la española. Es muy fácil aplicar un filtro sociologizante que señale incoherencias y el daño precisamente heredado en habitus e inercias corporales o sociales del mundo dañino al que se opone el 15 M. Como es lógico, en el 15 M no se parte de cero ni se refunda nada. El adanismo es una metáfora de algo que en el fondo nunca se da del todo. Así, uno porta en las asambleas sus miserias de origen social, grupal, educativo, etc. Pero esto no debe usarse para descalificar al 15 M y sus asambleas, sino para, por el contrario y al modo estoico, hacer visible el primer movimiento de la persona que nunca parte de ella sino que viene dado, entre otros ámbitos, como señala Ellacuría, por la dimensión social.

Quedarse en la dimensión social convierte a la persona, como hace el liberalismo, en “individuo” y volvemos por tanto al peligroso y muy capitalista discurso que atomiza y cosifica a las personas. Que el ser sea una dynamis no substancialista no implica una descalificación de la “persona”, como puede hacer cierta miopía sociologicista. Esta sociología sigue el juego al capitalismo y a los partidos políticos actuales impregnados por un orden de dominación por parte de una clase que abusa de los muchos débiles. Tal vez el republicanismo de Pettit y Zapatero tiene que ver también con esta visión miope que sutilmente destruye a la persona  sustituyéndola, como hacer el liberalismo, por un individuo que establece a partir de su singularidad o individualidad redes sociales, como segundo momento. Esto es falso, porque no responde, creo a una realidad que podemos oler y palpar, incluso en la materia (Einstein, me señalaba el profesor López Herrerías en Barcelona). Hay una relacionalidad previa y constitutiva que precisamente aflora cuando tratamos en las asambleas de visibilizar el orden que la bloquea. Así, este esfuerzo ético que también es político apunta a lo que a mi juicio es el 15 M. Bauman en unas recientes declaraciones parece no haberlo captado tampoco. En el 15 M retorna una vieja sabiduría griega no en un sentido aristotélico-moderno, sino relacional que consiste en la concepción del sujeto como persona que se re-crea y transforma a sí misma en función de lo normativo-racional-veritativo que la ilumina. Esta verdad que ilumina, en un sentido vertical, como si fuera un faro que ayuda a ser horizontales (el horizonte de la horizontalidad) es lo que en posts anteriores he llamado “no-lugares” o vacíos cuya expresión encarnada son los 500.000 desahuciados en España por bancos y PSOE. Así, cabe responder tanto a la sociología más estrecha de miras como al señor Bauman que sean valerosamente filósofos no anteponiendo la verticalidad de un orden que es el verdadero desorden (capitalismo) a la verticalidad del desorden que es el verdadero orden que el 15 M ha escogido (las víctimas). El poder político actual, en todas sus formas que parten de la dominación capitalista, incluso en la versión falsamente socialdemócrata del PSOE, es lo que aplicado a la verdad y a la mirada nos restringe el campo y en la falsa pretensión de iluminar y clarificar ordenadamente la realidad, la destruye y mineraliza. Se da en esta sociología una evidente reducción liberal de nuestro carácter personal y de lo humano a “individuo” que tiende sus redes en un desarrollo de lo relacional-político como algo posterior al individuo. Pero esto puede responder, insisto, a un sesgo verticalizante en su peor sentido sito en la mirada del crítico que he llamado en un post anterior “destructivo” y no “constructivo” del 15 M. En la epistemología hay siempre, nos recordaba la Teoría Crítica, política, y a veces no es la mejor política.

domingo, 16 de octubre de 2011

Filosofía del 15M (II): sobre gobiernomentalidad, autogobierno y cuidado de sí.

                 Como ocurre con todo pensador verdaderamente genial, en el caso de Séneca y del estoicismo pueden hacerse varias lecturas, a veces incluso divergentes. Matizando lo que afirmé en el post de ayer, no es del todo cierto que Séneca no haya incluido lo que denominé dimensión vertical o abismal dentro de su ethos del cuidado de sí y de la vida. En realidad, la muerte y toda suerte de vacíos y de fracasos tiene una constante presencia en los textos del filósofo romano. Como señala Foucault, su manera de entender la filosofía es principalmente como un ethos (conducta, ética, praxis) personal que sea la realización coherente del proyecto de gobernarse a sí mismo. Para Séneca cualquier persona debe aspirar a este gobierno de sí mismo que implica la diaria y constante valoración y análisis de la propia vida, por lo que en sus cartas recomienda la confección de un diario (tal como realizara Marco Aurelio en sus famosas Meditaciones), aunque requiere seriedad, valentía y esfuerzo. Se trata de un trabajo personal de autoconocimiento y de clarificación de aquello por lo que se decide regir la propia vida. Así, el filósofo piensa a partir de lo que le ocurre y de los dilemas prácticos y encrucijadas difíciles en las que puede verse situado.

               Y encrucijada difícil es toda la vida en sí misma, en la que uno tiene que decidir cómo hacerse al estilo casi de un artista que compone su pintura, con una cierta inteligencia objetiva, pero también estética, que conozca el propio material vital y biográfico para pintar su cuadro. Esto es lo que le gustó al último Foucault que estudió fascinado los textos de Séneca. De manera paralela, decíamos ayer, estudió la presencia de la muerte en los primeros pensadores cristianos, representada en los cuadros famosos que han tratado el tema de las tentaciones de San Antonio. En las tentaciones y el ascetismo monacal del santo puede verse un rigor a la hora de definirse y obrar la propia vida que implica la elección de elementos procedentes todos y presentes en el entorno vital e histórico de cualquier persona. Así, las tentaciones en el cuadro de El Bosco que se muestra en Lisboa expresan simbólicamente cada tentación como un elemento propio de la vida religiosa que es exagerado y que por tanto, entremezclado con la santidad porta su negación. Por ejemplo, una cabeza sin cuerpo de la que salen directamente las dos piernas puede sugerir los excesos y soberbias de una razón descarnada y la necesidad de vivir la carne de una manera racional que no significa escindir de la razón y de uno mismo su propio cuerpo. Esta interpretación no es la que ha sido más famosa que oponía lo vital a lo racional o lo santo, lo natural a lo sobrenatural, en el contexto del típico platonismo de los primeros teólogos y pensadores cristianos. Es una concepción por la que lo que salva llega también, como dice el hermoso verso de Hölderlin, lleno de peligros. Y todo es lo mismo, casi indiferenciadamente, lo que condena y lo que salva.

             Traducido esto al ethos estoico quiere decir, creo, que el cuidado del self y del bios, la preservación del cuerpo, de la vida y del mundo incluye un elemento de arriesgada confrontación con lo que mata. Es la paradoja de quien muere de amor, es decir, de quien en la decidida preservación de lo mejor para su self y para la vida que constituye su entorno (sociedad, humanidad, naturaleza, los “otros”), debe aceptar un cierto sacrificio en la medida en que dicho combate tan filosófico como amoroso puede implicar un peligro para la propia subsistencia, bienestar e incluso supervivencia. Esto lo supo y lo entendió Séneca perfectamente. Él sabía bien del abismo que cerca y constituye a muchos niveles (existencial, ontológico, histórico) la vida de cada persona y sobre todo de quien decide gobernarse a sí mismo. Parece que Foucault también lo vio así, siendo como fue toda su vida un pensador bien próximo a las desafiantes e inquietantes oscuridades que nos cercan. Y así creo, en efecto, que un militante del 15M debe considerarlo.

                 Esta militancia propia del 15 M tiene también abismos en los que se hunde y fundamenta. Hay un suelo movedizo y frágil, invisible, un no lugar (como decía ayer) en el que enraíza cualquier petición concreta del movimiento en sus asambleas o cualquier frente o activismo de los que lleva a cabo (desahucios, economía, ecologismo, educación, política). Es con esta nada con la que hay que conectar o sencillamente hacerla visible, hacerla vagamente presente, como nervio, en la conciencia. Además, un militante del 15M sabe que por ejemplo practicando la desobediencia civil puede ser detenido y denunciado. Es decir, hay peligro en el 15M cuando es tomado verdaderamente en serio. Porque procede de esa zona de exclusión, o no-zona, en la que se hunden los cimientos de nuestra civilización y que el orden trata de contener, pues si aparece, puede disolver y deshacer dicho orden. El llanto de una familia desahuciada impugna la arquitectura panóptica del poder político actual que a su vez es fachada del verdadero poder del dinero y el neoliberalismo. Es esta ácida no-existencia, esta muerte o pecado original de nuestra civilización, la que fluye por ella de corporación a corporación, de partido a partido, de gobierno a gobierno, de “democracia” a “democracia”.

             Una persona que, sin embargo, se vincule consciente o inconscientemente con este orden que mata no está en las condiciones epistemológicas, podríamos decir, para captar bien el 15M y sobre todo para formar parte de él. Toda inercia que uno arrastre procedente de ese orden asesino que atenta contra la vida se contrapone al 15M e incluso puede hacer que acabe integrándose en el mismo sistema asesino contra el que todos salimos a la calle ayer por ejemplo. En este sentido, sí hay un sano elemento y debe haber, como en Séneca o Foucault, antisistema en el 15M, cuyo cuidado de la vida y del propio self que cada militante construye, implica un vértigo que se hunde en pozos insondables, en lo que imaginé ayer como la dimensión vertical del movimiento que ha hecho de la horizontalidad asamblearia su seña. Una persona que no entienda el sufrimiento de los 500.000 desahuciados en España o que por la razón que sea (miedo, costumbre, avidez de poder, obediencia a su partido con representación parlamentaria o sindicato subvencionado) se manifieste como un defensor implícito del orden actual no sabe qué es el 15M, no ha captado nada, y, esto ya es más serio, incluso podría intentar utilizar el 15M, instrumentalizarlo para, por ejemplo, hacer carrera política en el marco del actual modelo capitalista-bipartidista que ha pactado con el diablo. Esto sería una suerte de, por seguir la metáfora o ejemplo del cuadro de El Bosco de las tentaciones de San Antonio, haber cedido el estoico gobierno de sí a otros.

             Séneca dejó bien claro que uno debía imponerse a la tentación de dejarse gobernar por los demás y por el poder, por toda la aureola de creencias y elementos que acompañan al poder, como son a nivel psicológico la envidia, el afán de prestigio, la ira, el miedo, etc. Si uno quiere mandar está claro que no mira limpiamente al 15M, que su mirada se halla determinada y teñida por el mismo orden que ha producido tan razonable y justa reacción entre la gente indignada. Para que uno se indigne ante el orden, tiene que haber sufrido y sentido las amenazas de ese orden, cosa que no ocurre si uno aspira a un cargo político del tipo que sea en partidos, instituciones públicas o sindicatos subvencionados. El orden reduce todo a una dimensión horizontal o plana, o superficial, falsamente estoica, porque jamás esto ha estado en Séneca. Séneca llegó a defender la opción del suicidio cuando la amenaza y el peligro fuera ya irremediable, cosa que de hecho llevó a cabo ante el horror de la tiranía asesina del emperador Nerón. Séneca supo jugarse la vida, lo cual no quiere decir que despreciara la vida y la salud de su cuerpo. De lo que la vida le ofreció tomó con sabiduría y razón, pero sin venderse, contra las habladurías de quienes entienden que se vendió al poder (fue emperador de hecho durante tres años y uno de los hombres más ricos del imperio, como el caso de otro estoico: Marco Aurelio. No tanto el caso del esclavo-liberto Epicteto).

           Séneca decía que aunque uno tuviera muchas riquezas, era más importante la libertad que se obtiene (la capacidad de autogobernarse) cuando se sabe prescindir, si hace falta, de tales riquezas, o gobiernos o, diríamos hoy, partidos y prebendas políticas. Esto es lo que convierte en tremendamente subversivo tanto a Séneca, como a Foucault, como al 15M, ese elemento, insisto, de empática inclusión de aquello negado por nuestro orden económico y político bipartidista en España, que no es otra cosa que, nada menos, el bios y el self.

sábado, 15 de octubre de 2011

La filosofía del 15M: las dos dimensiones de lo humano.

El último Foucault se interesó por la filosofía helenística y sobre todo por el pensamiento estoico romano (Séneca) y por la filosofía de los primeros pensadores cristianos y la patrística (Agustín, por ejemplo). Se trata de un periodo ya final de ese movimiento del pensar libre y desafiante que fue el ejecutado por el filósofo francés. Este periodo, aunque menos conocido, merece ser estudiado con detenimiento y considerado con respeto. Creo que Foucault fue, sobre todo, un filósofo, porque aplicó elementos o virtudes tan filosóficos como son la duda y la valentía al pensamiento. Al final se centró en la construcción del propio self al estilo que él veía en los antiguos estoicos, una construcción siempre en abierta y valerosa relación con la nada y la muerte, pero que, positivamente, pretendía ser la de un self que decide estéticamente recrearse asumiendo un cierto norte moral o normativo que se combina con un ethos personal. Es el tan nietzscheano pintar la propia vida y existencia singular. Según leo en Miller, llegó a proferir: “Jugar con la estructura –transformar y transformar sus límites- es diferente que jugar dentro de la estructura. Los artistas tienen más libertad que nunca” (p. 473).

