jueves, 13 de septiembre de 2007

La vida de los ángeles



He visto hace unos días la película El cielo sobre Berlín de Win Wenders, que me ha dejado boquiabierto. Es una extraordinaria representación de la forma de experiencia contemplativa que podría atribuírsele a un ángel, o inteligencia pura libre del tiempo y el espacio, sin los aparentes obstáculos de la carne, o sea, sin los límites propios de lo corpóreo. Pero en el filme, esta suerte de experiencia pura, meramente espiritual, de un ángel, se contrasta con la forma específica humana de la existencia, inseparable de un cuerpo, un tiempo y un lugar. El argumento nos conduce a una exaltación de la experiencia y existencia humana como más completa y perfecta, a pesar de los inconvenientes de verse sujeta a un cuerpo. Creo que esta problemática apunta a esa tensión que se da en nosotros, seres finitos, entre sabernos naturalezas limitadas por los impedimentos de la materia, pero al mismo tiempo, la asunción de que somos como somos y lo que somos en cuanto que somos cuerpo. Hablaba con un amigo el otro día y me comentaba cómo el dualismo cuerpo-alma se funda en una vivencia universal que consiste en la percepción de que nuestra imaginación, deseos, etc., van por delante de los límites espacio-temporales que nos circundan, pero al mismo tiempo, esta percepción es posible y se da, como algo humano, desde un cuerpo concreto. Entonces, tras un primer dualismo ilusorio, producto antes bien de una fantasía desbocada, el reconocimiento de cómo somos nos asocia ineludiblemente a un cuerpo y a una materia. Él hace posible toda la experiencia humana, también las fantasías.

Un ángel sería, por tanto, una hermosa fantasía, tal como lo presenta bellamente el filme. Pero la centralidad del cuerpo resulta indiscutible en el hombre, cuerpo que fundamenta, además, la llamada dialogicidad o relacionalidad propia de los sujetos humanos y resto de seres vivos, que se desarrollan en la estrecha interdependencia de unos con otros, como expresa, por ejemplo, el vínculo entre el hijo y los padres (se es hijo porque hay padres, y se es padre porque hay un hijo).

Casualmente, ando leyendo el libro El desafío del nihilismo, de la profesora Remedios Ávila, que en algún capítulo subraya esta naturaleza profundamente corporal propia del ser humano y la razón. Cita algún autor que ha destacado esto en la filosofía, como Schopenhauer, para el cual conocemos la inefable voluntad, principio nouménico del mundo, por nuestro cuerpo, pues en él se centra y resume toda la experiencia que podemos llamar humana. La tentación dualista, sin embargo, ha sido frecuente, desde el gnosticismo que impregnara la teología cristiana en sus inicios. Éste no entendió que el alma bien pudiera ser un espejo donde se mira (deformado) el cuerpo (Feuerbach).

En cualquier caso, la película a la que me refiero es hermosísima, impecable. Un bello canto al abandono de las ilusiones espiritualistas y al trasfondo corporal de la extraordinaria existencia humana. Y otra circunstancia propia del hombre retratada es la necesidad de otro (cuerpo) para conocer(se) realmente. De hecho, el ángel que protagoniza el filme se enamora de una mortal, y es con el amor como inicia su renovación y su nueva vida, más rica, como persona. Como él mismo dice, necesitó a ese otro corpóreo que le señalara el auténtico conocimiento. Un simple ángel carece de esta posibilidad, negada a los “espíritus puros”, y para completar y culminar su búsqueda intelectual debe pasar, desde lo contemplativo, a un nivel de mayor conocimiento, que incluye lo sensible, que es el corporal-humano. En el fondo, todo un reconocimiento y reivindicación, bellísima, de esta aventura que se ha dado en llamar humanidad.

Un abrazo.



No hay comentarios: