sábado, 14 de enero de 2012

"Lenin. Una biografía", de Robert Service


Estoy leyendo Lenin. Una biografía, del historiador Robert Service (Siglo XXI, Madrid, 2010). Se trata de una extensa biografía hecha ya con el material desclasificado que salió a la luz sobre Lenin tras el final de la URSS. Es un texto absolutamente lejano de la versión oficial que en la URSS se tenía acerca de la vida, eventos e incluso carácter personal de Lenin. En lo que sigue, voy a referir a partir de mi lectura algunas reflexiones y datos de la vida de Lenin antes de la Revolución rusa, o sea, hasta principios de 1917. Me interesa mucho conocer las implicaciones existenciales que tiene el asumir un papel revolucionario en la propia vida hasta el punto que el dirigente ruso lo hizo. Porque Lenin escogió ser revolucionario desde que tuvo uso de razón.

Se da la paradoja de que para conseguir una cierta distancia y serenidad para la reflexión filosófica es necesaria una vida rutinaria y con un mínimo de comodidades aseguradas, lo que contradice el frenesí vital al que obliga la militancia activista. Por lo menos hay que tener cierta garantía de que uno puede rumiar lo suficiente, cuando la actividad intelectual se basa en el estudio exhaustivo de textos y artículos, recabando datos y leyendo las grandes obras de Marx y Engels. Robert Service parece echar en cara a Lenin su búsqueda de estas condiciones para la actividad intelectual, pero yo sería más suave respecto a la valoración de esta faceta de la vida de Lenin. A Lenin no le faltaron medios de subsistencia casi nunca, pero supo vivir con cierta austeridad y su activismo perturbó esa comodidad con constantes e incómodos viajes, destierros en Siberia y hasta cárcel.

Así pues, su implicación política le acarreó molestias y puso su vida en peligro, lo cual no es, precisamente, la forma de vida de un burgués acomodado como insinúa Service. Simplemente debió de tener muy claro que su lucha era a la vez en un plano teórico y en un plano práctico, por lo que supo que, responsablemente, debía leer todo lo posible sobre economía y filosofía. Pero hubo épocas en las que hubo de detener sus lecturas y la escritura de textos serios, dedicándose a discursos o a leer, también, literatura rusa. Debió ser, tal como lo presenta Service, un hombre exigente que se quiso formar bien intelectualmente y con una mente bastante ordenada. Tendía a organizarse bien y a vestir con pulcritud pero sin desmesuras. Necesitaba absoluta paz y silencio en los momentos en los que escribía y le dio mucha importancia a los debates teóricos entre los propios bolcheviques. Representó, en esa etapa de su vida que va hasta los 46 años, tal como lo presenta Service, un tipo de intelectual propenso al autoritarismo, pues aunque su postura filosófica varió un poco a lo largo de su vida, estaba seguro de ser fiel heredero de la ortodoxia de Marx y Engels y de ser casi el único que los había comprendido del todo. En un aforismo aparecido en un cuaderno de notas menciona la necesidad de haber leído y asimilado a la perfección la Lógica de Hegel para entender a Marx.

Sus primeros estudios publicados eran casi exclusivamente de economía, muy áridos, llenos de cifras y figuras estadísticas. Se empeñó en demostrar que sí había elementos modernamente capitalistas en la economía rusa y que en su país podría darse las condiciones para una revolución. Simpatizaba, aunque lo trataba de ocultar, con los socialistas agrarios rusos de 30 o 40 años antes, de los que afirma Service que tomó su defensa del terror y la toma violenta del poder. Pero sin embargo creía en la necesidad de intelectuales que dirigieran la lucha, y así es como sentía él su papel. Se posicionó, pues, frente a algún compañero de lucha que opinaba que nada podía emerger valioso de los intelectuales, impregnados de la cultura burguesa, y que se debía aspirar a un cambio cultural de los obreros y campesinos, del cual habría de salir el discurso crítico y teórico que dirigiera la lucha. Lenin valoró mucho lo que un intelectual puede hacer desde su mirada privilegiada, y él, que se sabía eso, cuidó cuanto pudo poner en riesgo muy elevado su vida. Parece que tenía muy clara su misión de líder de una revolución de la que estaba seguro que llegaría algún día. Veía el asunto con la rigidez del materialismo histórico, con el rigor, creía, de una ciencia. Daba importancia a la reflexión epistemológica, pues es en la epistemología donde está la base para justificar una teoría científica capaz de hallar leyes inexorables en los hechos reales. Su materialismo se exacerbó en la obra Materialismo y empiriocriticismo. En ella se defiende una visión científica de la realidad y de la historia, gracias a la capacidad del hombre para ver lo real y de lo real para dejarse ver. Hay pues un realismo duro, fuerte, en el primer Lenin que hizo su primera obra filosófica tras haber publicado numerosos escritos sobre economía.

A pesar del cuidado que ponía en protegerse, justificado por la fe en la misión que se veía acometido a realizar de líder intelectual y político de una futura revolución, y por una elevada concepción de sí mismo (de hecho era un buen estudioso y agudo escritor, cuyos discursos pensaba a fondo y resultaban, en ciertas épocas de su vida, electrizantes), asumió obvios peligros. Tuvo tras él a la Ojrana (policía secreta del Zar), aunque ésta parecía estar contenta con la propensión de Lenin a fomentar las discusiones entre facciones y las luchas internas. En esto, parece que fue también obsesivo. Debido a la importancia que daba a una buena teoría, de la que en realidad dependía la buena praxis, se esforzó muchísimo en la discusión sobre detalles teóricos y en combatir las disidencias intelectuales en su grupo de bolcheviques. Cuenta Service que en ello gastó muchísima energía.

En cuanto al carácter, se deduce que era controlador, algo manipulador y frío. No exteriorizaba ni expresaba a fondo sus emociones, aunque en los discursos adoptaba una actitud impresionante, con los ojos semicerrados y el puño firme. Antepuso su vida de estudioso y de revolucionario a todo lo demás, incluido el sexo y las mujeres, de lo que apenas hablaba. No obstante, al modo más típicamente revolucionario decimonónico, llegó a vivir épocas de pareja abierta dentro del matrimonio con la pedagoga Nadia Krupskaia (figura aún muy querida en Rusia). Service sin embargo ve, en la actitud amorosa y vida en pareja de Lenin, una incoherencia por la que albergaba sentimientos y actitudes algo machistas. Ante esta crítica yo no puedo sino recordar el viejo recurso al argumento ad hominem que no debe esgrimirse para invalidar una teoría, aunque el ethos ilumine y exprese el todo filosófico y personal que es siempre un autor. Ser un poco machista y pequeño burgués es un hecho que a muchos viene dado sin tener culpa. Pero el autor de la biografía parece incurrir, contra lo que él mismo cree, en la adoración hagiográfica de los soviéticos ante su figura principal cuando le pide a alguien que no sea un ser humano sino un dios perfecto. Lenin no era perfecto, evidentemente. Y pertenecía, como todos nosotros, a un mundo. Yo no iría tanto a su alcoba, como hace Service, sino que veo más destacable el autoritarismo mostrado en sus relaciones con los compañeros de partido. Este pathos autoritario sí debería ser mejor analizado.

Lenin se creyó siempre el único heredero fiel de Marx y atacaba virulentamente, a veces con desprecio, a quienes ostentaban otras interpretaciones. A esto sí se puede achacar una cierta torpeza de querer ver al propio pensamiento de Marx como un todo homogéneo y bien organizado que en realidad nunca fue. La discrepancia y pluralidad de lecturas es, partiendo de esto, natural que la hubiera. Pero Lenin tendía a una compulsión iluminadora por la que todo debía estar bien engarzado en el pensamiento, y así leía a Marx, al parecer. Si esto es así, sí estamos ante una crítica muy seria al Lenin filósofo. Esto podría vincularse con un evidente espíritu disciplinado y eficiente en el propio Lenin, no sólo en lo teórico o personal, sino en el modo de enfocar su liderazgo político y de organizar la lucha. Era un hombre de ideas claras y que anteponía maquiavélicamente el fin (el triunfo de una revolución socialista en Rusia) a los medios. Supo astuta y ágilmente cambiar de opinión y matizar o rectificar un pensamiento u opinión sobre la estrategia de lucha, pero lo disimulaba.

Así pues, llegamos a 1917 con una trayectoria de vida dedicada en cuerpo y alma a la revolución, lo que quiere decir que todo en Lenin era su fin revolucionario. Tuvo muy claro que habría una revolución y que triunfaría (según los escritos anteriores a 1917, desde 1914 por lo menos, Lenin fue ciertamente profético y parece que lo vio venir a partir de sus análisis y estudios económicos y sociales), aunque cuando ésta de verdad se acercaba, nadie podría imaginar que llegaría a convertirse en el máximo dirigente de Rusia. Era tan solo conocido como economista por muy pocos especialistas y como activista político por un estrecho grupo de bolcheviques y poco más.

Resulta muy a tener en cuenta, en definitiva, el estilo de sacrificio y renuncia de una vida que ha de focalizarse, como si fuera una misión, en una causa. Esto en Lenin sí fue extremo y lo acompañó toda su vida. Se diría, desde fuera, que vivía obsesionado con eso. Le apasionaba profundamente la política y ordenó su vida para ello. Fue sin duda un estudioso brillante y serio, de gran inteligencia, pero que debió dedicar gran parte de su tiempo a actividades de tipo político. Quizás buscaba teorizar con el fin de justificar sus creencias y acciones políticas previamente asumidas como las válidas. Fue un incansable (a pesar de ciertas crisis nerviosas y depresiones) militante. Logró combinar vida intensa con estudio intenso, pero seguramente antepuso los fines políticos al estudio, de manera que como intelectual sólo buscaba justificar su acción. Esto, evidentemente, implicó una cierta pobreza por la que no dio su pensamiento todo lo que podía (o debía) haber dado de sí. Esto es verdaderamente un problema para quien se implique en el activismo revolucionario y frecuentemente se debe escoger entre el “ora” (vida contemplativa, serenidad, rutina, teoría) y el “labora” (trabajo, acción política, vida pública, praxis). Creo que Lenin escogió claramente y durante toda su vida el momento de “labora”, aunque supo con muy buen criterio que un momento reclama al otro, siendo un exceso a la larga malo para ambos elementos de la vida el concentrarse en sólo uno de ellos. Ambos momentos se iluminan mutuamente.    

1 comentario:

ivan dijo...

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Un saludo