Al margen de la conocida crítica habermasiana a Foucault que ya expusimos en este blog al hilo de la lectura de El discurso filosófico de la modernidad, libro muy recomendable del autor reilustrado alemán, y de los peligros e inconsecuencias de emprender una lucha política bajo el disolvente trasfondo nietzscheano de un pensar que no ya siendo crítico, sino ácido, se disuelve a sí mismo hasta la nada, sí podemos recomendar el juego escéptico y nihilizante en un sentido de nihilismo activo, por tanto, creativo y dinámico, de Foucault. Como todo el amplio ramaje escéptico que acompaña a la filosofía desde sus inicios, como la propia nada y la muerte que vetean el ser y nuestra existencia, resulta un baño saludable no ya el paso por el mismo sino su arriesgada asunción. Foucault llegó a entender la Ilustración, según leo en el libro de James Miller que estoy concluyendo, y en el contexto de un diálogo con el propio Habermas, como la pregunta por la propia razón que conduce a un auto cuestionamiento de la misma razón. Así, Foucault conecta a su manera y de un modo extremadamente personal con autores coetáneos del pensamiento de la diferencia (Deleuze) y con la tradición nietzscheano-heideggeriana. Mi preocupación en estos días de 15M es las consecuencias políticas y el ethos que se puede desprender de este pensamiento que ha sabido ver y entender que a todo lugar o espacio arquitectónico lo atraviesan no lugares, por ceñirnos a la metáfora espacial. Esto puede ser tomado de muchos modos. A mi juicio, y aquí, por ahora, creo que la visión que finalmente tuvo del cristianismo Foucault, al hilo del estudio del ascetismo monacal de San Antonio, tiene un elemento acertado que debe ampliarse para provecho de nuestro bios y ethos (político) presente. Se trata de la vieja intuición cristina, que data desde la mismísima cruz y muerte del Nazareno, de que a nuestra afirmación vital corresponde una nada paralela. Esto es algo que curiosamente discrepa de la interpretación clásica ya de un Nietzsche acaso demasiado cegado por el macabro y morboso juego de mortificación y castración de gran parte del cristianismo, de su realización histórica vinculada a la dominación y al control de la vida mediante la asfixia de la vida. Nietzsche criticó lo que él llamo “nihilismo reactivo” que niega la vida, su juego y su proteica pluralidad, en la tradición más tenebrosa, en efecto, y ligada al poder, del cristianismo. Sin embargo, parece que el último Foucault supo ver que en el cristianismo hay también un cierto nihilismo creativo o, como llamaba Nietzsche a este tipo de nihilismo, un nihilismo activo. Esto consiste en un recuerdo que aunque perturbador que nos puede paralizar y dejar en un terrible pasmo, como es el memento mori de la tradición cristiana, puede también ser fuente, aunque suene a paradoja, de vitalidad y de esplendorosa realización de la vida concreta y carnal, como recogiera en la antigüedad pagana el horaciano “carpe diem”. Así, lo que hoy sábado 15 de octubre va a vivirse, las más de ochocientas manifestaciones en el mundo, puede leerse como algo tan cristiano, pero también pagano, como es el carpe diem. Es como si en la exaltación y afirmación de la vida humana se procediera del peligroso recuerdo (como lo llama el teólogo austriaco Metz) de esos vacíos, no lugares y carencias que constituyen silenciosamente nuestro presente vital. Es desde ese no lugar, que en nuestra sociedad española se ha convertido tristemente en una realidad tangible con los desahucios, desde el que ocupamos el lugar de la política, como portadores y amplificadores de la voz de tales silenciados e invisibilizadas familias que han sido despojadas de su espacio y, del mismo modo, de su dignidad, de su lugar en la economía, la sociedad y la historia. Así, creo que a la concepción senequista del cuidado del propio bios, del cuidado de sí, el 15M aporta, tal como en los márgenes de su propia historia también lo ha hecho el cristianismo, una perspectiva vertical que se expresa en el señorío de los nadies, de los ninguneados y de los testigos (mártires) anónimos de que en la historia hasta la fecha vence y ha vencido la dominación de unos pocos sobre la gran mayoría. Así, el cristianismo ha llamado a esta dimensión activamente nihilizante de distintas maneras, a este no lugar que ocupa o trata de ocupar el lugar ordenado por la arquitectura del poder político y económico dominante (las plazas ocupadas por el 15M en las acampadas). Se trata de la “comunión de los santos”, del “Señor” al que uno se dirige y que manifiesta un desbordamiento del presente en el que irrumpen peligrosamente los excluidos, los últimos en la economía, la política y la historia. Es lo que, en mi modesta interpretación, puede conectar las dos dimensiones que debe tener el 15M, ambas presentes desde el principio del movimiento y tangibles y encarnadas en las plazas y concentraciones. Una dimensión práctica que puede demandar políticas concretas y que tiene la virtud estratégica de callar la boca al poder que se defiende achacándonos falsamente que no sabemos qué hacer y que no proponemos medidas concretas. Además, el poder queda al desnudo y descubierto como totalitario, antidemocrático y servidor de las oligarquías de banca y CEOE, cuando, como ha ocurrido en el caso del PSOE, se ha visto obligado, según parece, a excluir de su programa electoral la propuesta de aceptar la dación en pago para saldar una hipoteca, o sea, que la hipoteca se salde, como ocurre en prácticamente todos los países, con la entrega del bien hipotecado. Se le puede así ver el plumero a los que tratan de articular el espacio político a su sombría imagen y semejanza, bajo el culto del ese Baal que llamamos dinero. El 15M al demandar como hace desde un principio cosas concretas, señala que el rey está desnudo, como en el conocido cuento de Andersen. El poder entonces negará tales demandas, incluso para exacerbar el sentimiento de agresión que espera despierte una reacción violenta en el 15M y poder reprimir de manera justificada al 15M. Esto hay que saberlo para no caer en el juego de la violencia en el que el poder está deseando que caigamos, para desprestigiarnos y vencernos con el monopolio de la violencia, la moral, las leyes y las creencias que detenta.

Pero hoy, en las manifestaciones, se va a ver lo que lleva estando presente también desde el principio. Se trata del nervio filosófico que subyace al 15M y que en mi comparación entre el estoicismo de Séneca y el cristianismo entiendo que aporta el cristianismo a la antigüedad pagana. Al menos en los textos que nos han llegado, tal vez producto del filtro y la censura de la historia, la imagen de la irrupción en la conciencia del oprimido ha sido la mayor aportación del cristianismo al sabio pensamiento antiguo pagano del propio Séneca. Esto lo estudiaré e intentaré justificar más adelante, en próximos trabajos, pero hoy me interesa enfatizar que esta intuición cristiana de una dimensión vertical que llena de abismo, de no lugar y de esa versión histórica de la nada que es el sufrimiento de los inocentes y la pobreza, una dimensión que intenta conmover la plana horizontalidad del momento presente, de los dogmas del mundo capitalista y consumista, del poder del dinero que como señalaba Marx animaliza y cosifica a las personas, esa dimensión está en el 15M intentando deshacer con un nihilismo sano o incluso, por irnos a otra manera de verlo, con una dialéctica negativa (Adorno) un presente construido por los hombres contra los hombres. Eso es, a día de hoy, creo, el 15M. Sabio, porque ha sabido que para celebrar la vida, en sus acampadas, batucadas y lucha mansa y pacífica, debe estar el aciago recuerdo disolvente de la nada que hasta ahora ha ensangrentado la historia. Y desde esa impresencia trata de re-hacer, re-construir y, como el sabio estoico, de re-crear la vida.

domingo, 9 de octubre de 2011

Probemos lo nuevo

En el pensamiento político continuista o conservador que se pliega a lo que hay proclamándolo insuperable con satisfecha autocomplacencia se dan una serie de razones reiterativas a las que vamos a intentar replicar con la brevedad requerida por un post. He escuchado y leído ya muchos argumentos que llegan a la conclusión, que en absoluto comparto, de que el 15M debe plantearse en todo caso como una especie de reconstituyente o revitalizante que llene de espíritu participativo las instituciones (partidos y sindicatos) con su gente ilusionada. Esto, diría el defensor de dejar las cosas como están, obligaría a emprender dinámicas en el seno de los partidos y del Estado que acabaran dejando espacio real para expresarse a la ciudadanía. Así, sobre la estructura del Estado vigente sería posible que la democracia se democratizara, valga la redundancia. Por eso, como mucho habría que reconducir a las masas ignorantes de lo que quieren verdaderamente hasta las susodichas instituciones y esperar a que en ellas se gobernaran a sí mismas por los cauces habituales en la vida política española. Así, este elitismo de la democracia representativa, lo cifra todo en sus instituciones y en quien sabe y puede desenvolverse en ellas. Una asamblea total, tal vez por su carácter espontáneo e incontrolable, no sería la institución adecuada. Parece que el freno o corsé que dan a las relaciones humanas las instituciones verticales sería apropiado para controlar (¿reprimir?) las fuerzas de la masa inculta. Sobra decir que nuestro pensador continuista detestaría cambios cualitativos o, menos aún, revoluciones hechas por esa masa pobre e inculta, que con frecuencia evocan una desagradable violencia en las calles.

