Zubiri comparte con Heidegger un afán de
llegar a lo último pero esquivando el enfoque metafísico tradicional. Zubiri
llega a una metafísica en este afán de ultimidad pero no al modo aristotélico,
como hemos señalado ampliamente en este blog, sino desde su concepción de qué
sea la realidad y cómo está estructurada. La causalidad tradicional se
transforma en una suerte de causalidades de las notas entre sí que constituyen
a las cosas, las cuales en la medida que manifiestan una apertura, dentro de la
respectividad de todo lo real, interactúan con lo exterior, aparte de ostentar
una mismidad cerrada. Esto es el fundamento que requiere o más bien se apoya en
la teoría de la inteligencia sentiente en la que la descripción fenomenológica
se aplica al cómo conocemos. Que en el conocimiento humano haya
inextricablemente unido al momento intelectivo un momento de sensibilidad, el
cual se integra en toda concepción que nos hagamos del mundo, es lo que apoya
la existencia de una “realidad” en un sentido fuerte, que ejerce de trasfondo o
suelo firme al que el logos y la
razón posteriores a la intelección sensible habrán de atenerse.
La pregunta entonces que se nos plantea es
¿qué es la realidad exactamente? Aquí es útil entrar en la discusión que Zubiri
entabló con el “gigante” Heidegger, sin el cual no se entendería gran parte de
la filosofía del siglo XX. A mí personalmente la lectura de Ser y Tiempo, las
alusiones al Ser y el tratamiento del Dasein, me han parecido que tienen algo
de vaporoso. El Ser es tratado en Sein
und Zeit bajo la metáfora de la luz, en la cual se apoyó Zubiri para
interpretar el libro de Heidegger y para rectificarlo desde su realismo
materialista. Como señala Ricardo Espinoza, Zubiri apenas trató el Heidegger de
la Kehre que rectifica el planteamiento de Ser y Tiempo. En este libro aparece la
metáfora del Ser como la luz que hace presentes a los entes, una luz infundada
que ella misma no es un ente, que vuelta
sobre sí es nada, pero que a través del Dasein
adquiere temporeidad y sí puede hacerse presente en la temporeidad del Dasein en cuanto éste vive vuelto hacia
un futuro de posibilidades que va cristalizando con sus elecciones, que va
convirtiendo en el ahora. Este dinamismo del Dasein es el que revela al Ser
como presencia-impresente sutil, nunca lograda, en perpetuo movimiento hacia un
horizonte de sentido. El Dasein es el
claro (Lichtung) en el bosque donde
se abre el Ser como luz.
Hay aquí, a pesar de la historicidad del Dasein, de su temporeidad, un cierto
idealismo por el que el Dasein surge
tras una mutilación, piensa Zubiri, que la filosofía (a partir de Parménides
hasta Heidegger) ha hecho de lo físico, quedándose con el momento meramente
intelectivo del logos. En la historia
del pensamiento ha habido una desmaterialización del hombre y del mundo, que yo
alguna vez he denominado usando el término en un sentido muy amplio
“gnosticismo”. Es la parte griega que ha regido nuestras construcciones
metafísica, nuestras visiones del mundo y del Ser. De esto, a pesar del
esfuerzo por superar el idealismo de la conciencia de su maestro Husserl,
Heidegger no acabó de escapar. La escisión ya está implícita y explícita en la
diferencia ontológica entre Ser y ente. Pues bien, lo que hace Zubiri es
colocar algo anterior que contenga al Ser como la luminaria contiene y produce
la luz. Esto es, la “realidad”. Parece que en una discusión filosófica de muy
alto nivel que tuvieron Heidegger y Zubiri, lo que el pensador español
reprochaba a Ser y Tiempo era la carencia de la luminaria, del necesario soporte
para un Ser que sin el mismo quedaba con ese rasgo de etereidad vaporosa que he
señalado arriba. Concebir el Ser como algo desvinculado de lo físico o de lo
que explica a lo físico (la realidad) acarrea este inconveniente. Así, en lugar
de la ontología heideggeriana, que bucea en una dimensión previa, vertical,
inmaterial que no es un ente pero que aflora en los entes (más bien en el ente
en cuyo ser le va el Ser, es decir, el Dasein),
Zubiri se ve obligado a renovar un planteamiento metafísico de causalidades en
un mundo no substancial, pero sí sustantivo. No se trata a estas alturas de
regresar a Aristóteles que Zubiri intenta, como Heidegger, superar, por lo
menos, al Aristóteles de la substancia inmutable respecto a la cual se dan los
accidentes que sí cambian. Ya conocemos, pues está explicado en este blog, cómo
entiende Zubiri la estructura de eso que llama “realidad”, es decir, el
carácter de la esencia, como sistema de notas que se explaya en distintas
dimensionalidades hasta llegar al momento histórico que es el de la persona
(animal de realidades).
La actual filosofía postmoderna ha heredado
de Heidegger esta desconsideración de lo material como trasfondo y carácter
hyletico de las cosas, lo que conduce, como vimos en el último post, a
relativismos éticos y a multiculturalismos de culturas tan únicas como
solitarias y sordas a las demás (con lo que el respeto a las mismas se hace
desde la falta de respeto en que consiste la sordera hacia el otro). Es lo que vimos que Zubiri obliga
a superar en la medida que aporta una idea de realidad a la que atenerse y
hacia la que enfocar todas las búsquedas diversas que constituyen las
diferentes culturas.
Para Zubiri el Ser no es un mero acontecer
que ha de darse sólo en la existencia humana. Asimismo, el tiempo se funda en
el Ser y no al revés. Dice Espinoza que “El ser se nos muestra, entonces, en un
piélago, esto es, algo evanescente y atmosférico que busca sustantivarse en el
ente que lo comprende, que lo ‘cuida como su pastor’: en el Dasein”. (p. 193) Esta inmaterialidad
del Ser tiñe de niebla, de un carácter nebuloso que rápidamente capta el lector
de Heidegger, tan bellamente seductor como extravagante, los textos del
filósofo alemán. No se trata de extrapolar o agigantar el carácter indefinible
de lo que sea el Ser o la última instancia del mundo. Para Zubiri, puede haber
algo indefinible, pero real y sobre todo “algo”, un “algo” que no es, como
acusaría Heidegger, un “ente”. Lo previo, lo básico, donde reposa el ser como
actualidad de lo posible, es la realidad. Las cosas tienen el Ser como una
nota. El ser reposa en las cosas. Es precisamente por su carencia de soporte
que Heidegger debe situar el Ser en el Dasein, en el cual busca y adquiere su
firmeza, su soporte. Porque Heidegger, y Husserl, han eliminado la “realidad”
obedeciendo a la eliminación gnostizante o griega de lo sensible.
Paradójicamente, el hombre pierde su carácter radical y esencial como algo que
reside, como todo, en la realidad. Hay una descentralidad del Dasein en el cual, a pesar de todas sus
protestas, acaso Heidegger volviera a una suerte de antropocentrismo moderno
(el hombre como Dios, como microuniverso). Creo que el pensamiento de Zubiri
conlleva un humanismo que puede confesarse sin reparos porque coloca al hombre
en su justo lugar, como algo fundado en la realidad y no en sí mismo o en el
Ser.
Al carecer de realidad, las cosas, para
fenomenólogos, existencialistas y hermeneutas, han de colocarse en el hombre,
en la conciencia, en el cual se encarnan. Esto es un universo desdoblado entre
la materia y lo inteligible logificado, que vuelve a sonarme a gnosticismo.
Zubiri, en cambio, es cristiano, es decir, coloca un rango real, fuerte, a lo
que llama realidad, que es el universo que se realiza como mundo a partir de la
personeidad del hombre. Esto podría
ser una consecuencia del creacionismo cristiano que dota, precisamente, de un
rango ontológico fuerte, al mundo, por mucho que derive de Dios (o justo por
eso). A diferencia de la tradición gnóstica, en la realidad zubiriana no hay
desgarro dualista. Por eso, la
Biblia (sobre todo el Antiguo Testamento), es materialista. Así
lo sugiere Espinoza: “El filósofo español dialoga en exclusividad con Heidegger
e intenta por todos lados fundamentar al filósofo alemán; quiere salir del logos e ir a la inteligencia, salir de
la ‘presencia’ e ir al ‘estar presente’ de lo real mismo, salir del mundo
griego (una Grecia vista desde Parménides y de un Parménides heideggeriano) e
ir a Europa (y en especial a la vivencia española), salir de una interpretación
de la experiencia religiosa griega e ir a la experiencia cristiana, salir del
ser e ir a la realidad, salir del temple de la angustia e ir al de la
esperanza” (p. 207).
A la realidad llega Zubiri desde su crítica a
la fenomenología de la que toma el método descriptivo pero resaltando
escrupulosamente cómo en toda intelección sentiente hay un momento de impresión
de realidad, por el que la cosa se capta en su carácter de prius, de realidad anterior a la conciencia. Es el modo de conocer
humano el que prueba la existencia de eso que Zubiri llama “realidad”. Por
esto, por el estilo fenomenológico de la investigación zubiriana, es por lo que
constatamos que no hay una diferencia en cuanto al estilo de filósofo o de
filosofar que significan ambos, Heidegger y Zubiri. Pero en Zubiri, además de
su hondo cristianismo, tiene la gran admiración que sentía por lo que la física
de principios del siglo XX iba descubriendo, por los avances en la descripción
científica de la materia física. Pero no cayó en el positivismo del hecho a
secas, del dato escindido de su momento intelectivo. Sencillamente se fija en
el “residuo hylético” que la fenomenología había desechado para ver en él la
clave del mundo (p. 208).
Fuente: Ricardo Espinoza, “Zubiri y Seind und
Zeit”, en J. A. Nicolás, Guía Comares de
Zubiri, Comares, Granada, 2011.

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