martes, 28 de agosto de 2007

Franz Kafka



Adorno decía de Kafka, en algún lugar, que éste expresa con su obra una especie de fuga que estriba en sumergirse en lo más hondo de la estructura patológica (social) que causa la neurosis. Es decir, Kafka desarrolla una denuncia consistente en mostrar las consecuencias de lo que no es sino una descarnada exageración de las tendencias existentes de hecho en una forma de vida específica, la de nuestra sociedad enferma. Se trata de una reducción al absurdo por la que la neurosis social se extiende al infinito y se manifiesta como lo que es. Así, el aislamiento y la incomunicación propios del mundo burgués (dicho de manera simple, el "ir cada uno a lo suyo") convierten, literalmente, a las personas en “repugnantes insectos” (vid. La metamorfosis). La pesadilla se muestra como tal, sin rodeos. Y en ese mostrarse mismo, se niega a sí misma, se impugna como forma de vida válida para el ser humano. El arte es capaz de afirmar y negar al mismo tiempo de esta forma, como también creyó el bueno de Walter Benjamin.
Algo de eso capta el lector, incluso el no relacionado con la filosofía, a partir del contacto con la perturbadora obra del praguense tuberculoso. He comprobado que en mis alumnos, por ejemplo, Kafka provoca asco, un cierto mareo, un desconcierto vital que puede denominarse pesimismo si aun no se es consciente de cuan real y llena de sentido es la crítica kafkiana a una humanidad degenerada como sinceramente creo que es la nuestra. Pero también, como una flecha, atraviesa y cala hondo. La presencia de Kafka tiñe la clase ese día y creo que a muchos nos hace pensar. Yo suelo leer en clase el final de El Proceso (error que no pocos me reprochan). El impacto suele ser, salvo excepciones, tremendo, contundente. Pero al menos, al horror de un sistema tan laberíntico como cerrado, se le abre una leve luz esperanzadora en la brevísima imagen y escena que no voy a revelar ahora (entiendo más razonable que lo haga el propio Kafka a quien, con curiosidad, emprenda su lectura). Esto ocurre en El proceso, pero no en El castillo, que constituye una espantosa pesadilla sin final, o sea, el propio infierno.
Kafka, por tanto, nos conduce a contemplar directamente nuestra miseria, pero también, sorprendentemente, a un atisbo de esperanza. Al menos yo así lo interpreto en las clases y lo contrasto con los alumnos. Es necesario hacerlo, porque como decía Paulo Freire, no hay educación sin esperanza (en realidad, sin esperanza no hay ni educación, ni universidad ni nada).
¿Qué nos queda? ¿Continuar la carrera infernal sin apearnos del tren furioso por raíles interminables? Esto cierra toda posibilidad al ser humano. O, más bien, detener el tren como sea, tirando del freno de emergencia, desde la consciencia de estar en un infierno del que el hombre merece salir. No, la vida no es mala. La vida la hemos hecho mala. Esta imagen del tren, de clara resonancia benjaminiana, la empleaba Reyes Mate en un artículo publicado hará unos meses en El País. En él señalaba que quizás nos hemos equivocado con el progreso, que, quizás, llamamos progreso a lo que no lo es, y que haríamos mejor en considerar si el progreso, o sea, la mejora real de la vida humana, acaso consista más bien en detener esta furia suicida de la que nadie parece percatarse.
Kafka nos perturba porque nos vemos en él. Lo tememos. Y porque aún no sabemos si todo acabará en una última metamorfosis que nos convierta en un repugnante insecto.

Relatos de Kafka: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/kafka/fk.htm

Relatos en Wikipedia: http://es.wikisource.org/wiki/Franz_Kafka

El proceso: http://www.librosgratisweb.com/html/kafka-franz/el-proceso/index.htm


Un fuerte y nada kafkiano abrazo

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