Así pues, nuestro pensador diría que la gente habría de formarse para la vida pública en los partidos e instituciones, en cuyo seno obtendrían el cauce legítimo (avalado y regulado por ley) de participación. Todo ello, creería nuestro pensador, viene ya garantizado por la Constitución de 1978 y el espacio político que abrió y las leyes vigentes. La ley, por tanto, así como la justicia y la policía son, en este contexto, siempre bondadosas porque nos resguardan de la dominación abusiva de unos pocos (Pettit dixit). Si dicha dominación ha ocurrido, será porque necesitamos utilizar con mayor eficacia las instituciones de la democracia.

Hasta aquí el resumen de lo que diría poniéndome en el lugar de alguien básicamente contento con la España actual y que tuviera reticencias ante el 15M. Quizás alguien próximo al llamado “progresismo”. Obvío los prejuicios y los clichés propios de la crítica formulada (o gritada) desde la derecha reaccionaria, porque caen por su propio peso en cuanto mantuviéramos un mínimo de limpieza en la mirada y de honestidad intelectual. Contra tales difamaciones de Intereconomía y acólitos poco se puede hacer sino proseguir con humildad y tenacidad nuestro empeño. Pero atendiendo a las críticas verdaderamente inteligentes al 15M o a grandes sectores de este plural movimiento, sí deseo, como ya he manifestado, pronunciarme.

Detecto que subyace en muchas críticas desde la facción “progresista” de nuestra democracia representativa un movimiento del pensar consistente en pulverizar el poder al modo de una compleja red de micropoderes o microfuerzas, como si el universo social fuera sólo un combate de átomos que toman sinuosamente distintas posiciones. La democracia representativa sería el marco formal, precisamente, en el que esta lucha puede hacerse como un ejercicio gentil y sin que la sangre llegue al río.

Recuerdo al hilo de esto cómo Foucault pudo dejar boquiabierto a Chomsky en una famosa discusión en la televisión al negarse a asumir ningún constructo a la ilustrada (“naturaleza humana” o “justicia”, por ejemplo) para justificar, como pretendía hacer Chomsky, una revolución. Así, Chomsky se vio desnudo y sin armas para el combate que se suponía que ambos pensadores (Foucault y Chomsky) compartían. Ciertamente, si tomamos como ejemplo el Foucault de Vigilar y castigar, esta labor desintegradora y antimoderna manifiesta un claro potencial subversivo y adecuado para destruir mitos peligrosos bajos los cuales se esconden ciertos tipos de dominación contra la cual se daban los movimientos revolucionarios de los años 60. El efecto de esta visión ostentada por el Foucault de finales de los sesenta es apropiado para la revolución si pretendemos luchar contra la dominación capitalista. Pero el propio Foucault en años posteriores se dio cuenta de que eso implicaba ceder el peso de la lucha a una suerte de violencia que acaba siendo ciega y casi de todos contra todos.

Hoy día también alguien puede entender el poder de este modo y pretender que se ha superado la ingenua visión del Chomsky de la mencionada charla televisiva. Es decir, habría un juego de átomos o grupos de átomos que pugnan pero que las groseras descripciones del marxismo tradicional no podrían captar bien, pues se basarían en peligrosas generalizaciones y en una mala percepción empírica de la realidad social o histórica. Esta idea ha llegado, por lo poco que sé, incluso hasta el republicanismo de Pettit, que insiste en superar las mencionadas etiquetas de los viejos movimientos políticos y entender la lucha política de un modo amable, divertido, sin aristas y fluyente o proteico. Al principio uno, como Chomsky, puede abrir la boca estupefacto al oír esto y callar ante esta perspectiva que vuelve a estar, de un modo tan distinto pero la misma, tan de moda. En realidad Foucault pensaba así cuando militaba con más intensidad en movimientos radicales de izquierda (maoístas) en los sesenta. Hoy día, he percibido esta apelación a la microfísica del poder para todo lo contrario, es decir, para justificar que nunca emprendamos aventuras políticas revolucionarias, ya que se basan siempre, diría nuestro pensador continuista, en generalizaciones impropias que generan opresión real. La gente interactúa, según este tipo de pensamiento, de un modo mucho más microscópico, complejo y multicausal. Lo único que debemos hacer es describir un estado presente de dichas interacciones, pero siempre con sumo cuidado.

Si la extrapolación de Foucault al republicanismo es acertada, esto nos prueba el potencial no tanto revolucionario sino todo lo contrario de las miradas microfísicas. En realidad sólo pueden ser dos cosas: o generadoras de violencia y crueldad ciegas a la Nietzsche, o conservadoras. En ellas, en la visión más puramente nietzscheana-foucaultiana hay una violencia obvia que en el manso republicanismo se ha castrado o, defenderé mejor, silenciado. Porque la violencia sigue estando. La amable sociedad que imagina y pinta como ideal el republicanismo no es en absoluto amable, sino que lo es sólo en apariencia. Subyace una tremenda violencia soterrada que puede diluirse conceptualmente pero que justo por eso mata con mayor eficacia. La dominación echa mano, en la España “democrática” actual, de una ideología “buen rollista” de cultos y bien formados argumentadores que pelean dentro de un marco que impide que lleguen a las manos. Y ciertamente, no se ve por ahora sangre en las calles de la España “democrática” (en el mundo sí, y mucha. Tanta que ahoga).

Hay, en realidad, mucha violencia. Una violencia atroz. Una violencia eficaz que el propio Foucault de Vigilar y castigar retratara, aunque la obra tenga sus deficiencias y fuese también muy cuestionada. El poder supuestamente bien gestionado de la democracia española es cruda dominación, aunque le pese a Pettit, a Zapatero o a Rubalcaba. Me parece ridículo tener que abundar en ejemplos que muestran esto, lo que cualquier mirada honesta sabe. La España actual es lugar donde campan oligarquías y políticos a su servicio. Porque quien tiene el dinero sabe y puede dominar a quienes se atribuyen por ley y por el circo electoral nuestra representación. Estas oligarquías han dejado a 500.000 familias sin casa y ferozmente endeudadas. Tenemos a una juventud explotada y sin futuro, como predijera a principios de los noventa el economista Luis de Sebastián. Y no sigo porque ya creo que quien lea mi blog tiene datos suficientes que atestiguan el horror y la violencia de nuestra sociedad española actual. Sí deseo enfatizar que lo que ha hecho dicha violencia y la dominación es disfrazarse… entre otras cosas, gracias a la ideología de la microfísica del poder. Así, cuando uno abandona la vieja idea marxista de la necesidad de transformar la economía para que haya libertad y de que quienes ostentan el poder político se pliegan al económico, y de que quien manda son las oligarquías de banca y monopolios macroempresariales que se tragan a las pymes, cuando uno abandona estas viejas ideas, digo, se ve impotente para oponer con eficacia una resistencia conceptual, por lo menos, a la dominación imperante del mundo y pronto de la España de los 4/5 que se mueren de hambre. Así, el pensador continuista se horroriza ante una violencia de película pero no es capaz de ver a su alrededor el baño de sangre y el asesinato de la dignidad de tantas personas originado por farmacéuticas, CEOE, sindicatos dedicados a resolver pequeños problemas y con aversión a la lucha revolucionaria, banca, especuladores, políticos comprados, etc. Y todo ello con todo el poder ideológico de la ideología “estado-derechista-constitucional” que ha sacralizado a nuestra Transición, a las leyes fundamentales y a las honorables instituciones del Estado.

Vista la poca utilidad y encima la peligrosidad ideológica de diluir la dominación capitalista en un juego más amplio de fuerzas y poder, que pretende gestionar el poder a golpe sólo de ley y sin tocar estructuras del mercado y de la economía (esa izquierda cobarde a la que hace poco se refería Toni Negri que sufre ante la idea de atacar a la economía de mercado capitalista), lo razonable es captar bien conceptualmente la estructura propia de la dominación capitalista, cómo ésta se encarna en nuestros cuerpos, cómo nos determina, cómo nos afecta y acaba siendo la fuerza predominante en el juego de poderes de la sociedad. El Estado, como decía Marx, es fiel servidor de esta fuerza social de la economía contra la que nada puede, salvo en el supuesto de que la misma estructura económica mute. Pero si andamos teniendo miedo de que mute la economía, cosa lógica ya que quienes dominan gracias a ella jamás van a permitirlo por las buenas, entonces adiós izquierda y adiós, señor Pettit, Estado de Bienestar. Desgraciadamente, no se van a cambiar las cosas (como ha demostrado un PSOE incapaz de hacerlo por dos veces ya en la historia española) a partir del mero juego de poderes de la democracia representativa que nos concede la potestad de votar cada cuatro años.

Pero aunque sufrimos violencia y mucha, yo nunca he justificado el uso de la violencia en respuesta de ello. Nos quieren destruir con difamaciones y propaganda (toda la prensa también se debe a quien paga), con una represión que tras las próximas elecciones de noviembre va a ser casi seguramente terrible, acusándonos kafkianamente, para que la culpa nos invada y se encarne en nosotros, para que el alma se amolde y sea, como decía Foucault, cárcel del cuerpo. Ese aura de sermón que tiene el ya trasnochado discursito de la Transición no puede convencer a nadie que mire sin miedo a la realidad que tiene a su alrededor. Hemos sustituido la Iglesia de siempre por la Iglesia laica, que refina la capacidad de la anterior Iglesia para convencer, influir y dominar, haciendo una contundente labor inquisitorial de ingeniería social. Pero aunque nos maltraten, insisto, no debemos actuar como la maquinaria que nos oprime. El peligro es que en el extremo de la violencia todos los gatos son pardos y que el fascismo también se viste de izquierda. Esta advertencia, desde luego, jamás debe castrarnos para luchar con contundencia dentro del planteamiento pacífico e inteligente con que lo está haciendo el 15M. Hay que persistir y probar nuevas formas. Tenemos ante nosotros el vacío y el peligro de que la violencia que fluye soterrada desde las grandes corporaciones y desde la corrupción política se acabe desparramando. Y cuando la violencia se desata nos aproximamos siempre al fascismo de uno u otro color. Esta advertencia la hago pero al mismo tiempo hago pública mi repugnancia por quienes usan esta misma advertencia para que no luchemos contra el mal que nos oprime, para que no salgamos a las calles y tomemos las plazas, para que no practiquemos la desobediencia civil ante leyes violentas e injustas como las que permiten desahuciar sin dación en pago a medio millón ya de familias, a las que se deja cruelmente endeudadas de por vida. Tengo claro que aunque no sea deseable la violencia y aunque espero que nunca llegue a haber algo parecido a una guerra (que de todo podemos ver en la historia), no podemos ni debemos permanecer cruzados de brazos y asustados ante el hecho de hacer o no una revolución. Hoy más que nunca debe el 15M superar con paciencia y humildad las descalificaciones groseras de la derecha y con decisión también los sutiles argumentos de la pseudoizquierda que nos sugieren que nos volvamos a nuestras casitas (si es que no nos han desahuciado, claro) a votar cada cuatro años.

Es posible que la Constitución sea un primer paso o peldaño bueno. Pero ahora es momento de retomar lo truncado en la Transición y perfeccionar nuestra Constitución que puede reformarse como acaban de demostrar los diputados de PP y PSOE (aunque lo hayan hecho obedientes al poder financiero internacional). Así que la Constitución proclama unos derechos que hay que defender en una lucha pacífica pero tenaz y contundente, a toda costa. Y si para ello hay que reformar la economía, hágase. Y si además, para ello hay que fortalecer el carácter asambleario propio de la democracia en sus orígenes, hágase. En las asambleas de la Atenas de Pericles también había demagogia y manipuladores, pero funcionó. Que no se nos diga ahora que un representante o un partido lo hacen mejor que personas que se esfuerzan en organizar una discusión colectiva. El 15 M hasta ahora se organiza bien. Pide cosas factibles y concretas que nuestros representantes no quieren hacer porque no les da la gana (dación en pago, por ejemplo). Nuestra élite de representantes, en sus corteses, diplomáticas y ritualizadas sesiones del Parlamento, aun siendo personas formadas, cultas e inteligentes, sin embargo no están siendo capaces de luchar por el bien común. Están destruyendo literalmente nuestro mundo, arrancándonos el alma y el horizonte. Si esto es así, la lucha, entonces, debe estar en la calle, independientemente de que surja un nuevo partido desde el seno propio del 15M. Lo que ya hay ha fallado y no vale. No queremos más de lo mismo. Probemos lo nuevo. No tenemos nada que perder.

sábado, 8 de octubre de 2011

Una ética y una política a partir de Irena Sendler.

Hace unos días ha sido el aniversario de la muerte de Irena Sendler y reflexionando en torno a lo que hizo me he planteado algunas cuestiones que conciernen a nuestro actual contexto histórico y político en España, concretamente al movimiento 15M. Creo que en la política es importante preservar el ejemplo de  mujeres como Irena que nos pueden ayudar a no perder cierto norte. No creo que sea, desde luego, un buen camino idealizar a nadie y pensar que Irena, ni ningún protagonista de cualquier hagiografía personal que uno se haya dibujado, sea impoluta y que haya actuado como un agente puro de un bien absoluto que lucha contra un mal absoluto. Sí puede afirmarse que lo que hizo Irena, independientemente de las circunstancias personales íntimas (sociales, psicológicas, familiares, etc.) que la condujeran a optar del modo que lo hizo, ostenta una cierta universalidad que dota a su acción de un carácter ejemplar. Tal vez sea la misma verdad que irradia el martirio de la joven estudiante Sophie Schöll en manos de los nazis o de Kolbe, el sacerdote que intercambió su vida por la de otro prisionero en un campo de exterminio nazi. Kolbe prefirió morir lentamente de hambre antes de que muriera otro hombre que tenía familia e hijos.

A estos comportamientos “buenos”, podemos oponer, aunque nos tachen de buscar enemigos por todas partes y de pretender un elitismo de ángeles y de salvación gnostizante (a esta acusación intento responder en toda la serie de posts dedicados al 15M) una suerte de elección moral contraria. Se trata del caso de la secretaria de Hitler Traudl Junge que en la película El hundimiento confiesa, desdiciéndose de lo que antes había afirmado, que nada justifica la colaboración con un régimen asesino. La ventaja que esta mujer tuvo, digamos entre comillas, es que el nazismo ostenta a nuestros ojos un ingrediente evidentemente asesino, violento y totalitario. Pero de la propia historia de la Alemania nazi, como expusiera Hannah Arendt, podemos extraer una observación más inquietante que ella denominó “banalidad del mal” y que resulta plenamente aplicable a nuestro mundo “democrático” (aunque en esto ella pudiese discrepar desde su espíritu conservador y liberal). La inteligente filósofa judía quiso apuntar, como también ha resaltado recientemente el sociólogo y lingüista Todorov, a que en el mundo no hay verdaderamente blancos y negros, es decir, que es falsa la percepción que tiende a ordenar la historia y a los seres humanos en dos grupos radicalmente enfrentados y contrarios, al estilo gnóstico: los iluminados, buenos y salvadores frente a un mal absoluto, homogéneo y radicalmente separado de lo bueno. Sería ese dualismo de ángeles y demonios que aplicado a la política y a la interpretación de la historia entiende que la humanidad es una suerte de lucha de buenos contra malos. Es cierto que este pensamiento tiene sus peligros y que con toda seguridad no responde a la realidad. Es muy verosímil que en las profundidades psíquicas de Irena no todo fuera altruismo o solidaridad en estado puros. Pero esto no debe refutar nuestra propuesta de que lo que hizo en relación con los niños judíos a los que salvó respetando sus identidades y arriesgándose ella a la muerte y a la tortura (de hecho fue detenida y torturada) debe iluminar la vida política.

