El teólogo protestante Paul Tillich se
vincula con los pensadores de la
Escuela de Frankfurt en su periodo inicial en Alemania. Como
muchos de los miembros del famoso “Instituto para los estudios sociales” de
Frankfurt, hubo de emigrar cuando Hitler llegó al poder, quedándose ya siempre
en Estados Unidos, donde ejerció de profesor universitario y teólogo. Fue en
este país donde publicara en inglés su Teología
sistemática, de la cual estoy leyendo el primer volumen, titulado: La razón y la revelación. El ser y Dios.
Las conexiones de esta obra con posteriores enfoques teológicos tanto
protestantes como católicos (Teología de la liberación, Metz) son abundantes. Su
mayor esfuerzo es el de hacer de la religión algo “razonable”, lo cual quiere
decir, algo que no contradiga la razón, aunque para ello debamos ampliar el
concepto de razón más allá de lo que él llama “razón controladora” que es la
forma instrumental de la razón en el mismo sentido que lo entendía su colega
Max Horkheimer. Evidentemente, a partir de un concepto puramente empírico-manipulativo
que entiende la razón como instrumento que ayuda a manipular la realidad
mediante su previa reducción a lo cuantitativo, no hay lugar no ya para Dios,
sino para plantear cuestiones ontológicas. La crítica de Tillich estriba en
que, como yo también pienso, por debajo del empirismo, subyace una opción
ontológica concreta, que implica una noción del Ser. Así, epistemología y
ontología se relacionan, recalca a menudo Tillich en su obra. Él comienza con
la cuestión epistemológica, pero apunta a la cuestión ontológica, que trata
expresamente en la segunda parte del primer volumen de la Teología sistemática.
El hecho de llamar a la que pretende ser su
gran obra “teología sistemática” obedece al carácter racional que quiere darle,
es decir, de no contradicción con la razón humana. Según él y en el tono de la Summa Teológica de Tomás de
Aquino, no hay dos verdades, ni dos formas de conocimiento que se contradigan.
El instrumento que posee el hombre para conocer la realidad no es ni siquiera
forzado por la teología, sino que, por el contrario, resulta más fuertemente
avalado gracias a la creencia religiosa. La relación que ve entre ambas es de
correlación, de una superación que no niega lo anterior, sino que lo culmina y
continúa en sus líneas principales. Es decir, la razón sin la revelación llega
a una especie de aporías que son resueltas desde lo que él llama “revelación”.
La revelación la entiende en un sentido muy semejante al que el actual gran
teólogo español Torres Queiruga (y atacado por la Conferencia Episcopal
Española), aunque a mi parecer éste llega más lejos que Tillich, al que creo
recordar que cita en abundancia. Hay, por decir un ejemplo, un simultáneo pathos absolutista en la razón que
coexiste con un pathos relativista.
Ambos son extremos que sólo la revelación unifica y supera. En este caso, por
seguir este ejemplo, tenemos que la revelación es lo más absoluto (universal,
general) dado en lo más concreto (particular, histórico). Dios, como lo más
universal, asume una forma histórica (Jesús). Sin que sea negada esta historia,
ella encierra un fondo divino que se transparenta a través de ella para los
hombres, pero que no es esa misma historia, porque Jesús es entendido como el
Cristo, frente al jesuanismo que acabaría divinizando elementos particulares de
su persona o su vida. Es en la pérdida del referente absoluto que se
transparenta en lo particular sin ser lo particular (¡cómo recuerda esto a
Heidegger, aunque para éste confundir Ser con Dios es ya incurrir en una
entificación injustificable del Ser, en la ontoteología!), como se da lo
demoníaco. Así, si se toma la forma de la Iglesia, sus instituciones y organización, como
absoluto, sin dejar que sea medio superado por el fondo absoluto que se debe
transparentar en ella, que no es ella pero que luce en ella, se está
incurriendo en otra demonización. Lo demoníaco es, según Tillich, por tanto, la
idolatría, la conversión en absoluto de lo que no es absoluto. En esto ha caído
la Iglesia,
señala, aunque tenemos elementos en la revelación para impugnar dicho
movimiento de la razón más miope. El propio Jesucristo renunció a que la
majestad del Padre, del cual procede todo su poder, implicara su reinado
terrenal, como mostró al rechazar las conocidas tentaciones que iban todas en
esa línea de absolutización de lo terrenal.
El esfuerzo de Tillich estriba en una crítica
a los dualismos gnostizantes que para afirmar lo absoluto, el Ser o Dios,
niegan al mundo que conocemos, a la
Creación, echando mano de milagros que violan sus leyes. El
componente de milagro que existe en toda revelación (que sí es reconocido por
Tillich) quiere decir que en ella se da algo, como fondo, absoluto, esencial,
pero sin que sean violadas las leyes de la naturaleza o de la historia humana.
El milagro no niega ni anula el mundo, Dios no vulnera sus propias leyes. Este
razonamiento es capital también en la teología del mencionado Torres Queiruga,
que yendo más lejos en su reivindicación de lo mundano, llega a una concepción
leibniziana en la que el mundo es el mejor de los mundos posibles e incluso el
mal llega a estar justificado como tributo a la finitud que es ingrediente
constituyente del mundo. Aquí, en la reflexión sobre el mal, es donde sí
encuentro un cierto exceso en la teología de Torres Queiruga. Como otro polo,
en la teología española, tenemos la profunda reflexión sobre el mal y la
teodicea de Juan Antonio Estrada, sobre cuyas razones nos ocupamos, pobremente,
en un post muy anterior.
En lo que sí están de acuerdo los tres
teólogos mencionados es en que Dios no puede intervenir negando su propia
Creación, es decir, infringiendo sus leyes. A toda manifestación de lo
sobrenatural que rompa el curso de las leyes naturales o de la historia humana,
hay que imponer un sano escepticismo. Tras esto no hay una negación de lo
trascendente, sino una amorosa confirmación del mundo a partir del cual se
trasluce lo absoluto, en medio de sus formas y siempre de un modo abierto e
inacabado. Si acudimos a la antropología, sería como decir que el hombre no es
ninguno de sus momentos históricos, pero sí lo es todo, y se sabrá qué es, como
señala bellamente Ignacio Ellacuría, al terminar su historia con el fin de la
especie. Lo que llamamos hombre es un absoluto plenamente histórico (aunque
éste no es el caso exacto de Dios).
Tillich parte del mundo y de la historia para
dejar traslucir en ellos lo que al principio de su tratado llama “ser” para
pronto llamarlo “Dios”. De un modo paralelo, entiende la teología como algo
vinculado a la existencia concreta e histórica del hombre, que es de donde
surgen las preguntas y problemas que ocuparán el esfuerzo racional del teólogo,
que piensa usando una razón entendida también como reflexión ontológica (sobre
el Ser) que se apoya en la revelación. La revelación se está dando
constantemente (como también piensa
Torres Queiruga) pero existe un momento central en la historia en el que se
funden lo más absoluto (Dios, el Padre) con lo más particular (la vida de un
hombre) y que sirve de pista para que la razón pueda avanzar por donde
normalmente surgen callejones sin salidas y aporías.
Respecto a la razón y sus aporías cuando se
las ve con lo difícilmente mensurable, el paralelismo con Kant termina en la
crítica que Tillich hace del idealismo, en general, como una problemática
opción que no resuelve nada. De nuevo,
creo, hay una dymanis anti-gnóstica-dualista en esta teología que será
explotada por la posterior Teología de la Liberación o autores como Metz y una ontología
realista. El aprecio por la ciencia siempre que se sitúe en sus límites es muy
sinceramente grande por parte de esta teología que sitúa lo absoluto como algo
que ni niega la ciencia ni puede ser captado en su totalidad por ella. Por otro
lado, y esta vez de nuevo resuena el eco de Tomás de Aquino, la filosofía no se
puede confundir, entiende Tillich, con la teología, pues no es campo de la
filosofía la revelación, sino, en todo caso, el estudio del Ser desde sus
propias categorías. Son dos caminos distintos, aunque el teólogo se apoya sin
contradecirla en la filosofía y la completa.
Obra que comentamos: Paul Tillich, Teología sistemática. La razón y la
revelación. El ser y Dios, Sígueme, Salamanca, 2009.

No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada