sábado, 31 de diciembre de 2011

Visitantes del blog en los últimos años.  

Éxito total de visitas en el año que hoy termina. Récord en visitas totales, visitas únicas y sensible aumento de visitas que repiten.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Sobre tecnología y ciudades.


Gran parte de la humanidad ha desaparecido para siempre, al menos, en lo que se refiere a dejar huellas. Es una ingente humanidad tribal y paleolítica de la que, por mucho que se investigue, sigue sin saberse apenas nada. La humanidad de la que hemos de suponer que si poseía el mismo afán inquieto de todos los seres humanos no se estuvo quieta nunca. De su larguísimo tanteo, con la lentitud de siglos que requiere cualquier hallazgo tecnológico de lo que se ha llamado Neolítico, siguiendo etapas de las que nada sabemos, se hizo sedentaria entre el 9000 y el 7000 a. C. De las regiones donde esto se puede estudiar mejor es en Oriente Próximo, en la llamada Mesopotamia por los griegos, en torno a los ríos Tigris y Eúfrates, en el actual Irak. Sin embargo, nada en la geografía ni el clima de la región parece contribuir a lo que vino, a la insólita proliferación de gente y de aldeas. Así lo manifiesta el historiador Georges Roux en su obra Mesopotamia. Historia política, económica y cultural (Akal, Madrid, 2002).

Contra lo que a veces se dice, hay regiones mucho más propicias a la agricultura y que poseían mejores condiciones materiales para producir asentamientos grandes humanos y un uso intensivo de la agricultura. Según algunas investigaciones, incluso parece que algunos granos se importaron a la región por parte de emigrantes procedentes de otras zonas que hoy aún no han podido determinarse. Lo insólito es la explosión demográfica y la explotación agrícola y ganadera cuantiosa que se dan en distintas zonas de Mesopotamia. Si en efecto la región ni siquiera proporcionó los cereales de manera natural hasta que éstos fueron traídos de otras zonas desconocidas, si además había que sufrir calurosísimos veranos de 50 grados y el riesgo en invierno de tempestades y destructivas inundaciones, si la desembocadura de los ríos es un inmenso cañaveral pantanoso de casi estériles marismas, si la tierra requiere especiales cuidados para no salinizarse rápidamente y convertirse en estéril… repitámoslo: ¿Por qué aquello se llenó de aldeas que llegaron a constituir las primeras grandes ciudades de las que se tengan hoy día pruebas materiales? ¿Por qué se concentró tamaña población justo allí y no en las regiones más amables climatológicamente y más propensas a producir cereales o incluso árboles y bosques? La madera hubo de importarse, así como el marfil, la obsidiana e incluso el sílex. Esto evidencia al menos una cosa, que desde la más remota antigüedad, los asentamientos humanos, los primeros asentamientos, se hallaban en estrecha interrelación con otros pueblos hoy desconocidos, con los que sin duda se comerciaba para obtener estas materias indispensables. Las más antiguas civilizaciones pudieron darse porque había intensas relaciones comerciales a lo largo de distintas rutas con otros pueblos. 

Una evidencia que parece que nos acompaña desde los orígenes es el culto a los muertos y las distintas formas de religiosidad. Los pueblos más antiguos dan muestra y han dejado huellas evidentes de una profunda religiosidad asociada a la muerte y a la fertilidad. Como afirma Roux, en Oriente Medio la sensación de estar sujetos a las veleidades climatológicas produjo seguramente una rápida necesidad de controlar los cambios imprevistos que afectaran a las cosechas. Así, el hambre y la muerte, la inseguridad en relación con ello, dieron forma a los estilos más arcaicos de religiosidad. La sensación de aquellos hombres era tal vez la de ser llevados por algo, de estar sujetos a designios ajenos y superiores. Tengo que decir que esto no es más que ideas que me ha sugerido la lectura del mencionado libro y que la religiosidad más antigua merece un estudio serio histórico. Uno de los temas humanos más estudiados es, creo, el de la religión. Habría que ir a muchas buenas obras existentes para seguir “imaginando” las vivencias y sentimientos religiosos de aquella lejana gente. Atendiendo estrictamente a objetos materiales, sí hay fuertes indicios de una preocupación por aspectos venerables del universo, de los que los hombres se sentían, además, dependientes. Este impulso religioso propio del hombre podía no haberse dado. Cabe elucubrar con una humanidad más “presentista”, más satisfecha con lo dado, que no hubiera necesitado mitos ni religión. Pero esa humanidad no es la nuestra. El hombre se ha sentido de algún modo imperfecto y ha apuntado a un cierto plus, a algo añadido a la realidad más inmediata, bien sea un plus mundano (animismo, panteísmo) o ultramundano (dualismos “sobrenaturalistas”). Esto ha venido dado quizás por el ciclo de las estaciones, por la muerte y por las tan esperadas como inciertas cosechas cuyo fracaso significaba la muerte de miles de individuos. En fin, pospongo este asunto fundamental para cuando emprenda las necesarias lecturas que se reflejarán es sus respectivos posts en este blog.

