miércoles, 21 de agosto de 2019

Ensoñación de tabaco

Ensoñación de tabaco.

Marcos Santos Gómez


La noche había matizado y, si cabe, empeorado su melancolía. Como siempre. Los sueños que nunca dominaba. Vagamente recordó que se había estado repitiendo hasta la saciedad una escena más viva que la escena mundana que fuera su origen y que acabara disolviéndose con los años como algo fantasmal absolutamente expulsado del mundo. Es cierto que los sueños reiterativos que se despliegan porque sí como secuencias con ligeras variaciones deberían considerarse algo sublime, una anticipación del tiempo en el que se salvarán los soñadores, una repetición que insinúa que lo soñado constituye un preciado objeto digno de eternidad. Sería este el caso si su materia fuera, por ejemplo, una interminable vivencia de brindis y amistad. Una cena, dice Chesterton, con amigos, delicioso vino y sabrosas viandas inagotables que prefigura el Paraíso. Pero también, y este fue el caso de esa ensoñación que aquí referimos, a la par que la escena evocaba el goce de la juventud y la inocente amistad, en su insistencia había algo terrible.

Con sensaciones ambiguas de luz y miseria nuestro soñador despertó esa mañana. Ya quisiera él que la clave de todo lo soñado hubiera sido solo la chanza divertida de aquellos días. Pero la cansina escena no ha parado de soñarle con una vertiente sombría, con algo no nombrado.

En sí, la imagen evocada lo era de algo sucedido muchos años atrás en un colegio mayor, un ameno edificio de aire vanguardista con una insólita pero armoniosa torre octogonal donde se repartían en cinco plantas los dormitorios. Esta imagen de la torre abrigaba para nuestro hombre algo muy valioso. También la evocación de los inviernos de entonces. La escena, que era una en el recuerdo, pero originalmente muchas, se incluía en el lapso de unos años vitales en que se forjaron sus amistades sinceras, de felicidad casi pura, todavía con algo de infantil; también la despreocupación y el afán por las largas conversaciones donde los amigos proclamaban sus credos, sus heroísmos, sus anhelos y elevados ideales. Todo era nuevo y embriagador. Delante no había más que un Olimpo interminable.

En el sueño estaba, entre otras sensaciones y sinestesias, la alergia que le causaba la lana. Ya había olvidado estos brotes en los que la nariz picaba y brotaban eccemas. Un horror. Pero hacía falta abrigarse bien si se pretendía hacer tertulias paseando por el jardín, que era lo mejor del colegio. Bajar al jardín a mirar el agua helada en la fuente, entre tilos, cipreses, álamos y plátanos de Indias. Resistir vanamente la tentación de quebrar la fina capa de hielo, que todos acababan finalmente destrozando, para proseguir en el acto con la ronda de palabras. Además, se sabían mirados por mirlos, urracas, petirrojos, verderones, jilgueros, gorriones, alguna lechuza… Como era un gran jardín, podían hallarse también graciosas ardillas pardas y alguna culebra. Pero sobre todo, lo que importaba era el aire de inmenso claustro monacal por el que andaban como novicios de una orden goliarda.

El día recuperado por el sueño, en particular, parecía ser uno en que andaban con sus recién compradas pipas de fumar. La idea, que Jaime, el más singular de ellos, había tenido era la de disfrutar de un nuevo modo de placer, un juego sibarita y snob, aunque con un cierto tono bohemio. Un placer delicioso, como la cata de buenos vinos o las exquisiteces del bombón o las yemitas de huevo que circulaban entre los colegiales con periodicidad. Todo ello inocuo. Sin embargo, la travesura había consistido ahora en iniciarse en el arte y cata del humo, en el humo cálido, seco y dulzón del tabaco fumado en pipa. El tabaco puede oler muy bien, casi tanto como el jazmín, cortado en largas hebras agradablemente frescas. Fue cuestión de Jaime que todos ellos aprendieran el arte de encender y mantener encendida la pipa, aspirando el humo sin tragárselo. Eran fervorosos partidarios de las mezclas aromáticas de compañías danesas u holandesas, que aportaban al tabaco matices de cereza, wiski con malta o bourbon, vainilla y naranja. A nuestro soñador le entusiasmó sobre todo la mezcla que sabía un poco a cereza o el suavísimo sazonado con aroma de Bourbon. Colmaba la boca el humo denso, como si le entrara a uno una niebla maravillosamente templada, una explosión lenta y calculada en un acto de plena consciencia dirigido a obtener el mayor placer posible.

Y por esa escena soñada, parte real y parte irreal, sin que nuestro soñador supiera en qué sentido había oscilado la realidad o el sueño, se había despertado tres décadas después sabiendo que estaban absurdamente equivocados. Todos ellos. La muerte no era una broma, existía de veras y habría de llegarles. Se había enterado de esto, con el impacto que tal noticia sobre un viejo amigo, aunque ya no mediaran las palabras, podía hacerle a cualquiera. Justo antes de dormir. Un sencillo mensaje de correo electrónico lo había anunciado. Su muerte, el lugar y hora del velatorio corpore insepulto y, finalmente, el entierro en algún nicho del cementerio de su pueblo blanquísimo. No cabía duda. Era Jaime, aquel colegial a quien llevaba décadas sin ver; el joven, ya cuarentón largo, que tantas veladas de ciencia había organizado, tantos experimentos que dejaban a todos asombrados, las observaciones a los astros cuando todos, en mitad de una noche de enero, trataban de mirar y reconocer el cielo de los griegos. Jaime había llegado incluso a estudiar chino y ofrecer alguna conferencia a los propios colegiales en el salón de actos sobre el arte surrealista.

Había muerto. Apenas hacía ni veinticuatro horas. Nuestro soñador había soñado su pálida tez, sus extravagantes patillas, sus gafillas graduadas tipo John Lennon con las lentes rosas. Y de pronto había irrumpido la escena más cordial. El jardín: los cipreses, álamos y tilos, todos ellos embutidos en sus abrigos, la fina superficie helada de la fuente y los restos de una breve nevada deshaciéndose bajo el sol de enero. Paseaban fumando, comentando matices en los aromas, tratando de degustar el tabaco como si fuera excelente vino tinto. A nuestro soñador le sobrevino el recuerdo de sus frecuentes visitas a Gibraltar por entonces, con la finalidad de preguntar en los mejores estancos, las boutiques del tabaco, para comprar buenas mezclas inglesas e incluso algo de polvo de rapé puro o acompañado de aroma de regaliz.

Después, de vuelta al colegio, llegaba la cata y la tertulia. En esta ocasión algún estudiante de medicina, con un cráneo en la mano como Hamlet, irrumpió en el jardín y les dijo de manera inesperada que la nicotina era una droga que en determinadas cantidades y pura podía llegar a matar como el vitriolo, el cianuro, la cicuta o la flor de la adelfa. Pero todo era una broma y el susto no pasó de ahí. Se hablaba de la muerte con recogimiento y sentido de lo trascendental, pero sin creer nadie una sola de sus temerosas palabras.

Y también en enero, le llegó al soñador ese correo lacónico, con austera forma y mensaje.

Aturdido por la extravagancia de soñar todo aquello, de que su cerebro o su alma quisieran dedicarle toda una noche al amigo muerto y a las amables tertulias, nuestro soñador madrugó y echó a caminar hacia el bulevar, la frontera, la aduana donde muestra el DNI, la pista del aeropuerto que hay que cruzar. Aunque decidió, no como entonces, subir al autobús para ahorrarse caminar por la parte menos bella de Gibraltar. Y en la Calle Real buscó los viejos estancos, donde se confesó principiante en el arte de fumar en pipa, además de hombre que detestaba los cigarrillos porque para él el tabaco sería un arte mucho más recogido, lento y refinado que el de fumar cigarrillos. Así que compró unas mezclas danesas de diversos aromas y volvió a cruzar la frontera. Después, en España, buscó más matices en diversos estancos, alguno muy bueno. Pero lo que el inglés había camuflado y ni siquiera ya recordaba eran los mensajes. Ahora aparecían ostentosos como gritos. Borkum Riff Sungold (vainilla): “Fumar obstruye las arterias”; Borkum Riff Bronze (Bourbon): “Fumar puede matar al hijo que espera”; Amphora Full: “Fumar provoca cáncer de boca y garganta”; Borkum Riff Ruby (cereza): “Su humo es malo para sus hijos, familia y amigos”… después decide afrontar el inglés y lee en las marcas inglesas y escocesas: Clan original: “Protect children: don’t make them breathe your smoke”, Gold block: “Smoking increases the risk of blindness”, etc. Además una marca escocesa, Mac Baren mixture Scottish Blend… y podríamos seguir. En todas ellas, además, “Fumar mata” o “Smoking kills”.

Los había comprado todos, junto con una pipa de principiante, su pequeño equipo de limpieza, sus filtros, sus estuches. Y en la casa, tras leer una vez más los avisos, las terribles y ciertas advertencias, encendió como entonces su pipa y se dispuso a disfrutar del más grande de los placeres.

martes, 20 de agosto de 2019

¡Vaya par de crápulas!


¡Vaya par de crápulas!



Detrás de sí la turbia party queda,
la juerga que termina. Mas el par
de crápulas resiste. Va a cerrar
la disco sin que ninguno ceda.

Uno se balancea, el otro rueda
hasta caer al suelo. Hay que apurar
así la noche. Pálido, del mar
emerge un sol muy leve, como seda. 

Los amigos meditan de qué forma
poder hilar parranda con parranda.
Por lo pronto no van a la oficina.

Se imponen no seguir ninguna norma,
por lo que van andando que te anda 
felices a besarse en la cantina.


Marcos Santos

sábado, 17 de agosto de 2019

El agente secreto


EL AGENTE SECRETO



Cual fénix muchas veces resucita,

profeta de su incendio silencioso;

extremando la trampa, venenoso,

es peón de misión que pone y quita.


Su cálculo no cede ni se irrita

y por glacial, su crimen más hermoso;

la trama que entreteje peligroso

es la noche más hábil e infinita.


Demonio medio vivo y medio muerto;

no escapa, no contempla, no perdona

en su liza de sombras y de espejos.


El mundo que se extiende es el desierto

del hombre que no es hombre ni persona;

el mundo que se extiende cruel y lejos.



Marcos Santos

jueves, 15 de agosto de 2019

Metamorfosis

METAMORFOSIS


Deslumbrado se busca.
Te busca. Deslumbrada
No cesa de querer.
La noche… ¡oh, su luz!
Sublime. Danza. Danza.

Se quiere y quiere. Ángel
Que se alumbra en el beso.
Se eleva infatigable
A los rincones. Se sabe
De retazos. Él. Ella.

Ella que deslumbrada
Y deslumbrado danza.
Quiere ser más pues todo
Adora. Se disuelve
Para la luz futura.


Marcos Santos

martes, 13 de agosto de 2019

A partir de la dispersión




A partir de la dispersión

Marcos Santos Gómez


Ando picando lecturas sobre historia de la literatura y crítica literaria con la intención de aumentar el disfrute de las obras que leo. Cada libro leído incide en los otros, los que se leerán después y los que se leyeron antes, por lo que aunque parece preferible leer menos y leer mejor, hay que señalar que también es necesario leer mucho. Mucho. Nada pesa ni sobra. Y si hemos de dar un consejo desde estas edades que cumplimos es el de la lectura hedónica, que decía Borges, que no es sino leer por el más puro y desinteresado placer. No se lee para llenar nada ni satisfacer vacíos, ni para exorcizar demonios o hacerse un especialista, sino por el más obsceno de los placeres. Y eso es todo. De manera que con esta idea me hice hace poco con Breve historia de la literatura española, de Carlos Alvar, José Carlos Mainer y Rosa Navarro, edición actualizada de 2019 en Alianza, colección Libro de bolsillo. No porque sea filólogo o historiador, que no lo soy, sino por ese principio del placer que estamos mencionando y que por cierto es lo mejor que podemos dejarle a nuestros alumnos, lo que de otro modo llaman algunos “amor por la lectura”.

Claro que hay dos formas de leer, decía Piglia. La que se lleva a cabo en un sótano sin ventanas a la luz de una bombilla de las de antes, cubierta de telarañas, al cual se accedería por tortuosos pasillos. Le dejan a uno la comida en la puerta de esos subsuelos y por lo demás, con una pequeña estufa, se adentra profundamente en el único libro que esté leyendo como si se tratara de un texto sagrado. A fondo y con absoluta concentración. Así leía Kafka, dice Piglia, que era un lector de esta especie de lectores contemplativos y ascéticos. Mientras que el otro modo de leer, desvergonzado, es el que nos enseñó Borges, el que consiste en ubicarse en el todo de una biblioteca, en el centro del abrazo de los libros, sumergido entre ellos. Este lector pecaría de dispersión, de no realizar sino lecturas fragmentarias, de abusar de las enciclopedias, mapas y diccionarios, de literatura secundaria con frecuencia, leídos todos como se deja arrullar uno por una suave tarde frente al mar o con humor podríamos matizar que metido en el feliz ahogo de una pecera.

De manera dispersa, a la Borges, pico este tipo de libros secundarios de crítica e historia literaria; antes fragmentos y capítulos que obras completas. De ellos acabo de terminar la parte dedicada al siglo XX hasta 2010 del ya mencionado, lo que me ha sido grato, porque si no me llega a resultar grato lo dejo, por supuesto. Me ha interesado leer esta zona de la historia en la que estamos. He sentido que necesitaba un resumen que aclarase las líneas fundamentales de lo que en cierta medida sabía. Sus comentarios son buenos, aunque parcos, y alcanzan no solo valores objetivos sino que retratan un gusto personal que el autor del capítulo, como hacemos todos, va condensando en algún que otro juicio de valor subjetivo. Sobre todo, junto con las grandes generaciones, ya considerados clásicos, del 98 y del 27, me ha interesado la literatura a partir del versolibrismo de los 50 en poesía donde he prestado mayor atención. Con acierto resalta por ejemplo el elevadísimo dominio formal, la perfección de la atormentada primera poesía de Blas de Otero, que me encanta. Sus sonetos más conocidos de tipo desarraigado, torrentosos y perfectos. También incide en el enorme perfeccionismo de la escasa, por eso mismo, producción de Gil de Biedma, que despista por su lenguaje sencillo, muy natural. Pero no, él pensaba a fondo y revisaba hasta la saciedad lo que decidió publicar, nunca a la ligera. De hecho, este año he leído su prosa completa titulada Bajo palabra, de una gran lucidez (no el Diario, que todavía tenemos por leer) y varias veces los poemas de su antología en Alianza. Tengo su obra poética completa en Lumen. Ha sido el más grato descubrimiento literario de los últimos meses.

