martes, 23 de octubre de 2007

De oráculos falibles y errores de la pitonisa


Deseo evocar unas palabras certeras de Khalil Gibran, en su libro El profeta, que comienzan diciendo:

“Vuestros hijos no son vuestros hijos: son los hijos de la Vida deseosa de sí misma. Vienen a través de vosotros; pero no desde vosotros; y aunque estén con vosotros, no os pertenecen. Podéis darle vuestro amor; pero no vuestros pensamientos: porque tienen sus propios pensamientos. Podéis hospedar sus cuerpos; pero no sus almas: porque sus almas habitan en la casa del mañana que no podéis visitar, ni siquiera en vuestros sueños. Podéis esforzaros en ser como ellos; pero no intentéis hacerlos como vosotros. Porque la vida no marcha hacia atrás ni se detiene en el ayer. (…)”

Es imposible condensar de manera mejor que en estas preciosas palabras la esencia de una relación educativa saludable. Como ya comenté en post anteriores, querido lector, el mañana no puede sino anticiparse en eso que llamé, con Bloch, “esperanza”. Tener esto claro implica, entre otras cosas, ostentar un escrupuloso respeto por quienes habitan en esa casa inalcanzable para nosotros que es el futuro. Estamos, en efecto, rodeados de puro misterio, de enigma. En este sentido, educar bien, entre otras cosas, nos obliga a comprendernos limitados, finitos. Y resulta que en la comprensión-aceptación de esta finitud que nos es propia, en su clara aceptación, como hicieron los antiguos estoicos, hay una suerte de liberación. El ser humano se relaja del peso de un universo que cree conocer muchas veces dogmáticamente, pero que apenas puede abordar con ciertas metáforas seductoras o siguiendo un débil hilo de Ariadna que se rompe a la primera de cambio. Lo malo es cuando, si nos ceñimos a la relación educativa, abrumamos a los demás con nuestras fantasías de sentido. El mensaje de Gibran es una llamada a la humilde aceptación de nuestra condición finita, entre otras cosas, y al reconocimiento de una verdad fundamental: el mañana no puede planificarse ni anticiparse, y por tanto no debemos ir más lejos que de la mera convicción de que las cosas podrían acaso cambiar. Incluso, si queremos saber de ese mañana, antes bien es más sabio mirar hacia quienes nos antecedieron, a sus esperanzas y a una “peligrosa memoria” que puede subvertir el presente, única casa que habitamos y cuyo sentido lo puede dar precisamente esta amplitud hacia atrás, que en el fondo es una manera de mirar respetuosamente hacia delante. Ésta es una idea de claras resonancias benjaminianas (o también de T. W. Adorno) que en estos días encuentro en algunos escritos de J. B. Metz, autor al que estoy leyendo. Pero Gibran no llega hasta esto, sino que se ciñe a recomendarnos que no pretendamos poseer ese mañana inaccesible, so pena de equivocarnos gravemente implicando además a otros. La educación puede convertirse, si uno cede a este lamentable hábito bastante común, en una creación de clones en la escuela, clones del maestro, del legislador, del filósofo o de quien sea. Y entonces, la vida acabará o muriendo o reventando. La sabiduría estoica nos enseña, en relación con esto, que apenas sabemos nada; de hecho, supuso una mirada a lo ético y a la praxis procedente del desencanto ante una filosofía y religión que no pudo ofrecer respuestas convincentes. Es como si el estoico, y esto tal vez haya que justificarlo en algún escrito, precisamente se volviera bueno y honrado por escepticismo (!). Me ha parecido ver algo de esto en la interpretación que hace María Zambrano del pensamiento (“vivo”) de Séneca. Para ella, creo recordar, este prudente romano se lanzó a buscar un refugio en lo existencial, a partir de lo insostenible de los sistemas omniabarcantes que pretendían saberlo y explicarlo todo. También aquí advierte Metz de un peligro del que tal vez hablemos más adelante, pero estriba en el refugiarse en una interioridad individual y quietista, una suerte de huida hacia adentro, al plano de las angustias íntimas, que alejaría de la lucha activa por un mundo mejor. Bien, quizás habría mucho que decir aquí, pero no es éste el lugar.

Lo esencial de aquello que, según entiendo, Gibran, volviendo a él, nos quiso transmitir con estas palabras que he citado consiste en que toda relación humana (o al menos con las generaciones que vienen después de nosotros, con las personas que ya han nacido y están en el mundo o incluso con las que están por nacer aún) debe ser escrupulosamente respetuosa con este hecho: que vienen después. Esto ha de generar, creo, una especial relación educativa que en algún escrito he denominado, como hace Freire, “horizontal”. Si la educación es amor, amistad, altruismo, etc., como se suele decir, conlleva esta forma de relación con los denominados “educandos”. Creo que es un educador fiel a este principio, y movido por dicha actitud, aquel que está dispuesto a aprender de sus alumnos, y aquella persona a la que el contacto con la gente joven le abre los ojos y le enseña sobre “eso” inabarcable en que consistimos todos.

Un abrazo.

No hay comentarios: