Desde hace unos pocos años y con mucha fuerza ahora, cuando el modo de totalitarismo tan anunciado por él se está en efecto apoderando del mundo, existe la tendencia a retornar al sugerente pensamiento de Th. W. Adorno. Hay aspectos en la realidad, en nuestro tiempo, que instan, creo, a emprender una relectura de la primera generación de la Escuela de Francfort, con la ventaja de que disponemos de los hechos históricos acaecidos tras su muerte en 1969. Debemos estudiar la evolución de la singular escuela filosófica prestando suma atención a Habermas. En esto hay, me consta, numerosos filósofos trabajando en España. Así, en los cuatro años de edad que recientemente cumplió este blog, han sido bastantes veces las que me he referido a esta perspectiva filosófica, resaltando y defendiendo la necesidad de un retorno a muchos de los planteamientos y estilos del filosofar propios de Adorno y sus colegas frankfurtianos.
Incluso en un campo en el que me muevo profesionalmente, como es la pedagogía y la teoría de la educación, sé que hay algunos autores que en España han mirado al filósofo alemán para diagnosticar y “curar” a la educación que se viene realizando, comprendiendo parte de lo educativo en clave adorniana. Yo pienso que es una buena línea que en la actual investigación educativa y filosófica hay que seguir. El surgimiento del 15 M me confirma esta impresión y me apremia a llevarla a cabo. Por eso, me encuentro releyendo y leyendo escritos de Adorno, muchos publicados por la editorial Akal a partir de la edición crítica alemana de Tiedemann. Además de esto, para cualquiera que desee ubicar bien la filosofía de Adorno, es muy recomendable la lectura del libro de Susan Buck-Morrs sobre el origen de la dialéctica negativa.
Diría que urge retornar a este enfoque ante la barbarie que se ha instalado en nuestro mundo y que se avecina casi con total seguridad si no hacemos algo. El 15 M es, precisamente, ese hacer algo en un nivel colectivo, de sana y justa militancia y activismo de calle. La figura de Adorno nos remite al papel que pueden jugar los intelectuales, que no están libres de las contradicciones y ambigüedades que empañan a toda nuestra sociedad. En mayo del 68 muchos estudiantes parece que echaron en cara a Adorno su estilo de militancia “monacal”, en el retiro propio del intelectual, realizando la revolución al modo de una hermenéutica de los objetos artísticos o trozos de la realidad social, siendo fiel al arte y mediante el seguimiento intelectual de los lugares de la realidad donde se expresa la verdad social.
En su época más madura, adoptó una peculiar inspiración marxista cuyo método denominó “dialéctica negativa” pues como señalé en el post anterior sobre este pensador, su objetivo no era lograr superaciones ni síntesis, sino justo sacar a la luz las tensiones (sociales) que son albergadas por los objetos, destacando las tensiones irresolubles subyacentes en una especie de profundidad o aura que él leyó en términos materialistas y dialécticos de un modo menos místico y pseudorreligioso que como lo hacía su maestro Benjamin. Adorno quizás sea el continuador del Benjamin de su extravagante último trabajo: Libro de los pasajes. La idea de una hermenéutica que fije la mirada en lo casual, en lo fragmentario o en lo roto es de clara inspiración benjaminiana. Es en lo que, como ocurre según Freud en los sueños, carece de importancia donde reside lo más importante, en lo que se expresa el todo social como trama ambigua y contradictoria. Pero los opuestos que se contradicen no se subsumen jamás en síntesis afirmativas, sino que permanece la negatividad como tal, lo incompleto como incompleto.