La importancia de la religión en las culturas paleolíticas y neolíticas produjo en los primeros centros de población considerados ya propiamente ciudades la erección de templos muy rústicos primero y cada vez más complejos. Parece que en torno a los templos de adobe y a una antiquísima casta sacerdotal se organizó la economía agrícola de las muy primeras civilizaciones en Oriente Medio. El poder social y político emergió del poder o carisma religiosos. Así fue en los pequeños núcleos, pero cuando aparecen las primeras ciudades, siendo Uruk la primera “gran” ciudad en Sumer (antes hubo tres más pequeñas con una conocida industria de la alfarería y ya importantes desarrollos tecnológicos). En torno, pues, a lo religioso, se dio un cierto estilo de jefatura organizativa. Los templos se encargaban de guardar los excedentes y de distribuir el grano, así como de dirimir soluciones para conflictos con las lindes y organizar la construcción de canales y regadíos. Pero en Uruk ya hay un poder político distinto del religioso. Es la figura del rey que se legitima como investido por la divinidad (no como una divinidad, al estilo egipcio). En la creencia de aquella gente, era un hombre al que un dios otorgara la responsabilidad de velar por el bien y la justicia. Es así como durante milenios la humanidad justificó el poder de los reyes. En la Biblia, de hecho, en algunos salmos (escritos varios cientos de años más tarde), aparece la figura del rey como una figura protectora cuya misión es proteger al débil y evitar los abusos de los fuertes a los débiles. 

Es resaltable el halo sagrado con el que desde aquellos orígenes de la civilización se revistió el poder político. El magnetismo de lo considerado sagrado y del impulso religioso del hombre se canaliza hacia una institución concreta. Así, la relación de los hombres con los reyes era al modo paternalista infantilizante con el que se veía cualquier hombre frente a las tempestades o las hambrunas o fuerzas naturales. Se canaliza, pues, la dependencia a algo sagrado existente en la naturaleza hacia algo social sagrado. Es un aura que parece no desaparecer y que incluso hoy se podría uno atrever a identificar en el prestigio y la veneración admirativa irradiada por las actuales monarquías o por la clase política. Este tema ha de ser desarrollado y espero abordarlo pronto en algún post. Quizás el poderoso ha disfrutado siempre de esta erótica, aunque en lo que respecta a los discursos, hoy se esfuerza, en la versión “democrática” del actual mundo capitalista, por simular que es un nadie. Pero por mucho que se idealice la relación con el poderoso como relación con un igual, nunca lo es, y operan fuerzas en sentido contrario, en el sentido de la diferenciación y definición de una clase política con habitus y manejos particulares de la misma. El poder nunca es concreto. Si vamos a lo concreto entendiéndolo como plana desnudez del dato, un poderoso no es un poderoso. Su poder desaparece fulminado por la mirada pulverizadora del científico, que es el otro poder que hoy hace mella al político. De hecho, el poder es una cuestión abstracta que parece irradiar de una relación especial, de un halo que se coloca en un nadie en una situación, en un lugar donde todos miran y se admiran. Por el poder, un hombre deja de ser un hombre. Se le añade el plus con el que también juega la creencia religiosa, ese plus que todos parecemos buscar y pretender hallar en la realidad. Y esto ya se ve en las primeras ciudades de la antigua Mesopotamia. Creo que este encantamiento sigue muy presente en nuestras sociedades supuestamente desencantadas y que incluso a veces es la burocracia la que oficia esta liturgia. Mucho de lo que se ha secularizado en nuestro momento histórico es una extrapolación de lo sagrado de un ámbito a otro (por ejemplo, de la Iglesia al Estado laico). 

El poder se fue especializando en el culto, por un lado, y en la política, por otro. A cambio de la protección, los reyes cobraban impuestos y empezaron a organizar la economía. Esto ocurrió en el único lugar del mundo en aquella fecha en el que un hombre se cruzaba con desconocidos a diario, algo insólito para la gran mayoría de la humanidad. Estos hombres, los sumerios, hablaban una lengua de origen y familia desconocida (diferente de las lenguas indoeuropeas y semíticas que se hablaron posteriormente en Mesopotamia). Inventaron la escritura, que se fue estilizando desde primitivos ideogramas hasta la escritura cuneiforme en la que un signo expresa más o menos sílabas y a veces palabras o desinencias para las lenguas semíticas (acadios), que sirvió sobre todo para fines organizativos, para la compleja logística de una ciudad, para la recaudación, distribución y control oficial de los bienes. Escribían en tablillas de arcilla y el dominio de la escritura era propio de una casta de escribas que tenía escuelas situadas en templos, palacios o en calles como escuelas privadas. Se han excavado algunas, que aun tenían sus bancos de arcilla y tablillas con ejercicios escolares. Hay algún texto que habla, aunque con tono satírico, de una terrible disciplina e incluso de “tráfico de influencias” y favoritismos.
Pronto la escritura produjo también bellos textos literarios. La cultura sumeria y en general mesopotámica nos ha llegado en gran parte gracias a cientos de miles de tablillas que se guardan y que todavía deben descifrarse en su gran mayoría. Las epopeyas e historias sagradas y profanas de la vieja Mesopotamia están pulcramente traducidas y comentadas críticamente por dos grandes especialistas en una obra de la editorial Akal que he adquirido hace unos días, a partir de tablillas del primer periodo babilónico. Una joya que pienso leer despacio para proseguir mi intento de confrontar mi presente con aquel pasado, estudiando los mitos y narraciones que produjeron hacen tantos años los hombres que empezaron un camino de la humanidad que hoy seguimos andando aunque sin saber decir si fue algo afortunado o detestable. 

Alguien podría preguntarse por el sentido de ir a esta gente y no a nuestros “padres” griegos, mucho mejor conocidos y que alcanzaron finalmente logros mucho más altos. En realidad, de una civilización complejísima, con varias lenguas y periodos, finalmente sólo pasó a la tradición occidental griega que nos ha determinado algún texto de magia y de astrología, ambas muy desarrolladas en Mesopotamia. En efecto dieron gran importancia a la magia, elaborando complejos rituales y técnicas de adivinación que se guardaban celosamente en bibliotecas de tablillas de arcilla. Pero además llegaron a grandes logros en matemáticas, química, astronomía. Bien es cierto que, según Roux, no hicieron síntesis unificadoras del saber ni teorías básicas o búsqueda de principios, lo que dotó a su conocimiento “científico” de una cierta dispersión y una miopía pragmática incapaz de una comprensión global del mundo. Esta comprensión acaso se la pidieron a su religión claramente politeísta, con dioses nacionales, y muy enrevesada. No resisten la comparación con los griegos que tras las conquistas de Alejandro Magno acabaron helenizando rápidamente toda el área que permaneció como cultura griega o persa hasta la islamización. 

