martes, 15 de mayo de 2012

Educación como religación


Mi mayor preocupación como filósofo de la educación es entender muchas de las afirmaciones sobre la educación que se profieren en numerosos textos y manuales, pero que siento que adolecen de una cierta vaguedad o, como he calificado anteriormente, “idealismo”. Que la educación sea algo humano, propio del hombre, puede ser dicho por distintos autores, pero si nos vemos obligados a matizar, saldrán a relucir perspectivas muy distintas acerca de lo humano, latentes en unas afirmaciones que de tan repetidas se asumen a veces con excesiva ligereza como si todo estuviera claro. La educación es, creo, un problema filosófico porque remite a cuestiones metafísicas, antropológicas y ontológicas si queremos entenderla. Por ejemplo, que el hombre sea pura libertad, absoluto e independiente autor de sí mismo, como planteaba el existencialismo sartreano, es muy distinto de la forma de resolver lo que de libre o determinado haya en el hombre por parte de Zubiri y Ellacuría. Asimismo, el hombre “pastor del ser” o comprensor del ser según la perspectiva heideggeriana puede ser muy distinto del hombre animal de realidades de Zubiri. Según el posicionamiento ontológico del que partamos desembocaremos en una u otra forma de educación.

Para mí el desafío estriba en la superación de las ontologías dualistas que explican lo humano y el mundo desde instancias ajenas o fundamentos básicos al estilo de la metafísica. Zubiri, en este sentido, hace posible una comprensión del hombre que constituye un notable esfuerzo filosófico de superación de los abismos dentro y fuera del hombre que escinden la realidad. El hombre es materia que Zubiri entiende desde su teoría de la inteligencia sentiente y de la esencia. El hombre está en la realidad, es realidad, pero realidad que capta la realidad como tal, como realidad. Este sustrato real es la fuente de donde brota lo humano, y no un ser que por mucho que haya de captarse temporal e históricamente, resulta ajeno. El ser reposa, sin embargo, en la realidad, que es aquello con lo que originariamente conecta el hombre. El hombre aprehende el mundo de un modo cualitativamente distinto al sentir animal, pues está materialmente constituido, estructuralmente, para ello. En él la sensación se da entremezclada con la intelección. Sentir es ya pensar, y pensar se da a partir del sentir. Es lo que Zubiri desarrolla ampliamente en su teoría de la inteligencia sentiente.

Zubiri aspira como Heidegger a desenvolverse en lo nuclear, en lo originario, pero, a diferencia de Heidegger, asume un estilo de materialismo fuertemente marcado por la ciencia y la teoría de la evolución, por la biología. Sin embargo, no hay en absoluto reduccionismo ni cientificismo en el filósofo vasco, pues aunque las explicaciones sobre el hombre recurran a menudo a la ciencia, el problema nunca deja de ser abordado “metafísicamente”, como señala Ellacuría acerca de Zubiri. Hay una teoría básica sobre el mundo, la materia y el ser, una apuesta ontológica por la que primero va la realidad y es en su captación como tal donde viene dado el Ser para el hombre. Porque el hombre se relaciona inteligentemente con la realidad, más allá de lo meramente estimúlico o instintivo, que aunque sea desbordado o superado, no es sin embargo suprimido. Esto se explica por una característica inscrita en el mundo desde su “creación”, que se refleja en su proceso de constante desgajamiento, de reproducción (como la que se da entre seres vivos de la misma especie, entre padres e hijos) por el que una unidad estructural tiende por sí, en su “talidad”, a extenderse tentacularmente, a desgajarse como las células en la mitosis, de lo que resulta otra unidad compuesta de una estructura de notas (elementos básicos y relacionales que constituyen a las cosas, como propiedades, frente al substancialismo aristotélico que peca, según Zubiri, de fijista, de estático; por esto Zubiri habla de “posibilidades” en vez de “potencias”). Esta segunda unidad es y no es la anterior, mantiene en sí a la anterior, pero se ha configurado como otra cosa. Esto es una característica de toda la materia, desde la física, pero donde lo que he llamado “unidad” aparece claramente es en la vida, en los cuerpos vivos, en la materia orgánica. La especie como estructura real (y no un “universal” o definición) situada en cada uno de sus especimenes. Cada uno es, en cierto modo, toda la especie, y la especie es todos los individuos. Se producen, así, cuerpos o unidades diferenciadas de un medio pero que no sobreviven sin el medio, religadas al mismo. Su mera diferenciación presupone a aquello de lo que se diferencian (el medio, que para el hombre es el mundo, debido a la forma de ser propiamente humana). Es la vida, como he dicho, la que en su proceso ofrece un paradigma metafísico a Zubiri, con el que entiende el todo que él llama realidad. La realidad, pues, es una estructura de subestructuras que se relacionan entre sí, que de hecho son lo que son en cuanto se relacionan y vinculan respectivamente. Hay, pues, una natural versión a lo otro en cada objeto mundano.

