Mi mayor preocupación como filósofo de la
educación es entender muchas de las afirmaciones sobre la educación que se
profieren en numerosos textos y manuales, pero que siento que adolecen de una
cierta vaguedad o, como he calificado anteriormente, “idealismo”. Que la
educación sea algo humano, propio del hombre, puede ser dicho por distintos
autores, pero si nos vemos obligados a matizar, saldrán a relucir perspectivas
muy distintas acerca de lo humano, latentes en unas afirmaciones que de tan
repetidas se asumen a veces con excesiva ligereza como si todo estuviera claro.
La educación es, creo, un problema filosófico porque remite a cuestiones
metafísicas, antropológicas y ontológicas si queremos entenderla. Por ejemplo,
que el hombre sea pura libertad, absoluto e independiente autor de sí mismo,
como planteaba el existencialismo sartreano, es muy distinto de la forma de
resolver lo que de libre o determinado haya en el hombre por parte de Zubiri y
Ellacuría. Asimismo, el hombre “pastor del ser” o comprensor del ser según la
perspectiva heideggeriana puede ser muy distinto del hombre animal de
realidades de Zubiri. Según el posicionamiento ontológico del que partamos
desembocaremos en una u otra forma de educación.
Para mí el desafío estriba en la superación de
las ontologías dualistas que explican lo humano y el mundo desde instancias
ajenas o fundamentos básicos al estilo de la metafísica. Zubiri, en este
sentido, hace posible una comprensión del hombre que constituye un notable
esfuerzo filosófico de superación de los abismos dentro y fuera del hombre que
escinden la realidad. El hombre es materia que Zubiri entiende desde su teoría
de la inteligencia sentiente y de la esencia. El hombre está en la realidad, es
realidad, pero realidad que capta la realidad como tal, como realidad. Este
sustrato real es la fuente de donde brota lo humano, y no un ser que por mucho
que haya de captarse temporal e históricamente, resulta ajeno. El ser reposa,
sin embargo, en la realidad, que es aquello con lo que originariamente conecta
el hombre. El hombre aprehende el mundo de un modo cualitativamente distinto al
sentir animal, pues está materialmente constituido, estructuralmente, para
ello. En él la sensación se da entremezclada con la intelección. Sentir es ya
pensar, y pensar se da a partir del sentir. Es lo que Zubiri desarrolla
ampliamente en su teoría de la inteligencia sentiente.
Zubiri aspira como Heidegger a desenvolverse
en lo nuclear, en lo originario, pero, a diferencia de Heidegger, asume un
estilo de materialismo fuertemente marcado por la ciencia y la teoría de la
evolución, por la biología. Sin embargo, no hay en absoluto reduccionismo ni
cientificismo en el filósofo vasco, pues aunque las explicaciones sobre el
hombre recurran a menudo a la ciencia, el problema nunca deja de ser abordado
“metafísicamente”, como señala Ellacuría acerca de Zubiri. Hay una teoría
básica sobre el mundo, la materia y el ser, una apuesta ontológica por la que
primero va la realidad y es en su captación como tal donde viene dado el Ser
para el hombre. Porque el hombre se relaciona inteligentemente con la realidad,
más allá de lo meramente estimúlico o instintivo, que aunque sea desbordado o
superado, no es sin embargo suprimido. Esto se explica por una característica
inscrita en el mundo desde su “creación”, que se refleja en su proceso de constante
desgajamiento, de reproducción (como la que se da entre seres vivos de la misma
especie, entre padres e hijos) por el que una unidad estructural tiende por sí,
en su “talidad”, a extenderse tentacularmente, a desgajarse como las células en
la mitosis, de lo que resulta otra unidad compuesta de una estructura de notas
(elementos básicos y relacionales que constituyen a las cosas, como
propiedades, frente al substancialismo aristotélico que peca, según Zubiri, de
fijista, de estático; por esto Zubiri habla de “posibilidades” en vez de
“potencias”). Esta segunda unidad es y no es la anterior, mantiene en sí a la
anterior, pero se ha configurado como otra cosa. Esto es una característica de
toda la materia, desde la física, pero donde lo que he llamado “unidad” aparece
claramente es en la vida, en los cuerpos vivos, en la materia orgánica. La
especie como estructura real (y no un “universal” o definición) situada en cada
uno de sus especimenes. Cada uno es, en cierto modo, toda la especie, y la
especie es todos los individuos. Se producen, así, cuerpos o unidades
diferenciadas de un medio pero que no sobreviven sin el medio, religadas al
mismo. Su mera diferenciación presupone a aquello de lo que se diferencian (el
medio, que para el hombre es el mundo, debido a la forma de ser propiamente
humana). Es la vida, como he dicho, la que en su proceso ofrece un paradigma
metafísico a Zubiri, con el que entiende el todo que él llama realidad. La
realidad, pues, es una estructura de subestructuras que se relacionan entre sí,
que de hecho son lo que son en cuanto se relacionan y vinculan respectivamente.
Hay, pues, una natural versión a lo otro en cada objeto mundano.
En el proceso al que tiende la materia, no
como un impulso ni obedeciendo a una teleología exterior, se van re-produciendo
o posibilitando niveles cada vez más complejos, como algo que estaba dado ya
cual posibilidad en los primeros átomos, pero que no significa una intromisión
de un poder activo exterior como en las metafísicas dualistas. Para Zubiri,
señala Ellacuría, es posible la creación sin que ella se niegue inconsecuentemente
mediante el acto milagroso o la irrupción del otro lado del abismo. Porque
aunque hay saltos cualitativos en la realidad, no hay ruptura en ningún momento
en su seno. De hecho, Zubiri explica lo psíquico como algo engarzado en la
materia orgánica, y del mismo modo, lo espiritual, posibilitado por lo
psíquico. Esta continuidad la halló expresada por los Padres griegos frente a
la patrística latina mucho más estaticista.
Creo que todo esto ofrece una base para
seguir entendiendo al hombre como persona y a la educación como proceso humano
y humanizador sin el fácil y peligroso recurso a causalidades eficientes
exteriores. Por ejemplo, lo axiológico sería propio de las cosas en cuanto
vertidas al hombre. No habría valores, pues, sin hombre, pero esto no quita una
cierta consistencia real a lo que llamamos bienes (la cosa en cuanto se
presenta teñida por un valor). Las cosas son buenas en la medida que hay
hombres que las valoran, como recuerda Zubiri que afirmara Protágoras. Esto no
es sino un énfasis, en el ámbito de lo axiológico, de la constituyente
relacionalidad de todas las cosas, del carácter respectivo del universo, de su
religación sin rupturas. Del mismo modo, la educación tiene carácter real en
cuanto hay personas, lo cual presupone una materia que sin determinismos
cerrados ha posibilitado realidades abiertas como la persona. Hay educación
porque hay átomos, lo que quiere decir que sin átomos no habría educación pero a
sabiendas de que lo educativo no se reduce a una configuración física de los
átomos. La propia materia, los átomos, ha florecido como realidades distintas
pero no excluyentes de lo previo, del átomo, que incluso redefinen y
reconstituyen lo anterior (como obra y se relaciona la mente con el cuerpo
humano, al modo de una trascendencia de origen y ubicación inmanente, que
revierte sobre aquello de lo que ha surgido).
Pensar la educación es pensar la
relacionalidad de la materia en cuanto materia humana. El objeto de la
filosofía de la educación es estudiar el estilo de respectividad y religación
que se da, concretamente, entre las personas. Cómo se engarzan unas con otras,
como se da esa religación en sus configuraciones concretas que siempre implican
lo social (de ahí que toda educación sea
educación social). El filósofo de la educación está interesado en la figura
(forma) de lo humano como algo ni férreamente determinado ni flotantemente
vaporoso. De un modo u otro siempre reflexiona sobre cuestiones antropológicas.
La educación sería el proceso en el que se re-produce la vinculación entre las
personas en cuanto personas. Para entender esto sin vaguedades, sublimaciones y
mascaradas hay que mirar a las filosofías materialistas.

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