viernes, 27 de diciembre de 2019

RELATO: Vacaciones

Vacaciones
Marcos Santos Gómez


Era una tarde más húmeda y fría de lo que solían serlo las tardes de verano en aquellas tierras desérticas. Tierras ocres y amarillas de mansas colinas y llanura que en aquel momento la lluvia tornaba erial de barro en el que el polvo se asentaba y dejaba de pulular como una plaga que la mayor parte de los días obligaba a continuas toses y carrasperas. En pocos lugares la muerte anda tan cerca de la vida, la violencia de la paz fraternal, el vicio y el crimen de la honestidad. Un lugar ya presente en las literaturas del siglo que lo cantan y sazonan con leyendas e historias truculentas. Nada de esto, sin embargo, parecía afectar a Ernesto, incapaz de pronunciar una sola palabra y que cerraba los tratos con un exánime amago de sonrisa, de una sonrisa fría y desalmada como sus ojos. No era malo ni violento, pero parecía no tener alma. Contra lo acostumbrado, no iba allá para matar ni ser matado, sino que cumplía una rara misión que el enterrador aceptaba sin preguntar. Entre ambos, el español y el mexicano, se daba uno de los comercios más bárbaros y macabros que puedan darse, el que comercia no tanto con la muerte, sino con los muertos.

El vendedor de las morbosas prendas que constituyen las partes blandas de muertos recientes o los huesos de un viejo cadáver era un hombre joven, con un fino bigotito a lo Clark Gable, mas galán feo y despeinado, de inexpresivos y diminutos ojos negros como botoncillos hundidos en la carne del rostro, moreno de piel y de tez mal afeitada, que trabajaba de enterrador en aquel lugar de la frontera. Era el mismo de tantas veces, y le dijo al mudo Ernesto, en un español rasgado con el acento del norte de Sonora, que podía recoger sus huesos, un contundente fémur, que iba a costarle cincuenta dólares y un gran fragmento de peroné. Los traía dentro de una bolsa de tela anudada en el extremo de la abertura. Ernesto dio las gracias asintiendo impertérrito, con la acostumbrada mudez y parquedad, para tomar la bolsa con gesto maquinal en la mano izquierda, a la par que tendía sus dólares al sepulturero con la derecha. Era un paradigma, diríase, de indefinición, de quien no podía saberse qué pensaba o si pensaba. Esta vez había sido una buena venta, con una paga cuantiosa, que el mexicano iría a beber a la cantina, cuidándose de decir nada a nadie de su trapicheo. Así que, con un gesto cortés, algo amedrentado por la imponente figura del impasible español, alzó levemente su gorra de enorme visera y mostrando unos dientes sanos y muy blancos en el rostro moreno, dijo “Quede con Dios” y se marchó por donde había venido. Ernesto, con mirada lenta e inexpresiva, lo vio caminar alejándose, entre las colinas desérticas y polvorientas tornadas barrizal, no lejos de la frontera con Estados Unidos, que era el país a donde Ernesto iría a continuación, con mágica velocidad. En Europa, en la ciudad de Madrid de donde provenía, todos dormían en la noche cerrada, incluido él mismo. 
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“En Nueva Orleans no se puede visitar el cementerio sin guarda. Está prohibidísimo allanarlo. Las multas por profanación son cuantiosas”, dijo Leonor. Entonces, recién llegados de Nueva Orleans en viaje de vacaciones, unos cuatro años después del Katrina, cuando todavía gran parte de la ciudad era un gran caos, contaban su aventura a Cosme y Marga. “Lo peor fue el susto cuando Ernesto se entretuvo tanto. Salió a caminar de noche, porque el calor era insoportable, y no regresó hasta casi mediodía. Vino cansado, sin recordar bien dónde había estado. Sin duda, sufrió un síncope por la temperatura tan alta”, relató Leonor. “Aquello es bonito, pero tiene un toque de desolación que apenas se adivina. Es un lugar duro y peligroso, lleno de supersticiones, que el resto del país, como quedó probado por la poca ayuda prestada para paliar los efectos del Katrina, no ve con buenos ojos”. “Bueno -puntualizó Ernesto casi con ternura-, es la patria del jazz, por ejemplo”. “Cuando el Katrina -continuó Leonor sin hacerle caso- hubo gente que salió a cometer asesinatos por el mero gusto, por tener la experiencia de matar a alguien, por ver qué se siente”. “¡Qué barbaridad! -dijo Marga”. “Tú no los defiendas -replicó su esposa mirando al amedrentado y débil esposo-, que por su culpa no andas bien, desde entonces”. “El caso es que -continuó Ernesto-, desde aquel viaje padezco la fatiga crónica. Es cierto. No importa lo que descanse y duerma, nunca tengo fuerzas y necesito tumbarme a menudo días enteros”. Leonor señaló que habían llegado a creer en un principio que Ernesto había cogido un dengue, pero en las pruebas nunca se demostró. Su cansancio había ido a más y a más, día tras día. “Día tras día y noche tras noche” -completó el hombre. “Soy un tipo cansado, siempre cansado. Es más serio de lo que parece. Mi rendimiento ha bajado en todos los aspectos, no puedo realizar casi ninguna actividad el tiempo suficiente, tengo que acostarme, la memoria también me falla y el agotamiento me ha hecho más torpe para todo”. “Vaya -contestaron casi simultáneamente Cosme y Marga”. “Desde entonces apenas he podido viajar”. “Sí -dijo Leonor-, he intentado cambiar de lares y visitar lugares fríos, el Norte, quizás Islandia o incluso Groenlandia, porque el calor es lo que tanto le afectó, pero siempre se encuentra sin fuerzas, incapaz ni de hacer la maleta”. 

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Ernesto se quedó parado, de pie. Dejó que se le empapara la cabellera, el rostro, la camisa, mientras contemplaba la figura del mexicano ya diminuta. Debían guardar ambos el secreto, porque tampoco en México se permitía la profanación de tumbas, pero la diferencia es que en México había, digamos, menos demanda y tal vez por ello menos control, aunque es cierto que también tenía allí su clientela el enterrador poco escrupuloso. Un fémur era, después de la calavera, lo más cotizado. Guardaba, se decía, parte del alma del muerto. Es por lo que él lo compraba.