Todo lo dicho en este post podría verse, y más tras haber reseñado el fracaso final de una cultura que acabó olvidándose del todo hasta las primeras excavaciones en Irak a mediados del siglo XIX (Herodoto ya ignora incluso el nombre de muchas grandes ciudades otrora opulentas que él vio apenas como ruinas desconocidas). ¿A qué viene esta delectación erudita? ¿Tiene algún sentido más allá del placer de simular un viaje en el tiempo? Creo que sí. Allí pasó algo que nos explica y que también nos dio las bases para ser ahora lo que somos. Fue algo que sin duda también posibilitó que existiera Grecia. Mesopotamia existe del mismo modo que nuestros más misteriosos ascendientes personales de los que apenas conservamos algún objeto (¿una cuchara? ¿Algún mueble?), pero sin los cuales no existiríamos. A ellos debemos ser en el modo que somos y la existencia física, pero no sólo física. En Mesopotamia la humanidad se produjo en el modo que hoy existe. Hubo algo que más allá de avances tecnológicos configuró un modo de existir que en principio podemos llamar “civilización”. Yo creo que ellos están ahí, no tanto por un deseo o proyección romántica por mi parte, sino como algo que ciertamente me constituye sin saber ahora determinar cómo. Soy un eslabón de esa cadena que empezó allí por la que la especie dio un salto o cambio cualitativo sin el cual todo habría sido distinto. Fue un modo de vida y de organizar la vida que fue imitándose y heredándose hasta la actualidad y que nos sitúa ante un horizonte de posibilidades que en sus líneas más generales no ha cambiado desde entonces. Antes de aquello, en el Paleolítico, la humanidad era una cosa con unos límites y con una materialidad distinta de la que ahora existe. Nosotros somos, en cierto modo, otra cosa.

sábado, 10 de diciembre de 2011

"Ontología" de las competencias.

En la pedagogía propugnada por la actual normativa universitaria, que creo relevante analizar en la medida en que representa a toda una corriente general en la pedagogía actual, hay un obstinado afán nivelador. Con el fin de entender en qué consiste esta “nivelación” hemos de dar un cierto rodeo yendo hacia donde arraiga toda ciencia y todo conocimiento. Porque la pedagogía y su ámbito de ocupación (la educación) enraízan en un basamento que podemos denominar con algunas reticencias “ontológico”, entendiendo por lo “ontológico” una dimensión vertical o profundidad desde la que se da la orientación de la mirada y una cierta preconcepción acerca de cómo buscar la verdad tanto en la ciencia como en el pensamiento filosófico. Aquí, aunque sigamos una pista de aire heideggeriano, hemos de matizar dos cosas:

1) El carácter estrictamente mundano de todo el proceso y de toda la verticalidad a la que nos referimos, del origen de la mirada y del carácter de lo que llamamos “verdad”. Ya no es tanto la orientación hacia un “Ser” que en Heidegger parte de la diferencia ontológica entre Ser y ente, orientación cuyos peligros se han señalado ampliamente, sino una cimentación en algo que Heidegger cuestionara con contundencia y que dicho todavía sin muchos matices es lo que suele denominarse “sujeto”. El conocimiento lo presupone siendo el origen de las distintas perspectivas y miradas, desde la contemplativo-cartesiana a las de tipo hermenéutico. El sujeto es aquello que, en la imagen nietzscheana expresada por Foucault en cierta entrevista poco conocida,  resulta capaz de jugar en el límite de la estructura, estando dentro de ella pero rehaciéndola, en sus márgenes, en un tenso estar dentro de ella pero también, en cierto modo que habrá que describir, fuera de ella, en la zona de penumbra, en el claroscuro.  

2) La cimentación preconceptual (dirección, sentido de la mirada que busca la verdad, pre-definición del logos y de la verdad) del sujeto y su obrar no puede apelar a algo así como un “ser” aparte del mundo. La vaguedad de algo que aunque deba manifestarse mundanamente se situaría, en el fondo, en el extrarradio del mundo tiene el problema, creo, de toda trascendencia que pierda los lazos con la inmanencia. Heidegger desde luego dejó bien claro que toda teología se sitúa en un plano óntico, pero yo hasta ahora no he podido sino recordar a la teología negativa cuando abordo en los textos de Heidegger a ese “Ser” indefinible y siempre lejano, que parece evadirse en una constante fuga. La imagen como de una mano que apunta al cielo no puede dejar de asemejarse a planteamientos teológicos tradicionales en la versión negativa. Lo negativo es siempre “fuga de”, “desbordamiento”, “apertura” o, en la versión dialéctica, “impugnación”. Todo ello es gnosticismo si se hace en función del mundo como un todo. Aunque este operar negativo del pensamiento sí resulta productivo cuando no abandona los márgenes mundanos.

