miércoles, 30 de mayo de 2012

"Perspectivismo" zubiriano.


La filosofía de Xavier Zubiri posee importantes consecuencias para la praxis, para comprender la praxis humana y fundamentarla. Su concepción de la realidad como fondo firme de las cosas se opone a los nihilismos en los que el desfondamiento del hombre y el mundo es la nota característica. La realidad en Zubiri representa una base a la que atenerse en nuestras reflexiones. Las culturas no piensan en el vacío ni las mentalidades están condenadas a absorberse una en otra o persistir cada cual aisladamente. La teoría de la inteligencia zubiriana expone profusa y detalladamente, dentro del más riguroso estilo descriptivo fenomenológico (trilogía de la inteligencia) que coexiste con una metafísica explicativa (Sobre la esencia), los momentos inextricables del acto del inteligir humano: intelección sentiente, logos y razón, que implican modos de estar en la realidad, de habitud, del hombre. Estos movimientos intelectuales en el hombre lo son también de todo el cuerpo y de tipo colectivo, como cuando cada pueblo o cultura arroja sus esbozos más allá de lo presente para desarrollarse en la realidad. 

Los esbozos, que en el ámbito cultural podemos considerar equivalentes a mentalidades, son modelos con los que se intenta abordar lo real y desenvolverse en ello, que van variando y pueden ser de distintas figuras o configuraciones que indican lo que son las cosas. Un problema de nuestro tiempo, entendido en términos zubirianos, es el de la imposibilidad de que los esbozos con los que cada cultura capta el mundo puedan modificarse entre sí. Dentro de ontologías del desfondamiento de hombre y mundo, la única opción es la de la persistencia de cada cultura en su ser aislado e individual, en su flotabilidad solitaria. Desde aquí, se erige una moral del respeto a la diversidad como valor absoluto que inhabilita para la comparación de los esbozos culturales o mentalidades. Tal vez late aquí lo que escribiera Kuhn sobre la inconmensurabilidad de los paradigmas. La postmodernidad filosófica ha erosionado toda posibilidad de que los esbozos (que no son igual que paradigmas científicos), como formas de estar en la realidad y de asirla, puedan corregirse entre sí, aprender unos de otros, no tanto renunciando a la totalidad del esbozo propio, sino buscando zonas comunes desde las cuales rectificar y reconfigurar algunas zonas de la mentalidad. La propia realidad histórica, como señalara Ellacuría, ya se ha encargado de que exista, de hecho, una humanidad única y unida, toda ella implicada y situada en el mismo barco. Esto es porque sí hay, frente a las teorías más nihilizantes, ese fondo que señalábamos, como lugar al que atenerse y al que apelar, que Zubiri llamó “realidad”. Hay en él un sentido fuerte de lo básico que aunque no pueda capturarse del todo, sí puede ser más o menos acariciado por la razón, los cuerpos y las mentalidades. Hay un lugar al que atenerse y esto ya nos dota de la posibilidad de aspirar a una verdad y a zonas comunes de intercambio e interacción intercultural. 

Esta capacidad de la filosofía zubiriana ayuda a solventar la aporía actual postmoderna del respeto sin escucha al otro, sin que por ello estemos recurriendo a eso que tanto se ha criticado de que una perspectiva acabe fagocitando a las otras (o una mentalidad que anule a las otras para lograr la unidad específica en el plano de la cultura). El peligro etnocentrista es eficazmente eludido por Zubiri, ya que puede mantenerse la diversidad cultural dentro de la atenencia a lo común (la realidad, la verdad). Cada cultura, como cada perspectiva en la filosofía orteguiana, aspira a esbozar un retrato de la realidad, que nunca puede ser plenamente captada en un solo esbozo, aunque la realidad y la verdad, en un sentido fuerte, estén ahí.  

Zubiri entendió que el esbozar, por muy libre que sea, nunca se hace en el vacío porque se hace para que se acople en lo posible a la realidad. En esto se cifra la posibilidad de una búsqueda de la verdad con mayúsculas. Las filosofías existencialistas, en su afán por librarse de la esencia anteponiendo la existencia, llegaron a un callejón sin salida en el que el esbozar puro se convierte en un vago proyectar sin realidad. El proyecto, el esbozo o dibujo que traza la razón se hace desde una esencia humana para asir una realidad esencial. Hay una conexión fuerte con algo exterior (la realidad) que puede sopesar lo más o menos afortunados que sean los esbozos. Aunque en este trabajoso esbozar, razonar, el propio hombre que razona se vea modificado, a diferencia del enfoque cartesiano. Porque lo que se hace patente al razonar es precisamente, señala Zubiri, la religación del hombre a la verdad, a la verdad sobre una realidad que lo constituye a él también. El movimiento del razonar es una creación de realidad que si seguimos a Sobre la esencia, consiste en una reconfiguración de las notas reales que componen las dimensiones social e histórica del hombre. Captar la realidad tiene algo de creación de realidad, dentro y fuera del sujeto. Es como planear, como arrojar mapas que nos orientan y definen, provisionalmente, dónde estamos. Aún más, se trata de un apropiarse de posibilidades para como en una alquimia, extraer de ellas y cristalizar capacidades que a su vez modifican el juego de las posibilidades. Frente a esto, una patología de la razón es la de un mero aprovechar las posibilidades existentes pero sin aumentar las capacidades ni por tanto crear nuevas posibilidades. Es la detención del movimiento de apropiación de posibilidades que en la salud desarrolla normalmente toda civilización (p. 155). 

Estas ideas se hallan ampliamente expuestas y justificadas en: O. Barroso, Verdad y acción. Para pensar la praxis desde la inteligencia sentiente zubiriana, Granada, Comares, 2002.