Aquel día de lluvia, el de su enésimo viaje para encontrarse con el enterrador de Juárez, cerró los ojos con mansedumbre al fresco de la lluvia cuando este se fue. Agradecía en su fuero interno, aun sin ser muy consciente de ello ni capaz casi de pensamiento, que estuviera lloviendo. Así que, contra lo acostumbrado, quiso quedarse allí unos minutos más, lo que produjo que regresara la voz que resonaba dentro de su cráneo, en algún lugar de la cabeza muy arriba, casi en el propio hueso. Era la voz llena de sones afrancesados, de inglés rajado y criollo, que volvía a llamarlo, que le increpaba, que le ordenaba que en ese mismo instante, fuera a Nueva Orleans con el material que acababa de comprar. Pues no lo compraba para él, sino para la voz, que era la voz de Fabian. Nos referimos a Fabian, en Nueva Orleans. Un viejo hombre, de canas que contrastaban bellamente con su piel oscura, ajado, de tez arrugada y casi esquelético de puro delgado. Ernesto, junto a la voz, fue viéndolo materializarse frente a él, como viniendo de una nube, que tomó forma a la par que desaparecía el desierto y el espacio quedaba reducido a un cuchitril lleno de extraños fetiches y calderos.

Fabian hablaba un inglés veteado de francés o un francés criollo veteado de inglés, según se mire, pero no sabía español. Había hecho de Ernesto su lengua y sus manos para cruzar la frontera y proveerse del valioso género que necesitaba. Para conseguir buena osamenta el paraíso era el norte de México. Es ahí donde Ernesto, antes de la caída de la tarde (no disponía de la noche americana pues solo disponía de las noches europeas), negociaba y ejecutaba las compras en nombre de Fabian, tal como hemos visto; sin mediar palabra, incapaz de hablar, pero sí de escuchar y comprender al mexicano. Este a veces se santiguaba y le sacudía las mejillas, como tratando de despertarlo de un sueño ingobernable, y Ernesto le tendía la bolsa impertérrito, sin decir nada. Cuando Fabian vio el fémur se frotó las manos. “Va a haber buena fiesta. Pero como siempre, no te puedes quedar”. Miró con dureza de amo al español, que nunca decía nada, y le dijo “Pero hijo de perra, te puedes mover más allá del tiempo y del espacio”. Dejó pasar una media hora y entonces le dijo: “Vuélvete, vuelve ahora a España, que pronto amanece allí”.

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Habían pasado varios años de la visita a Cosme y Marga antes referida, cuando revelaron al matrimonio amigo la rara afección de Ernesto. De hecho, el Katrina, aunque no sus secuelas, quedaba ya lejos, pues ahora andamos por 2012. La fatiga crónica avanzaba y Ernesto pasaba los días en cama, a menudo inmerso en ensoñaciones, aunque solo por la noche, decían, dormía verdaderamente. Entonces se sumergía en un hondo sopor al que nada era capaz de herir o hacer mella, como si estuviera muerto, irresistible y para quien tratara de despertarlo o le observara así sumido como en un estado de coma, espantoso. Le daba como un síncope al caer la tarde y con la frente a menudo perlada cerraba profundamente los ojos. Al despertar por la mañana, siempre tardaba mucho en hallar una cierta lucidez, le costaba incorporarse al mundo de la vigilia y arrastraba extraños sueños. Soñaba con algún lugar de México y con aquella maldita ciudad de Nueva Orleans donde había comenzado todo. Ya sospechaban de algún parásito. El Katrina había extendido enfermedades insólitas, en apariencia superadas hacía décadas, cuyos rebrotes llevaban años azotando a la población más pobre, de origen negro y criollo o haitiano. No tenían duda de que Ernesto había contraído algo de eso, pero nunca aparecía nada en las pruebas. De noche, cuando Leonor lo miraba dormir, más que preocupada, horrorizada, lo veía agitarse, sudar, tratar de incorporarse y dejar escapar fragmentos de lo que parecían extrañas conversaciones que mantenía en su sueño. Con frecuencia eran, sin embargo, sonidos ininteligibles, guturales, de ahogo, que no querían decir nada. Pensaron, por todo ello, que sufría algún tipo de sonambulismo parcial, decían unos, o incluso narcolepsia; en cualquier caso, algún raro trastorno del sueño por el que no descansaba bien y que era la causa de su fatiga crónica durante el día. 

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Al tiempo que, costosamente, el cuerpo de Ernesto, con su alma devuelta, despertaba en Madrid, un fémur humano crepitaba en el caldero de Fabian llenándolo todo con sus efluvios, con los vapores que desprendía el malsano caldo caníbal que Fabian preparaba mientras los asistentes entraban en distintas formas del trance, del éxtasis, del arrobo por el que la deidad los poseía. La posesión era como una catástrofe para el cuerpo entero, que se agitaba cual si pariera o sufriera en extremo, pero que en realidad era una especie de alegre histeria por la que se era capaz de mirar directamente y no de soslayo a la demoníaca divinidad convocada. Emanaba del cauce oral verborreico del poseso una ancestral y tenebrosa sabiduría de hechizos y sortilegios, poderosa, capaz de alcanzar aquello inimaginable e imposible de alcanzar para la razón. La potente energía espiritual y carnalísima operaba milagros, profecías, maldiciones, sanaciones que de manera espectacular iban dándose en morbosa procesión toda la noche americana, cuando el sol podía verse por Madrid.