Con él, otros grandes que adoro. Un poco más sofisticado, Ángel González, más formal, de impresionantes y también cuidadísimos poemas, que tengo en varias ediciones. De hecho, ahora que nombro lo de las ediciones y obras, voy a esforzarme en leer obras, títulos completos, porque el poeta se expresa realmente, dice lo que quiere decir, en sus libros, por lo que si el gusto y el goce me lo autorizan, leeré libros completos de poesía y sobre todo los releeré y releeré. Ahora estoy con otro grande, José Ángel Valente y picando de Emily Dickinson y Neruda.

Pasa este capítulo de la historia literaria por otros muchos autores, muy buenos, y no solo poetas, claro, sino prosistas de novelas y relatos. Todo el panorama de lo que leído en muchos años queda desplegado ante uno, como un abanico, que puede contemplarlo mitad ahíto, mitad insaciable.

De lo demás en este capítulo último que comento, solo quiero quedarme para estas letras con las dos últimas páginas que describen una suerte de bicefalia actual en la literatura española (y mundial) en su vertiente mínima, por un lado, que tiende a la composición y lectura de piezas brevísimas (aforismos, microrelatos) u obras larguísimas (sagas fantásticas, desmesuradas novelas históricas). Esta contraposición se da también en otro sentido: como una vuelta a formas tradicionales para el consumo masivo y la que mantiene viva una tradición de innovaciones e incluso reflexión o expresión vanguardista (en definitiva la dicotomía entre una literatura de masas y la gran o alta literatura, lo mismo que pasa desde inicios del siglo XIX, nada nuevo por tanto). Sí resulta interesante que en cualquiera de las “modalidades” se está respondiendo al siglo, a los tiempos recientes de la irrupción de estos dos modos de lectura.

En la poesía pasó algo parecido en los ochenta, señala el autor, pero buscado por cierto interés de escuela, que fue la bipolaridad entre la llamada poesía de la experiencia por un lado, más emocional, más directa, de lenguaje sosegado y sencillo y las formas más vanguardistas del refinamiento formal e incluso de la metaliteratura. En cualquier caso, de ambas aprendemos.

Y por supuesto, Internet, que ha producido fenómenos insólitos; algo abrumador, que nos arrastra y en lo que estamos todos metidos, como este mismo blog y su autor, está claro. Por un lado hay una escritura y lectura de tono muy público, rápida, de textos breves, dispersos, algunos leídos y olvidados, de cierto aire consumista (¿un modo borgiano de lectura, no ya en cuanto a la profundidad, sino en cuento al modo de leer?); y otro tipo de lectura más reposada, lenta, íntima, efectuada en los ámbitos interiores y serenos, en soledad y concentración kafkianas, como diría Piglia. Es la paradoja  que hoy tenemos gracias a la tecnología. Esta segunda tendencia es la que se despliega en la moda de los diarios íntimos, las memorias, los libros de viajes, las biografías y autobiografías (género que aumenta a lo largo del siglo XX hasta hoy).  Aquí la idea es detenerse a leer, frente al modo apresurado y disperso fabricado en gran medida por Internet. Dos formas que coexisten y también dos formas de escritura. No digo con esto, ni dice el autor, que internet haya desvirtuado nada, sino que al contrario ha desplegado un mayor abanico de posibilidades de lectura y de escritura. Todo significa nuevos matices, nuevos goces.

Por cierto, no se tenga en cuenta ni muy en serio el abuso tanto de Kafka como de Borges que hemos hecho… de sus nombres y de sus estilos de lectura. Podrían intercambiarse sin problemas y podrían abrumarnos sus infinitos matices como una inundación. Kafka, Borges; Borges, Kafka.


Referencia bibliográfica:

Alvar, C., Mainer, J. C. y Navarro, R. Breve historia de la literatura española. Edición actualizada. Alianza, Madrid, 2019.





Ensoñación de tabaco

Ensoñación de tabaco. Marcos Santos Gómez La noche había matizado y, si cabe, empeorado su melancolía. Como siempre. Los sueños q...