En Heidegger, el Ser se muestra en el mundo (ente) sin agotarse nunca en ese mostrarse mundano, por lo que trasciende al mundo. En el mundo el Dasein encuentra al Ser en el ente, como acontecimiento, como lo que se muestra cercano y lejano, con una cercanía cotidiana pero también con una inasible lejanía. Es esta lejanía la que hay que matizar y entender bien para no deslizarnos en la vieja teología negativa o, por el contrario, en trascendencias positivas disfrazadas de inmanencia (esto último se lo reprocha Adorno a Bloch en un escrito que acabo de leer en Notas sobre literatura). En lo que llevo leído me parece que el problema lo resuelve bien Ellacuría en su Filosofía de la realidad histórica, pero se halla también excelentemente encaminado en Adorno. En ellos se alude a lo utópico como lo que trasciende al modo de horizonte, un color indeleble (metáfora empleada por Adorno), lo que desde la actual configuración de la realidad histórica late en ella al modo de “posibilidades” realizables. Se trataría de una trascendentalidad inmanente que delimita lo bueno en su mutabilidad histórica, lo bueno como emanado de un presente concreto aunque anticipe dinámicamente un futuro a partir del mismo. Es el modo en que lo futuro puede insertarse en lo presente sin forzar lo presente al estilo idealista. Lo posible es y no es al mismo tiempo, es un límite, pero es, sobre todo, mundano, temporal, material, histórico. Se trata de evitar una indefinición propia de la teología negativa para algo que tampoco debe ser perfilado como si existiera realmente, en términos positivos fuertes. Esto sería el único modo de trascender lo dado de manera realmente imaginable y legítima. No habría utopía sin mundo y sin historia humana. Es lo único que cabe suponer que marca un límite u horizonte entre lo que es y lo que no es, en el lugar de la sombra, en el claroscuro. Más allá de ello está la nada que según Adorno dice en Dialéctica negativa, Heidegger llama “Ser” en la medida en que está sublimando formas históricas de “nadas” y de nihilismo.
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Frente al peligro gnóstico (aunque el gnosticismo es una respetable tentación, desesperada y bella) creo que debe darse un movimiento del pensar que apunte sólo al interior de estrictos márgenes inmanentes. Que en lugar de “Dios” Heidegger ponga al “Ser” es desde luego una no pequeña diferencia, pero el pathos es teológico gnostizante, en cuanto impulso que lleva a algo que no es algo y que se sitúa fuera del mundo y de los entes. Curiosamente, la teología contemporánea (la teología política de Metz, la teología de la liberación latinoamericana, Moltmann, Tillich, Lafont) ha sabido estar más en el mundo que Heidegger. Creo que lo prudente y menos arriesgado es, aunque enarbolemos la posibilidad de un “fuera de” trascendente, situarse como hace esta interesante teología, dentro de los márgenes en los que transcurre la existencia.

Esta permanencia en lo inmanente implica que el basamento del logos y de la verdad ha de ser el mundo pero como se da en el hombre. Es la raíz de un humanismo que podemos contraponer al duro cuestionamiento del humanismo proferido por Heidegger. Aunque la palabra “hombre” (en minúscula y tal vez en plural) o “persona” no tiene por qué entenderse en la versión personalista que semejante al existencialismo fue objeto de justas protestas por parte de Adorno, sino que ha de entenderse al modo materialista.

El núcleo o lugar donde se debaten las distintas perspectivas o sentidos que se dan a la mirada, la búsqueda y la verdad, es el propio hombre o sujeto. Adorno llega a defender que un error del Lukács tardío en cierto trabajo que él comenta es, justamente, el olvido del sujeto en pos de una falsa objetividad que degenera en burdo dogmatismo porque se ha eliminado el momento subjetivo que protege contra dicha degeneración (vid. Notas sobre literatura). Eliminar al sujeto y eludir su posición central es siempre peligroso. Quizás sea esto un acierto de la modernidad antropocéntrica (¡Feuerbach!), siempre que no extrapolemos la invención del sujeto cartesiano a donde no debe estar. Si nos prevenimos tan sólo de una recaída en ficciones idealistas, puede con dignidad filosófica partirse de un Dasein ya no sacrificado a un “fuera de” sino un Dasein cuyo principio y final sea él mismo, pero siendo mundo, estando constituido de mundo.

Es en esta realidad humana en la que se da la orientación previa que llamamos “ontológica”, como apuesta pre-consciente pero previa a la psicología como ciencia y a la psique, las cuales presuponen un modo de estar en el mundo y de comprensión. No hablamos del inconsciente freudiano, aunque éste pueda servir como metáfora para entender el modo de apuesta o “actitud” que enmarca todo posterior operar en el mundo del hombre. Es este basamento “ontológico” el que encauza para la búsqueda de la verdad, teniendo ya una preconcepción de la misma verdad. No es esto trascendentalismo formal, porque lo que podrían ser trascendentales, como por ejemplo el espacio o el tiempo, son adjetivos o notas de la materia (Zubiri-Ellacuría). No se trata de un sujeto que proyecta la realidad, sino de un sujeto que es esa realidad estructurada de un modo concreto, esa misma realidad que observa, de la que está compuesto. Así, tiempo y espacio están, como todo, engarzados a todo y por ello mismo modulados en función de los distintos niveles de la materia en los que se dan, por lo que en la realidad histórica (ámbito o estructuración propiamente humana de lo real) dice Ellacuría que existe un tipo histórico de temporalidad. Incluso en niveles más básicos, el tiempo de la materia que estudia la física actual ha perdido el carácter fijo, trascendental, que tenía en la física newtoniana.

En lo que podemos considerar, con todas las salvedades, un nuevo humanismo porque partimos de la centralidad de la persona, un humanismo “fluido”, se dan numerosas posibilidades para el hombre. Si retornamos a la actual pedagogía, es de este modo como se vincula el discurso de las competencias y el Plan Bolonia con un estilo de búsqueda de un cierto tipo de objetos, constituidos como cosas, superficies (por mucho que haya una profundidad legaliforme y causal) y datos. Es este tipo de mundo representativo y legaliforme el que presupone una metafísica de la presencia y un tipo de racionalidad llanamente descriptiva. El modo cartesiano de sujeto, ciencia, mundo y razón, se extrapola y se erige en modelo que define y cierra toda otra posibilidad. Así, tenemos un sujeto como abstracto Adán que parte de cero para educarse adquiriendo “competencias” que son una forma de saber racional-práctico en el que el conocimiento y el trato mundano con las cosas se da al estilo objetivista.

En el modelo "ontológico" o perspectiva que estamos refiriendo como subyacente a una ciencia (pedagógica) y a un mundo concreto, tenemos la imagen del hombre como animal al que se añade, como dijo Aristóteles, la razón. Esta razón apéndice se reduce a saber adaptativo que elude toda crítica e impugnación del mundo. Es un saber y un modelo positivo de hombre, que afirma lo dado, que trata con lo dado como dado (como datos o hechos), sin extralimitarse nunca, presuponiendo la bondad de lo dado como tal. No hay lugar, por ejemplo, para una racionalidad tal como la plantea Adorno, que se base más en negar que en afirmar y que no elabore justificaciones de lo dado, sino que, por el contrario, ejercite un perpetuo movimiento de desgajamiento conceptual del objeto o del propio concepto. Se trata, como en Foucault, de una razón como movimiento cuestionador, como movimiento de fuga, de impugnación y ex – clusión o salida. No vamos a entrar ahora en los matices que diferencian a la Ilustración de Adorno del carácter más anti-ilustrado de Foucault que a mi juicio produce en este último ciertas aporías y consecuencias prácticas peligrosas, como en todo el llamado “pensamiento postmoderno”. Digamos, por ahora, en un estilo identitario y afirmativo con el que ambos ironizarían, que los dos pensadores coinciden en su crítica al pensamiento de la identidad.

Pensamiento de la identidad es el que se presupone en el aprendizaje por “competencias”. Un saber sin negatividad ni sombras, meramente adaptativo al, y aquí está el gran peligro, modelo de sociedad y economía neoliberales existentes, que es como se nos presenta actualmente lo dado. Así, hay un pensamiento plano, superficial, que cubre y niebla con una falsa luminosidad, con un manto monocromo, la realidad. Este pensamiento invisibiliza las grietas que en lo real claman por su transformación. La universidad española, en masa, ha claudicado ante esto. Ya no hay un modelo de profesor, por ejemplo, como lo fue Adorno o, incluso, el valiente Foucault. Las reglas del conocimiento y del trabajo intelectual se han convertido en una glosa o ciego elogio de lo dado. No se profundiza y nos hallamos enmarañados en una superficie de datos. Se abusa de los estudios descriptivos según un modelo antes cuantitativo que cualitativo. En las evaluaciones y rankings el conocimiento es cuantificado de un modo que olvida los difícilmente mensurables elementos cualitativos, que son justamente donde se juega todo.

Frente a un Adorno obsesionado con sumergirse en los contenidos para "tratar" con ellos, se acude a una sobrevaloración del método apriori y de lo formal, callando la teoría que subyace a estas elecciones epistemológicas y olvidando el plano de lo basal-ontológico. Paradójicamente, nunca la ciencia ha sido tan política, nunca la epistemología ha estado tan llena de intencionalidad política. Pero el saber que se expresa en el dominio de competencias no capacita para ver esto. Más bien, bajo la capa uniforme de datos y más datos, bucear en ellos se ha convertido en descubrir causalidades que no ahondan. Se desprecia lo que desafía a todo esto y que parte de una “ontología” diferente, en la medida que presupone una elección distinta en cuanto al lugar donde se espera hallar la verdad. Me refiero por ejemplo a la pedagogía liberadora de Paulo Freire que por contrastar con este mundo de lo plano legaliforme vive en España en el exilio. La sabiduría de la pedagogía desarrollada en América Latina, me decía ayer un alumno tras su estancia en México de dos meses, estriba en que presupone que toda verdad es marginal y que es en la exclusión, en la negatividad social, donde se halla la clave para “humanizarnos”, “perfeccionarnos”, “educarnos” como tanto dice el discurso de la pedagogía tradicional.

La pobreza es la forma social de manifestarse lo negativo y en esta medida es el lugar de la verdad. Esto no puede verse desde una orientación afirmativa y positivista como la que impera en la pedagogía de las competencias. Por eso mismo, se ha asumido sin mucho problema que el profesor universitario ya no es lo que era un Adorno, sino un garante del orden, un afirmador de lo dado que en realidad es un nihilista que nubla y prohíbe otras posibilidades. Falta el elemento socrático de riesgo, de valentía, de no casarse con los poderes dados, de conocimiento quisquilloso y taladrador propio de un tábano. Ya no existe eso y si existe está aislado en una universidad tan atomizada como nivelada que imita al dinero, el gran nivelador social para el que lo cualitativo ya no cuenta. Subyace a ello una mirada u ontología que se sitúa en la perspectiva de un mundo como superficies, como hechos mensurables, como llanura, como planas apariencias, que implica un conocimiento que es repetición de lo siempre igual en la ilusión de que todo cambia pero realmente nada cambia. Todo es lo mismo y por tanto, como dice Adorno, todo es nada. Se da la identidad absorbente. Se sufre el pensamiento único, ciego e inmune a los vacíos porque es él mismo un gran vacío. Ya no hay intelectuales en la universidad. Tristemente, la mina se agota y el agua ya no mana de la fuente cuando se es servil consagrante de lo dado, cuando uno se somete al dominio cuya niebla todo lo cubre.