Un espectáculo prohibido, perseguido, que podía dar con todos en la cárcel. Lo principal, lo imprescindible, eran, siempre, los huesos de muertos humanos, difíciles ya de extraer de alguna tumba en la misma ciudad ni en toda La Luisiana, pero fáciles de encontrar en las vastedades de Sonora, en el vecino México. Fabian no tenía que desplazarse. Bastaban las noches en España cuando Ernesto dormía para que este mismo realizara su tarea, aquella por la que había sido vuelto a crear y renacer. Este había sido embaucado durante su viaje para asistir a un ritual, a escondidas de su mujer, que era muy impresionable, pero acudió ignorante de que él mismo iba a protagonizarlo. Fue adormecido con drogas, enterrado y desenterrado a la mañana, cuando se vio, sin saber cómo ni por qué, caminando por alguna calle de las afueras, con la memoria incierta de lo que había sucedido. Así, la policía lo localizó y condujo de vuelta al hotel, donde Leonor había perdido los nervios. Él venía atontado, como muerto, y solo poco a poco comenzó a parecer él de nuevo. Pero, como había dicho ella a Cosme y Marga, nunca volvió a ser el mismo.


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En tus noches, serás mi esclavo. Yo guardo tu alma en un cofre y a mi poder la ligo y te ordeno que vivas para mí. Te concedo la profanación del tiempo y del espacio, para que vengas cada sol antillano, robado de la luna europea y del sueño, a este mismo lugar, para que yo te guíe en tu búsqueda, nuestra búsqueda, de la sagrada carne, sangre y osamenta de los hombres, para propiciar inmolaciones y sacrificios, hasta que ya la fatiga impida vivir finalmente a tu cuerpo. Dijo esto Fabian cuando, al amanecer, lo desenterraron.  

jueves, 26 de diciembre de 2019

RELATO: A través del espejo

A través del espejo 
Marcos Santos Gómez

Creo que he viajado a través del espejo. Recuerdo que cerré los ojos después de mirarme en él o que, quizás, alguna mano piadosa lo colocó sobre mis labios inertes. ¿He muerto? No lo sé. Solo puedo evocar vagamente el espejo. Alicia no estaba muerta cuando hizo su viaje al otro lado. El otro lado es parte de este o, por lo menos, ambos lados son parte de una misma cosa, por lo que cabe esperar que más allá esté la prolongación de más acá. Pero con mayor seguridad, lo que se encuentra allá ha de ser su reverso o su modificación en algún extraño sentido.

Acaso era un gran espejo de tocador. Me pareció que me desinflaba, que caía a plomo, mientras con ojos muy abiertos contemplaba mi rostro a medias lleno de espuma. Todo pareció darse la vuelta y girar en torno a mí, como un tiovivo. ¿Quise besar mi reflejo como Narciso en las aguas del estanque? Ha pasado algo, pero no sé con exactitud qué. Ha habido un cierto movimiento, un tránsito que me hace dudar que siga donde estaba, donde he estado tantos años. Aunque es inverosímil verme aquí, solo, de repente en un circo que me recuerda a otro pobre circo melancólico donde pasé uno de mis fugaces días de la infancia. Miro todo y todo es, aunque absurdo, muy real. Estoy aquí, vívida y vivamente. Es como si el mundo se hubiera reducido, o ampliado, a este carrusel de espectáculos. Pero no hay duda de que es un circo que me es familiar y que esto no es, no, de ningún modo, la muerte. Solo estoy al otro lado.

Hay elementos extraños, sobrenaturales, lo cual es lógico si tenemos en cuenta cómo he debido de llegar. Una brusca interrupción, acaso un dolor que no recuerdo muy bien, me han transportado y, aunque no me lo esperaba, ahora estoy en este circo. No sé bien por qué un circo, y menos por qué ha de ser este casi olvidado, rescatado de algún rincón de mi memoria. Se sucede espectáculo tras espectáculo presentados por… Gabi, el payaso serio de la tele, que viste pantalones bombachos y está lleno de brillantinas por toda su ropa y cara. Por algún lado aparece también Leo Bassi, tal vez un añadido de épocas posteriores. Trato de saludarlos, especialmente a Gabi, porque para mi generación es como alguien de la familia, alguien entrañable, pero parece disolverse, esfumarse, cuando intento acercarme. Hay algo impersonal en los números y en cómo se suceden. Yo, desde luego, espero a los animales, que es lo que más me gustaba. La música de fondo es la que ¡qué recuerdos!, llamaba mi padre “palomitas de maíz” y la toca una orquesta que, me fijo en las caras de los músicos, toca muy seria, con aire mustio. Por todas partes hay humedad y la fanfarria suena lejana y sin gracia.

Pronto llegarán mis números favoritos. Mientras tanto, me fijo en el público y me invade un desasosiego. ¡Todos soy yo! Todo el mundo tiene mi misma cara y la expresión triste de los músicos. Todo parece una antigualla a punto de disolverse de vieja. Las grandes telas, la carpa, están muy sucias y cedidas. Pero por lo menos se suceden los números sin parar. Hay mucha variedad. Ahora por ejemplo vienen los perritos, el grupo de caniches que juega con desorganización. Son simpáticos. Hacen monerías. Caminan a dos patas. Juegan al fútbol. Pero alguno se ha quedado con la pelota que no quiere compartir. Los demás le tiran mordiscos y le arrancan pedazos de pelo e incluso carne, porque se pone a sangrar. Entonces no sé si reír o llorar, y dudo acerca de la verdadera naturaleza de lo que veo. No acabo de saber dónde estoy. ¿Qué clase de circo es? ¿El otro circo? ¿El que vi de niño? Su reverso quizás.

Tengo una teoría. De algún modo, estoy de nuevo en aquel viejo espectáculo al que fui, que ofreció una función penosa que me hizo empatizar con los artistas, teniéndoles mucha lástima. Sí. Los payasos eran ordinarios y hacían un número de mal gusto, sin gracia, pero yo forzaba mi risa de pura lástima. Sufría viéndolos esforzarse para nada. Sacaron un plato de espaguetis que se iban cayendo y pegando por su ropa y por todas partes, mientras uno hacía que tocaba el trasero de otro vestido de mujer y este le daba unas inmensas bofetadas con sus grandes guantes calados hasta el codo. ¡Plas! Sonaba así. Muy poco gusto, sin clase. Ahora los vuelvo a ver. ¡Qué cosa más rara! Leí una vez a un optimista profesional, es decir, un teólogo renovador y razonable que el cielo completaría todo lo que quedó por terminar, atando, por así decirlo, los cabos sueltos. Y quizás eso explica que haya vuelto, aquí, en el otro lado, a aquel triste día de circo que hoy es, debe ser, alegre, un espectáculo circense de veras. Todos los días de mi vida hallarán en breve plena justificación, como aquel. Todo se tornará bueno… Si es que estoy de veras al otro lado, si es que no sueño… si es que esto fuera el Cielo. Pero no sé nada a ciencia cierta. No sé si he muerto, repito. Creo que no. Solo he cruzado al otro lado del espejo.

Los perritos abandonan la pista. El que lleva la pelota va sangrando y los otros, de manera impropia si atendemos a su tierna constitución y apariencia, van dándole mordiscos con los dientes muy afilados. Juraría que los perros solo tenían cuatro colmillos, dos abajo y dos arriba, peros estos tienen la boca como un cocodrilo, llena de pequeños y grandes colmillos asimétricos que les dan un aspecto fiero. Y creí que solo eran caniches. Esto me hace pensar que no todo es como yo creía y que el otro lado, quizás el otro lado del espejo, no es una reproducción mejorada del original ni, menos aún, el Cielo. Más bien parece un reverso, hemos dicho, pero ¿qué sentido tiene? ¿Por qué he venido a caerme en este lado mientras me afeitaba? Yo mismo me siento bien, estoy fuerte, sano, con un cuerpo joven, aunque todavía no he visto ángeles. No, no estoy muerto. Me resigno, no obstante, a esperar la próxima función.

Llegan los tigres y leones, todos de color blanco y ojos celestes. Son fieras paradisíacas, muy bellas. El domador es grotesco, con un gran bigote como de principios del siglo XX. Empuña su látigo con ardor, aunque las fieras están tranquilas sentadas en sus plataformas. Me percato de que de nuevo algo no cuadra cuando, sin más, empieza a herir y arrancar tiras de piel de sus animales, cuyos cuerpos van llenándose de sangre. Esto no es divertido pienso. ¿Lo estaré soñando? Pero la visión de un pobre de poblada barba, echado en dos asientos, devuelve la esperanza de estar en una suerte de Cielo. Su cara me es familiar, pero no es la mía. Alguna otra vez lo he visto. Es el único espectador que manifiesta la deferencia de no tener mi mismo rostro. Esto, sobra decirlo, es reconfortante, porque la impresión de que solo sea yo en el universo supone una incomodidad y una responsabilidad atroz. ¿Será verdad que me he ahogado en la charca espejo como Narciso? Solo me veo a mí mismo contemplando la función. Y mis otros yoes están como alucinados, mirando serios todo lo que se desarrolla en la pista, los tigres y leones aullando de dolor. Necesito ir a ver al pobre, porque su presencia me confirma sin duda que estoy en el Cielo, y no en una mera repetición del mundo o en su escandalosa inversión, como me iba pareciendo, porque el pobre solo puede estar en el Reino de los Cielos. Pero esto es distinto, no es mejor que lo que había antes. No sé.

Mientras voy hacia él, apartando a mis dobles, recuerdo que para Chesterton el Cielo debía ser una broma interminable y un festín eterno entre amigos, pero aquí me faltan los amigos. Sé que busco al pobre porque estoy indefectiblemente solo y así me voy sintiendo, único espectador del único espectáculo que parece existir. ¿Broma e ironía? ¿Estoy dormido? ¿He muerto? Quizás el pobre sepa algo.

Está chupando unos huesecillos. No sé por qué, todo me recuerda a una película. La piel. Sí, en ella algunos comen carne… humana y en efecto, los huesecillos que chupa y chupa con fruición podrían ordenarse y acaso formar una mano. No obstante, es amable. Asiente a cuatro cosas que le pregunto y cuando abre la boca para sonreír muestra unos dientecillos afilados e irregulares, como los de los perritos. Me siento mal. Hay algo en este sitio que no comprendo, pero trataré de mirar el espectáculo y no pensar más, así que vuelvo a mi asiento con una sensación de vértigo y vacío. Empiezo a percatarme de que me invade un inesperado y desagradable desasosiego.

Resignado y callado en mi asiento, veo algo que siempre me causó pavor en los números de fieras. Que estas se revolvieran contra su amo. Siempre existe esa posibilidad, dicen, y ahora se ve a los animales sangrantes, a los que faltan largas tiras de piel, muy inquietos. Tanto, que, ¡horror!, se arrojan a una contra el domador y comienzan a arrancarle también a él trozos de carne. Sus bocas son terribles, tremendas, así como los rugidos guturales que emiten, y el ansia con que lo van devorando. Se vengan. Pienso que yo nunca vi esto, aunque lo temí. Fue algo que faltó en el mundo, una cuenta abierta y pendiente que tal vez hoy se cierra. Pero a esto no se referían los teólogos, Dios mío, a no ser que, a no ser que…Es lo único que puedo decir. Más que cuentas pendientes que se cierran, hay revanchas. Un peculiar día del Juicio. O eso parece. Todo se da la vuelta. Las películas que he visto fluyen trastocadas y empiezo a querer irme de aquí. Todo acaba mal. El pobre, confirmo y adivino, se estaba comiendo una mano humana, en su atroz pobreza, en su hambre insufrible. Sólo sé que vi flores antes de ¿morir? Sólo sé que esto es el otro lado pero también sé que debe haber otro lado más allá de este. Así no pueden acabar las cosas. Vi flores y me afeitaba. El espejo.

Me paso el pañuelo por la frente, porque sudo mucho. Hace calor. Entonces aparece Gaby, con Fofó redivivo, que lleva puesto un tutú rosa, y anuncian con un diálogo diabólicamente absurdo, que llega el número más esperado, el de Jonás y su mono. ¡Ah, qué bien! El domador ha escapado rodando por la salida de la jaula hacia fuera, a donde supongo que hay otra jaula.

Viene pues, Jonás y su mono. Una cría. Lo recuerdo perfectamente. Entonces, de niño, en aquella tarde que quise ser complaciente y empático con unos artistas penosos que fallaron todos los números, hubo uno en el que una cría de chimpancé saltó al público y creó una fugaz alarma. Hubo inquietud, pero el monito no hacía nada. Era, como he dicho, pequeño, una simple cría. Y yo río recordándolo, porque viendo a este, su remedo, su equivalente acaso en mi memoria o en mi sueño, no parece gran cosa. Así que me levanto y abro los brazos como para abrazarlo de lejos y ¡op! Salta a mis brazos. Conozco la técnica para que me diera un beso, consistente en apuntarse con el índice a la mejilla. El hombre que lo trae está nervioso. Es un pobre hombre que me echa la culpa cuando el monito en lugar de darme un suave beso en la mejilla, me la muerde. Dice “¡Es que usted se lo ha pedido, le ha hecho un gesto!” y vuelve a mí el embarazo de mi infancia, cuando pasó esto mismo. En este lado se están repitiendo las cosas. Pero todo es confuso. Cada vez me inquieta más el público inmutable, como clones míos, que ni aplauden, ni ríen ni hablan. Siempre he estado solo en mi vida y esto parece también continuar dicha situación. ¿En qué clase de lugar estoy? Lo más verosímil sería contemplar a Alicia y caer en la cuenta de que esto es el otro lado del espejo, una tonta broma, un reverso. Pero quizás, debo haber muerto. No hallo otra explicación. El espejo. Alicia. ¿Algo peor?

De mi otra vida, del lado donde leí enciclopedias, evoco un artículo científico que decía que los chimpancés pueden tener la fuerza de cuatro hombres y que son capaces de arrancar un brazo. Claro, son arborícolas. Pero este es tan tierno y pequeño. El equivalente a un niño. Una pena, en el fondo. Me ha mordido sin fuerzas.

Sin miedo le tiendo mi brazo. Un saludo. Y él, con su potencia infantil, apenas tira de este. Jaja. Es una situación graciosa. Quiere llevarme hacia él, sentado en la cabeza de uno de mis clones, y tira, y tira mucho, más de lo que esperaba, tanto que me crujen las articulaciones, que empiezan a arderme los músculos y a doler los huesos. Sobre todo el codo, parece que va a ceder, se estira demasiado, duele, aaaagh, ¡el brazo, me lo está arrancando! ¿Pero dónde demonios he venido a caer? ¿Dónde estoy? Echo de menos a los ángeles. ¿Por qué no hay ángeles? ¡Mi brazo! ¡Aaagh! No veo ángeles.

sábado, 14 de diciembre de 2019

RELATO: Los pájaros de Dios

Los pájaros de Dios


Yo tenía apenas quince años en 1905 y era una joven optimista que vivía razonablemente bien su adolescencia, sin carecer de buenas amigas ni de oportunidades para realizarme en lo que ya más me gustaba: todo lo relacionado con la cultura. Leer no estaba vedado a las mujeres de familias con cierto alcance económico y al menos eso podía en gran medida satisfacerme, una vez abandonada la escuela. Siempre deseosa de aprender, tenía en mi tío Guillermo un valioso referente y cómplice para ir saboreando un vasto universo que abarcaba desde la lectura de clásicos latinos hasta las más abstrusas teorías científicas del momento. Los rayos X y la electricidad daban mucho de qué hablar y ya se escribían novelas de ficción sobre los más recientes adelantos tecnológicos, a medias entre lo razonable y lo inverosímil. Edison era para nosotros, en esa época, como un brujo que llegó a colaborar en la ideación y fabricación de la primera silla eléctrica utilizada para ejecutar a un hombre en Estados Unidos.

Los misterios del mundo, de las letras y de la filosofía eran por mí gratamente descubiertos y pronto compartidos con él. Y es natural que fuera así, pues se trataba de un hombre que vivía pegado a una suntuosa biblioteca personal que le ocupaba toda su casa, donde vivía solo. De él se decían excentricidades y yo misma recuerdo definiciones dichas por él un tanto estrambóticas en las que lo más corriente daba una suerte de giro, de manera que la perspectiva cambiaba, y entonces, fuera un objeto o una idea, aparecía como algo de distinto signo en la imaginación. Así, una vez le pregunté ingenuamente qué somos los seres humanos, y él dijo, no sé si en serio o en broma (es decir, que no puedo asegurar si aquella definición era de verdad o una simple chanza de mi tío), que los hombres somos los pájaros de Dios.

Estupefacta, le supliqué que se explicara y él dijo cerrando los ojos mientras, como ciego, señalaba vagamente los dudosos libros en los anaqueles de una de las paredes de su salón:

“Aquí tienes libros de historia. No historia para especialistas, que ni tú ni yo lo somos, sino buenos ensayos y manuales, o monografías cultas como la de Gibbon sobre el Imperio Romano, destinados a lectores que no han de ser necesariamente historiadores. Llevo toda mi vida leyendo esto. Cada libro añade algo, una nota a lo que se me insinúa como una coral más allá de lo bello y lo sublime, ante la que no se sabe si llorar o reír. Seguramente, si se escucha bien, uno haga ambas cosas. Pero los libros son remedos. Nosotros apenas podemos escuchar al hombre en los libros de historia. La historia suena como música a medias improvisada, a medias forzada y en gran medida producto de un azar de gloria y espanto. Yo, como ahora, a veces dejo el manual, el atlas o el volumen de la enciclopedia sobre la mesa y cierro los ojos. Puedo adivinar, entonces, con absoluta nitidez que lo que he leído compone una melodía, como un extraordinario gorjeo o trinos de pájaros al atardecer. Y al atardecer es cuando Dios baja a tomar el fresco en su Creación. Entonces nos escucha. Pues es nuestra música lo que goza Aquel que puede escucharnos más allá de las sombras. Le hacemos sentir en su rapto la misericordia más tierna, la exaltación más desaforada y el horror más abominable. Somos todo eso para Dios, al atardecer. Pájaros de Dios que componen una sinfonía secreta que solo Él puede distinguir, como la vieja música de las esferas, y que a cualquiera de nosotros nos despedazaría si tan solo oyéramos unos pocos compases. No resistiríamos nuestra propia música. Pero la hacemos y saludamos, con él, a los días y también los despedimos en el crepúsculo que ya dura algunos miles de años, a punto de terminar todo, pero sin terminarse nunca”.

Consolación Márquez, Recuerdos de mi tío Guillermo, Montevideo, 1951 

jueves, 12 de diciembre de 2019

RELATO: Polvo de estrellas

Polvo de estrellas
Marcos Santos Gómez

Llevaba horas despierto. Bocarriba, solo en su habitación, con la persiana subida y al fondo el paisaje de estrellas que se había ido aclarando para dar paso a la multitud de colores propios del amanecer. Un amanecer en el campo; en la nada de la meseta castellana, limpios la tierra, el cielo y el espíritu. Los cielos habían vertido sus estrellas sobre Mario, que las había estado siguiendo por la noche sin mucho interés en su progreso celestial. El lugar estaba bellamente rodeado de todas estas cosas, pero no era un lugar ni del campo, ni de la ciudad. Era un limbo bajo la amplitud que día y noche exhalaba su letanía sobre ellos, sobre los ancianos, en su forzado retiro. Mario, ya con los ojos muy abiertos, pues sentía el amanecer, a sus ochenta y cuatro años no tenía mucho más en que pensar. Ya no necesitaba dormir demasiado y pasaba las noches en lenta rumia, no siempre alegre y menos feliz. A la sazón, su digestión espiritual era difícil y lo poseía un odio obstinado; aquel que sentía contra Casimiro, huésped también de la residencia. Un odio largo e inexplicable, destilado en las noches de insomnio en que a menudo pensaba en él, en su maldita presencia, en su mezquina personalidad, en su mediocridad. 

“Ahora amanece”, pensó. El lucero de la mañana y la claridad y el gélido aire del invierno castellano lo gritaban. “De nuevo, lo de siempre. Aunque entretiene. Vérmelas con Casimiro”.

Con lentitud, Mario fue incorporándose y bebió agua directamente de la jarra en la mesita de noche. Vio las pastillas ya preparadas. Las primeras. Debía espabilarse bien, porque el día le traería la noticia esperada de la biopsia. Calculó que lo sabría a media mañana. Hasta digamos las once, tenía tiempo para no pensar en ello, es decir, para disputar con Casimiro. Así que se vistió solo, pues aún podía hacerlo, se duchó y fue en batín a tomar el desayuno. Estaba su enemigo.

- Hombre, ya estamos todos –exclamó este al verle irrumpir en el comedor-. Siéntate aquí, con nosotros.

Con un amago de sonrisa no demasiado cordial, se sentó con ellos. Tomás, Jaime y Casimiro.

- Qué le vamos a hacer. Me sentaré con vosotros.
- Hoy tenemos…
- ¡Ya! Ya lo sé… dominó y mus.
- ¿Cómo lo sabías? –le preguntó asombrado Jaime, al que le palpitaba la papada de manera ostensible. 
- ¿Ya no te acuerdas? –respondió.
- Es todos los días lo mismo –indicó Casimiro. Las mismas caras, las mismas cosas.
- Eso, las mismas caras, las vuestras –espetó Mario.

Comenzó el día oyéndoles sorber indecorosamente sus colacaos, toda una provocación al asco, pensó. No acababa de verse allí, donde sin embargo llevaba residiendo casi cinco años. Pero aquel día traía algo diferente, porque, como hemos mencionado, Mario esperaba su diagnóstico. Esperaba. Solo eso. No pensar demasiado.

- Pues hoy echan Cine de barrio.
- Y la Concha Velasco, tan guapa.
- Es que esto de la soltería forzada se nos da mal por aquí. ¿Por qué no habrá más mujeres? –preguntó Tomás, hombre tristemente sondado y con inicios de Parkinson.
- No quieren que liguemos –puntualizó Jaime, palpitándole la papada.

Sin mayores comentarios, Mario terminó su desayuno y subió de nuevo a la habitación a vestirse bien. Era un hombre espigado, con buena apariencia para su edad, que incluso conservaba algo de su color negro original en el pelo muy liso.

“Seguro que Casimiro me ha echado el mal de ojo”, murmuró para sí. “Lleva días mirándome mal y es un brujo. Sé su vida. Todos la sabemos. Un agarrao peleándose por un metro cuadrado en el campo y de familia bruja. Eso lo hacen con cosas, los sortilegios. Cogen tu foto o sencillamente piensan en ti y te maldicen. Él es muy capaz, muy capaz”.

El sol iba templando casi impotente un poco la mañana, mientras Mario meditaba camino de su cuarto. No eran ya meditaciones como las de su profesión en la facultad, donde había entregado su vida a la Física. En esos momentos no prestaba ninguna atención al curso del sol, de la mañana, al juego y cambio de los colores en el cielo, a las nubes, a los pájaros cuyos trinos y gorjeos se colaban por su ventana. Guardaba un pequeño telescopio y algunos libros, pocos. La mayoría eran clásicos de la Física, las Matemáticas y las Ciencias Naturales. Pero no se acordaba siquiera de ellos. Con ilusión, hacía meses, quizás años, se había propuesto acudir a los que lo inventaron todo, a los grandes autores, a los libros que marcaron la ciencia. Pero pronto la abulia le quitó toda fuerza e interés por ellos y por todo. Bien es cierto que el paraje invitaba a la meditación, que un alma fuerte y joven podría extraer ilusión del campo y de aquellos amaneceres, de las mañanas luminosas y gélidas de diciembre. Él había sido un perseguidor, o, mejor dicho, un buscador toda su existencia. Es cierto que la facultad no era un entorno ameno y fácil para sobrevivir, pero la ciencia le había dado todo. Había dirigido tesis doctorales, escrito, leído libros que solo unos cuantos en el mundo podían entender. Había imaginado, desarrollado, calculado universos de diez dimensiones. Había comprendido los más difíciles desarrollos matemáticos de las últimas teorías de la Física, había creado con el álgebra, con la geometría. Pero todo aquello había devenido en una situación de atroz aburrimiento en la que el universo era solo su lucha con Casimiro. Este, de vieja familia campesina y ciertamente un poco brujo, parecía vivir feliz sus últimos años allá en la residencia.

Desde un principio no se tragaron. Casimiro repartía hechizos y amuletos por toda la residencia y todo el mundo le creía a ciencia cierta, con absoluta ceguera, en todas las explicaciones e instrucciones mágicas con las que pretendía curar lo incurable. Había un absoluto convencimiento en que era capaz de ello.

De pronto, alguien interrumpió su quietud llamando a su puerta.

- Don Mario, nos han llegado los resultados.
- No tienes que decirme nada. Lo veo en tu cara. Así que ahora, por fin, ya sé de qué voy a morirme.
- Puede haber formas de tratamiento…
- Déjelo. No quiero eso. Quiero una muerte noble.
- Pero por Dios, ¿quién está hablando de muerte? 
- Nadie, Rogelia, nadie. Bueno, voy a ducharme otra vez, para pasar el tiempo.

En la expresión de Rogelia había estupor. ¿Ducharse para pasar el tiempo? ¿Recién duchado como estaba? Bueno, se dijo, lo mejor era dejarlo.

Mientras se duchaba por segunda vez aquel día odió con especial énfasis a Casimiro. Cayó en que era él, con su malquerer quien le había traído un mal fario. ¡Él! ¡Él le había traído el cáncer! ¿Quién si no? Era un hombre con maldad, con el alma sucia, impura. Esa eterna sonrisita que siempre asomaba en su cara de facciones grandes, campesinas, la de una vida de enredos o, mejor dicho, de liante, de abominable y maligno hechicero. Porque en la residencia se hablaba demasiado de su magia y sus hechizos. Todos estaban fascinados con él. Y aseguraba la mayoría que acertaba en todo. Era capaz de leer las cartas, las manos, y accedía a tu mismísima alma. Todos parecían tenerlo claro. Era una especie de curandero, pero a él, ¡ay! A él lo iba a matar. Decidió retarlo en duelo. Quizás así, la muerte noble.

Una vez duchado, bajó de nuevo, despacio, bien vestido, con los guantes de cuero puestos (lo que no iba mal para el frío que a duras penas lograban controlar en la residencia). Casimiro ya estaba echando con los dos amigotes su partida de dominó. Mario, muy serio, se situó frente a él, casi en posición de firme, y le espetó:

- Has sido tú. Me has aojado.

El hombre mostró una expresión de pasmo. Le dijo:

- Yo no echo maldiciones. Eso es magia negra. Yo no practico la magia negra.
- Pero Mario –dijo Jaime-, si usa sus poderes para curar.
- ¿Es que te han dado una mala noticia, Mario? –Le preguntó Casimiro-. Esperabas unos análisis, ¿verdad?
- No te hagas el tonto. Tú me quieres mal. Tratas de matarme.
- ¡Pero hombre! ¿Qué estás diciendo? Siéntate y juega con nosotros. Aquí nadie te odia. –dijo Casimiro.
- Es inútil que disimules. Vengo a retarte en duelo.
- ¿De qué hablas, por Dios?
- No lo nombres, hereje.
- Chicoo, estás perdiendo la cabeza –apuntó Tomás.
- Pensad lo que queráis. Pero todo tiene un límite. Has jugado con mi salud, así que toma, acepta este envite –dijo, y le arrojó un guante a la cara-. Te espero al anochecer, en el campo.
- Estás loco, no pienso ir. ¡Un duelo!
- Sí. A falta de pistolas y espadas… pues… a puñetazos o a pedradas. Hasta que uno de los dos muera… te vas a ir tú antes que yo.

Los tres amigos no salían de su asombro. Se miraban entre sí llenos de pasmo.

- Pero… balbuceó Casimiro.

Entonces, dándoles con brusquedad la espalda, Mario se retiró de nuevo a ducharse por tercera vez y a meditar en la habitación. Era enérgico, le quedaban muchas fuerzas y no necesitaba a nadie para ducharse, vestirse o comer. Así que no escatimaba en agua de ducha o ropa.

Se sentó en la cama, que ya le habían hecho. Tenía el rostro muy triste, compungido. Tan limpio y ágil en el pensamiento como había sido, ahora se veía derrotado. No pudo evitar soltar alguna lágrima. Morir. Por fin iba a morir, o a empezar a morir. Allí, perdido, solo. Llegó la hora, pensó. Por donde todo el mundo ha de pasar. Vio, casi por primera vez en la vida, el rostro inexpresivo de la muerte, como una falsa mujer o un ser hermafrodita, quizás vestida de blanco y no de negro, que le miraba callada, sin decir nada del otro lado, el mismo silencio de la noche en aquel campo. No quiso llamar a nadie y decidió encararlo como un hombre. Era su último deseo. Una muerte noble. Y aunque preguntaron por él, no bajó a almorzar.

- ¿Qué estará haciendo en su cuarto? Deberíamos ir a verlo –se decían sus amigos.
- Si no baja en un rato, vamos –decidió por ellos Casimiro.
- Pero lo del duelo es absurdo –dijo Jaime.

Mario no quería salir de su cuarto. Se echó vestido, bocarriba, en la cama, con la cabeza apoyada en los antebrazos, en una postura rígida, inquieta. No lograba dormir, que es lo que quería, y movía nervioso los pies sin los zapatos. Entonces, de puro aburrimiento, cogió un libro, el primero que tenía a la mano: Principia mathematica… de Isaac Newton. Lo acarició. Se dijo que hacía tiempo, bastante tiempo, que no pensaba en la Física. Lo abrió con amor y comenzó a leer. “Newton es -se dijo como retornando de un sueño-, el mayor científico que ha dado la humanidad. Lo que él hizo solo, sus descubrimientos y su elegancia matemática. Este libro es una joya. Me encantaba. ¡Qué desarrollos magníficos!” Sin darse cuenta, se olvidó de todo y estuvo absorto, completamente inmerso, en la lectura del clásico. Según leía, lloraba, gimiendo incluso entre algunos aspavientos, casi escalosfríos. Sentía que entraba en algo así como el alma del mundo. Pensó en Galileo, en los físicos contemporáneos, en los enrevesados misterios y teorías de la Física actual. Pero Newton… lo que había hecho era muy superior, en esfuerzo, en belleza, en arrojo, en pretensiones. Nadie había logrado tanto como él, pero no era ya Newton lo importante. Newton había muerto. Había pasado por lo mismo que él pasaría, quizás pronto. Solo quedaba el mundo, aquello que les había fascinado, a Newton y a él, inmutable ante nuestras muertes.

