En
el mundo de la educación institucionalizada se ha dado, como un fenómeno de la
modernidad, la pugna entre el viejo modelo de sociedad aristocrática y el
modelo emergente de sociedad burguesa capitalista. Como vimos en el post
anterior, la universidad medieval recoge los elementos de la cultura de los
gremios, con los exámenes que se incorporaron a ella en la Baja Edad Media, con
la promoción de la obra maestra y con el magisterio (el maestro que transmite
su saber, en el cual es un gran experto. “Maestro” era sobre todo el gran conocedor
de algún arte o técnica). Además, la regula
de San Benito que transmitió a la universidad el elemento de distanciamiento de
la cultura académico-universitaria en relación con el resto de la sociedad, y
que fue subrayado por la creación de colegios mayores, internados y un modo de
ser específicamente estudiantil. Esta universidad medieval que perdura mucho
tiempo hasta bien entrada la modernidad (en el espíritu, aunque dentro de una
institución formalmente cada vez más moderna, centralizada, secularizada y
liberal) transmite una idea aristocrática del conocimiento y una técnica sobre
todo exegética, basada en la hermenéutica de textos antiguos y de la tradición.
En
el modelo bajo medieval, se dicta el texto de la autoridad (por ejemplo,
Aristóteles) y después se debate de un modo muy dialéctico, formulando
objeciones que se refutan o suscriben y haciendo que los alumnos se pronuncien.
Esto se puede sentir a la perfección en las Summae
como por ejemplo la Summa de teología de Sto. Tomás. Son tratados muy didácticos, con
estilo dialéctico de preguntas, objeciones y respuestas, llegándose a unas
conclusiones a partir de todo el proceso iniciado con la exposición de un
problema. Las Summae se leen
fácilmente y transmiten la sensación de un pensar vivo, en pleno proceso
(contra el tópico de la cultura estabilista que se achaca a la Edad Media y a
la escolástica). Se trataba de releer e interpretar el pasado, tanto en las
profesiones más liberales universitarias (leyes y medicina) como en las
específicamente eclesiásticas (teología, filosofía). Se estableció un plan de
estudios (Trivium, Cuadrivium) que era una jerarquía de
saberes que culminaban en el campo de la mayor abstracción y dominio
lingüístico. Los estudiantes compusieron una cultura propia, con duelos y
asuntos de honor por ejemplo al estilo aristocrático, con apariencia descuidada
y ropa universitaria diferenciada, que se hacían notar bastante en las
ciudades.
La
modernidad irrumpe en este modelo medieval con lo que llega a su culmen en el
proyecto ilustrado. Carlos Lerena en su libro Reprimir y liberar refiere algunas citas de críticas ilustradas al
modelo del Antiguo Régimen. Autores en España como Feijoo, Pablo de Olavide o
Jovellanos, achacan inutilidad a la universidad y fundan o teorizan sobre
nuevas instituciones en las que la cultura de la erudición se sustituye por una
cultura del trabajo, de las artes y técnicas productivas. Sorprende hallar textos
que hoy podrían haberse escrito para justificar las reformas universitarias
actuales, que siempre alegan que el modelo universitario no es útil, no enseña
cosas que sirvan para la economía y la producción ni para el mundo del trabajo.
Esta crítica ilustrada es una crítica coherente con la modernidad capitalista
caracterizada por la creación de una nueva nobleza y valores nobles basados en
el trabajo y el dinero.
Frente
al auténtico noble que debía hacer ostentación de su fortuna y malgastarla, surge
un espíritu de ahorro e inversiones racionales requerido por un nuevo mundo
movido cada vez más por el juego económico capitalista. Este juego se basa en
la creencia de que hay que racionalizar la economía, entendiéndose por esto, la
total liberalización de la misma. La economía es racional y por eso funciona
sola y debe ser dejada sola. En consonancia con esto, aparece una formación que
apunta a trabajadores más cualificados (y rentables), a una viva exploración
del mundo, a un constante tanteo científico, a la invención de maquinaria. Se
puede rastrear muy bien este nuevo campo de valores en los textos de los
autores señalados. Lerena se detiene algo más en Jovellanos como dentro de un
tiempo yo haré en este blog.
Interesa
destacar algo muy foucaultiano: la equiparación de la educación con el poder,
con un nuevo tipo de poder que se ejerce en las nuevas instituciones educativas
igual que en los cuarteles de los ejércitos bien organizados y disciplinados de
la modernidad. D’Alembert, por ejemplo, elogia a las escuelas militares (p.
127). De hecho lo que la modernidad produce en cuanto a la educación es una
exacerbación del binomio que da nombre al libro que estamos comentando:
reprimir y liberar. Se entiende la educación como represión, control o poder,
por un lado, y como parto o mayéutica, liberación, espontaneidad y naturaleza
por el otro. Quien a juicio de Lerena deja bien claro esto, emprendiendo una
crítica a la Ilustración que en realidad fortalece al mencionado binomio
ilustrado, es Rousseau. Aquí Lerena pretende centrar su proyecto de
crítica-genealogía foucaultiana, su trabajo de teórico sociólogo, que se
plantea, como dijimos en el post anterior, de un modo exclusivamente
negativista.
En
la exposición de Lerena se enfatiza que el autor del Emilio es un prototipo del individualismo moderno e ilustrado, que
no es sino la ilusión de un hombre o naturaleza humana capaz de elevarse sobre
la sociedad que es opuesta a ella. Rousseau, aunque reconoce el papel de la
sociedad y teoriza sobre una sociedad ideal burguesa (según Lerena) en El Contrato social, parte de un hombre
escindido de la sociedad, que es vista en términos de caída y enfermedad. Lo
que debe hacer la educación es un sutil trabajo por el que el preceptor parece
no hacer nada (educación negativa) cuando en realidad está obsesiva y
plenamente presente en la vida del niño. Hay un momento en el que Lerena
incluso relaciona esta omnipresencia y omnipotencia invisibles del preceptor
con la del educador ignaciano en la educación jesuítica de la época, sólo que
en Rouseau esto no se reconoce como sí se hace abiertamente en la pedagogía de
San Ignacio. Así, el educador educa un carácter, antes que dotar de
conocimientos, y desarrolla un proyecto que tiene mucho más que ver con los
sentimientos y emociones, con la sensibilidad (al estilo también estoico,
escribí yo en un trabajo hace tiempo) que con la adquisición de conocimientos.
El anti intelectualismo rousseauniano no es sino una prueba de esto.
Pero
lo que podría entenderse como un proyecto educativo humanista y respetuoso con
el niño, es en realidad un ejercicio de poder que trata de fabricar las
entrañas del sujeto. Se busca una educación sutil y refinada que haga salir lo
más recóndito de la bondadosa naturaleza humana, que es una ficción del autor
ginebrino, para ejercer su diatriba individualista y burguesa contra la
sociedad. Es decir, un dogma del capitalismo es el individuo, entendido como
hombre que de modo solitario puede configurar su vida, tomando decisiones en el
vacío y llegando a superar los condicionamientos sociales. Lo que surja del
individuo operando desde sí mismo y por sí mismo, acabará racionalizando la
sociedad y erradicando los vicios. La virtud, pues, emana de las facultades
humanas en su ejercicio más puro. Lerena ve en todo esto un canto a las
bondades, ya digo, del individuo burgués que entiende la sociedad como conjunto
de individuos aislados al que se añade cada uno en particular. No hay
sociología en este planteamiento, sino una renuncia al poder de la sociedad
sobre el individuo. Para entender esto, Lerena contrapone Comte a Rousseau, o
sea, lo contrario, la idea de que educar es adaptarse a la sociedad. Rousseau
sería la versión “buena” “grata” “amable” del binomio que en la pedagogía
existe y perdura hasta A. S. Neill (del que se ocupa con dureza más adelante en
el libro). La versión dura, villana o infame sería la de los planteamientos que
absorben totalmente al individuo rousseauniano en su sociedad, como hace Comte,
es decir, la educación convertida en socialización. Tanto uno como otro extremo
son propios de la mentalidad burguesa que Lerena ve superada por Marx, que es
el pensador que destruye esta escisión individuo-sociedad y que junto a
Foucault constituye su paradigma de análisis.
Yo
creo que si uno lee Emilio a la luz de El
Contrato social no puede tenerse, sin embargo, la impresión de que Rousseau
no considera la sociedad, sólo que en lugar de describirla, la piensa. Es
cierto el sesgo individualista de quien o quienes tuvieron como modelo a
Robinson Crusoe y de quien, como fue Rousseau, a pesar de su exaltación de la
libertad tuvo como modelo el plan pedagógico de Platón en La República. Rousseau es ciertamente un pensador muy extraño, que
agita, que fue modelo de los revolucionarios jacobinos (Robespierre lo adoraba).
Pero en un tiempo en el que no existía la ciencia sociológica ni la psicología,
Rousseau optó dentro de este otro binomio, por el enfoque psicologista que es
individualista.
Él
sabía bien del carácter hipotético y ficcional de su estado de naturaleza y hombre
natural. Sólo lo usa como una suerte de postulado teórico por el que
intenta ver el modo de intervenir en la sociedad, en un supuesto salirse de
ella que nunca es del todo cierto, cosa que él deja muy clara en Emilio. Como le digo a mis alumnos, Rousseau
consideró el elemento social que nos constituye. Pero no era sociólogo y su
problema no era tanto estudiar este elemento social de la condición humana
(limitante y posibilitador a la vez) sino especular con la muy estoica
posibilidad de superarlo, de transformar la sociedad que había diagnosticado
como mala. Para Lerena esto es beatería anarquizante porque él se sitúa
intelectualmente como marxista, pero yo creo que el individualismo rousseaniano
además de ser, tal vez, burgués, tiene un potencial utópico que habría que
considerar con mayor delicadeza. Para Lerena Rousseau es el prototipo de esa
pedagogía del maestro-camarada que él intenta machacar con una fijación que
nunca sirve bien para comprender a los grandes autores. Sospecho, en lo que
llevo leído de Reprimir y liberar,
que Lerena va a ser propenso a generalizaciones fáciles y argumentos y pasajes
que rozan la demagogia. Me gustaría otro tono en alguien que se define como
científico social y que aplica el bisturí foucaultiano-marxista a su objeto de
estudio. No obstante, su obra es un trabajo, por lo que estoy también comprobando,
ambicioso y recomendable, que hace pensar y ayuda a repasar y reestructurar
mentalmente lo que ha sido la pedagogía a partir sobre todo de la Ilustración.
Su hipótesis parece ser que toda ella es obra del ingenio “pequeño burgués” que
en competencia con la nobleza busca adquirir una nueva nobleza basada en lo
cultural, en el dominio de la cultura, lo cual entra dentro de un amplio juego
de poder en la sociedad.
Carlos
Lerena, Reprimir y liberar, Akal,
Madrid, 1983 (reimpresión en 2005)

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