domingo, 23 de septiembre de 2007

El jardín

En España comienza en pocos días el nuevo curso académico en las universidades. En las escuelas primarias y secundarias hace poco que ha empezado. Aunque el calendario escolar varía, evidentemente, según los distintos países, climas y hemisferios. El comienzo de un curso, en cualquier caso, es buen momento para que el profesor o maestro re-piensen y se replanteen lo que se disponen a llevar a cabo. Como tanto se dice, la tarea de educar es importante y hermosa. Esto puede repetirse muchas veces, de hecho, es algo que todo el mundo suscribe y que a veces la sociedad entera puede reconocer. Pero es, en primer término, el propio docente quien se lo debe creer. Repito, pues: tarea importante y hermosa la educación. Ése es el privilegio que tiene el educador en cualquiera de los ámbitos o niveles de la enseñanza formal o informal, el de que debe educar. Es decir, tiene en sus manos, caso único entre los oficios, la transformación directa y desde la base (o sea, la efectiva) de la sociedad. Otros ciudadanos casi sólo pueden limitarse a quejarse o a ser honrados en su trabajo, que no es poco, pero el educador tiene además delante de sí esta tarea bellísima e infinita.

No debe entenderse que propiciar la transformación y mejora del mundo consista en un áspero adoctrinamiento, una especie de labor de captación y modelado de los demás a la imagen y semejanza de uno, o a la imagen y semejanza de sus ideas. Evidentemente, existe una tensión entre este intento de respetar la libertad de los alumnos y cierta “manipulación” inherente a la enseñanza en algunos casos. Tal vez el peligro de manipular a personas en inferioridad de condiciones pueda disminuirse si el educador cree, realmente, en lo que hace. Esto quiere decir, que el educador esté concienciado hasta la médula de que la transformación y mejora social no consiste en convertir en clones suyos a quienes la sociedad o el azar ha puesto en sus manos. Una vez que esto se sabe, cuando hay un íntimo convencimiento, el trabajo se multiplica y puede hacerse abrumador. La responsabilidad es bien alta, casi como la de un médico que tiene vidas a su cargo. Por eso, para que la persona que educa acepte esto no vale el dinero solamente, de hecho, lo monetario es un mal incentivo, porque se queda muy corto. En realidad, para fomentar este ejercicio responsable de la docencia, no vale nada de lo que se suele tener por valioso en nuestras sociedades. No funciona, por ejemplo, el prestigio o el estatus social que pueda lograrse enseñando. Es algo distinto, que la persona encuentra y tiene que ver por sí misma. Aunque es cierto que hay un premio. El mayor de todos. Ayudar a las personas a ser, en la medida de lo posible, seres humanos. A las personas y a uno mismo. Esto es algo fundamentado teóricamente por pedagogos como Paulo Freire, por ejemplo, pero de nuevo, parece que la vida va por delante y sólo se puede comprender, como el mismo Freire decía, abriendo los ojos uno mismo. No basta con repetir que el educador se educa al tiempo que educa a otros, sino que hay, además, que creérselo. Y esto es más difícil. Pero si ocurre, sólo a duras penas y contra corriente, éste es el mejor premio, comprender la reciprocidad que conlleva educar, y verse, en efecto, educado y mejorado como ser humano por otros. Algo brota. Entonces, se comprende también que el dinero, el poder o el prestigio no valen nada. Y ya no hay que explicarlo más. Es tiempo de vivir. Sí, desde luego, es tarea hermosa la de educar.

Un abrazo para quienes educan en escuelas, institutos, universidades o en el ámbito de la educación social. Y mi mayor reconocimiento a quienes se han pasado la vida haciéndolo.

No hay comentarios: