lunes, 18 de noviembre de 2019

RESEÑA: Edith Hamilton, El camino de los griegos, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2002.





RESEÑA: Edith Hamilton, El camino de los griegos, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2002.

Marcos Santos Gómez


He terminado la lectura de El camino de los griegos de Edith Hamilton, ed. Fondo de Cultura Económica, 2002, primera edición original 1930. Es un libro que se lee muy bien, ameno, exento de gran aparataje crítico, notas y bibliografía, a cuya autora le interesa básicamente definir una tesis con bastante sencillez. Esta consiste en la idea de que la genialidad griega y la profunda sensación armonía que producen sus obras de arte, se deben a la maravillosa conjugación de lo que ella llama “mente” y “espíritu”. En el espíritu se halla lo sublime e inexpresable, tal como lo vive un alma grande, en la cúspide del sentimiento artístico. Hay que decir que no se trata exactamente de lo que Nietzsche llamó “dionisíaco”, ya que la presencia de esto, en sí misma, no produce nada ni es agradable, para Hamilton, y ni siquiera puede ser considerado lo más relevante del espíritu griego. Las vivencias del individuo extático  o del espíritu no son nada si no se vinculan con un examen de la vida, del mundo y de la naturaleza casi en los términos de la ciencia, del saber empírico; examen al que precede un amor por lo vivo, por el mundo, por lo exterior. Es esta pautada observación que regula lo irregular lo que traza la “mente” y lo que permite, en conjugación con el espíritu, el desarrollo de una conmovedora armonía en el pensamiento y en el arte griegos.

Lo salvajemente individual, la vivencia concreta y singular de un individuo que, por ejemplo, sufre, es vista sub specie aeternitatis, o sea, en su lugar dentro de un paisaje (dentro del paisaje humano), en sus vínculos con un contexto que participa de la propia expresión. Es, dice, el caso de un templo griego, siempre colocado en función del paisaje, frente al desbordante exceso singular de una catedral gótica. Así, en la arquitectura, la literatura y el teatro, el individuo aun manteniendo su estatuto de individuo y no de “tipo” general, se pone en conexión con lo universal, con lo que pertenece a todos los hombres, lo que puede arrastrar en la catarsis mostrando el mayor nivel de sublimidad de un dolor elevado, no como pathos, sino como una suerte de enseña. Es como si se destilara del individuo una esencia o perfume universal. Los griegos, y Shakespeare en sus tragedias y comedias, lograron esto, lo que puede entenderse, dicho de otro modo, como la realización de un arte volcado con el mundo, preocupado por este, referido a este, aun tratando de lo más subjetivo, interior e inasible del individuo. El genio griego, de hecho, comienza con esta exaltación de la vida y la naturaleza, que se asumen sin escapatorias, que se piensan, que se atienen a reglas, frente a la desesperada impotencia del individuo perdido en un mundo hondamente inasible de terrores y fuerzas ocultas, como fue el mundo para Egipto y Mesopotamia. También oriente, el oriente indio, el budismo, centran la mirada en una interioridad que desvincula al hombre de su mundo y torna la experiencia en sueño, lo que en occidente tenderá a hacer cierto estoicismo.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Lectura y breve reseña de "Los miserables", de Víctor Hugo, ed. Alianza, edición y traducción de 2015.


He terminado de leer Los miserables, de Víctor Hugo, considerada con justicia una de las mayores obras de la literatura universal. Aunque se dice, y es cierto, que trata de la redención, la redención se da porque obra como motor la caridad. De hecho, creo que es, aparte de los evangelios, el texto donde mejor narrada, descrita, “razonada” está la caridad. La trama va matizando, como en un claroscuro constante, algo que por otro lado no cambia, pues perdura y permanece inmutable como si de un testigo recogido de otro corredor se tratara. La caridad aparece como un modo purísimo de amor al que caracteriza el desinterés y la fe tremenda y sobrecogedora en el otro, en darlo y hacerlo todo solo y exclusivamente en bien de los demás, superando toda egolatría egoísta y narcisismo. No he leído poco en mi vida, pero cuando reflexione sobre el asunto a partir de ahora, no voy a dejar de lado esta magnífica novela. Cuando se trate este tema, habrá que nombrarla.

