domingo, 4 de marzo de 2012

La caridad como categoría vacía.


En España, el cardenal Rouco Varela intenta sofocar las críticas a la reforma laboral en la Iglesia. Leo con desazón que se ha enfrentado a colectivos católicos por esta razón. No solo eso, sino que ha apoyado los recortes y la cruel reforma laboral de la que se dice que creará empleo pero de la que cualquier persona que piense un poco (y muchos economistas) dicen que va destinada a concentrar la riqueza a costa de un rápido y masivo empobrecimiento de la población. Es producto de, como se dice con acierto, un golpe de estado financiero. Y por tanto no sólo no creará empleo, sino que, como señalan las estadísticas, lo está destruyendo y deteriorando. El horizonte de esta reforma es quitar los horizontes a millones de vidas, en un ataque a la vida sin precedentes en España, a la protección que merece, y a las familias corroídas por las deudas, el paro y la explotación de quienes no podrán educar ni cuidar adecuadamente a sus hijos.

Que existe esta brecha moral en algunas personas religiosas, esta incapacidad para ver a los demás y para atenderlos, es algo muy conocido y nada nuevo. Rouco Varela no hace más que ejemplificar un dinamismo de la conciencia por el que la ética y los valores se mistifican y formalizan, en un proceso que les quita todo contenido. Así, el imperativo central en el cristianismo del amor al prójimo, tan peligroso e incómodo de practicar, pierde dicha peligrosidad, estrechándose y convirtiéndose en una suerte de ideal vacuo y flotante que se aprende a desarrollar en función de las pautas y ritos permitidos socialmente. Es decir, para entender la sinrazón de Rouco Varela habría que asumir una perspectiva contraria al pensamiento “idealista” que él parece encarnar y enfangarse en la materialidad que nos constituye.

La materialidad, en ética, quiere decir la vuelta a pensar los contenidos, las afirmaciones positivas que intentan describir las acciones buenas y no sólo el ideal “puro” de lo bueno. Además, esta mirada puede comprender que todo lo que sale de la boca del hombre está mediatizado y teñido por lo que constituye al hombre. La propia Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento, es un libro que como es sabido asume una perspectiva carnal, muy sensual y materialista desde el Génesis y el relato de la creación del hombre. El hombre es barro amasado con el aliento divino, un aliento que exhala, se supone, Algo que no se define plenamente en toda la Biblia, sino que es, por el contrario, producto de una búsqueda aquí y ahora, o sea, terrenal. El hombre es tierra que en la tierra busca a Dios, porque no tiene otro lugar para hacerlo ni otro modo. Este materialismo que alude al componente inmanente y mundano de la existencia humana es, pues, judío y cristiano.

El materialismo es una clave que también está en la filosofía. Esto quiere decir que tanto el hombre como lo que hace, anhela, piensa o desea el hombre, se dan en un plano contingente y limitado, por mucho que se aspire a saberes absolutos. Dicha aspiración es ya producto de la limitación y frente a la aversión gnosticista ante lo que digo, debo recordar que la limitación de las condiciones materiales son también el lugar de las posibilidades de realización, porque la materia y el mundo son donde el hombre encuentra su fruto. La materia no es buena ni mala, pero el hombre sí puede hacerla buena o mala. Entender esto no significa negar la trascendencia de Dios, sino afirmar la inmanencia del hombre y su razón contingente, histórica, que piensa adherida al barro, como señalan los sistemas filosóficos de Zubiri o de Ellacuría. Se trata de dar la vuelta a la mirada gnostizante para recuperar el valor de lo mundano como clave de la existencia y como aquello que debe ser ensalzado, si atendemos a la Biblia en sus elementos más judaicos.
Este planteamiento materialista sirve para explicarnos que alguien, como Rouco Varela, pueda estar convencido de que ama al prójimo y de que obedece humildemente a Dios, cuando los hechos indican todo lo contrario. El ideal de la caridad cristiana, como los derechos humanos, debe historizarse, es decir, resaltarse las implicaciones reales (y como he dicho, peligrosas e incómodas) del mismo. No basta con amar en abstracto y siguiendo pautas ritualizadas y prescritas (limosnas), sino que se ama en un contexto que impregna al hombre y que podemos resumir como su “historia”, incluyendo aquí desde lo biológico a lo social y por supuesto lo económico. Se ama de maneras distintas, y ninguna de estas maneras es inocente, pues afirma o niega elementos de la historia humana que en gran medida hoy se halla configurada por el omnipresente mercado y el dinero. Así, un hombre es su cuerpo y su historia, estando las complejidades de su psique enlazadas con las inercias y fuerzas histórico-sociales. El hombre no flota en el vacío sino que es, como hemos señalado, tierra. Y esto determina tanto la mirada del hombre individual como su manera de amar.

En los matices se juega la verdad y en el amor ocurre igual, que no basta con amar o proclamarse cristiano, sino que hay que demostrarlo. El no robarás o no matarás son papel mojado si se mantienen en una espera de irrealidad que no afecta a lo que tiene carne y hueso, o sea, a lo que enerva, duele o nos obliga a implicarnos realmente. Así, si a mí me constituye mi historia, es en ella donde debo bucear para comprender la perspectiva de mi mirada, en una suerte de inmersión ontológica-materialista, como una mirada y un obrar que configuran a lo que previamente les ha configurado. No podemos más que reconfigurar lo que nos viene, que atisbar sus posibilidades, que apuntar a uno de sus horizontes. Y todo lo demás suena a la franca huida que Erich Fromm denominó “miedo a la libertad”.

Por toda esta carga Rouco Varela manifiesta tan notoria y anticristiana miopía, porque lo que el cristianismo pide al hombre pasa por una re-configuración de su mundo desde el hacerse cargo del que sufre y del débil, de la víctima de la injusticia y del abuso de poder. Si esto no se cree así es porque la lectura de los evangelios también se hace desde condicionamientos ineludibles. Decir que no conocen a Cristo y que tienen el alma rota los indignados es no haberse parado ni siquiera a escucharlos, desde una creencia falsa en que uno ostenta la mirada más pura y el campo de visión más limpio. Hay que aceptar humildemente (pues la humildad es además de moral, un requerimiento epistemológico) que uno no puede nunca ver a la perfección todo el panorama y que a uno lo han puesto a mirar y a amar de maneras siempre sujetas a crítica y autocuestionamiento. El cristiano debe trabajar constantemente con esto para discernir bien cuándo y cómo la realización humana se da de manera acorde con lo que una lectura sincera (en la que uno no busque seguridad o prestigio) de los Evangelios dicta. Rouco Varela es culpable de no someter su inquisitorial mirada a esta prevención epistemológica, de reducir su mundo y el mundo, de estrechar los mandatos divinos para convertirlos en normas y formalismos hueros. Ello se debe al mundo en el que Rouco Varela se nutre, al mundo político y económico donde él desea moverse, a donde su historia personal y la historia parece haberlo arrojado. Y es culpable, digo, porque creo que uno puede sobreponerse y preguntarse por qué está dónde está, por su modo de vida, por los amos a los que sirve. Porque si no se hace esto, uno puede sorprenderse avalando con mil excusas (que la capacidad de autoengaño en las personas es abrumadora) un mundo francamente anticristiano. Tanto es así que Rouco ha llegado a alabar la reforma laboral, lo que espero deje claro que es producto de esa historia global que lo constituye y que le hace opinar y “amar” o profesar el cristianismo de manera condicionada y muy particular. Porque no hay amor, sino amores.

2 comentarios:

Al-Juarismi dijo...

Admirable perspectiva. El gran poder que la religión católica tiene en nuestro país persiste en no adecuarse a la sociedad que le sustenta. Un saludo.

M. A. Velasco León dijo...

Gracias por recordar que la humildad es requisito epistemológico para cualquier conocimiento mínimamente objetivo.
Rouco, la jerarquía y una buena parte de los fieles, están dentro de la inevitable muerte de cualquier mensaje religioso, valioso en su origen. Se trata de lo que Bergson califica como religión cerrada. Presa de un formalismo rígido al servicio de quienes dominan una sociedad, que también intentan que permanezca estática.