Cualquier persona reflexiva tiene hoy un
objeto obligado de reflexión en el 15
M. Si es que antes de emplear los instrumentos de la
ciencia se puede hablar, como de hecho se hace, de un olfato “intelectual”
capaz de dilucidar en la realidad histórica la aparición de un punto donde
convergen líneas y se manifiesta, como en una epifanía, verdades hasta el
momento ocultas, un olfato capaz de leer en lo que los teólogos llaman los
“signos de los tiempos”, este olfato apunta al 15 M. Bien es cierto que hay
prejuicios que obran en contra de la aceptación de este núcleo donde se
condensa la realidad, que nos hace pensar. En el 15 M hay una densidad para mí obvia,
un peso específico y un magnetismo que atrae a la mente. Hay filosofía en
ebullición.
Pero también siempre obra la complejidad de
lo ideológico, inserto en mentes, ojos y cuerpos, para producir reacciones
adversas al 15 M
y nublar el entendimiento. En esto, podemos diferenciar dos tipos de miradas
adversas, de las cuales yo he escrito mucho, por gobernar el PSOE en aquellos
tiempos, de la que llamaríamos “psoísta”. Hay otra que he esperado el momento
apropiado para abordarla, que estaría a la derecha del panorama político
español y que en los próximos posts voy a abordar. Porque en la política tal
como se da en España, lo ideológico lo es todo, desgraciadamente. Ser de uno u
otro partido tiene que ver con pertenecer a una u otra cultura, por lo que en
los conflictos políticos nos encontramos con que se enfrentan imágenes del
mundo y formas de estar en el mundo, perspectivas, religiones en el sentido más
ideológico de la palabra. Yo no puedo sin embargo ahondar más allá de este
breve esquema, porque tendría que ser un estudioso profesional, científico, de
las culturas, o sea, un antropólogo o un sociólogo, cosas que no soy. No me
dedico a la descripción empírica de fenómenos culturales.
Pero como filósofo sí debo señalar que un
abordaje supuestamente racional de la política o de temas políticos, no lo es
tanto, sino que esconde un componente cultural. Se decide u opina en función de
concretas cosmovisiones. Es esto lo que a mi juicio puede explicar el rechazo
que puede suscitar el 15 M,
rechazo que puede deberse a lo mucho que interesa al observador seguir
constituyendo su vida en torno a las viejas imágenes y cosmovisiones asumidas y
heredadas. Así, tal vez en apariencia más amable, el psoísta ha adivinado que
hay materia política y filosófica sustanciosa que debe, eso sí, digerir a su
imagen y semejanza. Tiene un interés, perdóneseme la redundancia, interesado.
Ya se ha señalado a menudo la función que en la Transición se adjudicó
el PSOE de fagocitador de los peligrosos movimientos sociales y políticos a su
izquierda. Baste ver, hoy día, figuras como Cristina Almeida o Rosa Aguilar que
antes tanto piaban y que ahora callan, que durante una década han callado sobre
los desahucios, por ejemplo. Hay un poder en el PSOE capaz de seducir y de
aniquilar que obra con gran eficacia.
Desde esta mirada a la “izquierda”, el
observador del 15 M
suele obrar de dos maneras en apariencia opuestas: por un lado puede esgrimir
(hablo de intelectuales) teorías formalistas de la democracia, que por mucho
que miren a lo material, acaban consagrando la forma “Constitución de 1978” como marco donde se
garantiza el juego político sin que, dicen, corra la sangre. Van más lejos y
aseguran que no sólo se garantiza la paz social a golpe de “principios” y
normativas, sino que ocurre porque se realizan en el juego marcado por la Constitución los
anhelos, las decisiones y las necesidades básicas de un pueblo que se empeñan
en mirar con una mirada desmenuzadora que revienta las antiguas divisiones
revolucionarias de las clases sociales. Así, la vida humana, dicen, es menos
fácilmente definible que como la entienden los movimientos revolucionarios con
sus dicotomías y anticuados clichés. Por eso eluden sumergirse en cuestiones
materiales, en una lectura de la realidad histórica que podría obligarles a
revelar sus intereses. El resultado de la teoría social de los psoístas es que
hay una variedad infinita y vertiginosa en los “pueblos” por la que no se puede
hablar de un determinismo central de las condiciones económicas o cualquier
otra causa única, y se habla entonces de la coexistencia de capitales y cientos
de factores en juego. Se pueden apoyar para esto en sociologías como la de
Pierre Bourdieu que recogen en su faceta más relativista, olvidando el
componente fuerte, revolucionario, del sociólogo francés. Porque Bourdieu, a
diferencia de Foucault, no intenta el sinsentido de éste cuando intenta un
metasaber de los saberes, como si se pudiera, contra su propia teoría, elevar y
observar desde una atalaya imparcial el panorama político y social. El camino
de un pensamiento revolucionario que Foucault intentó, lográndolo hasta cierto
punto y por mucho que denostara en momentos concretos de su vida, por la
fatiga, de ciertos grupos extremistas (también se puede decir que apoyó a la
revolución de Jomeini… nadie es perfecto y la excentricidad nos juega a veces
estas pasadas), lo marca más bien una línea menos relativista como la de su
discípulo lejano Bourdieu.
En Bourdieu está la clave para lo que es la
posición crítica por excelencia, cuando hablamos de política: un estar en el
juego consciente y lúcido, cuya lucidez estriba en que se re-conoce el límite
de la propia materia (se lo eleva a la consciencia) que constituye al propio
observador (científico, filósofo), pero siéndose capaz de discernir horizontes
y posibilidades. Bourdieu, con su interesantísima teoría social, nos sitúa
justo en el punto donde se puede estar impregnado de sociedad pero también,
limitadamente, se puede aspirar a subir a una cierta atalaya que él relaciona
con la modernidad, la ciencia y sobre todo la scholé (la academia). Aquello a lo que el científico se ve
socialmente impelido es a la búsqueda de la asepsia e imparcialidad en el saber
que profesa y fabrica. Es, pues, la línea filosófica de un materialismo donde
se encuentra este difícil equilibrio en el que ha de situarse el crítico. En
esto Bourdieu desarrolla elementos de Adorno, Marcuse, Bloch, Fromm y de otros
autores “revolucionarios”, presentes también en Zubiri o Ellacuría, que han
partido de lo que Marcuse afirma en esta relevantísima cita: “La historia es el reino de la posibilidad
en el reino de la necesidad. Por tanto, entre las distintas formas posibles y
actuales de organizar y utilizar los recursos disponibles, ¿cuáles ofrecen la
mayor probabilidad de un desarrollo óptimo?” (Hombre
unidimensional, p. 21). Bloch también desarrolla este equilibrio entre
necesidad y margen de libertad en el hombre para de algún modo autodefinirse y dibujar
con sus opciones la historia.
La historia sería ese juego entre
determinación y libertad que también desarrolla ampliamente Ellacuría, como su
maestro Zubiri en algunos textos. Es lo propio de una teoría materialista que
no claudique ante el relativismo. Esto parte, obviamente, de la idea
frankfurtiana del científico como un estudioso que obra desde un interés,
apostando previamente por unos derroteros y horizontes en su trabajo, lo cual
no es una parcialidad que nuble la mirada sino todo lo contrario. Es la
supuesta imparcialidad de un formalismo científico de la sociología más
descriptiva y puramente empírica la que es puesta en su lugar por los enfoques
más “revolucionarios” o críticos como el frankfurtiano.
El intelectual psoísta acude o bien a teorías
formales de la democracia que vienen muy bien para olvidar ciertos deberes y a
ciertas mayorías pobres que dicen que todavía pululan por el mundo (me
llamarían “populista” por decir esto). Es este llanto el que resulta acallado
en medio de un discurso bien elaborado para justificar y legitimar un orden que
se cimenta en el peor de los desórdenes, en el más injusto. Pero ocuparse de
estas materialidades, dicen, es totalitario y nos llevaría a un innecesario
conflicto. ¿No dice acaso Hannah Arendt que no hay que introducir en la
política la discusión sobre la justicia?
En España lo cierto es que hoy por hoy la
socialdemocracia ha claudicado desvergonzadamente ante el neoliberalismo, y
esto lo ha propiciado, en el ámbito cultural, el abandono de teorías como la de
los marxismos, por ejemplo. Es fundamentando en teorías formales la democracia que
pueden incluso inspirarse en Habermas como estos ideólogos psoístas quieren
hacer ver que nuestros políticos no constituyen una clase, y que contra lo que
afirma el 15 M,
“nos representan”. Y cuando pueden recurrir a la mirada crítica o subversiva
del sociólogo, científico o filósofo, que lo son en cuanto mantengan la lucidez
en relación con la propia materia constituyente pero desde la cual se atisban
posibilidades nuevas e incluso muy borrosamente nuevos horizontes vislumbrados
dificultosamente, sabiéndose tan limitados como posibilitados, se quedan en un
relativismo del no poder escapar de la trama de enredos en que consiste la
sociedad. Si alguien se atreve a cuestionar el modelo político, será, dirán, su
inercia social la que hable y les cree la falsa sensación de que pueden mirar
más allá de donde mira.
En definitiva, el psoista va de la afirmación
de un ideal abstracto de la democracia a, cuando se sumerge en la materialidad,
un relativismo que le ciega para cuestionar el funcionamiento anómalo de sus
ideales. El objetivo implícito es mantener como sea el statu quo político. Por esto escribí hace meses que hay una
sociología conservadora psoísta y una sociología revolucionaria. La función de
quien desde el 15 M
quiera destapar la ciencia interesadamente relativista de los críticos
“blandos” (psoístas) del 15 M,
es precisamente apuntar al interés y las inercias que la mueven. Contra su
juego relativista, más relativismo, más miradas, más sesgos debemos señalar en
tales observadores “imparciales” esclavos de la más inconfesable parcialidad.
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