jueves, 23 de agosto de 2007

De otros tiempos y mundos.


Me voy a atrever, una vez más, a aconsejar una lectura en este segundo post a mi paciente lector. Para quienes están vinculados con la pedagogía, y aun más si tienen algunos años, no será un nombre nuevo, pero sí rescatado del olvido. Mal conocido, polémico, vilipendiado, tal vez temido… En tiempos pasados, concretamente, en los lejanísimos años setenta, fue leído y comentado hasta la saciedad. Incluso la ONU se ocupó de sus teorías. No obstante, aun tiene numerosos lectores y dejó su poso. Por poner etiquetas, me vienen a la cabeza “contracultura”, “hippies”, “ecología”; pero, sobre todo, “desescolarización”. Me refiero a quien he calificado en algún escrito de combativamente inocente. Sí, es Ivan Illich. Un intelectual polémico, un hombre inquieto, al que se puede considerar un “maldito” en el mundo de la pedagogía, ya que elabora una crítica tan radical de la denominada “educación formal” que pone en cuestión a la propia figura del educador profesional y el ámbito principal en el que ejerce su profesión: la escuela. De hecho, casi nadie discute hoy el valor que ostentan la escolarización y los sistemas educativos para el correcto desarrollo de un país. Parece obvio. Lo normal ha sido desde hace décadas reclamar mayores inversiones para la educación formal con el fin de promover el bienestar general en la sociedad. Illich, sin embargo, puso en entredicho estas convicciones sólidamente arraigadas y que forman parte del sentido común. Tal vez por eso, tras un cierto auge en los años 70 del pasado siglo XX, su figura declinó y ha ido olvidándose, al contrario de lo que ha sucedido con otros autores cuya fama también surgió por aquel entonces, como por ejemplo Paulo Freire. Parece como si lo radical de sus conclusiones le hubiese acarreado el triste mérito de convertirse en un autor que “no debería ser tomado muy en serio”.


Sin embargo, creo que se obra mal cuando a Illich se le considera sólo por sus conclusiones, sin atenderse seriamente a sus razones y argumentos. Pienso que si procuramos eludir el rechazo visceral que puede acarrear su peculiar concepción, sería posible extraer ciertas ideas positivas para la pedagogía. No olvidemos que ese rechazo puede venir motivado por un cierto instinto de supervivencia que nos insta a aferrarnos como sea a aquello que, como se suele decir, nos da de comer. Pero ese rechazo, entonces, no se sustenta en argumentos racionales y convincentes, que buscaran desmontar una idea, ya que cuando uno sólo habla desde su barriga, los argumentos serán muy adecuados para esa persona, pero jamás generalizables. Se supone que por encima de la propia barriga, o sea, de criterios subjetivos, hay una búsqueda objetiva de la verdad y de lo bueno para todos. Se supone que estamos en ello como educadores y filósofos, ¿o no? Se trata de considerar por qué defendemos una opinión, y no de ponernos en guardia, como gatos con el pelo erizado, contra lo que hace bastante daño a nuestros intereses particulares.


El caso es que la contundente crítica y perspectiva utópica de Ivan Illich nos sirven, si accedemos a dialogar con ellas, para repensar toda nuestra sociedad y abordar el a veces ignorado problema de los fines que persigue toda acción educativa, lejos de una perspectiva meramente técnica tan sólo interesada en los medios. Nuestra sociedad administrada, como la denominó Horkheimer, en la que la razón se reduce a saber instrumental que manipula la realidad con automatismo y a ciegas, engloba enormes peligros que se vienen anunciando desde hace casi un siglo. Es con esta advertencia de los autores de la Primera Escuela de Francfort o de sugerentes filósofos de la historia como Walter Benjamin, con la que entronca Illich, pero a la que añade un talante desbordantemente optimista.


También me podría aventurar incluso a afirmar que, aun con la apariencia de propugnar soluciones educativas descabelladas, Illich puede estar planteándonos estrategias bastante cercanas a hechos que ya se dan en la realidad educativa. Es curioso; es como si estuviéramos más cerca de aquello que propuso de lo que suponemos (¡y a pesar del rechazo que suele provocar!). Porque, como afirma un buen estudioso de su pensamiento, Antoni Tort: “Hoy las posibilidades de aprendizaje han roto los límites escolares y una educación más respetuosa con el deseo de aprender implica necesariamente la aceptación de entornos diferenciados. El futuro educativo apunta, pues, a una fusión y diversificación de estructuras, redes e instituciones educativas, incluida la escuela. Para algunos, a inicios del siglo XXI, estamos muy lejos de la tesis desescolarizadoras; para otros, estamos mucho más cerca.”[1]. Sí, suele pasar.

Leonardo Boff, considera a nuestro hombre “uno de los grandes profetas latinoamericanos”, por su concepto de “convivencialidad”[2]. Su discurso, que pretende ser universal, parte y se elabora desde la realidad latinoamericana. Como ha ocurrido con tantos, América Latina le dio importantes claves para comprender, interpretar y cuestionar el tipo de sociedad (global) en que nos hallamos todos. Sus argumentos, apoyados en numerosas estadísticas y un conocimiento exhaustivo de la realidad, sobre todo del llamado Tercer Mundo, no voy a detallarlos en estas líneas. Prefiero, como siempre, aconsejar al lector la relación directa con el autor austríaco, o sea, ya que lamentablemente falleció, la lectura de sus obras. Al final de este post, enumero unos enlaces y bibliografía para facilitar este conocimiento, o re-conocimiento. Tan sólo deseo apuntar que, generalizando, la crítica de Illich es, sobre todo, una crítica a las instituciones que cuadriculan la existencia humana apropiándose de ella. Como afirma él mismo: “Al insistir en un ‘espacio’ interior me defiendo contra la geometrización de mi intimidad, contra su reducción a una noción algebraica equivalente a un espacio exterior que ha sido reducido a dimensiones cartesianas”[3]. Pretende esbozar, en este sentido, una sociedad que facilite la expresión y la participación de todas las personas, en espacios culturales aptos para ello. Y en todo esto no hace sino enlazar con una corriente autocrítica de la propia Modernidad. En efecto, la teoría desescolarizadora es, como los movimientos contraculturales de los años sesenta y setenta, una alternativa con raíces en la propia Modernidad, en sus planteamientos más radicales y autocríticos surgidos ya en el propio siglo XVIII. Creo que, por tanto, Illich es en realidad heredero de una Ilustración que se opone a las consecuencias alienantes de la propia Ilustración. Cuando dialogamos con Illich, lo hacemos con uno de los últimos pensadores utópicos que, desde luego, constituyen una herencia de la modernidad ilustrada, en cuanto representa una razón que se cuestiona a sí misma.


En cualquier caso, la lectura de Illich resulta un ejercicio bastante refrescante y que nos transmite esperanza, lo cual siempre es de agradecer. El hecho de que exista una visión como la suya nos dota de un bello horizonte hacia el que orientarnos como educadores. Qué duda cabe que nutrir con su lectura nuestra imaginación de educadores nos puede ayudar a entender lo que hacemos. Pero, quiero insistir en que él nunca pretendió decirnos con exactitud qué debemos hacer. Lo cual, aunque se ha visto como defecto, creo que es su mayor virtud. Lo que ocurre es que nunca quiso trazar un plano detallado del futuro ni decirle irrespetuosamente a nuestros hijos lo que tendrán que hacer. Él mismo lo expresa así: “De nada me serviría ofrecer una ficción detallada de la sociedad futura. Quiero dar una guía para la acción y dejar libre curso a la imaginación. La vida dentro de una sociedad convivencial y moderna nos reserva sorpresas que sobrepasan nuestra imaginación y nuestra esperanza. No propongo una utopía normativa, sino las condiciones formales de un procedimiento que permita a cada colectividad elegir continuamente su utopía realizable.”[4] Así pues, como última reflexión, deseo resaltar el profundo respeto a los seres humanos que esto muestra. La frescura y originalidad de la mirada de Ivan Illich le lleva a concebir la educación como antesala de un futuro que prefirió donar, amorosamente, a las personas que vendrán.

BIBLIOGRAFÍA EN CASTELLANO:

Illich, I.: La sociedad desescolarizada, Barcelona, Barral, 1974.
Illich, I.: “Conversando con Iván Illich”, Cuadernos de pedagogía, 7 (1975), pp. 16-23.
Illich, I.: La convivencialidad, Barcelona, Barral, 1978.
Illich, I.: H2O y las aguas del olvido, Madrid, Cátedra, 1989.
Illich, I. y Freire, P.: Diálogo, Buenos Aires, Búsqueda, 1975.
Illich, I., Gintis, H., Greer, C., Postman, N., Gross, R., Fairfield, R. P., et al.: Un mundo sin escuelas, México, Nueva Imagen, 1977.

Acaba de salir, además, el primer tomo de la reedición de su obra completa en la editorial Fondo de Cultura Económica (¡ya era hora!). En este primer volumen se encuentran sus títulos más conocidos, como La sociedad desescolarizada, La convivencialidad, Némesis médica, Energía y equidad, etc.

De todos modos, su obra también se encuentra accesible on line en varios idiomas. Ofrezco un par de buenos enlaces a continuación:

http://www.ivanillich.org/ (muy recomendable)

http://es.wikipedia.org/wiki/Ivan_Illich (entrada en Wikipedia con numerosos enlaces)

Un abrazo.





[1] Tort, A.: “Ivan Illich: la desescolarización o la educación sin la escuela”, en: Trilla, J. (coord.): El legado pedagógico del siglo XX para la escuela del siglo XXI, Barcelona, Graó, 2002, pp. 271-296. p. 295.
[2] Cfr. Boff, Leonardo: El cuidado esencial. Ética de lo humano. Compasión por la tierra, Madrid, Trotta, 2002, pp. 100-103.
[3] Illich, I.: H2O y las aguas del olvido, Madrid, Cátedra,1989, p. 47.
[4] Illich, I.: La convivencialidad, Barcelona, Barral, 1978, p. 32.

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