Los opuestos tampoco pueden ser entendidos aisladamente y fuera de la oposición, de la tensa relación con el contrario. Esta situación que se repite con mil facetas en el arte, por ejemplo, requiere de una mirada capaz de captarla, de captar la imagen dialéctica o figura en la que el objeto se define por una tensión entre elementos contrarios. Este conocimiento, a diferencia del conocimiento metódico de la modernidad cartesiana, es por un lado, fugaz, porque la imagen que después intenta ser reflejada con palabras (las palabras del intérprete o crítico) brilla apenas unos segundos como un breve relámpago. Y, además de esto, para comprender el objeto y su aura (social) el filósofo debe sumergirse en el mismo y dejar que hable. No hay método a priori sino un método concreto a posteriori en función de cada objeto. Por esto, a diferencia de la filosofía más cartesiana o cientificista, no se aporta un método siempre igual e infalible para el hallazgo de la verdad social que subyace a cada objeto producido por nuestro mundo. Lo que intenta hacer Adorno sería algo así como escuchar lo que cuentan o portan las cosas, tal como se ve obligado a hacer quien mira un cuadro de Van Gogh por el propio cuadro. Este pintor, como torpemente intenté comentar en algún post de hace tiempo, nos enseña el aura, nos la pone delante de la cara, como una bofetada.
Frente al misticismo de Benjamin, Adorno adoptó una actitud más racionalista. Es decir, la renuncia a una racionalidad positivista o a su pareja, idealista, ambas típicamente modernas, no implica en el filósofo frankfurtiano una renuncia a la razón. Sólo que la razón debe obrar mediante aproximaciones camaleónicas, oblicuas y parciales cuando desea captar la verdad del objeto. Adornó criticó con contundencia al irracionalismo, que tachó de burgués. En el caso de la dialéctica negativa lo que se hace es resaltar el elemento de no-ser que hay en cada supuesta identidad. El pensamiento moderno piensa cosas e identidades. En cambio, para Adorno, se trata de captar las sombras, las grietas y fisuras en la apariencia de todo, para acceder a esa dimensión profunda en la que se nos revela la verdad social, la verdad de una sociedad veteada de tensiones insuperables.
Adorno estudió la relación sujeto-objeto en el pensamiento moderno y resolvió las aporías a las que conduce. Dichas aporías no son un problema formal o intrínseco a la razón, sino un problema social. Adorno resalta que la filosofía formal y el idealismo adolecen de ceguera en la medida en que resultan incapaces de captar su dimensión histórica y social, su materialidad. Así, señala la materialidad de cada uno de los elementos más formales de la filosofía crítica kantiana. En general, las aporías irresolubles de la modernidad lo son porque la modernidad parte justamente de la escisión insalvable entre el sujeto y el objeto. En esto, al leer a Adorno he recordado vivamente al Lukács de Historia y consciencia de clase (libro que comenté en una serie de posts hace meses en el presente blog). La preocupación de ambos, Lukács y Adorno, es precisamente resolver esta dicotomía entre el sujeto y el objeto conectando ambos.
Adorno muestra en Dialéctica negativa que incluso el existencialismo y la filosofía del ser de Heidegger continúan atrapados en esta escisión cuyo origen es histórico, ya que obedece, como señalara Lukács, a una escisión en el seno de la sociedad y de la economía. El burgués no puede sino pensar al modo idealista cediendo a las fantasmagorías y proyecciones del sujeto (o de las cosas aisladas del sujeto en la versión positivista del pensamiento burgués). Heidegger hipostasia y sublima esta realidad, este carácter aislado de las cosas y del sujeto. En el pensamiento del ser o el existencialismo Adorno encuentra esta enfermedad de la modernidad, a pesar de la crítica que el existencialismo o Heidegger intentar hacer de la modernidad. En realidad, los fantasmas típicamente modernos están en sus filosofías. Adorno cuestiona el ser como una abstracción vacía, creo, al estilo que el noúmeno kantiano, que es elevado y que ejerce de fundamento aunque Heidegger lo niegue, aunque Heidegger niegue todo fundamento y metafísica en su “pensar el ser”. Las nadas existentes en la realidad social e histórica son elevadas también a fundamento y asociadas como una sola “Nada” que se engarza con el ser, lo cual viene a cuento, según Adorno, por el nihilismo propio de un mundo de cosas que en su aislamiento se han aislado aún más y alambicado, quedando el ser de las cosas como las cosas sin las cosas y el fondo (social) de las cosas como misterio. En el lenguaje de Heidegger esto sería la diferencia ontológica entre el ser y el ente. La cosa y su misterio. Adorno discrepa en Dialéctica negativa de la heideggeriana diferenciación entre ser y ente.
Para Adorno existe un mundo en el que el sujeto piensa con categorías sociales a partir de los contenidos que le proporciona su sociedad. Así pues, no hay una contingencia del sujeto ni libertad en abstracto al estilo de Sartre. Esto es un interesante materialismo que tiende las manos a la filosofía de la realidad histórica de Ignacio Ellacuría y en cierto modo a Zubiri. El intento de Heidegger es el de un hipotético situarse fuera del mundo, según Adorno, para captar la revelación de algo que se define, como el Dios de la teología negativa, por su carencia de definiciones y de contenidos. Creo que esta es la inercia gnóstica que algún teólogo más inmerso en el mundo que Heidegger y su Dasein, le ha señalado. La sociedad, como dice Ellacuría, es una dimensión presente en el pensar, que nunca es un pensar puro capaz de revolotear por un éter ajeno a la sociedad. La idea de Ser de Heidegger, en su indefinición, en su negativa a ser conceptualizada, es un fantasma, según Adorno, que aunque aparece en el mundo, lo hace ante un Dasein cuyos existenciales y cuya historicidad es una sublimación de elementos y contenidos histórica y socialmente determinados. No puede haber fuga de la historia como si pudiéramos mirar a la historia a partir de un punto situado fuera de la misma (Ser). La verticalidad que nos atraviesa no es, según Adorno, ontológica, sino histórica.
Adorno se salva de la acusación de objetivista o de haber caído en el oscurecimiento del ser y del chapoteo de los entes olvidados de su origen (como le reprocharía el arcaísmo heideggeriano). Se salva, digo, porque su defensa del mundo como realidades tangibles, del ser como algo que adopta una forma concreta, mundana, sin que sea más que eso, no implica otro error de la modernidad: el postivismo. Adorno no ve “hechos” o “datos”, sino un mundo como objeto, objetivo, en el que se da una profundidad social que aparece también en el sujeto que intenta interpretar el mundo (no tanto explicarlo científicamente, causalmente, en lo que se refiere a su aspecto factual de superficie). En Adorno se da lo fáctico no factual, en lo que se da lo subjetivo, no al modo kantiano del sujeto que proyecta, sino del sujeto como tarea o labor hermenéutica que puede hacer que se visualicen elementos históricos ocultos (posibilidades no realizadas, que diría Ellacuría).
Así, puede hablarse de no lugares desde un lugar concreto (utopía) y también señalar elementos que bloquean algunas de esas posibilidades semiocultas (ideologías). En esta concepción confluyen dos autores para mí muy queridos: Adorno, por un lado, y Ellacuría, por otro lado. La utopía se alza como un horizonte compuesto del presente, a partir del presente y de la configuración histórica en la que estamos. La utopía es un camino a medias limitado y a medias posibilitado por la misma materia histórica. Esta materia nos compone y también limita (aspecto negativo) y posibilita (aspecto positivo) el pensar, la filosofía. La filosofía sería la tarea que capta las profundidades de lo real en lo real y las expresa, pobre y torpemente, con el no menos profundo y ambiguo lenguaje (concepto). Sobre esto último, Benjamin desarrolló una teoría del nombre y del lenguaje de inspiración judía cabalística que en Adorno llega filtrada por el marxismo, eliminando los residuos teologizantes del estilo benjaminiano. Benjamin veía el lenguaje como producto de una caída y por tanto, frente a la palabra adánica, un medio de referirse al mundo cuya relación directa con el mundo se ha perdido. Así, sólo nos queda, para comprender al mundo, lo poético y la retórica en un sentido que Adorno sí veía bien. No se trata tanto de la retórica tan vilipendiada por la filosofía en todos los tiempos (actitud aristocrática según Adorno y por tanto de origen social) sino la retórica como la extracción de todas las posibilidades de la palabra, que es exprimida una y otra vez para arañar lo real.
