viernes, 23 de marzo de 2012

El currículo como objeto histórico y político.


El estudioso de la educación Michael W. Apple profundiza en sucesivos capítulos de su libro Ideología y currículo en las líneas argumentativas ya marcadas en el post anterior en el que tratamos de los dos primeros capítulos. Su tesis de que el currículo implica, tanto en los contenidos como en las formas de ser enseñado, una ideología concreta que precisamente usa la apariencia de un lenguaje científicamente neutro es reforzada con el estudio de la historia tanto intelectual como institucional del currículo que ha ido imponiéndose en las escuelas norteamericanas. En este sentido, Apple enumera diversos teóricos del siglo XIX que sin tapujos especulaban con una escuela cuya principal función consistía en la homogeneización cultural hacia el ideal capitalista de Estados Unidos enfocada a los inmigrantes. Así, el objetivo del control social era el que explícitamente se esgrimía como más necesario ante la realidad de un constante flujo de inmigrantes “amenazador”.

La cultura promovida por la escuela primaba la eficiencia y la buena adaptación a los requerimientos de la economía de mercado, como base “cultural” de una población de la que se esperaba un buen y ordenado servicio a la producción económica. Y esto por supuesto sigue funcionando así. De hecho, Apple comenta con cierta extensión su observación de lo que ocurre en un jardín de infancia, en el que se constata, según él, que cuanto mejor lo hace un maestro, es decir, cuanto más se ajusta a los requerimientos de una pedagogía “aceptable”, más sirve al modelo de trabajo y de producción capitalista.

La primera consecuencia que cabe extraer de esto es la no separación de la política y la educación, que han de ser vistas como estrechamente relacionadas. La pedagogía crítica de Apple va en la línea de precisamente enfatizar el ingrediente político de toda acción (y teoría) educativa. El otro día, hablaba precisamente con un compañero de mi Facultad de cómo el mero hecho de que exista un ámbito educativo llamado “animación sociocultural” supone ya una participación de la ciudadanía en sus contextos vivenciales (barrios, calle, etc.) de manera que se opone de hecho a las dinámicas que procedentes de los poderes económicos y políticos entienden la participación en un sentido mucho más pasivo y ritualizado (elecciones cada cuatro años y poco más). O sea, que una forma de entender la sociedad genera una forma de pedagogía que tiene evidentes implicaciones políticas. Creo que en general esto ocurre con todas las ciencias de la educación, que lejos de ser saberes inocentes, significan apuestas por modelos de vida y de sociedad particulares. En las ciencias sociales, como lo expresamos hace tiempo en un post dedicado a la sociología, se evidencia el elemento de interés previo e imprescindible a la hora de planear todo conocimiento o ciencia de la sociedad o de la educación.

Apple argumenta que es necesario para comprender el presente (que el positivismo sólo mira como hechos aislados y atemporales), verlo en su temporalidad, en su historicidad, lo que implica comprender el presente como producto de una historia. Es esto lo que todo el capítulo 4 del libro de Apple aborda, para mostrar que la historia curricular es la historia de cómo se ha ido planificando el currículo para ejercer una función de control social. En esta historia del currículo en Norteamérica hay dos partes. La primera es la de los trabajadores y teóricos del currículo que no ocultaban su función básicamente moral y la necesidad de que nos grupos considerados más inteligentes dirijan la sociedad ocupando mejores puestos. Basaban esto en un principio racional de organización y buen funcionamiento de la sociedad y la economía capitalista. Pero en un segundo momento esto que era brutamente expuesto, se ocultó bajo una palabrería “científica” que eludía todo matiz moral o valorativo y llegaba a conclusiones parecidas pero bajo el ropaje de la neutralidad más incontestable. En nombre de criterios lógicos y de eficiencia se legitimaba el modelo social existente, dotándolo de una sacralización positivista. Como señalaron Adorno y Horkheimer, creo, en las dinámicas de una razón instrumental de la más aséptica eficiencia se esconde un primitivismo mitologizante apto para eludir cualquier salida o ruptura del ciclo de la razón ahistórica. Donde menos historia parece haber, es donde más historia se encuentra, aunque para la razón de las finalidades y los medios no existe dicha historia.