jueves, 4 de octubre de 2007

El horror y las tinieblas


Ya han comenzado las clases, apenas el primer contacto con los grupos. Pero aunque he entregado los programas de las asignaturas que voy a impartir, continúo con mi repaso mental de las películas o ejemplos utilizables en las clases. Esto es una labor lenta y placentera, que ha de llevarse a cabo sin prisas, y en la que al mismo tiempo me esfuerzo, activamente, en pensar las escenas, imágenes, recuerdos que pueblan mi mente enclavada en el cinematográfico y televisivo siglo en que nos movemos. Y, también, a veces sucede que son las imágenes que vienen casi solas. Así, a menudo, yo busco (o me busca) la película “Apocalypse Now”, de Francis Ford Coppola. No la he explotado hasta ahora demasiado en las clases, pero desde luego, merece la pena tenerla muy en cuenta. Lejos de ser una clásica película de guerra, es un filme del “género filosófico”, podíamos decir. De extensa duración y ampliada en una reciente versión, se basa libremente en la novela “El corazón de las tinieblas”, de Conrad, tratándose en realidad de la misma temática, pero con el lenguaje de la segunda mitad del siglo XX, de los años 60 y 70, para ser más exactos. A partir de un argumento sencillo y con la acción transcurriendo en la jungla, en el Vietnam en guerra e invadido por EEUU, narra un perturbador viaje de unos militares norteamericanos hacia el interior de la selva, subiendo el curso de un río, para dar con un alto mando del propio ejército invasor y eliminarlo, porque daba, según el Estado Mayor, muestras de haberse vuelto peligrosamente loco. Éste es Kurtz (Marlon Brando), un misterioso personaje que sólo aparece en la última parte de la acción. No sólo en su caso, sino en casi todos los alocados y extravagantes personajes que van apareciendo, en un clima onírico y surrealista, se va manifestando, in crescendo, una dolorosa verdad: la locura de todos ellos, en el fondo, no es sino la continuación de las líneas maestras que rigen la guerra y el dominio entre los seres humanos. Por eso, Kurtz no sólo no está loco, sino que es el personaje más coherente y consecuente con las inercias que han producido la guerra. Es decir, a partir de lo normal en nuestro mundo, de una lógica asumida como algo natural y que subyace a la política y a las relaciones entre naciones e incluso entre personas, puede haber sólo un ligero paso que conduzca al horror.

Las imágenes de la película son impresionantes, impactantes; quedan como un eco en el inconsciente y generan sentimientos que van de la náusea a la risa, el miedo o la pena. Toda la película la resumen las últimas palabras que se oyen (no concreto más para no destrozar el suspense): “el horror, el horror”. En efecto, se intenta explicar el horror como algo cercano y doméstico. El temor de sobrepasar la cordura en cualquier momento y de que surja la locura y se desborde el caos invadiéndolo todo es constante y aumenta según el barco que surca el río se adentra en la selva (el corazón de las tinieblas, claro). La lógica de la guerra es la muerte, y todo lo demás es, según Kurtz, doble moral y mentira que pretende disfrazar esta verdad. Se desprende de él un amargo nihilismo que no es sino una sinceridad brutal. Kurtz se ha vuelto loco no por haberse desviado, sino todo lo contrario, por haber sido un buen soldado en una guerra atroz. Y por haber sido incapaz de engañarse. Para él no hay futuro ni esperanza. Las ruinas donde se ha refugiado con su ejército de seres que parecen estar ya muertos, como extravagantes y salvajes zombis, huelen a malaria. Hay cabezas decapitadas por todas partes, en el suelo o clavadas en palos. Porque tal vez supieran esos “zombis” que por ahí andaba precisamente el mal, en las cabezas carcomidas por la lógica de la guerra, y en un intento compulsivo, tal vez desesperado, las amputan a los enemigos para salvarse.

Es, sin lugar a dudas, una película que hay que ver con cuidado, que transmite una desesperación y un miedo hondo, atávico, inconsciente, que en el fondo es una sabiduría y una verdad que cuesta mirar a la cara en nuestras pulcras y televisivas sociedades.

Un abrazo.

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