La
filosofía de Xavier Zubiri posee importantes consecuencias para la praxis, para
comprender la praxis humana y fundamentarla. Su concepción de la realidad como
fondo firme de las cosas se opone a los nihilismos en los que el desfondamiento
del hombre y el mundo es la nota característica. La realidad en Zubiri representa
una base a la que atenerse en nuestras reflexiones. Las culturas no piensan en
el vacío ni las mentalidades están condenadas a absorberse una en otra o
persistir cada cual aisladamente. La teoría de la inteligencia zubiriana expone
profusa y detalladamente, dentro del más riguroso estilo descriptivo
fenomenológico (trilogía de la inteligencia) que coexiste con una metafísica
explicativa (Sobre la esencia), los
momentos inextricables del acto del inteligir humano: intelección sentiente, logos
y razón, que implican modos de estar en la realidad, de habitud, del hombre. Estos
movimientos intelectuales en el hombre lo son también de todo el cuerpo y de
tipo colectivo, como cuando cada pueblo o cultura arroja sus esbozos más allá
de lo presente para desarrollarse en la realidad.
Los
esbozos, que en el ámbito cultural podemos considerar equivalentes a
mentalidades, son modelos con los que se intenta abordar lo real y
desenvolverse en ello, que van variando y pueden ser de distintas figuras o
configuraciones que indican lo que son las cosas. Un problema de nuestro
tiempo, entendido en términos zubirianos, es el de la imposibilidad de que los
esbozos con los que cada cultura capta el mundo puedan modificarse entre sí.
Dentro de ontologías del desfondamiento de hombre y mundo, la única opción es
la de la persistencia de cada cultura en su ser aislado e individual, en su
flotabilidad solitaria. Desde aquí, se erige una moral del respeto a la
diversidad como valor absoluto que inhabilita para la comparación de los
esbozos culturales o mentalidades. Tal vez late aquí lo que escribiera Kuhn sobre
la inconmensurabilidad de los paradigmas. La postmodernidad filosófica ha
erosionado toda posibilidad de que los esbozos (que no son igual que paradigmas
científicos), como formas de estar en la realidad y de asirla, puedan
corregirse entre sí, aprender unos de otros, no tanto renunciando a la
totalidad del esbozo propio, sino buscando zonas comunes desde las cuales
rectificar y reconfigurar algunas zonas de la mentalidad. La propia realidad
histórica, como señalara Ellacuría, ya se ha encargado de que exista, de hecho,
una humanidad única y unida, toda ella implicada y situada en el mismo barco.
Esto es porque sí hay, frente a las teorías más nihilizantes, ese fondo que
señalábamos, como lugar al que atenerse y al que apelar, que Zubiri llamó “realidad”.
Hay en él un sentido fuerte de lo básico que aunque no pueda capturarse del
todo, sí puede ser más o menos acariciado por la razón, los cuerpos y las
mentalidades. Hay un lugar al que atenerse y esto ya nos dota de la posibilidad
de aspirar a una verdad y a zonas comunes de intercambio e interacción
intercultural.
Esta
capacidad de la filosofía zubiriana ayuda a solventar la aporía actual
postmoderna del respeto sin escucha al otro, sin que por ello estemos
recurriendo a eso que tanto se ha criticado de que una perspectiva acabe fagocitando
a las otras (o una mentalidad que anule a las otras para lograr la unidad
específica en el plano de la cultura). El peligro etnocentrista es eficazmente
eludido por Zubiri, ya que puede mantenerse la diversidad cultural dentro de la
atenencia a lo común (la realidad, la verdad). Cada cultura, como cada
perspectiva en la filosofía orteguiana, aspira a esbozar un retrato de la
realidad, que nunca puede ser plenamente captada en un solo esbozo, aunque la
realidad y la verdad, en un sentido fuerte, estén ahí.
Zubiri
entendió que el esbozar, por muy libre que sea, nunca se hace en el vacío
porque se hace para que se acople en lo posible a la realidad. En esto se cifra
la posibilidad de una búsqueda de la verdad con mayúsculas. Las filosofías
existencialistas, en su afán por librarse de la esencia anteponiendo la
existencia, llegaron a un callejón sin salida en el que el esbozar puro se
convierte en un vago proyectar sin realidad. El proyecto, el esbozo o dibujo
que traza la razón se hace desde una esencia humana para asir una realidad
esencial. Hay una conexión fuerte con algo exterior (la realidad) que puede
sopesar lo más o menos afortunados que sean los esbozos. Aunque en este
trabajoso esbozar, razonar, el propio hombre que razona se vea modificado, a
diferencia del enfoque cartesiano. Porque lo que se hace patente al razonar es
precisamente, señala Zubiri, la religación del hombre a la verdad, a la verdad
sobre una realidad que lo constituye a él también. El movimiento del razonar es
una creación de realidad que si seguimos a Sobre
la esencia, consiste en una reconfiguración de las notas reales que
componen las dimensiones social e histórica del hombre. Captar la realidad
tiene algo de creación de realidad, dentro y fuera del sujeto. Es como planear,
como arrojar mapas que nos orientan y definen, provisionalmente, dónde estamos.
Aún más, se trata de un apropiarse de posibilidades para como en una alquimia,
extraer de ellas y cristalizar capacidades que a su vez modifican el juego de
las posibilidades. Frente a esto, una patología de la razón es la de un mero
aprovechar las posibilidades existentes pero sin aumentar las capacidades ni
por tanto crear nuevas posibilidades. Es la detención del movimiento de
apropiación de posibilidades que en la salud desarrolla normalmente toda
civilización (p. 155).
Estas
ideas se hallan ampliamente expuestas y justificadas en: O. Barroso, Verdad y acción. Para pensar la praxis desde
la inteligencia sentiente zubiriana, Granada, Comares, 2002.

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