sábado, 18 de febrero de 2012

El sol que todavía no quema



Lenin defendió con decisión la necesidad de un pensamiento exteriorizante y ejercido por un agente mayor que la subjetividad individual y que fuera capaz, por todo ello, de concienciar y dirigir la lucha política. Es lo que el dramaturgo Brecht señaló acerca del partido: “el partido tiene mil ojos que ven más que un solo par de ojos” y de su función cognoscitiva y práctica. Para Lenin, en efecto, todo dependía de la creación de un núcleo de vanguardia intelectual y política en el que la teoría importaba mucho para que la práctica política funcionara bien. Es lo que tanto choca en su biografía cuando se comprueba la cantidad de energía que gastó en luchas intelectuales aparentemente inútiles. Probablemente para él era en esos matices que defendió frente a mencheviques, socialistas agrarios revolucionarios y sectores derechistas bolcheviques en los que se jugaba una parte crucial de lo que debía conducir a la revolución. Esto no se apoyaba en una epistemología objetivista fuerte por la que la instancia privilegiada fuera capaz de captar la verdad de un objeto, sino que, contra esta suposición, el partido era sujeto de una epistemología de orientación necesariamente parcial y que en medio del manejo práctico en la lucha política iba afinando su captación de la historia. Frente a un tosco cartesianismo, la idea de verdad en Lenin no siempre fue la de algo captable asépticamente y totalmente desde fuera, aunque bien es cierto que el Partido valía en cuanto trascendía a los individuos con una mirada más exterior que la de sus miembros uno a uno. Pero para poder mirar bien, el partido debe también mantenerse en el fango, o sea, en la agitación de la lucha de clases. De ésta y del proletariado por sí mismo Lenin no esperaba que surgiera una sana concienciación. La función de romper el velo ideológico desde fuera se la daba al Partido y a los intelectuales (en esto se oponía con fuerza a los socialistas agrarios). Este elemento de una agente de la verdad que actúa con un cierto traumatismo irrumpiendo bruscamente desde fuera para revolver el panorama, Zizek lo relaciona con una idea “materialista judeocristiana” respecto a la pulverización del sujeto mediante el encuentro con algo externo.

Discutir estas ideas nos llevaría mucho rato. Quedémonos con la desafiante convicción acerca de una parcialidad de la verdad que tan poderosa fue en Lenin. Yo creo que la ciencia obedece a algo previo, como ya he señalado en este blog, que podíamos considerar una postura por la que el investigador ya ha tomado partido. Sin llegar al nihilismo anticientífico de Nietzsche, de él podemos recoger la idea de que la ciencia y toda actividad humana presuponen un ejercicio de poder, una línea o dirección, una apuesta. Y esto en las ciencias sociales podría ser determinante. Seguramente resulte imposible hacer una ciencia social absolutamente neutra, y habría que ubicar en grandes marcos o paradigmas el trabajo del científico, que es guiado por dichas preconcepciones. Esto ocurre porque el científico se halla, como señala Zizek, compuesto e implicado por la materia que estudia, es decir, es constituido por su objeto de estudio, como toda la tradición heideggeriana y hermenéutica ha señalado. Yéndonos al marxismo, también se ha señalado, en un típico tono hegeliano, esta íntima y dialéctica vinculación del sujeto y la subjetividad con el objeto. No conozco el pensamiento de Lenin como para afirmarlo con seguridad pero evidentemente su materialismo dialéctico entiende sobre todo de este segundo modo el engarzamiento del investigador con la realidad que investiga. De hecho, como hemos indicado, aunque hay una verdad fuerte objetiva, su captación es difícil, progresiva y la ha de hacer un sujeto al mismo tiempo fuera de ella pero también embarrado en ella. El hombre va entendiendo su mundo con la acción y no solamente con la mirada contemplativa o contemplativo-dialéctica.

Uno de los elementos para mí aprovechables del buen materialismo (no solo marxista sino otros materialismos como el zubiriano que apuntan a la tradición más fenomenológica) es el de una comprensión “sucia”, enfangada y revuelta por parte de la inteligencia de su objeto, porque el estudio del mundo y de la materia se hace desde el mundo y desde la materia. Esta es precisamente la dificultad del conocimiento que no siempre puede ser el cristalino arroyo que quisiera. El conocimiento es posible precisamente porque está limitado y condicionado. Esto en las ciencias sociales no debe ser excusa para dar carta blanca a las propias opiniones políticas como guía de la investigación, pero de un modo básico, seguramente las ciencias sociales no existirían sin apuestas previas que ubiquen el objeto de estudio en un marco necesario para estudiarlo. Es lo que tal vez pretendía Lenin que debía hacer el partido o en cualquier caso el sistema marxista-engeliano. Desde aquí lo que se daría es una desnaturalización de lo que en la economía o sociología liberal se da como verdades naturales, y gracias a esta desnaturalización que saca a relucir el ingrediente político de la mirada liberal, se puede captar la realidad sin ser atrapados por sublimaciones ni falsas profundidades, sino como apariencia sin velo.

En Zizek esta trama apariencial la describe en estilo lacaniano. De hecho el observador social debe captar una forma incapaz de ser vista a partir de la inercia del pensamiento burgués. Esta forma tiñe todos los contenidos. Se trata de una forma social que puede vetear a todas las sociedades actuales, en las que muchos fenómenos se darían como sublimaciones, mistificaciones y en el fondo ecos del fetichismo de la mercancía. Es verdad, creo, que nuestro mundo es fantasmal, y es verdad también, sigo creyendo, que es lo propio del capitalismo financiero y monopolista tardío, del dinero fantasma y de la venta de experiencias frente a la venta de objetos, como cierto pensamiento postmoderno ha señalado. Esta incursión en el ámbito de las experiencias, íntimo e intransferible, representa la mayor invasión que yo me atrevería a denominar “totalitaria” del capitalismo. Porque esto quiere decir que el mundo de la competitividad y de la oferta y la demanda, con la cosificación que conlleva, están ya en el alma, acaso en un grado que jamás se ha podido dar anteriormente. Somos meras modulaciones del mercado hasta en lo más recóndito de nuestros sueños.

Si atendemos a Lenin queda claro, pues, que lo que buscamos y busca Zizek, es un revulsivo traumatizante que con brusquedad rompa la telaraña. El simple hecho de acudir a un personaje del que todo el mundo reniega y que se asocia a dictadura y totalitarismo, ya es rompedor. Pero, irónicamente, es usado en cuanto quebrantador para quebrantar ese totalitarismo fino, como el chirimiri del norte, que empapa sin que lo sepamos. De hecho, formaba parte del estilo tanto intelectual como político de Lenin la búsqueda de este efecto de choque. Es en este sentido el de Lenin un pensamiento con un cierto tono de cinismo griego, que nos ayuda a seguir donde queremos, que nos previene cuando la marea nos ha alejado imperceptiblemente de ello, de lucidez ética y política que a veces han de imponerse a los derroteros no siempre limpios de la vida política. Es el momento revolucionario o mesiánico en la política, opuesto al tedio y al abandono, el momento del ir haciendo, del gerundio, de la alegría por la irrupción de los sans-culottes en el poder y todavía lejos del Termidor bonapartino o stalinista. Lenin es, como Trotsky, el nacimiento en la política, el tiempo nuevo. Es una figura enérgica que aporta nervio y fervor contra una política en la que trepan y prosperan los malos, que trae una política en cierto modo religiosa, de interconexión y de fraternidad, de fe y de esperanza, optimista, frente al paralizante formalismo atomizador liberal-capitalista. Antes de que la razón instrumental ejerza su imperio, antes de que todas las dialécticas habidas y por haber en la razón ilustrada irrumpan, hay un momento luminoso y creativo el cual si no ha existido es inventado (mitificación de la Transición en España para darle categoría y rango de “buena” política, por ejemplo). Eso es la revolución.   

1 comentario:

Alejandro Gutierrez Rocha dijo...

Lenin muy adelantado a su tiempo, ni siquiera póstumo lo pensamos aún. ¿Por qué describe tan nihilista anticientífico a Nietzsche, en este tiempo se podría concebir así, pero pienso que en un socialismo posterior, esta idea nihilista podría ser común en el lenguaje de los hombres superados si llegara caso?