Tampoco el bien debe ser considerado desde luego como algo grandioso o monumental, sino que puede ser tan banal como el mal. De hecho lo que muestran estas figuras es que ante todo han hecho lo que hicieron, en su mayoría, con sencillez y sincera humildad, dentro del juego de contradicciones que todos somos, por supuesto. Es decir, hacer algo “bueno” o “malo”, en el contexto del nazismo y desde nuestra perspectiva de justicia, simplemente consistió en tomar partido político (apoyar o no) en relación con el gobierno de Hitler y el régimen nazi. Es decir, se trataba de asumir o no lo dado políticamente como bueno por el hecho de ser algo dado, que nos encontramos y que nos puede beneficiar particularmente. A pesar de que hoy nos parezca que la elección era dramática y que quien optó por apoyar a Hitler era un salvaje desalmado, esto no responde a lo que ocurrió en el corazón del alemán medio durante la Alemania nazi o entre muchos colaboracionistas de los países ocupados por Alemania. En realidad, la opción se presentó al alemán medio más o menos formulada de este modo, por ejemplo: “El estado te regala esta casa que ha quedado deshabitada porque sus antiguos propietarios judíos están siendo exterminados en un lager”. Aquí, el alemán medio, como recuerda Todorov, se encontraba con la opción de aceptar o no la casa, a sabiendas de que renunciar a ella no le iba a valer una placa de honor ni el nombre de ninguna calle en el caso de que Hitler fuera derrotado por los aliados. Tampoco mediaba peligro o amenaza alguna. Es decir, rechazar la casa equivalía a encarnar un “bien” sencillo, ajeno al poder, ajeno al prestigio y al reconocimiento en muchos casos e incluso al peligro y al miedo. De hecho, así fueron los que Todorov denomina “salvadores” que lejos de lo que indica este nombre fue gente de lo más normal que arriesgó su comodidad y sus vidas (en estos casos sí se llegó a asumir una opción peligrosa) introduciendo refugiados en sus familias y perturbando con ello seriamente a muchos niveles sus vidas cotidianas. Esta gente fue la que realmente se la jugó y salvó de un modo efectivo a muchos judíos. No comandaron ejércitos ni militaron en movimientos de resistencia. No veremos una sola calle con el nombre de ninguno de ellos. Son héroes anónimos, sin glamour, desconocidos y casi todos ya, salvo Irena al final de su larga y humilde vida, olvidadísimos. Lo que no sabían es que estaban dando con su tan humilde como peligrosa en ocasiones acción un ejemplo también salvador al resto de los seres humanos, un ejemplo que como una antorcha que ha pasado de mano en mano puede llegar hasta el 15M.

Alguien llamará demagogia a la comparación o extrapolación de casos extraídos de la Alemania nazi para ser aplicados a la España “democrática” actual. Pero creo desde hace mucho tiempo y mucho antes de que surgiera el 15M, que nuestro mundo sí tiene elementos fuertemente totalitarios y que la opción moral y política a la que nos obliga, el dilema en el que nos pone, es muy similar al dilema del alemán corriente en medio de la vorágine del Estado nazi. Respecto al totalitarismo de nuestra “democracia” baste señalar algunos elementos. Por ejemplo, el modo eficaz en que se ha impuesto en la universidad española e incluso en la ciencia y la investigación, un pensamiento único cómplice de la dinámica mercantilista marcada por el Plan Bolonia. El hecho de que se oigan tan pocas voces clamar contra la destrucción de la libertad de cátedra en pro de los beneficios privados de algunos bancos y macroempresas es ya bastante elocuente. Es sólo un indicativo. Como señala Chomsky, hoy día prevalece una censura muy eficaz por ser sutil, precisamente y entre líneas. Frente a la brutalidad del Estado nazi, nuestro mundo “democrático” tiene modos muy efectivos e implacables de asegurar el pensamiento único en la línea marcada por las oligarquías del capitalismo financiero y sus cómplices de la clase política. Si uno atiende a los hechos, puede comprobar cómo estamos asistiendo en España a dinámicas que responden al más puro e irresponsable afán de lucro de unos pocos que se impone en las instituciones de la “democracia”, desde el parlamento al último cargo “representativo” del Estado (reforma laboral y reforma constitucional). De este modo, sin oposición, con sutileza, bajo la excusa de los números y de la economía (la crisis) y encima con todo el prestigio de la “democracia” y la constitución, se está destruyendo el horizonte vital de millones de inocentes sin que éstos tengan la oportunidad de clamar so pena de ser tachados de “violentos”, “antisistemas” o “perroflautas”. En esto último vemos también cómo el mercado sin escrúpulos morales que vivimos, es capaz de comprar a la prensa que en un sistema político-económico como el nuestro nunca podría preservar su independencia y su función de vigilancia hacia el poder. Así, teorías como el republicanismo de Pettit patinan, ya que no acaban de mantener, me parece, una visión integral de nuestro mundo en la que se señalen las conexiones entre la propaganda “estado-derechista-constitucionalista”, la “democracia” representativa y las oligarquías que lavando políticamente su cara pueden gobernarnos con mayor eficacia e imponer su afán de lucro al conjunto de los ciudadanos inocentes que se ven despojados de vivienda, sanidad, educación y futuro. No basta con garantizar que se pueda votar a un partido para que gobierne y defienda unos intereses públicos en una “divertida” y “amable” lucha de alianzas y traiciones que es llamada “política”. Porque por debajo de la política y de los políticos está la sociedad con sus habitus e inercias y, todavía más, la economía, como poderoso sistema o estructura que impone también habitus e ideologías.

Así, el elitismo de la democracia representativa que cree garantizar la salvaguarda de los derechos y de la justicia a golpe de elecciones y de ley no responde a la realidad de los hechos. Hay férreas fuerzas en la estructura social que gobiernan a los que nos gobiernan, salvo que, como tiene la oportunidad de hacer el 15M, identifiquemos a tales fuerzas y reorganicemos la vida política de un modo que pueda contrarrestarlas de verdad. Una ONG o la prensa libre no valen de nada como instrumento de participación ciudadana si por debajo de todo ello predomina el libre mercado salvaje y totalmente desregulado. Por esto, es condición previa a todo sistema político que se pretenda democrático regular la economía al menos parcialmente, como tanto he explicado en este blog y como defendió el prestigioso economista Luis de Sebastián casi al final de su vida. Esto no es, debo insistir una vez más, una propuesta que equivalga a planificar totalmente la economía y eliminar el mercado, sino que decimos, con Luis de Sebastián, que lo sensato es abogar por una regulación parcial de los sectores básicos para la supervivencia de los ciudadanos. Y en esto ha fracasado dos veces el PSOE precisamente por haber eliminado de su ideario político el marxismo y otras corrientes que ponían el dedo en esta llaga de nuestra democracia. En vez de esto, eluden el discurso democrático en cuanto éste implica una transformación de la economía de mercado y prefieren disertar en una superficie de vagos derechos sociales que no toca siquiera a quienes anegan el mundo de sangre y nos están robando, matando y humillando.