Se puso a rebuscar en sus cajones, hasta dar con el pequeño telescopio. Nada. Apenas una maquinilla de escasa resolución, pero el aire era muy seco y estaban en el campo. Calculó que Saturno se hallaba a la vista. El viejo Cronos, el tiempo de los griegos. Y él su hijo. Acarició el telescopio con infinita lástima. No era por él, sino por todos y por todo, por el mismísimo universo por lo que sentía algo que parecía compasión al principio y que luego fue una oleada de recogimiento, de éxtasis y de tranquilidad lunar, todo a la vez.

“¿Cómo he podido enfadarme?” –murmuró. No había bajado a almorzar. Miró a través de la ventana la tarde invernal anticiclónica. Simplemente estaba ahí. Todo. Los pájaros que ya comenzaban a cantar al crepúsculo, el despliegue de colores de la luz del Sol incidiendo en la atmósfera… la Tierra, la vieja Tierra. Ya se adivinaba el lucero vespertino, el planeta Venus. Anochecía muy temprano. “Esta noche se verán los anillos. Con esto”, susurró asiendo con fuerza su pequeño telescopio refractario con la resolución tan solo de un buen prismático. Pero con un buen prismático puede verse incluso la Galaxia Andrómeda.

Mientras todos merendaban, ya oscuro, salió al campo. Seguía sin poder contener las lágrimas admirando los astros. La noche iba a empezar sin Luna. Mejor. Ya miraría otro día a la Luna. Hoy quería una buena visibilidad en el cielo. Empezaría con el Sistema Solar y trataría, con dificultad, de adentrarse en el Espacio profundo, a miles o cientos de millones de años luz. El cielo de los dinosaurios.

Entonces sintió a alguien acercarse.

- ¿Me vas a dar de puñetazos, pues? –le dijo a su espalda Casimiro.

Mario recordó aquello, su ira, el reto, como en un sueño. Se sentía joven. O joven y viejo al mismo tiempo, habría que decir. Todo a su alrededor era sobrecogedor. Recordó con vaguedad el ridículo desafío.

- Anda, hombre. Solo quería que miraras por aquí. ¿Le has visto alguna vez los anillos a Saturno?

lunes, 9 de diciembre de 2019

RELATO: Ensoñación burguesa

Ensoñación burguesa

Marcos Santos Gómez


Ahora solo deploro, y acaso temo, lo que ni siquiera un nutrido capital como el que disfruto puede resolver. Es decir, todavía me abruman algunas circunstancias menores que habrán de sobrevenir algún día, las mismas que a cualquier hombre que haya puesto los pies sobre la tierra. Sobrevendrán la enfermedad, la vejez y la muerte. Cierto. Pero puedo asegurar que hoy, en este inasible pero intensísimo instante, a salvo de quiebras o graves pérdidas económicas, menos ese rumor de sombras venideras, nada me inquieta. He logrado la vida apacible que soñaba de niño y en el lugar exacto que lo soñaba. Algo que me embarga con una oleada de felicidad cuando cierro los ojos y asumo que los días que me quedan serán para disfrutar de esta vieja mansión, de su jardín, de su bosquecillo, del arroyuelo que bordea la propiedad, de la romántica campiña inglesa. No hubo día que no lo hubiera deseado. Y lo he logrado.

Es la mía, ciertamente, una vida solitaria, pero es feliz. La mansión, no hay ni que decirlo, posee una bella y bien dotada biblioteca, con algún incunable e incluso un par de manuscritos medievales. Tanto las tardes en que anochece a las cuatro, en el invierno inglés, y al calor de un agradable fuego en la imponente chimenea, mientras el campo lleno de las sombras de los antiguos celtas, sajones y romanos se torna una gélida y oscura sucesión de mansas colinas, como en las tardes que se alargan hasta pasadas las once de la noche, floridas y apacibles, con un clima templado y buena luz, en medio del olor de las quince especies de rosas y de la madreselva, coronado por la verde yedra que puebla la propiedad; tanto en unas como en otras tardes, digo, paso horas en esta biblioteca. Perfecciono mi inglés con buena literatura y hojeo páginas y páginas a cual más suculenta. Vivo, pues, entre tesoros y, diría más, en un sueño. Solo el momento fugaz entre ambas vigilias (o ambos sueños), cuando el sopor se torna horrenda pesadez y soy conducido a los restos de mi antigua existencia, mi precaria existencia prosaica y anterior, se estropea un poco este panorama, como cuando irrumpe alguna leve nubecilla en el cielo que trae alguna fugaz sombra. Nada más.

Siento cuando esta nubecilla pasa que todo, gozado y vivido día tras día o, según se mire, noche tras noche, peligra y durante el tiempo de unas pocas horas, se deshacen mansión y campiña para que las fauces de la pesadilla, la incomodidad, el sufrimiento, el miedo, tornen a reinar. Felizmente, pronto esta vigilia (o este sueño) da paso a la otra, como una sombra a otra sombra; una vida deviene en la otra vida, y puedo asegurar que siempre regreso a la preciosa, enorme y antigua mansión situada en la campiña inglesa. En esta vida auténtica, decía, solo la amenaza natural de la impostergable furia de la enfermedad, la vejez y la muerte podrá aflorar, mientras susurro: “me da igual, pues esto nada lo puede deshacer aquí y ahora. Lo real es el instante.” Y mi vida plena retorna cuando cierro los ojos, con la vivacidad e intensidad del fuego de la magnífica chimenea o de un minuto sazonado por el aroma de un único y solitario jazmín.