jueves, 3 de noviembre de 2011

El sujeto como escultura de la filosofía.


Para Séneca o Epicteto la filosofía adquiere todo el estilo de una tarea educativa y terapéutica. Foucault destaca ambos aspectos. El segundo, que nos remite al modelo de la medicina que para Foucault es recogido en algún texto de Galeno, es capital en la lectura que la norteamericana Martha Nussbaum hace del estoicismo y las escuelas helenísticas. Yo he descrito este modo de obrar o labrar el sujeto propio de una filosofía entendida como cura porque consiste en una organización de las pasiones, representaciones y juicios del sujeto, que, como dice Foucault, transfigura el mal en bien. No es que Séneca sea tan tonto que no vea que el mundo está lleno de males y peligros. Al contrario, lo que hace es un tratamiento mental o racional de las representaciones que nos hacemos para que el mal se convierta en aliado en el fortalecimiento del sujeto, en su preparación. Así, el cuidado de sí significa que el hombre debe estar alerta toda su vida y aceptar la vida como prueba, obteniendo el dominio de sí mismo, es decir, asir las riendas de sí mismo, su auto-gobierno.

La filosofía es un trabajo constante en uno mismo desde la perspectiva helenística por el que se da una suerte de desdoblamiento en el sujeto que puede estudiarse con cierto distanciamiento a sí mismo, corrigiendo hábitos con determinados ejercicios y con la meditatio. Meditar, en el sentido romano, es poner a prueba, ejercitarse, estudiar acciones y las consecuencias de los pensamientos que uno tiene y de las apuestas intelectuales o morales que asume. En esta meditación, y aquí está la conexión con la sensibilidad filosófica de Foucault, el sujeto se configura o incluso, dice el francés, se hace. Lo que pretende el estoico es crear al sujeto mediante un obrar reflexivo en el mundo. Frente al modelo socrático-platónico más intelectualista del “conócete a ti mismo”, que entienden ambos como un trabajo en su mayor parte solamente intelectual, de búsqueda diríamos epistemológica de la verdad, o el modelo moderno-cartesiano del sujeto que medita adoptando un método que le garantiza el acceso a la verdad, un método para un sujeto ya hecho, ya presupuesto, en el estoicismo no existe tal sujeto que capta tales verdades. El movimiento es al contrario. Es la verdad la que crea su sujeto para ella, la que exige un tipo de sujeto. Por tanto, la verdad no es un eidos como incluso reaparece en Husserl, sino un movimiento; un flujo de representaciones. Del mismo modo, no hay sujeto estable o fijo, no hay substancia, sino que hay, también, un movimiento. Para el estoico será la mirada bien enfocada la que mira hacia delante y al presente de este flujo, para encauzarlo en adelante. Del pasado y de la memoria nos llegan los malos hábitos y la materia prima con la que contamos. En cambio, la mirada socrático-platónica se focaliza en la memoria, en el pasado, siendo la meditación una rememoración que aspira a lo estable.

El universo estoico es, pues, un mundo sin fundamentos, como señalaba yo en mi artículo en 2005. Y un sujeto sin fundamentos que conecta con el desfondamiento del sujeto en Foucault; y un ethos como cuidado de sí porque sí, sin más finalidad que el propio cuidado de sí mismo. El filosofar estoico es un labrarse a sí mismo dirigido al existente, realizado por el existente. Hay en Séneca, por tanto, una carencia de fundamentos, basamentos o suelos de ningún tipo. Se aleja del sustancialismo platónico y aristotélico, incluso en la idea de Dios que parece desprenderse de sus textos, dice Foucault. Diría, y esta etiqueta la pongo yo asumiendo todos los riesgos, que estamos ante un pensamiento existencialista que en mi libro completaba un capítulo precedente dedicado, precisamente, al existencialista Albert Camus. Ambas corrientes conectan en cuanto a la dinamicidad y al desfondamiento de mundo y sujeto, hay un componente materialista en todos aunque con distintos matices, una inmanencia por la que en lo que llamamos sujeto no hay nada que no sea mundo y por tanto pura temporeidad y dinamicidad no sustancialista. Este asunto lo voy a retomar en un próximo post al hilo de la lectura crítica que de Aristóteles hace Zubiri. Volverá a salir también el tema cuando nos dediquemos, en próximos meses, al estudio del Heidegger de El ser y el tiempo. Como pregunta que ya veré en qué grado es o no pertinente, la posible huella o trasfondo gnóstico en Heidegger que lo diferencia, acaso, de Zubiri. Ya veremos. Tal vez deba volver a la lectura del tan desconocido como genial teólogo católico Lafont para cruzar tales sendas. Por cierto, la teología más mundana y monista que he conocido jamás, y que tal vez llega incluso adonde mi adorada Teología de la Liberación no llega. También digo lo mismo: ya veremos en próximos meses.

Volviendo a Séneca, destaca Foucault a partir del diálogo De providentia la idea de la vida como ejercicio, como prueba. Tomarse todo así es lo propio del filósofo, es decir, tomarse los avatares de la existencia como pruebas. Pero frente a la aportación cristiana de que la existencia es una prueba para ganar la vida eterna o el otro mundo, en Séneca hay una tan terrible como elegante carencia de finalidad. El sujeto o filósofo debe prepararse… para nada. Eso es lo que marca el diferente estilo de morir que tuvieron Sócrates (ilusionado dualista aunque muy escéptico e irónico, como siempre, al morir en el Fedón) y Séneca (que se deja morir tan calmo como sin esperanza). Esto también lo expuse en mis trabajos anteriores al respecto porque lo había visto María Zambrano en su genial libro sobre Séneca que yo entonces elegí como guía para mi interpretación del filósofo cordobés.

Este cuidado de sí que busca tan solo el auto-gobierno frente a los males del mundo es, ya lo habréis adivinado, una labor educativa. El segundo aspecto que también destaca, más que el terapéutico, Foucault en Séneca. La filosofía como educación, como un dejarse educar por el mundo sabiéndose mundo pero mediante ejercicios y meditatio activa (el monacato cristiano hablará del ora et labora), haciéndose dueño de sí, o sea, creando el sujeto responsable (que responde a). Este movimiento es un movimiento que en post anteriores he llamado, usando el conocido término orteguiano y zubiriano “respectividad”. Es la presencia del otro como condición de posibilidad del sujeto (persona). Así, yo aludía a esto contando mi conversación en Barcelona hace una semana con el profesor López Herrería y otro compañero. Aludía a este sustrato móvil y anterior a todo sin el cual no hay ni siquiera sujeto o persona: el otro, la alteridad, lo que no soy yo pero sin lo cual no soy yo. Este es el punto en el que esta filosofía se aleja del aristotelismo más sustancialista (a pesar de todo el reconocimiento de la necesaria y constituyente relación con los amigos y la ciudad que me recordaba un colega que existe en el Aristóteles de las Éticas). La filosofía sería, desde la perspectiva estoica, el proceso por el que se construye el sujeto, literalmente. Es decir, sería educación. Una, dice Foucault, tekhne tou biou (arte o técnica de la vida, del vivir) que cubre los espacios que ni siquiera la religión antigua pagana, las leyes, la paideia o el Estado cubrían.