viernes, 4 de mayo de 2012

El interés del científico social


Cualquier persona reflexiva tiene hoy un objeto obligado de reflexión en el 15 M. Si es que antes de emplear los instrumentos de la ciencia se puede hablar, como de hecho se hace, de un olfato “intelectual” capaz de dilucidar en la realidad histórica la aparición de un punto donde convergen líneas y se manifiesta, como en una epifanía, verdades hasta el momento ocultas, un olfato capaz de leer en lo que los teólogos llaman los “signos de los tiempos”, este olfato apunta al 15 M. Bien es cierto que hay prejuicios que obran en contra de la aceptación de este núcleo donde se condensa la realidad, que nos hace pensar. En el 15 M hay una densidad para mí obvia, un peso específico y un magnetismo que atrae a la mente. Hay filosofía en ebullición.

Pero también siempre obra la complejidad de lo ideológico, inserto en mentes, ojos y cuerpos, para producir reacciones adversas al 15 M y nublar el entendimiento. En esto, podemos diferenciar dos tipos de miradas adversas, de las cuales yo he escrito mucho, por gobernar el PSOE en aquellos tiempos, de la que llamaríamos “psoísta”. Hay otra que he esperado el momento apropiado para abordarla, que estaría a la derecha del panorama político español y que en los próximos posts voy a abordar. Porque en la política tal como se da en España, lo ideológico lo es todo, desgraciadamente. Ser de uno u otro partido tiene que ver con pertenecer a una u otra cultura, por lo que en los conflictos políticos nos encontramos con que se enfrentan imágenes del mundo y formas de estar en el mundo, perspectivas, religiones en el sentido más ideológico de la palabra. Yo no puedo sin embargo ahondar más allá de este breve esquema, porque tendría que ser un estudioso profesional, científico, de las culturas, o sea, un antropólogo o un sociólogo, cosas que no soy. No me dedico a la descripción empírica de fenómenos culturales.

Pero como filósofo sí debo señalar que un abordaje supuestamente racional de la política o de temas políticos, no lo es tanto, sino que esconde un componente cultural. Se decide u opina en función de concretas cosmovisiones. Es esto lo que a mi juicio puede explicar el rechazo que puede suscitar el 15 M, rechazo que puede deberse a lo mucho que interesa al observador seguir constituyendo su vida en torno a las viejas imágenes y cosmovisiones asumidas y heredadas. Así, tal vez en apariencia más amable, el psoísta ha adivinado que hay materia política y filosófica sustanciosa que debe, eso sí, digerir a su imagen y semejanza. Tiene un interés, perdóneseme la redundancia, interesado. Ya se ha señalado a menudo la función que en la Transición se adjudicó el PSOE de fagocitador de los peligrosos movimientos sociales y políticos a su izquierda. Baste ver, hoy día, figuras como Cristina Almeida o Rosa Aguilar que antes tanto piaban y que ahora callan, que durante una década han callado sobre los desahucios, por ejemplo. Hay un poder en el PSOE capaz de seducir y de aniquilar que obra con gran eficacia.

Desde esta mirada a la “izquierda”, el observador del 15 M suele obrar de dos maneras en apariencia opuestas: por un lado puede esgrimir (hablo de intelectuales) teorías formalistas de la democracia, que por mucho que miren a lo material, acaban consagrando la forma “Constitución de 1978” como marco donde se garantiza el juego político sin que, dicen, corra la sangre. Van más lejos y aseguran que no sólo se garantiza la paz social a golpe de “principios” y normativas, sino que ocurre porque se realizan en el juego marcado por la Constitución los anhelos, las decisiones y las necesidades básicas de un pueblo que se empeñan en mirar con una mirada desmenuzadora que revienta las antiguas divisiones revolucionarias de las clases sociales. Así, la vida humana, dicen, es menos fácilmente definible que como la entienden los movimientos revolucionarios con sus dicotomías y anticuados clichés. Por eso eluden sumergirse en cuestiones materiales, en una lectura de la realidad histórica que podría obligarles a revelar sus intereses. El resultado de la teoría social de los psoístas es que hay una variedad infinita y vertiginosa en los “pueblos” por la que no se puede hablar de un determinismo central de las condiciones económicas o cualquier otra causa única, y se habla entonces de la coexistencia de capitales y cientos de factores en juego. Se pueden apoyar para esto en sociologías como la de Pierre Bourdieu que recogen en su faceta más relativista, olvidando el componente fuerte, revolucionario, del sociólogo francés. Porque Bourdieu, a diferencia de Foucault, no intenta el sinsentido de éste cuando intenta un metasaber de los saberes, como si se pudiera, contra su propia teoría, elevar y observar desde una atalaya imparcial el panorama político y social. El camino de un pensamiento revolucionario que Foucault intentó, lográndolo hasta cierto punto y por mucho que denostara en momentos concretos de su vida, por la fatiga, de ciertos grupos extremistas (también se puede decir que apoyó a la revolución de Jomeini… nadie es perfecto y la excentricidad nos juega a veces estas pasadas), lo marca más bien una línea menos relativista como la de su discípulo lejano Bourdieu.

En Bourdieu está la clave para lo que es la posición crítica por excelencia, cuando hablamos de política: un estar en el juego consciente y lúcido, cuya lucidez estriba en que se re-conoce el límite de la propia materia (se lo eleva a la consciencia) que constituye al propio observador (científico, filósofo), pero siéndose capaz de discernir horizontes y posibilidades. Bourdieu, con su interesantísima teoría social, nos sitúa justo en el punto donde se puede estar impregnado de sociedad pero también, limitadamente, se puede aspirar a subir a una cierta atalaya que él relaciona con la modernidad, la ciencia y sobre todo la scholé (la academia). Aquello a lo que el científico se ve socialmente impelido es a la búsqueda de la asepsia e imparcialidad en el saber que profesa y fabrica. Es, pues, la línea filosófica de un materialismo donde se encuentra este difícil equilibrio en el que ha de situarse el crítico. En esto Bourdieu desarrolla elementos de Adorno, Marcuse, Bloch, Fromm y de otros autores “revolucionarios”, presentes también en Zubiri o Ellacuría, que han partido de lo que Marcuse afirma en esta relevantísima cita: “La historia es el reino de la posibilidad en el reino de la necesidad. Por tanto, entre las distintas formas posibles y actuales de organizar y utilizar los recursos disponibles, ¿cuáles ofrecen la mayor probabilidad de un desarrollo óptimo?” (Hombre unidimensional, p. 21). Bloch también desarrolla este equilibrio entre necesidad y margen de libertad en el hombre para de algún modo autodefinirse y dibujar con sus opciones la historia.

La historia sería ese juego entre determinación y libertad que también desarrolla ampliamente Ellacuría, como su maestro Zubiri en algunos textos. Es lo propio de una teoría materialista que no claudique ante el relativismo. Esto parte, obviamente, de la idea frankfurtiana del científico como un estudioso que obra desde un interés, apostando previamente por unos derroteros y horizontes en su trabajo, lo cual no es una parcialidad que nuble la mirada sino todo lo contrario. Es la supuesta imparcialidad de un formalismo científico de la sociología más descriptiva y puramente empírica la que es puesta en su lugar por los enfoques más “revolucionarios” o críticos como el frankfurtiano.

El intelectual psoísta acude o bien a teorías formales de la democracia que vienen muy bien para olvidar ciertos deberes y a ciertas mayorías pobres que dicen que todavía pululan por el mundo (me llamarían “populista” por decir esto). Es este llanto el que resulta acallado en medio de un discurso bien elaborado para justificar y legitimar un orden que se cimenta en el peor de los desórdenes, en el más injusto. Pero ocuparse de estas materialidades, dicen, es totalitario y nos llevaría a un innecesario conflicto. ¿No dice acaso Hannah Arendt que no hay que introducir en la política la discusión sobre la justicia?

En España lo cierto es que hoy por hoy la socialdemocracia ha claudicado desvergonzadamente ante el neoliberalismo, y esto lo ha propiciado, en el ámbito cultural, el abandono de teorías como la de los marxismos, por ejemplo. Es fundamentando en teorías formales la democracia que pueden incluso inspirarse en Habermas como estos ideólogos psoístas quieren hacer ver que nuestros políticos no constituyen una clase, y que contra lo que afirma el 15 M, “nos representan”. Y cuando pueden recurrir a la mirada crítica o subversiva del sociólogo, científico o filósofo, que lo son en cuanto mantengan la lucidez en relación con la propia materia constituyente pero desde la cual se atisban posibilidades nuevas e incluso muy borrosamente nuevos horizontes vislumbrados dificultosamente, sabiéndose tan limitados como posibilitados, se quedan en un relativismo del no poder escapar de la trama de enredos en que consiste la sociedad. Si alguien se atreve a cuestionar el modelo político, será, dirán, su inercia social la que hable y les cree la falsa sensación de que pueden mirar más allá de donde mira.

En definitiva, el psoista va de la afirmación de un ideal abstracto de la democracia a, cuando se sumerge en la materialidad, un relativismo que le ciega para cuestionar el funcionamiento anómalo de sus ideales. El objetivo implícito es mantener como sea el statu quo político. Por esto escribí hace meses que hay una sociología conservadora psoísta y una sociología revolucionaria. La función de quien desde el 15 M quiera destapar la ciencia interesadamente relativista de los críticos “blandos” (psoístas) del 15 M, es precisamente apuntar al interés y las inercias que la mueven. Contra su juego relativista, más relativismo, más miradas, más sesgos debemos señalar en tales observadores “imparciales” esclavos de la más inconfesable parcialidad.