Su maestría es tal que no se da la tentación de abandonar la lectura en ni una de las más de mil cuatrocientas páginas que, todas ellas, están por algo. Sin duda es un modo de narrar (y por tanto enfoque del asunto) muy propio del siglo XIX, lleno de pasión y mesura al mismo tiempo, de elocuencia, de suavidad en la prosa, de trama muy bien pensada y oportuna en todos sus momentos. Falta, si hay que reprochar algo, la sombra que aportará la mala fortuna del siglo que continuó a este, su un tanto cándido optimismo, su visión bella de la vida, que en la literatura del XX no hubo más remedio que abandonar. Digamos que la miseria, nombre original de la novela, de algún modo se salva en la remota posibilidad de redención que se muestra. La miseria, desde luego es mala desde muchos puntos de vista, y así lo entiende el escritor, que no elude vilezas y aberraciones de todo tipo (el villano Thenardier), ruindades y fracasos absolutos (como la aparente “buena fe” del impertérrito agente Javert) pero vence esa caridad purísima, volcada en el otro, que vive para el otro y que solo se interesa en el bien del otro. Algo que pocas veces se da. En la novela es la figura del obispo Bienvenu que deja, al comienzo, un impacto en el lector que alumbrará todo el posterior recorrido del protagonista Jean Valjean. El ejemplo, por un lado, y la luz que difícilmente se mantiene encendida en tales tinieblas será lo propiamente épico de esta historia. Es más que lírica, más que bello sentimiento; es recorrido de la bondad a través de los accidentes de la vida en un relato que sustituye las viejas batallas por los avatares del bien puro. Es esta épica o esfuerzo del bien lo que en Victor Hugo supera, creo, a la melosa bondad de muchos textos de Dickens. No hay en absoluto en Hugo una sociedad reconciliada, una superación definitiva del mal, pero, hasta cierto punto, basta que brille un poco para que el bien, también, habite el mundo. Para que habite heroicamente el mundo, diríamos, aunque en un modo de heroísmo que para que el bien sea sin contradicción, ha de ser hermano del silencio.

He leído la magnífica edición y traducción de María Teresa Gallego Urrutia, en la reimpresión de 2018, de la editorial Alianza. Parece que la primera traducción íntegra y sin censura al español y con un texto fino y delicado que trasluce, me parece, al gran autor que anda “detrás”, nada menos que Víctor Hugo. La impresión y el tamaño son buenos para que lo lean ojos que ya cruzaron ampliamente, como en mi caso, los cuarenta años.


martes, 12 de noviembre de 2019

"El gallego y su cuadrilla", de Camilo José Cela





He terminado de leer El gallego y su cuadrilla, de Camilo José Cela. Son breves relatos y pasajes de aquellos que Cela denominó “apuntes carpetovetónicos”. 

sábado, 9 de noviembre de 2019

Crónica de un banquete

Crónica de un banquete
Marcos Santos Gómez


Últimamente no escribo demasiadas notas de lecturas publicables por este medio, por la razón de que mi forma de leer en estos días está siendo muy dispersa, picando de uno y otro libro, pasando de la prosa a la poesía, del ensayo y el libro científico a un puñado de relatos… y desde luego sin más ley que la del puro placer y disfrute. Un banquete sazonado con alguna buena entrevista o reportaje a un escritor, de los que por fortuna abundan ya por youtube. Más pereza da el escribir, que aunque se disfrute escribiendo, después de todo no deja de ser un trabajo que no siempre sale a mi gusto. Así que me limito a dar fe de mi intensa relectura de poemas de Borges, en particular, los libros “El otro y el mismo”, “Elogio de la sombra” y “El oro de los tigres”. Borges es, junto con Quevedo, el poeta que más he releído porque el placer que me procura desde hace muchos años (un par de décadas ya) es inconmensurable. Su texto equilibrado, elegante, lleno de armonía y estoica serenidad, transmite, contra las apariencias, una intensa sensación vital y fuertes emociones que laten, aun mitigadas por el símbolo y por los temas elevados. Cabe recordar que no puede haber buena escritura sin una implicación en cierto modo autobiográfica del autor, por mucho que nos pese. Borges confesaba que en él, como en todos los escritores, se daba este fenómeno incluso en los relatos de tipo fantástico.

Además, voy picando de manuales de literatura. He vuelto con el de Carlos Alvar et al., en Alianza, cuya sección medieval me he metido entre pecho y espalda. El resultado ha sido que ahora tengo unas ganas insufribles de releer el Libro de buen amor y alguna otra obra de la exótica Edad Media. Una mina va a ser la colección de ediciones críticas magníficas que la RAE está lanzando al mercado, de todos los grandes clásicos de la lengua castellana. Una lengua y una literatura incipientes y titubeantes en el Medievo hasta llegar a la consumación en el Siglo de Oro, que tuvo que inventarse; tarea de la cual los autores eran conscientes, siempre bajo la sombra del latín e incluso de lenguas romances consideradas más nobles, como la galaicoportuguesa o la provenzal. A no dudar, debe sentirse una amplitud extraordinaria, un regocijante sentimiento de vacío ante sí cuando se tiene toda una literatura por hacer.

La sección dedicada al Siglo de Oro ha consolidado mi ya larga decisión de leer y releer a Cervantes, Fray Luis, San Juan de la Cruz y, siempre, Quevedo. Voy a acudir a la mencionada edición de la RAE. En especial, recordando mi gratísima lectura del Quijote hace un par de años, mi ánimo me impulsa hacia las Novelas ejemplares que han de disfrutarse, sin duda, como el Quijote. Todo el genio de Cervantes abunda en ellas, contemporáneas del gran libro, y las leí hace ya muchos, pero muchos años. Así que ya va tocando. Hay siempre tanta belleza esperando… pero los manuales, como este de literatura española y otro de retórica que he picoteado han de ceder su tiempo y lugar a las obras directas, las de los grandes, las que tanto nos hacen disfrutar. Alguien con o sin malicia, al hilo de estos apuntes, podría sentir que tanta literatura se aleja del campo en que uno se mueve a nivel laboral, o sea, el de la pedagogía y la educación. Pero yo siempre siento como un diablito que me dice: ¡Todo! ¡Tiene que ver todo con la educación! Un diablito que no resulta muy visible para muchos, entiendo, y que a ratos resulta insoportable e injustificable, pero que va dirigiendo a golpe de hedonismo mi transitar por lo más bello. Solo deslumbrados por la belleza podemos transmitir algo valioso en las clases, en la medida que la función de profesor sea transmitir algo (que yo creo que sí).

Tenía ganas también de inaugurar la librería de segunda mano que acaban de abrir en Granada y de releer a Cela. Pues bien, acabo de cumplir ambos objetivos y ya me he puesto con “El gallego y su cuadrilla” que acabo de comprar y que incluye parte de los conocidos “apuntes carpetovetónicos” del escritor que, sobre todo, me parece un fiel discípulo de Quevedo, o casi el propio Quevedo que hubiera resucitado en el siglo XX. La prosa de Cela es muy elegante, clásica e inteligente en el uso de la palabra, en la expresión bella y certera de lo que quiere decir, con un cierto impulso conceptista en el lenguaje, un gusto por la pura lengua, por el estilo, por el modo de decir. La broma de Cela, así como su seriedad, son la seriedad y la broma de Quevedo. Son tal para cual.

Y en esta crónica de lecturas añado que voy lentamente caminando por Los miserables de Victor Hugo, que se acerca a su final. Creo que merecerá un extenso comentario en su momento.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Lecturas varias: Borges y Bolaño, de nuevo.



En las últimas semanas he vuelto a leer a mi querido Borges. Relectura, pues, de Historia universal de la infamia, Ficciones, El Aleph y el libro de ensayos Otras inquisiciones. El goce siempre como si hubiera sido la primera vez, con nuevos felices hallazgos y un placer inefable. Sí recuerdo, frente a mis más antiguas o primeras lecturas, que en numerosos relatos he hallado un constante sentido del humor en cada frase de Borges, en especial, en los relatos de Ficciones, como Tlon… o Pièrre Menard. En concreto respecto al de Pièrre Menard, autor del Quijote, la elegante gracia e ironía, el propio valor del relato, me han parecido aún mayores que en anteriores lecturas. En él se ven recursos que, por ejemplo, Bolaño empleará en abundancia: los autores ficticios, las listas de obras irrisorias e inverosímiles, la reflexión sobre el Quijote y la literatura. Es un relato genial. Pero todos los relatos son perfectos, inigualables. He disfrutado también más que antes de la relectura de Historia universal de la infamia.

Además, he terminado de leer A la intemperie, libro de conferencias, entrevistas, crítica y reseñas de Roberto Bolaño. Otra obra que me he bebido sin darme ni cuenta. Porque a estas alturas hay que leer solo por purísimo gusto.

RESEÑA: Edith Hamilton, El camino de los griegos, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2002.

RESEÑA: Edith Hamilton, El camino de los griegos, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2002. Marcos Santos Gómez He term...