A diferencia de la hermenéutica de corte más gadameriano, en Adorno siempre hay un mundo objetivo que debe ser alcanzado y cuyo alcance, precisamente, significa haberlo escuchado, haberse dejado moldear, miméticamente, por él. No es un mundo deshistorizado y convertido en segunda naturaleza, lo cual quiere decir un mundo de cosas y estático, sino un mundo en el que su historicidad se desbloquea y puede expresarse bien. El filósofo debe captar lo histórico y social como profundidad de lo real, en el arte por ejemplo, que no condiciona sino que, todavía más, constituye a las cosas. Esto es posible mediante una razón que impugne y saque diferencias de lo idéntico, de toda suerte de identidades. Es un punto en el que he visto que Adorno se acerca al pensamiento de la diferencia de Derrida y Deleuze. En cuanto que Adorno asume una perspectiva un tanto nihilizante, disolvente (dialéctica negativa) contraria al pensamiento que piensa identidades, en efecto, se aproxima a otras corrientes curiosamente herederas de su muy denostado Heidegger. Esta aproximación entre una tradición postheideggeriana y la Escuela de Frankfurt es un bonito campo para ser revisado e investigado, como me consta que algún buen investigador está haciendo en nuestro país. Se pueden comparar ambas tradiciones y confrontarlas. Seguro que salen cosas buenas.
Sin embargo, Adorno jamás acepta un sujeto como Dasein y algo así como el Ser heideggeriano, que parecen elevarse sobre el mundo. Acusa al Dasein de no ser realmente histórico, de no estar verdaderamente arraigado en el mundo y al Ser de constituir una constante y volátil impugnación sin contenido del mundo. El Ser sería un simulacro de fundamento que justifica una actitud aristocrática en la filosofía que pretende eludir problemas nacidos de la escisión moderna entre el sujeto y el objeto mediante la supresión de elementos del sujeto y del objeto. El pensamiento de Heidegger en estos casos parece más bien una hipóstasis constante, una destilación que deshistoriza lo que toca. Es lo que yo he visto como un cierto pathos gnóstico (me parece que lo resaltó también el teólogo más materialista que conozco: Lafont), la búsqueda de una pureza cuya garantía es su elitista desvinculación con la materia (Ser) y desde esa pureza accesible a unos pocos (existencia auténtica) actuar en el mundo dejando que irradie en él. El mundo es visto como caída, como lugar de olvido del fundamento entendido como origen. Tanto esta estructura gnostizante de pensamiento como los contenidos que de manera soterrada, consciente o inconscientemente, se le cuelan a Heidegger en sus obras, apuntan a un origen más bien histórico de su filosofía.
La historia, como ámbito o dimensión de realidad, actuaría como una suerte de marco trascendental inmanente, porque dicho marco no deja de ser el mismo contenido. El marco sería todo el cuadro. El marco y el contenido es lo mismo, la materia y la forma, para Adorno y para Ellacuría. Con esta salvedad sí podríamos hablar de un trascendentalismo inmanente que se ubica en la relación entre un sujeto y el objeto, en el diálogo de ambos o mejor aún, el engarzamiento mutuo. Lo que posibilita este nuevo modo de pensar que supera algunas aporías modernas y callejones sin salida filosóficos es el tipo de relación dialéctica que Adorno halla en la relación entre el sujeto y el objeto, al modo de Lukács, relación que para darse y engendrar un pensamiento no aporético debe partir de una sociedad sin escisiones. El modo de verlo de Adorno es típicamente marxista, a diferencia, hay que resaltar, del modo zubiriano que tiene Ellacuría de entender esta relación entre lo subjetivo y lo objetivo. Para Ellacuría la dialéctica en un sentido hegeliano-marxista sólo capta algunos aspectos, los que son propiamente dialécticos, en lo que él llamó “realidad histórica”. Son, y en esto sí hay conexión con Adorno y Lukács, los contenidos de la historia donde se dan las posibilidades y donde se ejerce el pensamiento que a su vez viene de ellos. Para Adorno la filosofía, en un mundo escindido como el nuestro y con la conciencia atrapada por la realidad escindida, ha de hacerse con el cuidado y la dificultad propia de una dialéctica negativa, exprimiendo las palabras en textos tan llenos de paradojas como son los de Adorno. Así, el medio retórico por excelencia para expresar el mundo sería, según Adorno, la paradoja, aplicada a fragmentos de la realidad.