jueves, 12 de enero de 2012

Revolución, libertad y terror.

Suscribo la reflexión del historiador David Andress en la conclusión final de su extenso y pormenorizado relato de los acontecimientos más luctuosos del periodo del Terror en la Revolución Francesa, que dice: “El problema del Terror radicaba en que su afán implacable por preservar y proteger la frágil flor de la libertad personal constituía también el mismo mecanismo de su destrucción”. Esta verdad que puede decirse en relación con cualquier activismo político de tipo violento él la relaciona, creo que con buen sentido, con muchas razones y prácticas de nuestro actual mundo neoliberal. Este mundo ha producido políticas de restricción de las libertades excusadas en la seguridad, como descaradamente se están llevando a cabo en Estados Unidos. Estas políticas implican también que para preservar la libertad hay que anularla mediante un régimen de control y de criminalización permanente del ciudadano. Esto entra dentro de la lógica que llevó a los revolucionarios franceses a las purgas y depuraciones constantes. Una lógica que une a la libertad el Terror.

Es bueno acudir a acontecimientos de los que nos separan la distancia histórica (cronológica) como yo he estado haciendo en los últimos días. Esta identificación lo más fríamente posible de los factores del Terror en la Revolución Francesa puede ayudarnos a escapar de la miopía o ceguera debidas a lo profundamente inmersos que estamos en los acontecimientos actuales. Se trata de enfocar la mirada hacia quienes hoy día abogan por distintos tipos de terrorismo de Estado para ser capaces de contemplarlos en su monstruosidad cotidiana sin dejarnos engañar por las razones ideológicas que esgrimen. Resulta fácil acusar de violento a un movimiento cuya pasmosa novedad es precisamente su pacifismo y activismo no violento, como está siendo el 15 M, mientras que la auténtica violencia justificada con argumentos similares a los de Saint Just o Robespierre se puede estar dando en la política que en estos momentos tiene el poder.

El poder político, tal como se ha conocido hasta ahora, es dueño de la moral, la palabra y las emociones de los ciudadanos. Tiende a ese totalitarismo que consiste en el hacerse con las almas de la gente, a colarse más o menos subrepticiamente en nuestras alcobas. El poder del Estado por supuesto llega hasta nuestras alcobas, o sea, hasta nuestros cuerpos y vida. Este centro de dominación que para el sociólogo Bourdieu era el campo de juego social desde el que se otorga el poder simbólico, o sea, se decide lo que vale, lo que las personas deben anhelar visceralmente, este centro, digo, es sin lugar a dudas el Estado. Sin embargo, lo que es fácil identificar en el Estado de Robespierre o en la extinta URSS o en las dictaduras, es mucho más efectivo por precisamente pasar con disimulo en los Estados “democráticos”. Estos Estados producto de un juego de fuerzas histórico han ido adoptando para sobrevivir las maneras más eficientes de ejercer la tiranía. Le damos totalmente la razón a Marx en el hecho de que son las fuerzas operantes en la economía las que en el fondo tiran de los hilos y crean conciencias, cuerpos y emociones. Los gobiernos “burgueses” son, como él decía con acierto, meros títeres. El PSOE lo acaba de demostrar en España pero no dudamos de que lo va a hacer también la derecha que está llamando al brutal dominio de unos pocos “libertad económica”. Todo está hecho para que los políticos puedan ser tentados por la banca y las multinacionales.

