jueves, 11 de octubre de 2007

Triste palacio


En las clases he recurrido últimamente a un ejemplo que viene a ilustrar el borgesiano “estar perdido” propio del ser humano, es decir, su condición de existente que se pregunta pero que a duras penas halla respuestas firmes (¡y si las halla, malo!). En realidad es una experiencia universal que, como comento en las clases, creo que en mayor o menor grado siente cualquier ser humano que no esté dormido del todo, en ciertos momentos concretos de su vida. Bien, pues el ejemplo al que me refiero es la trayectoria vital y la obra de Omar Khayam, autor persa que escribió en la Edad Media una colección extensa de poemas cortos, pequeñas estrofas, conocida como “Robaiyyat”. En ella desarrolla una problemática existencial a la que llegó debido a su biografía. Tras una vida entregada a la ciencia y el saber, descubre en la madurez que no sabe nada. Es decir, siente que las respuestas a las cuestiones más acuciantes y fundamentales no se las ha dado la ciencia, la teología o la filosofía. Entonces, escribe estos poemas, en lengua farsi, en los que expresa este sentimiento. Cito de memoria, con posibles erratas: “Viejo mundo, el caballo blanco y negro/ del día y de la noche/ te atraviesa al galope./ Eres el triste palacio/ donde cien príncipes soñaron con la gloria/ y cien reyes soñaron con el amor/ y se despertaron llorando”… Continúa más adelante: “La tierra es un grano de arena en el espacio,/ la ciencia de los hombres palabras./ Las estrellas y los siete mares/ son sombras de la nada.” Lo curioso de estas estrofas en particular es que, como tal vez sepas, querido lector, fueron cantadas por Camarón de la Isla en unas bulerías. Camarón era un cantaor de cante flamenco, un gitano andaluz, que nunca fue a la escuela. El flamenco, por cierto, es un arte musical, transmitido sin escritura, de origen popular y propio de la tradición sureña española. Tal vez poco conocido fuera de España, diré que se lo utilizó tendenciosamente como folclore y se transmitió la imagen de una música y baile superficialmente alegres y festeros. En efecto, las bulerías, estilo de cante flamenco en el que Camarón cantó estas coplas del antiguo y desencantado sabio persa, son en principio un estilo alegre, de juerga. Su baile y toque es vistoso, lleno de arabescos, y se asocia con las celebraciones. Pero si atendemos a la letra que nos ocupa, en este caso la alegría resulta algo empañada. El contraste de la música rápida y bailable, con lo dicho por las palabras, resulta impactante. Se trata de reflexiones muy amargas que se cantan en fiestas. Fiestas de vida, bodas, amistad… Pero en medio de esta celebración vital, aparece el desgarro, la honda herida que en otros palos (estilos de cante flamenco) se traduce literalmente en llantos y gritos. Es como si la alegría fuera falsa, incompleta, si olvidáramos el aspecto trágico de la existencia. Pero al mismo tiempo, el aspecto doloroso no empaña la amistad y el discurrir de la vida humana. Una suerte de dialéctica de risa y llanto cuya síntesis es la propia vida, hecha de grises. Se llega a una vieja conclusión, el carpe diem, pero un carpe diem que no ignora el dolor. De manera que, cuando Camarón de la Isla sigue cantando en las grabaciones, pues murió joven en 1992, expresa lo que se puede considerar el motor que nos mueve a vivir y a hacer filosofía, la conmoción que origina el pensar, en palabras de Jaspers, y que Nietzsche, valientemente, no quiso negar. Tenemos el desgarro que subyace a la entera humanidad, su soledad y el lóbrego silencio del universo, al mismo tiempo que la única respuesta que, mendigando el conocimiento, encontró esta doliente humanidad en el vértigo de los tiempos. Amistad y dolor, el dolor de los otros que es el propio dolor, el dolor amistoso, la espinosa rosa, el fuego que al mismo tiempo salva y mata, la tregua del amor, hijo de la pobreza y de la riqueza.

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