miércoles, 13 de junio de 2012

La razón y la revelación, por Paul Tillich


El teólogo protestante Paul Tillich se vincula con los pensadores de la Escuela de Frankfurt en su periodo inicial en Alemania. Como muchos de los miembros del famoso “Instituto para los estudios sociales” de Frankfurt, hubo de emigrar cuando Hitler llegó al poder, quedándose ya siempre en Estados Unidos, donde ejerció de profesor universitario y teólogo. Fue en este país donde publicara en inglés su Teología sistemática, de la cual estoy leyendo el primer volumen, titulado: La razón y la revelación. El ser y Dios. Las conexiones de esta obra con posteriores enfoques teológicos tanto protestantes como católicos (Teología de la liberación, Metz) son abundantes. Su mayor esfuerzo es el de hacer de la religión algo “razonable”, lo cual quiere decir, algo que no contradiga la razón, aunque para ello debamos ampliar el concepto de razón más allá de lo que él llama “razón controladora” que es la forma instrumental de la razón en el mismo sentido que lo entendía su colega Max Horkheimer. Evidentemente, a partir de un concepto puramente empírico-manipulativo que entiende la razón como instrumento que ayuda a manipular la realidad mediante su previa reducción a lo cuantitativo, no hay lugar no ya para Dios, sino para plantear cuestiones ontológicas. La crítica de Tillich estriba en que, como yo también pienso, por debajo del empirismo, subyace una opción ontológica concreta, que implica una noción del Ser. Así, epistemología y ontología se relacionan, recalca a menudo Tillich en su obra. Él comienza con la cuestión epistemológica, pero apunta a la cuestión ontológica, que trata expresamente en la segunda parte del primer volumen de la Teología sistemática.

El hecho de llamar a la que pretende ser su gran obra “teología sistemática” obedece al carácter racional que quiere darle, es decir, de no contradicción con la razón humana. Según él y en el tono de la Summa Teológica de Tomás de Aquino, no hay dos verdades, ni dos formas de conocimiento que se contradigan. El instrumento que posee el hombre para conocer la realidad no es ni siquiera forzado por la teología, sino que, por el contrario, resulta más fuertemente avalado gracias a la creencia religiosa. La relación que ve entre ambas es de correlación, de una superación que no niega lo anterior, sino que lo culmina y continúa en sus líneas principales. Es decir, la razón sin la revelación llega a una especie de aporías que son resueltas desde lo que él llama “revelación”. La revelación la entiende en un sentido muy semejante al que el actual gran teólogo español Torres Queiruga (y atacado por la Conferencia Episcopal Española), aunque a mi parecer éste llega más lejos que Tillich, al que creo recordar que cita en abundancia. Hay, por decir un ejemplo, un simultáneo pathos absolutista en la razón que coexiste con un pathos relativista. Ambos son extremos que sólo la revelación unifica y supera. En este caso, por seguir este ejemplo, tenemos que la revelación es lo más absoluto (universal, general) dado en lo más concreto (particular, histórico). Dios, como lo más universal, asume una forma histórica (Jesús). Sin que sea negada esta historia, ella encierra un fondo divino que se transparenta a través de ella para los hombres, pero que no es esa misma historia, porque Jesús es entendido como el Cristo, frente al jesuanismo que acabaría divinizando elementos particulares de su persona o su vida. Es en la pérdida del referente absoluto que se transparenta en lo particular sin ser lo particular (¡cómo recuerda esto a Heidegger, aunque para éste confundir Ser con Dios es ya incurrir en una entificación injustificable del Ser, en la ontoteología!), como se da lo demoníaco. Así, si se toma la forma de la Iglesia, sus instituciones y organización, como absoluto, sin dejar que sea medio superado por el fondo absoluto que se debe transparentar en ella, que no es ella pero que luce en ella, se está incurriendo en otra demonización. Lo demoníaco es, según Tillich, por tanto, la idolatría, la conversión en absoluto de lo que no es absoluto. En esto ha caído la Iglesia, señala, aunque tenemos elementos en la revelación para impugnar dicho movimiento de la razón más miope. El propio Jesucristo renunció a que la majestad del Padre, del cual procede todo su poder, implicara su reinado terrenal, como mostró al rechazar las conocidas tentaciones que iban todas en esa línea de absolutización de lo terrenal.

El esfuerzo de Tillich estriba en una crítica a los dualismos gnostizantes que para afirmar lo absoluto, el Ser o Dios, niegan al mundo que conocemos, a la Creación, echando mano de milagros que violan sus leyes. El componente de milagro que existe en toda revelación (que sí es reconocido por Tillich) quiere decir que en ella se da algo, como fondo, absoluto, esencial, pero sin que sean violadas las leyes de la naturaleza o de la historia humana. El milagro no niega ni anula el mundo, Dios no vulnera sus propias leyes. Este razonamiento es capital también en la teología del mencionado Torres Queiruga, que yendo más lejos en su reivindicación de lo mundano, llega a una concepción leibniziana en la que el mundo es el mejor de los mundos posibles e incluso el mal llega a estar justificado como tributo a la finitud que es ingrediente constituyente del mundo. Aquí, en la reflexión sobre el mal, es donde sí encuentro un cierto exceso en la teología de Torres Queiruga. Como otro polo, en la teología española, tenemos la profunda reflexión sobre el mal y la teodicea de Juan Antonio Estrada, sobre cuyas razones nos ocupamos, pobremente, en un post muy anterior.

En lo que sí están de acuerdo los tres teólogos mencionados es en que Dios no puede intervenir negando su propia Creación, es decir, infringiendo sus leyes. A toda manifestación de lo sobrenatural que rompa el curso de las leyes naturales o de la historia humana, hay que imponer un sano escepticismo. Tras esto no hay una negación de lo trascendente, sino una amorosa confirmación del mundo a partir del cual se trasluce lo absoluto, en medio de sus formas y siempre de un modo abierto e inacabado. Si acudimos a la antropología, sería como decir que el hombre no es ninguno de sus momentos históricos, pero sí lo es todo, y se sabrá qué es, como señala bellamente Ignacio Ellacuría, al terminar su historia con el fin de la especie. Lo que llamamos hombre es un absoluto plenamente histórico (aunque éste no es el caso exacto de Dios).

Tillich parte del mundo y de la historia para dejar traslucir en ellos lo que al principio de su tratado llama “ser” para pronto llamarlo “Dios”. De un modo paralelo, entiende la teología como algo vinculado a la existencia concreta e histórica del hombre, que es de donde surgen las preguntas y problemas que ocuparán el esfuerzo racional del teólogo, que piensa usando una razón entendida también como reflexión ontológica (sobre el Ser) que se apoya en la revelación. La revelación se está dando constantemente  (como también piensa Torres Queiruga) pero existe un momento central en la historia en el que se funden lo más absoluto (Dios, el Padre) con lo más particular (la vida de un hombre) y que sirve de pista para que la razón pueda avanzar por donde normalmente surgen callejones sin salidas y aporías.

Respecto a la razón y sus aporías cuando se las ve con lo difícilmente mensurable, el paralelismo con Kant termina en la crítica que Tillich hace del idealismo, en general, como una problemática opción que no resuelve nada. De  nuevo, creo, hay una dymanis anti-gnóstica-dualista en esta teología que será explotada por la posterior Teología de la Liberación o autores como Metz y una ontología realista. El aprecio por la ciencia siempre que se sitúe en sus límites es muy sinceramente grande por parte de esta teología que sitúa lo absoluto como algo que ni niega la ciencia ni puede ser captado en su totalidad por ella. Por otro lado, y esta vez de nuevo resuena el eco de Tomás de Aquino, la filosofía no se puede confundir, entiende Tillich, con la teología, pues no es campo de la filosofía la revelación, sino, en todo caso, el estudio del Ser desde sus propias categorías. Son dos caminos distintos, aunque el teólogo se apoya sin contradecirla en la filosofía y la completa.    

Obra que comentamos: Paul Tillich, Teología sistemática. La razón y la revelación. El ser y Dios, Sígueme, Salamanca, 2009.