martes, 10 de enero de 2012

La Revolución Francesa III


"El terror no es más que la justicia rápida, severa, inflexible."
Robespierre


He optado por estudiar el pasado, desde mi intención de comprender teóricamente al 15 M y la posibilidad de los cambios que pretenden en la política y en la sociedad, así como de sus métodos, estrategias e instrumentos tecnológicos. Tengo claro que nada va a repetirse igual (ni debe hacerlo en ciertos aspectos), pero sí intuyo que el estudio de cómo se han hecho las cosas en otros momentos “mesiánicos” de la historia puede ayudar a enfilar bien el momento presente. De este modo, el lector de este blog ya sabe que estoy leyendo y comentando la obra El terror del historiador David Andress sobre la época de la guillotina en la Revolución Francesa. Lo primero que resalta de cómo se hicieron las cosas en la Francia de 1789 a 1795 es la auténtica orgía de sangre que llegó a convertirse en algo cotidiano y que fue buscado por algunas autoridades como medio para la victoria de lo que ya denominaban “Revolución” o República, tras la muerte de Luis XVI. Como lo hace Andress muy bien, yo no voy a describir con detalle las horribles matanzas. Baste decir que, en efecto, se ejecutó a mucha gente, casi a diario o varias veces a la semana según el momento.

En primer lugar, hubo masacres dentro de conflictos bélicos originados por revueltas dentro de Francia, como el caso de Lyon, el sudeste mediterráneo, Bretaña, parte de Normandía y sobre todo La Vendée. El autor del libro en que me voy apoyando para conocer estas cosas peca de tendenciosidad cuando, al estilo de Goya, detalla los desastres de la guerra (brutales e injustificables, ciertamente) pero los relaciona solamente con el gobierno revolucionario. La violencia no es patrimonio exclusivo de las revoluciones. De hecho, en cualquier guerra la violencia siempre se desorbita. Quien debe matar o ser muerto en combate u operaciones de ocupación desarrolla una justificación de que ello merece la pena; justificación o motivación que conecta, como ocurre siempre, con impulsos tenebrosos de lucha y supervivencia, de afirmación bestial sobre los demás seres humanos. Sería muy interesante hacer un análisis de contenido u otro tipo de estudio científico descriptivo que nos ayude a visualizar lo que adquiere cuerpo en una arenga militar (aunque creo que son elementos muy obvios). En la situación límite de tener que matar o verse muerto, lo más socorrido es echar mano del heroísmo y del vínculo fanático con el propio bando, paralelos a una animalización del bando contrario. En las guerras el otro es visto siempre como peor que uno y, aun más, como auténtico dechado de vicios y horrores. Esto, lógicamente, operó en las guerras internas y externas que la República francesa llevó a cabo. Pero, insisto, este mecanismo es universal. Baste constatar lo ocurrido en nuestra Guerra Civil española.

Para el Ejército Revolucionario francés los rebeldes eran percibidos como seres brutales, que acechaban entre los juncos en las oscuras marismas y ciénagas de la Vendée, actuando con insólita eficacia y rapidez. A los soldados apenas les daba tiempo de percatarse de lo que había pasado tras un ataque. Eran rebeldes, creían los soldados, porque eran viciosos, es decir, había una moralización previa por la que el conflicto y la guerra tenía una razón de ser en el fondo moral, dentro de las justificaciones ideológicas del horror. La moral, en la guerra, se desdobla (veremos no obstante que esto es un factor que operó con enorme virulencia en la Revolución Francesa) y si el otro es vicioso, el propio bando es la Virtud. Los soldados se verían a sí mismos, probablemente, como agentes de un orden moralmente bueno, racional y legítimo. Se idolatraba a la Convención (parlamento electo de diputados de distintas facciones que acabaron masacrándose entre sí) o a esa palabra que, quizás, por primera vez en la historia moderna y con un evidente eco del republicanismo romano, ya aparecía como el principal valor, lo naturalmente virtuoso: el Pueblo. Para los soldados del Ejército Revolucionario, era obvio que ellos defendían lo bueno, frente a los corruptos (por estar comprados por gobiernos extranjeros que si bien no en el grado que se decía, sí es verdad que algo hubo), inmorales (especuladores con los productos agrícolas que oprimían a las ciudades con el hambre) y realistas (que apoyaban la monarquía). Pero si le preguntásemos a un rebelde de la Vendée éste se atribuiría del mismo modo la virtud, la razón, el orden y el poder legítimo. Luchaban en nombre del Corazón de Jesús con símbolos religiosos en sus cuerpos y exterminaban y linchaban sin piedad, igual que los republicanos, a quienes veían próximos a la República. El fanatismo era mutuo, y era, en términos generales, el típico fanatismo de la guerra, el fanatismo que necesita el hombre para hacer la guerra.

Pero dicho esto, es verdad que con más claridad en las purgas y guerra civil entre facciones de la propia República, el discurso de la virtud tenía unos tintes específicamente revolucionarios. En este sentido una figura que merece ser bien estudiada es Robespierre. Este hombre se veía como virtuoso y lo era. Aunque se le achacaron casos de corrupción, Robespierre estaba convencido de tener razón y de que lo más elevado y prioritario era que triunfara la Revolución en estado puro. En sus discursos, y en los de otros revolucionarios, siempre se justificaba una purga como necesaria para destilarse el ideal revolucionario, como en una alquimia, para proteger y ensalzar la esencia de la República. La convención era el parlamento, muy prestigioso entre los sans culottes, pero tanto éste como la Comuna y su Guardia Nacional (ayuntamiento de París y milicia revolucionaria parisina) estuvieron unos dos años férreamente controlados por Robespierre. El ideal buscado era el que el pintor “oficial” del régimen, David, mostraba en sus cuadros, como el de un Marat de bella muerte ocupado hasta el último momento en velar por el Pueblo. Marat, por cierto, fue uno de los principales ideólogos, con Saint Just. Marat se dedicó a realizar diatribas y publicar numerosísimos discursos incendiarios en el tono muy agresivo y vehemente de la época, y tras su muerte se le hizo mártir oficial de la República. Saint Just, muy joven, utilizó una retórica también incendiaria pero al parecer, también meditada y reflexiva. Era el que mejor marcó las pautas filosóficas sobre cómo había que pensar.

El colmo de la sacralización del ideal republicano fue un día de Pentecostés, de 1793 o 1794, no recuerdo ahora, en el que se preparó un inmenso desfile encabezado por Robespierre en una celebración “a la Razón y al Ser Supremo”, lleno de actos simbólicos, como la suelta simultánea de miles de palomas que en la época debió ser un verdadero espectáculo. Otro ejemplo de religión laica lo tenemos en Hérault de Séchelles, antiguo miembro de la nobleza, quien llevó a cabo una ceremonia de simbolismo dirigido más bien a los iniciados al oficiar una “misa republicana” en la que ofrecía a los representantes de los departamentos portadores de pica un cáliz lleno del agua que recogía de los senos desnudos de una colosal estatua pseudoegipcia (representación de Isis, la República, la Naturaleza o la Libertad, según la interpretación de cada uno) conocida como Fuente de la regeneración. También la gran liturgia oficial de los guillotinamientos tenía mucho del ideal republicano. Se castigaba al verdugo cuando se propasaba dando un tono de venganza o de mofa al acto que oficiaba, de manera que todo debía ser rápido y austero. Se trataba a los ejecutados como algo a extirpar lo más pulcramente posible. Además, se esperaba que los prisioneros acudieran a la muerte sin aspavientos, serenos, como encarnando las maneras propias del orden racional por el que debían ser castigados. Así, su forma de morir debía convalidar a la propia República que los ejecutaba, una República que obedecía al orden natural y racional de las cosas. El caso es que la enorme mayoría de los ejecutados por causa de las purgas, morían como se les “pedía”: dignamente y sin provocar espectáculos, serenamente, y fieles en sus últimas palabras o cartas al ideal republicano. Todos, incluso el rey, murieron convencidos de que morían en calidad de mártires.
   
Las purgas, que seguramente fueron luchas de poder con motivos más o menos turbios, se dieron en nombre del mencionado ideal de República y de Pueblo. Cuando Robespierre intentó con otros amigos provocar un levantamiento contra la Convención (la cual acabó deteniéndolos y ejecutándolos), firmó su discurso en nombre del Pueblo, aunque al parecer había dudado si poner… ¡en nombre de la Convención!, la misma Convención que lo guillotinó horas después. Previamente había habido sesiones acaloradísimas tanto de la Convención, en el Club de los Jacobinos y de la Comisión de Salvación Pública (gobierno de hecho en manos de Robespierre y sus amigos). Cuando Robespierre vio que se llegó a plantear su ejecución parece que no podía creérselo y pronunció varios discursos justificándose. Durante años, señala Andress que vio obsesivamente conspiraciones por todas partes, como si a la República la amenazara un gran peligro, una suerte de inteligencia manipuladora, a veces la de una potencia extranjera, aristócratas, republicanos comprados. Había una incipiente labor policial aunque durante el Terror siempre se pasaba previamente por un tribunal cuyo procedimiento fue variando para hacerlo cada vez más rápido y operativo (con mayor número de sentencias condenatorias). De modo paralelo se recurrió a un uso masivo de la propaganda mediante varios periódicos que empleaban el lenguaje e ideología de los siempre amenazantes sans-culottes. Éstos eran a la vez contentados (con leyes para regular precios de alimentos, por ejemplo) pero también vigilados y contenidos. Tras la muerte de Robespierre se fue desrregulando, en la línea típica ilustrada, la economía. No había una idea clara sobre su funcionamiento salvo la de los liberales economistas que pusieron de moda la creencia en la regulación beneficiosa automática del mercado por sí mismo.

En general había un idealismo por el que la adscripción al movimiento republicano significaba que las instituciones que suplían a la monarquía tenían un halo sacro. Nadie entre las distintas facciones en lucha dentro de los republicanos hasta 1795 se planteó que la verdad pasaba por disolver a la Convención. Se la veía como legítimo poder emanado del Pueblo. Pero por eso mismo, todo lo que la amenazara, era despiadadamente acusado de todos los vicios y males, que debían expiarse con la guillotina.

En definitiva, lo más llamativo de la época del Terror sería el constante clima de desconfianza y recelo por el que se veían conspiradores por todas partes y se asumía angustiosamente la defensa de una siempre amenazada República que encarnaba a todo lo bueno. Al margen de rencillas personales y esas cosas, lo chocante es el uso de este tipo de lenguaje y discurso por el que el mundo se ordenaba de manera tajante entre los virtuosos y los enemigos. En el afán depurador, el enemigo podía ser quien antes había sido amigo y seguramente habitaba en nuestros barrios y nuestras casas. Y la receta siempre era más sangre. El Terror se instauró, y se hablaba de él, como un eficaz instrumento para implantar un tipo de sociedad que junto con otros medios, como la educación o la propaganda, se pretendía cambiar, contra las apariencias, desde arriba, ya que el movimiento cultural era controlado por los máximos organismos políticos de representantes y gobierno.

Estas experiencias históricas por las que de manera consciente y haciendo uso, lamentablemente, de la ingeniería social se intentó cambiar un mundo por otro, nos pueden enseñar mucho, porque sin duda son caminos que todo revolucionario, pero también todo gobierno, puede verse tentado de repetir. Pero no seamos tampoco cínicos o injustos queriendo tragarnos que nuestro mundo neoliberal no es también el producto de unos pocos, de la más eficaz ingeniería social y de un tipo de terror disimulado y por tanto más efectivo. Ese elemento de iluminar desde arriba, de configurar las almas de los ciudadanos, de moldear sociedades, es propio de nuestras “democracias”. El político de este régimen que condena al hambre a 4/5 de la humanidad y que en España está desahuciando sin aceptación de la dación en pago, es un político que no actúa como miembro del “Pueblo” aunque juega a confundirse con el “Pueblo” (electorado). El poder “democrático” se mimetiza para parecer Pueblo y lo halaga, pero en su doble moral y doble lenguaje, también nos marca las distancias, como saben bien los sociólogos. Unos de los elementos claves que ha sabido ver el 15 M, por cierto, es “que no nos representan”, que son una casta y una élite que no tiene apenas que ver con quienes les votan pero que cuentan con un inquietante poder para fabricar cultura y manipular las almas.