Que
recuerde, me ha pasado con pocos libros. Crítica
de la razón cínica se me coló, subrepticiamente, en un sueño, cierta noche
de las pasadas navidades, las cuales dediqué entre otras cosas a leer el voluminoso
libro. Un sueño ridículo, grotesco, del que desperté a tiempo. Así, como una mosca socrática, o, mejor dicho, un Sócrates
enloquecido, que era como Platón llamó a Diógenes, hay una razón que ríe,
marginal donde las haya, que precisamente irrumpe pero que no puede ni debe
quedarse mucho tiempo, y es una razón que impregna el libro de Sloterdijk y que
cala a quien lo lee.
El
numerito, el golpe de efecto, debe ser decidido, firme y concluir apenas
comenzado. Porque lo esencial es que Diógenes opera en los cada vez más escasos
recovecos que el mundo cínico, que no quínico, ha dejado. Lo que el libro que
pretende ser fragmentario y refrescante como una ensalada aborda es la falsa
conciencia como una constante de la razón ilustrada, del final de esa razón
ilustrada ya instalada en nuestro mundo. Es decir, el mayor logro de la
Ilustración que comenzara en Grecia y culminara en el siglo XVIII con la
honrosa corona de la Escuela de Frankfurt ha sido la lucidez impotente, en el
mejor de los casos, la lucidez del espectador horrorizado, acaso el pesimismo
bonachón del último Horkheimer, diría yo. Eso, en el mejor de los casos y
pensando bien. Porque lo normal ha sido otra actitud: el fariseísmo, la
hipocresía de una lucidez que viendo no quiere ya ni intenta actuar, tal vez
porque no puede, pero la verdad es que ya ni lo intenta. Asiste a un mundo cuya
síntesis dialéctica es, dice Sloterdijk, la bomba atómica. Esa es la
materialización, la cosa, que hemos hecho más concreta en la que nos podemos
ver mejor reflejados. Y la Ilustración lo sabe. Se sabe, hasta cierto punto cómplice
de ello, por ser portadora de una lucidez, clamadora de una razón, de la
ciencia y de la verdad, que no logran sacarnos del atolladero. No se trata de
la dialéctica denunciada por Adorno y Horkheimer según la cual retorna el mito
por medio de una razón tornada en razón instrumental, sino de que la razón se
confiesa incapaz e incurre en una autocomplacencia, en una actitud vagamente cómplice.
Para
mi gusto uno de los mejores ejemplos de cinismo que trae a colación Sloterdijk
es el de la figura dostoievskiana del Gran Inquisidor, que se sabe miembro de
una élite conocedora y portadora de una verdad que monopoliza y acapara por el
bien de la mayoría, jugando a simular una mentira piadosa que contradice la
esencia cristiana a sabiendas. El Gran Inquisidor sabe que Jesucristo apuesta
por una antropología de la libertad y el heroísmo, pero siendo más realista que
Jesucristo, da a los hombres milagros, Inquisición, jerarquía y normas, porque
sólo así los hombres son felices. Sabe que la libertad y el heroísmo que ofrece
Jesucristo los harían unos desgraciados. El Gran Inquisidor asume esta mentira
lúcidamente. Su actitud es un claro ejemplo del cinismo moderno, ilustrado, que
durante más de 700 páginas describe Sloterdijk en sus muy diferentes versiones
y matices, más o menos agresivo, histriónico o sosegado. Para el pensador
alemán ésta es una clave, una suerte de esencia de nuestra época que la
explica. Se muestra en el arte, en la política, en el cine, en la prensa, en la
guerra… Filosóficamente hay un eco del Nietzsche psicólogo que denunciaba
resentimientos y mala conciencia, reacciones contra lo vital, turbias maniobras
de poder de sujetos débiles. Hay, ciertamente, una razón que se ha visto
acorralada, que en su extrema visión hiperlúcida, en su precisamente
nietzscheana, pero también freudiana, marxista, positivista, etc. mirada “sospechante”
no ha podido evitar la catástrofe, ni siquiera avisando. Se instala, pues, una
mirada que avisa y prevé, pero al mismo tiempo asiste con pesimismo y fatalismo
al desastre, a la crónica de una muerte anunciada. Este es el sino, muestra
Sloterdijk, de nuestra era ilustrada. Y todavía peor, saber ha llegado a ser
ahora sinónimo de poder. Por tanto, la razón ilustrada se torna plenamente
cómplice de la dominación.
El
papel de la Ilustración de la Ilustración lo ostentaría el “quinismo”, que es
el cinismo del cinismo, cuyo modelo es, cómo no, el viejo Diógenes del barril.
La descripción de éste por parte de Sloterdijk es soberbia, excelente.
Finalmente, toda esa trama de lúcido descreimiento es puesta boca abajo por el
cuerpo, el dato empírico que azuza a la teoría discrepante esquizoide y le
recuerda su procedencia, y sobre todo, la risa, la risa como shock en plena
operación de pulmón a un tuberculoso en las alturas de la Montaña Mágica de Mann, el ataque de risa, la verdad risueña, la
distancia que procura el reírse y el golpe a todo el decorado, la visión en la
que lo ridículo y lo absurdo se muestran como ridículo y absurdo. Si el cínico inquisidor
se ha tomado demasiado en serio todo, si su enfermedad ha consistido en ello,
si su lucidez es melancolía que le torna impotente, la risa puede mostrar que
hay otro paso más allá de la melancolía, que quedan más escalones, que puede
avanzarse más, que Diógenes ha logrado ir todavía más lejos y que la
Ilustración se puede seguir abriendo paso. Es un nivel de realismo aun mayor
que el contemplar impávido y mudo los hechos consumados e inalterables de una
modernidad que ha producido la bomba atómica, es un poner los pies aun más en
el suelo de lo ridículo, viendo todo eso, como el viejo Diógenes, en su aspecto
real, concretísimo y por tanto, pasajero, carente de gravedad, de peso.
La
razón quínica termina de desatar ya del todo, de desmitificar, de ilustrar
hasta el último resquicio llenándolo todo de irónicas, satíricas y muy sarcásticas
objeciones. Ella capta el bloqueo, incluso el horror, la parálisis del cínico
enmudecido, o del cínico charlatán periodista que pone a la misma altura una
noticia tras otra, una muerte tras otra, un nacimiento tras otro, un suceso, un
acto terrible del gobierno, una hambruna… El quínico puede recoger el escándalo
que no recoge la razón cínica ilustrada que se limita a una captación cada vez
menos reflexiva, menos consecuente con lo que hace. Una captación que aun
siendo a menudo sarcástica, como estoy diciendo, no deja de tener bastante de
terrible, de airada denuncia; porque las payasadas de Diógenes se refieren,
precisamente, siempre a lo más serio que debe decirse. En realidad, en el libro
de Sloterdijk el quinismo, como el cinismo, adopta una proteica serie de transformaciones
que lo dotan de las más diversas apariencias y que le hacen asumir diferentes
tácticas. Una táctica nada inocente que recuerdo, por parte del quínico: hacer
lo que la norma convencional quiere que se haga, hasta sus últimas y siempre
absurdas consecuencias. Suele dar buenos resultados. En general, los monstruos
siempre acaban revolviéndose contra sus inventores.
Por
último, agradecería que alguien escribiera una versión española de la Crítica de la razón cínica con especial
atención a nuestra historia reciente, a los partidos políticos y su razón de estado,
su obediencia debida, su Transición. Y algo que sí me reservo para hacer yo:
unas reflexiones o consecuencias de todo esto para el mundo de la educación,
los sistemas educativos, la escuela. No sé dónde me ubicaré exactamente para
hacerlo, no sé si tendré el valor de pasar por lo menos una noche metido en un
barril.

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