Con todo esto lo que quiero decir es que nuestra democracia tiene la virtud de conseguir que el poder del dinero en manos de unos  pocos (oligarquías, monopolios y banca) sea el que verdaderamente mande en España y encima lo haga con pulcritud y buena presencia. Así, en nuestro mundo al revés, el violento que condena al hambre y a la muerte e indignidad a millones de personas, desde su despacho haciendo números (como el nazi Eichmann), nos llama al 15M “violentos” y logra el aplauso, encima, de una ciudadanía convencida de que el poder que llega tras ganar unas elecciones es legítimo haga lo que haga y tiene carta blanca para hacer, de hecho, lo que quiera.

Desde esta perspectiva que muestra una enfermedad endémica en nuestra democracia, es que se nos plantea un dilema semejante a aquél que se le planteó a Eichmann (el ingeniero del Holocausto) o a Irena Sendler: ¿Hasta qué punto debemos colaborar con un régimen que de un modo tan sutil como eficaz asesina y maltrata? Uno puede convencerse de que lo sensato es no arriesgar y apostar por lo que hay. Pero resulta que ésa fue la opción de Eichmann, el cual se planteó su colaboración activa con la muerte de entre 6 y 8 millones de personas en campos de exterminio del mismo modo. No olvidemos que hoy se mata tanto o más, pero de manera camuflada. Hannah Arendt señala que lo único que tuvo que hacer Eichmann es no pensar seriamente y consecuentemente las implicaciones que tenía su acción en otros seres humanos. Y por otro lado, aceptar las reglas políticas y sociales de su sociedad nazi lo cual además le podía facilitar una buena vida de dinero y prestigio. Así, un régimen asesino, sin necesidad de tortura o amenazas convenció no sólo a Eichmann sino a millones de alemanes medios. Tan solo tuvieron que ignorar las consecuencias de sus opciones políticas y morales, máxime cuando la colaboración con lo que había les podía proporcionar beneficios morales y materiales (el Estado por ejemplo regalaba casas de judíos “desalojados”). Hoy día el equivalente sería quien hace negocio con la casa de un desahuciado, por ejemplo. O quien colabora con los antisociales, injustos e inmorales intereses de la oligarquía financiera española e internacional. El PSOE de Rubalcaba, por ejemplo, lo acaba de hacer. Ha eliminado de su programa electoral la dación en pago como manera de saldar una hipoteca. Esto es una sangrante injusticia cuya maldad reconocería cualquiera que se vea con familia, en la calle y con una deuda millonaria que le condene a mantener a los suyos con 600 euros al mes como máximo y perdiendo cualquier propiedad y ahorros que tenga. Así, el PSOE seguramente ha hecho prevalecer los pactos productos de la elitista y culta discusión entre partes propia de la democracia representativa, el juego de las alianzas y chantajes propios del poder político, para olvidar que antes que eso, se debe a la justicia y, por lo menos, a sus siglas. El PSOE demuestra la eficacia de la ideología “estado-derechista-democrático-representativista” (de la que también echa mano Esperanza Aguirre para descalificar al 15M) a la hora de permitir que quienes sin ser demonios ni satánicos enemigos del género humano sencillamente actúan sin pensar en las consecuencias de sus acciones y juegos económicos en pos del beneficio y el lucro (esa era la mentalidad del nazi Eichmann).

Por todo esto, cuando al 15M se nos tache de “violentos”, “antisistemas”, “fanáticos”, “maniqueos”, “antidemocráticos”, “delincuentes”, “irresponsables” etc., debemos sonreír porque será la prueba de que estamos dando donde hay que dar y como hay que dar. Entonces habrá que aguantar insultos, como llevamos aguantando difamaciones a derecha e izquierda, producto de ese poder “democrático” que mata con la cara bien limpia y sin mancharse de sangre (Libia, hambrunas, sanidad pública destruida, OTAN y base de Rota, especulación con la vivienda, etc.). El político representante está en un lugar social apto para olvidar a los que sufren y para auto convencerse de que es bueno pactar con el demonio. Así, en efecto, nuestro representante podrá decirnos que seguimos hablando de mal absoluto y de demonio. Entonces le responderemos que no creemos que el demonio exista, sino sólo que el demonio es aquél que pacta o cree pactar con el demonio. Es decir, ser agente del mal es simplemente cerrar un poco los ojos y transigir, por las razones que sean, con lo que el poder nos vende como democracia. Frente a esto, sigamos el rastro de gente tan buena como vulgar o contradictoria (Irena Sendler) para distinguir bien el rastro de gente que acaban convenciéndose de que el hecho de que el mundo sea gris (y no blanco o negro) los justifica para acabar siguiendo la senda de lo que Hannah Arendt denominó “mal banal”.

lunes, 3 de octubre de 2011

El mayor peligro para el 15M


Identifiquemos a quienes desde organizaciones ajenas al 15M o próximos a ellas, como son los sindicatos mayoritarios y los partidos políticos, van a intentar que nos aburramos y disolver el movimiento. Dirán cosas, fingiendo estar dentro, como "hay que ser prácticos", "no pedimos cosas concretas", "somos caóticos", "falta organización", "así no se va a ningún sitio". Intentarán evitar y desacreditar el activismo de calle y boicotearán si pueden el recurso de las distintas asambleas a la desobediencia civil (desahucios), por ejemplo, o dirán que el 15M es violento y fanático, acusándolo de tener un sesgo maniqueo en los análisis, discursos o documentos de las asambleas. Los “submarinos” subrayarán el carácter democrático de nuestras actuales leyes y policía, disminuyendo su factor coactivo como instrumentos de un poder bien compacto y definido (clase política y oligarquías). Dirán que cuando criticamos a los políticos, por ejemplo, se trata de “tópicos sobre la clase política”, o cuando cuestionamos la economía desregulada, las oligarquías o la ley en la España actual como instrumento de dominación de unos pocos sobre muchos, dirán que son ideas trasnochadas. Tampoco les gusta la palabra “ideología”, que precisamente incide en la función legitimadora de muchos de sus bellos discursos. Su estrategia va a ser llevar la discusión al terreno de la política evitando los temas económicos, es decir, a enriquecer y discutir sobre la libertad, pero mitigar los fenómenos de dominación económica que nos ha arrojado de hecho a la calle. Serán a veces personas de izquierda light que llamará a lo no light “fanatismo” o incluso “totalitarismo”. Jamás pondrán el acento en los elementos fuertemente totalitarios de nuestro Estado, el pensamiento único y el control de la prensa (para fundamentarlo más adelante  escribiré un post). Se tratará, en el fondo, del mismo discurso de la derecha pero más disimulado. Es discurso que antepone el orden de todo el  mundo en casita, calladito y votando cada cuatro años, a la verdad, la libertad y la justicia.

Ahora los agentes dentro del 15M procedentes de tales organizaciones sindicales y políticas van a aprovecharse de nuestro desconocimiento del activismo político, de la falta de memoria histórica acerca de cómo se las gastan en estas organizaciones, o simplemente de que nos vayamos cansando, o de alguna trifulca, para decirnos: "no sabéis hacerlo", "sois violentos", "sois ignorantes", para llevarnos sutilmente a la conclusión de que hay que dejar participar a los sindicatos y que ellos cobren el protagonismo. Van a querernos hacer creer que la receta es más de lo que hay y que lo que hay está bien (aun cuando nos hayamos opuesto a lo que hay bajo el lema no somos mercancía en manos de políticos y banqueros").

Digo esto como una especie de regla para detectar maniobras que surgiendo aparentemente dentro de asambleas o del 15M, respondan a los intereses de partidos políticos y sindicatos. Porque alguien con cargo o militancia activa en los sindicatos, se debe a su organización y es natural que trate de llevar a ella el 15M. Las cúpulas al menos de los sindicatos mayoritarios están compradas, pues abundan sus miembros con puestos en el gobierno, congreso de los diputados y Junta de Andalucía. Desde el sindicalismo se accede al poder político. Ambas esferas de la política representativa se intercomunican y no siempre en pos del bien común. Al menos esto último no está suficientemente garantizado en nuestras estructuras organizativas, a fecha de hoy. Precisamente, una posibilidad del 15M sería reestructurar el modelo de organización para evitar corruptelas, pero nunca podría apoyarse en lo que hay, que fue lo que ha originado nuestro dolor y sufrimiento como para salir a las calles. Hay cosas ya tan perdidas y podridas de las cuales es más seguro prescindir, y mantener un 15M que, en caso de optar por el sistema representativo, inicie su navegación con siglas propias.
Otro dato que nos induce a resguardarnos de la peligrosidad de las organizaciones sindicales existentes son las subvenciones y los cargos de liberado. Sería lógico tener liberados si éstos no se hubieran estado callando una década entera sobre el Plan Bolonia, los desahucios sin dación en pago y los desmanes de la Junta de Andalucía, por ejemplo. Puede haber gente honrada y buena, pero la estructura está copada y controlada por gente que hace que un sindicato se dedique a resolverte problemas y quizás ponerte abogados, pero para así convencernos de que el sindicalismo no está para ponerles problemas a los políticos y gobiernos. Suavizan los conflictos, pero no los erradican, porque los grandes sindicatos están hechos ya para mantener lo que hay, el sistema político y económico actual. Por eso, insisto, no nos valen. En internet abundan datos y noticias de escándalos protagonizados por estos sindicatos que pueden ser investigados, contrastados y creídos o no. Pero un hecho incuestionable es que el 15M ha surgido a espaldas de los sindicatos.

Un activismo de calle constante como el del 15M es, ciertamente, agotador. De hecho, también desde las organizaciones que tratar de infiltrarse y absorber el 15M se juega la baza del aburrimiento para decirnos: “¿veis? ¿Teníamos razón? ¡Dejad que nuestros liberados os resuelvan los problemas! Y algunos problemas se resolverán, pero muchos no lo harán, como por ejemplo los desahucios o el robo masivo que estamos sufriendo bajo el nombre de “crisis económica” al que los sindicatos han contribuido firmando la reforma laboral. Así, estos sindicatos o partidos de izquierda light se han dedicado a vivir de las rentas de lo que siempre comenzó y fue un contundente activismo de calle, pero ahora cuestionan el activismo de calle llamándolo, aunque sea justo y pacífico, "violencia", "ilegalidad", "desorganización", "antisistema".

Es de temer cuando un reconocido militante o dirigente o cargo o liberado de uno de estos sindicatos se nos acerca. Hay que mantener la reserva que no es equivalente a una purga o pureza revolucionaria, sino a que al lobo hay que verlo venir para que no nos muerda. El 15 puede hacer lo que le dé la gana, pero será efectivo si sigue ese activismo de calle que los “infiltrados” jugarán a mantener pero que en realidad buscarán frenar destrozando ánimos y esperanzas. No se trata de negar a nadie la entrada, pero sí de detectar cuándo alguien nos trata de manipular y oculta sus verdaderas intenciones y razones para defender la cosa que esté defendiendo. No hablo siquiera de culpar a la hipocresía o de ser intachable moralmente, sino de saber en qué lugar nos movemos. Estar atentos es un requerimiento epistemológico para entender la realidad en la que estamos. Pues eso.

En realidad sólo llamo a estar un poco sobre aviso, nada más. Sería para mí más cómodo pensar que todos son lo que muestran, pero la política, hasta la fecha, es muy sucia, al menos la pólitica contra la cual se alza el 15M. Las organizaciones funcionan con una suerte de razón estratégica y se defienden y justifican a sí mismas, por eso mi recelo. Sé cómo se las gastan en muchas de esas organizaciones y entra en su lógica querer absorbernos y desactivar la agitación callejera.

Las opciones son muchas. Puede ser que se opte por institucionalizarnos como partido, como sindicato o como otro tipo de organización. O seguir como plataforma de activismo en distintos frentes. Todas las opciones tienen su lado razonable y podrían llevarse a cabo. Debe, lógicamente, debatirse y en este sentido son buenas las críticas. Todo eso está bien y no me estoy pronunciando acerca de si el bueno o no entrar como partido propio en la lucha política institucional convencional. Podría ser que eso funcionara, no sé. Pero lo que me acarrea serias sospechas es que alguna persona que estando supuestamente dentro de nuestro movimiento que surgió como contestación a los banqueros y políticos que nos hacen su mercancía, ahora sugiera que tenemos que confiar en los susodichos políticos y siglas que nos sacaron indignados a la calle el 15M. Esta última opción huele a gato encerrado y nadie en sus cabales, y lo digo desde la más pura lógica y el sentido común, puede ahora venir diciendo que confiemos en  los partidos o sindicatos existentes porque ellos sí están organizados, formados y luchan con armas efectivas. Si algo es evidente tras el 15M es que gran parte de la ciudadanía ha dado la espalda a unos sindicatos que nos han dado la espalda durante décadas. No puede ahora alguien ver una extraña luz y querer convencernos de que CCOO y UGT están para hacer lo que pide y quiere el 15M. Si vienen a opinar, que vengan, pero sin trampa ni cartón.

Si una autocrítica esgrimida desde el seno del 15M implica la conclusión de que lo que hay está bien y que la receta es más de lo mismo se trata de una peligrosa crítica destructiva y de una impostura. El 15M no puede lógicamente llegar a la conclusión de que debe disolverse y retornar a casa para votar cada cuatro años y confiar en profesionales de la política. O sea, si la solución al daño que nos sacó a la calle es que volvamos a confiar en las leyes y la democracia representativa y, sobre todo, en los políticos actuales del régimen bipartidista, esa crítica es una manipulación interesada formulada bajo un principio de estrategia y de instrumentalización del 15M. A partir de aquí, hecha esta advertencia, por supuesto debe haber autocrítica y disparidad de opciones. Pero ojo con muchas formas de criticar que tienden a mermar la confianza y el empoderamiento de la gente humilde que no hemos tenido más remedio, ante el expolio y la injusticia, tras años de paciencia, que salir a la calle. Y conste que en el 15M no todo son críticas negativas, sino que desde el principio hay propuestas muy concretas, razonables y factibles que ni PP ni PSOE hacen porque no quieren. Ante esto, hagámonos partido, sindicato o plataforma legalizada, y sigamos el activismo de calle, sigamos creciendo, con aplomo y tenacidad, pero no concibo que a estas alturas se le ocurra a nadie que la solución es integrarse desapareciendo y siendo absorbidos por los comités y subcomités de los susodichos partidos o sindicatos.