En el proceso al que tiende la materia, no como un impulso ni obedeciendo a una teleología exterior, se van re-produciendo o posibilitando niveles cada vez más complejos, como algo que estaba dado ya cual posibilidad en los primeros átomos, pero que no significa una intromisión de un poder activo exterior como en las metafísicas dualistas. Para Zubiri, señala Ellacuría, es posible la creación sin que ella se niegue inconsecuentemente mediante el acto milagroso o la irrupción del otro lado del abismo. Porque aunque hay saltos cualitativos en la realidad, no hay ruptura en ningún momento en su seno. De hecho, Zubiri explica lo psíquico como algo engarzado en la materia orgánica, y del mismo modo, lo espiritual, posibilitado por lo psíquico. Esta continuidad la halló expresada por los Padres griegos frente a la patrística latina mucho más estaticista.

Creo que todo esto ofrece una base para seguir entendiendo al hombre como persona y a la educación como proceso humano y humanizador sin el fácil y peligroso recurso a causalidades eficientes exteriores. Por ejemplo, lo axiológico sería propio de las cosas en cuanto vertidas al hombre. No habría valores, pues, sin hombre, pero esto no quita una cierta consistencia real a lo que llamamos bienes (la cosa en cuanto se presenta teñida por un valor). Las cosas son buenas en la medida que hay hombres que las valoran, como recuerda Zubiri que afirmara Protágoras. Esto no es sino un énfasis, en el ámbito de lo axiológico, de la constituyente relacionalidad de todas las cosas, del carácter respectivo del universo, de su religación sin rupturas. Del mismo modo, la educación tiene carácter real en cuanto hay personas, lo cual presupone una materia que sin determinismos cerrados ha posibilitado realidades abiertas como la persona. Hay educación porque hay átomos, lo que quiere decir que sin átomos no habría educación pero a sabiendas de que lo educativo no se reduce a una configuración física de los átomos. La propia materia, los átomos, ha florecido como realidades distintas pero no excluyentes de lo previo, del átomo, que incluso redefinen y reconstituyen lo anterior (como obra y se relaciona la mente con el cuerpo humano, al modo de una trascendencia de origen y ubicación inmanente, que revierte sobre aquello de lo que ha surgido).

Pensar la educación es pensar la relacionalidad de la materia en cuanto materia humana. El objeto de la filosofía de la educación es estudiar el estilo de respectividad y religación que se da, concretamente, entre las personas. Cómo se engarzan unas con otras, como se da esa religación en sus configuraciones concretas que siempre implican lo social (de ahí que toda educación sea educación social). El filósofo de la educación está interesado en la figura (forma) de lo humano como algo ni férreamente determinado ni flotantemente vaporoso. De un modo u otro siempre reflexiona sobre cuestiones antropológicas. La educación sería el proceso en el que se re-produce la vinculación entre las personas en cuanto personas. Para entender esto sin vaguedades, sublimaciones y mascaradas hay que mirar a las filosofías materialistas.