¿En
qué sentido puede hablarse todavía hoy de salvación en la teología? ¿Y en la
filosofía? En relación con esta última, apunta el teólogo Ghislain Lafont que ha
habido varias corrientes en el siglo XX que a su juicio han desarrollado un
concepto de caída (y de la consecuente posibilidad o no de salvación) de
nebulosa procedencia teológica. Esto resulta muy evidente, señala, en
Heidegger, quien representa una tendencia gnostizante por la que en el ente nos
perdemos irremisiblemente hasta haber llegado al punto de la actual decadencia
de la soberanía de la técnica, a ese punto en el que casi milagrosamente, en la
espera del Ser, éste puede acudir y hacerse presente, en la escucha y en la
propia espera, para reconstituir el mundo y el ente. Así, el movimiento de
salvación sería el de una subordinación de todo lo mundano a algo que debe
hacerse presente en lo mundano, en el ente. Lafont ve aquí un dinamismo, como
hemos dicho otras veces, gnostizante y dualista (a pesar tal vez de las
protestas de muchos estudiosos de Heidegger), por el cual la historia de la humanidad es la
historia de una caída de la que no es posible liberarse a partir de las
coordenadas dadas en la propia historia, estando el recurso salvador en la
escucha de algo que trasciende al mundo, por mucho que requiera del mundo para
hacerse presente. Tal vez, dándole la razón a Lafont, esto lo habría evitado
Heidegger si hubiera sido Zubiri, es decir, si además de referirse al Ser como
luz, se hubiera referido también a la luminaria donde habita y nace el ser
(realidad). En efecto, vamos a ver cómo Lafont va a reivindicar el ente (dice
él) y nada más que el ente como el lugar donde se da la salvación, sin una
tensión que lo niegue e impugne, como un lugar que desde sí mismo puede orientarse
a una superación de lo que también en sí mismo ha supuesto una caída. Esto no
quiere decir que en la teología que propone Lafont no exista tensión, sino todo
lo contrario, como a continuación indicaré es precisa una cierta tensión
exteriorizante (Dios como Padre) para que el mundo sea más mundo (en el
lenguaje de Lafont, se realice la filiación).
Así
pues, en su bellísimo libro, de lenguaje cuidadosamente pulido, Dios, el tiempo y el ser, el teólogo
Lafont intenta superar todo el gnosticismo implicado en una desvalorización del
ente. Afirma reivindicar el ente como lugar de la caída (que no ocurre como
precio de la finitud, sino por el pecado) pero también de la salvación. Evita
asociar, como ha hecho gran parte de la teología, la finitud con el mal (el mal
metafísico de Leibniz), con la caída. Para desarrollar esta idea asume un doble
método de reflexión teológica: analógico y simbólico. Es necesario repensar
quiénes somos y proseguir en la búsqueda de un modo de nombrar a Dios.
En
general, he percibido que para Lafont Dios puede corresponder en gran medida a
lo que Heidegger sugiere sobre el Ser, sobre todo en el juego de hacerse
presente no haciéndose presente el Ser. Pero esto (la presencia de lo no
presente), para el cristiano, se sitúa en una narración (de nuevo el lenguaje
como casa del Ser), es decir, se cuenta en un relato fundacional que explica al
hombre, que propone una forma de salvación diferente de la que se basa en el gnóstico
negar el mundo. La clave antropológica es esencial en Lafont, y aunque el
adjetivo “antropológico” no case demasiado con el Heidegger del Dasein en Ser y tiempo, sigo viendo que Lafont sigue a su manera y
rectificándolo al filósofo Heidegger. Toma de Heidegger aquello que puede hacer
casar con sus pretensiones anti-gnósticas.
La
salvación es algo que concierne sobre todo al hombre y que éste descubre a
partir del relato pascual. Aquí, en las páginas acaso más hermosas del libro
que estoy comentando, Lafont realiza una exégesis de varios pasajes bíblicos,
que culminan en la Pasión de Jesús. En el Antiguo Testamento, se centra en los
tres primeros capítulos del Génesis y sobre todo en el bellísimo libro de Job. Desde
luego, me resisto al crimen de explicar
aquello que va hilando una palabra libre, poética y simultáneamente atenta al
texto, respetuosa, dispuesta a una silenciosa escucha y nacida de ella, en la
que se muestra, de un modo entre líneas, connotativo, vibrante, la verdad que
intenta transmitir el texto fundacional (la Pasión y la Pascua). Lamento que
mis palabras sean aquí las que van a intentar decir lo que Lafont no dice, porque
no puede decirse. Una vez más, siento que la recensión es, como lo dicen de la
traducción, una traidora mentira, y que precisamente, la verdad del texto está
en lo que la labor de traducción deja atrás. Yo dejo muchas verdades atrás
cuando me limito a aseverar de este modo aseverativo, lejos del curso ondulante
de la prosa de Lafont, que el juego salvador sito en el relato fundacional, es
un juego en el que interviene la muerte, porque misteriosamente, en la misma
muerte, se da una afirmación de que la historia vivida, con todo su dolor, es
lo que resulta finalmente consagrado, afirmado, o mejor dicho, aquello que era
vida. Es decir, el triunfo de lo que salva se da en el momento o tras el
momento del máximo silencio de Dios, victoria del mal, fracaso y muerte (cómo
no recordar el tan comentado por Heidegger conocido verso de Hölderlin sobre el
peligro y lo que salva).
Según
Lafont nuestra cultura ha desbancado a la muerte y lo que paradójicamente hace
falta para superarla, para ir más allá del dominio de lo compacto, de lo que se
autoreproduce, de lo que al extenderse causa el mayor sinsentido, es morir
siendo víctima de ese sinsentido. Pero, frente al peligro de apología del
sufrimiento en que este discurso podría deslizarse, Lafont se apresura a
relacionar muerte con Pascua pero entendiendo la Pascua o resurrección del
Símbolo (Credo) como la continuación de la vida sin los vacíos que
teológicamente nombra el término “pecado” (que no es la finitud, sino la
extensión de una situación de no-ser, de simulación, de automatismo). Entiende
el pecado como “no ser” y la Pascua de resurrección como la victoria del Ser,
que viene avalada por el mismo Dios que guarda silencio. Lafont explica esto
tan bella como elocuentemente, y de nuevo, insisto en que mi pobre lenguaje
apenas puede sino destrozar lo que Lafont alza. Lo que sugiere es algo que me
ha parecido muy cercano a las tesis de Estrada en el final del libro que hace
días comentábamos en este blog y en su libro La imposible teodicea: que creer en Dios significa asumir que Dios
calla y que no va a intervenir para librarnos de la muerte, pero que es en la
propia muerte, en todas sus formas, como se hace presente, presente podríamos
decir, por su ausencia. Hay una misteriosa afirmación que el creyente siente en
medio de toda la negatividad y silencio de Dios, para cuya escucha se hace
preciso callar, como practica la teología negativa.
Para
nombrar negativamente a Eso que
salva, a lo que hay que escuchar sin pretender que sea una proyección de los
propios anhelos, miedos o imágenes, decíamos que tenemos dos vías. La del
relato, que proporciona la cercanía de lo simbólico, de lo que uno se nutre en
la medida en que lo lee o escucha, en la medida en que es labrado en su
subjetividad por una historia. Pero si nos quedáramos con esto como clave para
referirnos a la salvación y a lo que salva (Dios) perderíamos la distancia que
también precisa el acto salvador, que debe ser tan mundano e interior, como
exterior y trascendente. Así, a la trascendencia inmanente que nos dona el
relato, hay que oponer dialécticamente un pensamiento analógico, que intenta
esforzadamente, indagar en el seno de Dios, como hicieron los Padres, estudiando
cómo referirse a Él desde aquí, en su verticalidad, en su cualidad de Padre. Así,
el movimiento de salvación lo es en un sentido horizontal y al mismo tiempo,
ineludiblemente, vertical. Hay una exterioridad imposible de eludir que nos da,
en el intento de acceder analógicamente
a ella, la clave para no ahogarnos en la mismidad de la interioridad del hombre
y el relato.



