Hay
una metafísica teológica (la que Heidegger consideró como “ontoteología”) que
desarrolló planteamientos como el llamado “Dios de los filósofos”, que abordan
a la divinidad como fundamento infundado o primera Causa. En torno a esta
captación racional de lo que sea Dios y de su relación con el mundo, con su
creación, se han sucedido los sistemas intelectuales. Pero esta larga historia
ha ido llegando a su fin y se encuentra hoy herida de muerte. Porque llegar a
Dios y entenderlo desde una razón metafísica es ciertamente problemático,
cuestionable y me atrevería a decir aunque con reticencia, anticristiano. De
hecho, la clave ahora se ha dado, como de algún modo vengo apuntando en los más
recientes posts, en el carácter de modelo para el comportamiento ético ofrecido
por unos textos canónicos que a los que se acoge el cristiano. Esto quiere
decir que hay una respuesta que orienta las preguntas y nuevos intentos de
respuestas del creyente cristiano, pero que en ningún caso se puede definir
absolutamente en términos afirmativos o metafísicos al viejo estilo. No se parte
de un cero absoluto desde luego, sino que hay algo ya dado en lo que se
sustenta la existencia cristiana. Pero ese algo no es causa ni primer motor ni
fundamento fuerte.
Esta
forma de entender a Dios, como basamento débil (que remite a unos textos y
comportamientos modélicos presente en ellos) de repercusiones morales y erigido
en clave de la existencia ha sido sin embargo también duramente cuestionada
precisamente por las filosofías de la existencia y por Heidegger. Según éste,
el cristiano no aborda la pregunta por el ser, o acerca de por qué hay algo y
no nada, correctamente. Porque presupone, como estamos indicando, una
comprensión previa a toda pregunta y mudo asombro por el ser. Esto convierte a
la teología en un saber irreconciliable con la filosofía, que ha de ser atea en
su más pura esencia. Como digo, todas las denominadas filosofías de la
existencia o existencialistas deben ser ateas, pues a todas subyace un
desfondamiento del sujeto o sometimiento del mismo al ser (Heidegger) que no
casa con una creencia religiosa por muy suavemente que esté asumida. Por eso,
los existencialismos cristianos e incluso Jaspers bordean la contradicción, ya
que cimentan inapropiadamente la levedad de ser y de existencia. En realidad,
como señala el profesor Estrada, Heidegger se sitúa en una tradición filosófica
vencedora de la teología que nos conduce a la Ilustración de Kant y Hegel y que
otorga a la filosofía el poder designar a la teología su lugar y su función,
siempre secundarios (p. 78). En la trayectoria de Heidegger esto ocurre sobre
todo cuando éste trata de des-subjetivizar su filosofía de Ser y tiempo, de eliminar toda connotación antropológica y
subjetivista de su pensamiento. En efecto, él significa una de las cimas del contemporáneo
proceso de desfondamiento del sujeto, en el que incluso las filosofías de la
existencia con su introducción de la nada y la finitud en el ser y en el hombre
(ser-para sí de Sartre) pueden contarse.
Sin
embargo, habría que diferenciar los viejos intentos metafísicos fuertes, desde
una concepción del pensar y de la razón que Heidegger calificaría de ónticos,
de moverse en el ente y no en el ser, de estar ciegos a la diferencia
ontológica, de la propuesta que por ejemplo sugiere Estrada en su libro El sentido y el sinsentido de la vida.
Ahora ya no se trata del Dios de los filósofos ni de respuestas y saberes
últimos. Ahora se trata de hermenéutica, es decir, de la precariedad de relatos
y modelos éticos que arrastren al cristiano pero que deben y pueden ser
evaluados críticamente. En el lugar
donde antes el metafísico situaba un fundamento, el actual teólogo sitúa, en
una línea de obvio parecido con la tradición hermenéutica en filosofía que ha
derivado del mismo Heidegger, un sentido débil, entre ser y nada, pero con
efectos prácticos. Cierto que esto que se sitúa es ya una respuesta, por muy
débil que sea, y que creer presupone que se parte de ella, pero también es
cierto que se pide a la filosofía que la analice y evalúe, que compare los
relatos y que desde sí misma decida. Yo, cuando leo o modestamente hago
filosofía o teología, siento ciertamente esta diferencia. Experimento, por
mucho vacío y sinsentido o no respuestas con que tope, a la teología como menos
desasosegante que la filosofía. Al margen de mis cuestiones personales o
psicología, esto indica una certeza, y es que el teólogo, obviamente, anda por
terreno previamente pisado, mientras que el filósofo hace esto en medio de un
caos y una oscuridad mucho mayores. No obstante, Estrada señala con acierto que
en realidad también la filosofía tiene al producirse un horizonte y un sentido
dado. Según él (p. 79) la diferencia entre filosofía y teología no sería que
sólo esta última camine por terreno pisado, ya que ambas lo hacen. La clave es
que en uno u otro terreno, se evalúe, analice y cuestione el lugar por donde se
pisa. La Ilustración actual no sería un movimiento metafísico fuerte, sino un movimiento
auto crítico que parte de y requiere metafísicas débiles. Si lo entendemos así,
hasta Foucault sería un ilustrado, como de hecho él mismo llegó a
autodenominarse en cierto escrito tardío.
No hay,
sin embargo, una plena oposición con Heidegger en cuanto éste sí pudo aceptar
una teología que apartándose de la metafísica, se convirtiera en poesía (en el
Heidegger de la Kehre, la poesía
permite al ser mostrarse directamente eludiendo el mundo de las cosas). Pero
Estrada indica algo todavía más asombroso y que en nuestras aproximaciones al
filósofo del Ser siempre hemos intuido: que
Heidegger está haciendo teología. Porque todo hablar del ser, por mucho que
se realice en términos poéticos, se mueve ya en el terreno de las cosas y cae
en una entificación y subjetivización del ser (p. 82). Además, el paralelismo
con la tradición religiosa de la teología negativa es bastante evidente
(Eckhart, Nicolás de Cusa) o incluso con las corrientes místicas (san Juan de
la Cruz). Heidegger se esfuerza en diferenciar Dios y Ser pero realmente parece
estar hablando muchas veces, crípticamente, de lo que se ha denominado “Dios”.
Estrada lo acusa, pues, de hacer cripto-teología, de esa teología que se ha
hecho para combatir a la teología más metafísica y afirmativa (p. 83). Es
decir, aunque la teología fuerte de la creación (aunque también de la idea de
creación también pueda venirnos la precariedad e indigencia de lo existente) haya
retrocedido y se halle en una crisis de plausibilidad, sigue nutriendo a la
filosofía en forma secularizada, como prueba, según Estrada, el caso de
Heidegger que yo he relacionado además en posts muy anteriores con la gnosis,
siempre que se entienda ésta no tanto como “conocimiento y esfuerzo racional”
sino como sistema dualista que accede al conocimiento negando el modo de
conocimiento o la razón habitual. En ambos casos, creo, tanto en la teología
negativa como en la gnosis, en sus versiones también secularizadas, habría un
peligro irracionalista que el libro de Estrada se cuida bien de sortear.
Estrada parece situarse en lo que por etiquetar denominaríamos una ilustración
débil o moderada (ya hemos dicho que aquí llegado el caso podría ubicarse, con
reticencias, al mismísimo Foucault siempre que lo leamos completo, en toda su
obra que incluye las últimas conferencias del College de France en los primeros ochenta), en ese punto filosófico
en el que yo también creo que es más productivo situarse. Por decirlo muy
gráfica y lapidariamente, nos hallamos entre poesía y metafísica... (¿Adorno?).

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