martes, 16 de octubre de 2007

Cuando la hoguera no arde


Jack London fue un autor prolífico que escribió relatos y novelas ubicados en los más diversos y exóticos entornos. Creo que la sombra de la locura siempre merodeó en sus obras (y en su persona), en las que describe, dentro del ciclo del Ártico, que constituye sólo una parte de su extensísima producción, aventuras en situaciones límites de soledad y peligro. Son cuentos en los que se relata la lucha a muerte del hombre contra una naturaleza hostil, contra otros seres vivos y, a veces, consigo mismo. Hace bastante tiempo que lo leí y recuerdo que me causaron una cierta impresión más allá del mero entretenimiento. Algunos relatos son muy duros. Hay uno que describe el intento infructuoso y desesperado de un hombre perdido en la nieve por encender una hoguera, asunto en el cual le va la propia vida. O un cuento en el que hay un lobo y el hombre, frente a frente, esperando a ver quién muere primero para comérselo y sobrevivir unas horas más. Hay otro sobre alguien que tras una experiencia de hambre espantosa, le queda como secuela esconder galletas compulsivamente. La visión que se desprende de estos cuentos es la de una existencia que consiste en un agotador combate en medio de situaciones extremas. La vida, literalmente, se hace supervivencia, a través de minutos arrancados al destino fatal que la amenaza. Los cuentos transmiten una visión desasosegada, ansiosa, histérica, en la que lo propiamente humano, compartido con los animales, es luchar contra el reloj, vencer a la espada de Damocles que se cierne sobre las cabezas. No es desde luego una naturaleza amable, en armonía, sino un mundo descarnado y duro. Choca esta visión frontalmente con la idealización de la naturaleza que solemos llevar a cabo, sobre todo las personas más urbanas. Según Adorno, ésta es, en efecto, la crudeza despiadada propia de la naturaleza virgen, falta de humanización, y no hay más que buscar en ella, salvo que proyectemos nuestros anhelos y esperanzas, muy humanos, en la misma. La caracterizaría una crueldad básica que cualquiera que vea escenas de caza entre los propios animales, o simplemente peleas, entiende. En cierto modo algo así fue la visión de Schopenhauer que heredaría Nietzsche, desde una valoración distinta éste último. Para Schopenhauer, vivir es, exactamente, sufrir (y aburrirse). Para Nietzsche, asumir la vida implica aceptar este mismo sufrimiento, incluyéndolo en una valoración global positiva, afirmativa, frente a la renuncia existencial de su maestro Schopenhauer. Dos consecuencias distintas de un mismo hecho aceptado por ambos: la vida en su aspecto doloroso.

Sin embargo, creo que si educamos es porque, de facto, creemos que vivir merece la pena. Desde luego resulta tendencioso, a mi juicio, soslayar que la existencia, en muchas ocasiones, es bien dolorosa y que supone una dosis considerable de sufrimiento. Como dicen los teólogos, es el precio de la finitud (explicación que, por supuesto, no justifica nada). Mas, repito, no creo que aceptar esto implique la renuncia, ya digo, a educar y defender la vida. Quizás sea cuestión de dónde ponemos el acento, pero creo que en cualquier caso, en la existencia hay un evidente aspecto trágico, a la par que un alegre gozo también involucrado en ella. La clave para este gozo estaría, además, y siguiendo algunos enfoques filosóficos, en el aspecto de relación que nos constituye, en la faceta dialógica que significa la base de toda existencia, el hecho de que necesariamente existir es existir con los demás. De algún modo, pienso que esta fue la conclusión del último Camus, que elaboró, como ya he dicho en algún post anterior, una ética desde el absurdo, una especie de heroísmo trágico (prometeico) que daría sentido a la existencia, cuando Dios ha muerto. Por tanto, un fundamento y sentido vital lo encontramos en el Otro, por el que merece la pena existir, por el que tal vez se vaya a algún sitio más que al dolor o al hastío schopenhaueriano o la afirmación individualista nietzscheana. Este elemento es el que falta en el ciclo de los relatos árticos de Jack London. Al cansancio, la nieve y las dentelladas del lobo hambriento habría que añadir, y todo cambiaría, el Otro, el Tú del que habla Martin Buber. Verdaderamente es a ese Otro al que debemos la vida, cercano y lejano al mismo tiempo, humano y humanizador. Su rostro da luz a nuestro rostro y nos salva, más allá de la hoguera que no se logra encender y la eterna ventisca.

Un abrazo.

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