Estos gobiernos títere, que incluyen en sí mismos a los sindicatos subvencionados, se han refinado. El político ha aprendido a esgrimir unas maneras y palabras que suenen a campechanía y democracia. Sabe que debe ejemplificar una ideología en la que se funda su autoritarismo que da la espalda siempre a su electorado. Esta ideología quiere mostrar que el político es alguien corriente, del Pueblo, un representante al que legitima el haber sido votado. Pero a esta altura el intelectual que niegue que esto es una mera patraña y que el político compone una clase propia, endogámica, con habitus propio, que se autorreproduce y que tiraniza a la ciudadanía, es un hipócrita y un embustero. Se acude, ideológicamente, a un formalismo por el que, lejos del lenguaje político de la lucha de clases o la dominación capitalista, la libertad resulta garantizada, se dice, por unas reglas de juego al estilo de las imperantes en la política norteamericana. En efecto, esta norma política es, en principio, propia de un poder que parece blando, porque no hay guillotinas en las calles ni se tortura a la gente. Pero esta es la trampa. Tras esta máscara se encubre una sutil dominación de campechanos enchaquetados (o con ropa informal o camisetas, que todo sirve para engañar). Y entonces nos atrapan las mentiras de una libertad en la que no es real ni siquiera la libertad de prensa.

En España el discurso y tratamiento periodístico del 15M ha huido de lo que en términos pulcramente objetivos debería haberse mostrado y dicho. Es obvio el pacifismo por el que hasta la fecha apuesta esa sufrida y paciente parte de la ciudadanía que ha empezado a entender la brutalidad y la mentira que constituyen a nuestro Estado. Pero en lugar de esto se ha ninguneado o destacado los actos de tipo más violento que puntualmente hayan podido darse. No es una mirada objetiva la del periodista que se centra en lo excepcional para convertirlo en norma. La prensa en España ha mentido mucho y quizás algún día deban explicarnos por qué lo están haciendo, aunque acabamos de toparnos con una pista para imaginarnos la respuesta. El diario Público finalmente hizo en relación con el 15 M y por las razones que fuera un detallado y objetivo relato de los acontecimientos. Pues bien, se ve obligado ahora a cerrar por que ningún banco (esos bancos que financian a los partidos políticos y regalan sueldazos a los ex – dirigentes políticos) le concede un préstamo como sí lo hacen a otros periódicos de tono más acorde con esa democracia oficial que llama al 15 M “anti-democrático”, “violento”, “caótico”, “emocional” y “antisistema”.

Es obligación del ciudadano y más aún del intelectual saber bien lo que está pasando. Lo que la prensa llama “democracia” es “tiranía” y todos los políticos lo saben. Y también el 15 M lo sabe, porque ha puesto doctamente el dedo en la llaga acerca de la horrible infección de nuestra “democracia”. El problema es, seguramente, que sin cambios drásticos en la economía la corrupción permanece como una perpetua tentación y siempre acaba comprando a los políticos que coinciden en defender la “legitimidad” de un sistema que desahucia a 150 familias por día y que está condenando a millones de personas para que unos pocos reciban sus hediondos intereses. Esta tiranía ha generado, obviamente, su discurso legitimador y ha fabricado miedos, hábitos, cultura, creencias en la gente.

El poder “democrático” no es un poder que se ejerce y legitima, como dice, gracias a unas normas o reglas de juego específicas que nos salvaguardan, dicen, de la tiranía del mercado. Con crueldad se está viendo que no es así. Hay unas líneas que totalitariamente se inyectan desde arriba a la gente y que contradicen las condiciones materiales que deben darse junto a las formales para que haya democracia. Aunque en algunos casos se diga aspirar a unas condiciones no solo formales sino también materiales, esto no es asumido seriamente ya que se sigue estando dentro de un juego podrido. Así, se da la vuelta a todo con maestría retórica, pudiendo, como he señalado, hacer parecer violento e irracional (y que encima se lo crean muchos ciudadanos castigados por el poder) a lo que, como el 15 M, está lleno de paz y de razón.

Así, lejos del simplismo de achacar el Terror a lo marginal y a los movimientos revolucionarios (que ciertamente lo pueden implicar) lo que hoy vemos y vivimos es que el Terror lo ejerce el Estado. El monopolio de la violencia y de las conciencias de la gente lo ejerce el Estado. Es cierto que una autoridad puede ser denunciada por su corrupción, por ejemplo, pero es no menos cierto que nunca van a cambiar los privilegios de una clase política cerrada en sí misma y ajena a la ciudadanía y que toda ley lleva su trampa. Hay mecanismos por los que imperan elementos propios de regímenes totalitarios actualmente en España, como es el control de la prensa o las medidas policiales que van a endurecerse cada vez más, y que quieren hacernos ver y creer que quien pega es el bueno y que quien recibe el golpe el violento.

Sin embargo, suene como suene, creo que hay un momento de verdad en el Terror de la Revolución Francesa y en su clima de sospecha. No lo justifico y, como Andress, creo que la violencia es contradictoria y acaba dando la razón, siempre, al malo, gane quien gane. Pero es razonable que se aspire a un primer paso para que todos podamos vivir en democracia que consiste en renovar de raíz la clase política. Sin echar mano de la guillotina, obviamente, hemos de encontrar modos políticos, revolucionarios, de que quien hasta la fecha ha tenido un cargo público, incluido liberados de los sindicatos, no pueda aspirar en adelante a ejercer ningún cargo político. La clase política debe cambiarse, por lo menos, los nombres que la componen. Ante la corrupción de una democracia que empieza por corromper a la palabra, hace falta una parreshiástica impugnación y denuncia de quienes hasta la fecha están siendo cómplices del horror. Metámonos en la cabeza que quienes matan y atentan contra la vida son quienes nos gobiernan. Lo llevan demostrando toda la etapa post-Transición en España. El 15 M debe empoderarse, asumir su propio valor y dignidad, para, si es preciso, recibir los golpes del terrorismo de quien monopoliza oficialmente a la violencia. No hay violencia más eficaz que la que es absorbida como monopolio y revestida de una aureola de sacrosanta moralidad. La Inquisición no terminó con Torquemada. Desgraciadamente y justo por esa combinación de violencia y moralidad de los modernos inquisidores, que caracteriza al terrorismo de Estado, nos hace falta todavía sufrir mucho, para que de ese sufrimiento pueda emergen el bien y evidenciarse la verdad.

Si el 15 M logra eliminar toda acción y tendencia violenta, se puede aspirar a la sana renovación de toda la clase política que hasta la fecha ha ejercido su tiranía sobre nosotros en connivencia con los banqueros. Si se logra organizar y legalizar como asociación (no necesariamente como partido), como creo que debería, debe tener esto muy claro para que no acudan a sus filas las manzanas podridas. Seguro que estas manzanas acusarían a este discurso de querer excluirlas sin permitirles su libertad de pensamiento o expresión. Pero entonces estas manzanas deben pronunciarse claramente, desde su amor por la libertad, acerca de los verdugos que nos han arrojado a la calle y a las plazas, verdugos que están destruyendo toda libertad de pensamiento al destruir, por ejemplo, la universidad española poniéndola al servicio del “mercado” (o sea, de los lobbyes). Los actuales cargos políticos y sindicalistas subvencionados deben pronunciarse con claridad sobre esto. Que todos los oigamos.

Volviendo a mi lectura, la Revolución Francesa se supo frágil. Se supo que el cambio político implica un cambio cultural, pero se excedió víctima de un pathos de muerte por el que de nuevo, como lo había hecho la monarquía absolutista, se quiso el rápido control de las mentes y corazones de los ciudadanos. Tal vez fuera la rapidez con que quiso hacerse la revolución. Pero una revolución puede ser lenta y actuar impregnando mansamente a toda la sociedad, calladamente y en paz, sonriente ante las bofetadas que el Terror del terrorismo de Estado suele dar a quienes señalan la escisión patológica entre lo que dicho Estado dice y lo que hace. El revolucionario puede pretender una unidad entre la palabra y los actos del individuo, pero esta unidad es imposible en un mundo falso en el que todos hemos crecido. Por tanto, no se puede aspirar a esta unidad al estilo puritano, o sea, con represión. No podemos forzar los tiempos. No podemos dejar de ser lo que somos a golpe de decreto, pues esto es precisamente lo que cuestionamos en el terrorismo de Estado que gobierna al mundo. Sin embargo, hay una falsa retórica que sí debe ser denunciada como origen de nuestros males, como enfermedad de la actual clase política. Esta clase quiere el poder por el poder, quiere mandar a toda costa. Por supuesto este pathos existe en muchos autodeclarados revolucionarios. Se encuentra, por ejemplo, en Lenin, según una biografía del mismo que voy leyendo para comprender lo cerca que está el horror incluso cuando operan buenas intenciones.

Señalar la necesidad de limpiar lo que está insalvablemente sucio, debe hacerse sin que demos el peligroso paso hacia las purgas y la extirpación obsesiva de “enemigos”. Pero no debemos achicarnos, tampoco, ante quienes acusan a la tarea de limpieza que nuestra sociedad necesita, para justamente mantener su propia miseria. Un discurso que denuncia la retórica revolucionaria puede haber emergido de este pathos de autosupervivencia de la clase política corrupta que actualmente llena nuestra vida política oficial. A la corrupción siempre hay que denunciarla y entenderla, por supuesto, como un mal moral. La moral siempre está en la política. Pero la clave es cómo hacerlo sin convertirnos en sombras del Incorruptible (Robespierre). Las amargas reflexiones finales de Saint Just poco tiempo antes de su ejecución son reveladoras, como señala Andress: “Buena parte de los escritos finales de Saint Just pueden dejar a su lector con la impresión de que vivía absorto por completo en la imagen que tenía de su propia virtud y rectitud, aunque también hay elementos que inducen a pensar que sabía de la naturaleza precaria del proyecto terrorista” (pp. 602-603). En una nota escribió el propio Saint Just: “Poca cosa perdemos cuando dejamos una vida desdichada en la que estamos condenados a vegetar convertidos en cómplices o testigos impotentes del crimen” (p. 603). ¿Qué pasó para que todo el esfuerzo de racionalizar la sociedad frente a la evidente desmesura irracional de la monarquía deviniera en el crimen? La Revolución Francesa fue el primer intento serio, por lo menos en cuanto a lo lejos que llegó, de reorganizar todo un mundo, lo que implicaba eliminar el mundo anterior.

No veo que la respuesta al crimen de Estado cometido por los bienintencionados y virtuosos revolucionarios sea dejar que la propia monarquía absolutista campara a sus anchas. Lo anterior era malo, sin duda. Pero lo que vino después no lo hizo exento de horror y de crimen. Hay una evidente pulsión de muerte en el modelo francés del Terror revolucionario. Danton lo expresó en el momento de crear el Tribunal Revolucionario que acabaría por condenarlo a él mismo: “Vamos a ser terribles para que no tenga que serlo el pueblo” (p. 605). La necesidad de renovar un estilo político corrupto y moralmente malo les obligó a una paradójica unión de Terror y libertad. Pero fue una libertad que terminó por exigir la censura. Sería una mirada francamente ingenua la que no viera este factor también en nuestro mundo. El formalismo de la democracia como supuesto ámbito legal, como imperio de la ley y constitucional, también ha fracasado y también ha generados baños de sangre (recientemente Libia, por ejemplo). Quizás haga falta atender a la economía como ámbito previo para que haya libertad de verdad, de un modo más contundente y radical que lo hacen las socialdemocracias.

Frente al dilema que parece definirse como la elección entre un tipo de Terror u otro (de Estado o revolucionario), el 15 M persigue, con su lúcida mirada, el modo de liberar, por fin, de terror a la sociedad. Su importancia histórica es evidente (salvo para los periodistas). El 15 M sería un momento mesiánico de exaltación sincera de la libertad pero asociándola, esta vez, a la paz. No sé en qué puede acabar, pero sí tengo claro la novedad y claridad del proyecto por ahora, y la obligación moral que tengo de apoyarlo y de participar en él. Y no me engaño respecto a lo cierto del hecho, obvio, de que el matrimonio promulgado por las “democracias” a la americana como es el actual régimen político en España es un matrimonio de la libertad con el Terror.