lunes, 29 de octubre de 2007

Filosofar como un perro


En las clases de filosofía de la educación que imparto para futuros maestros de primaria y pedagogos procuro enfatizar un aspecto de la filosofía que no es de los más tenidos en cuenta en su enseñanza. Se trata de resaltar que la filosofía implica una cierta actitud, una praxis vital que subyace al discurso teórico y que, deseablemente, hay visiones que han intentado conectar ambos elementos. Es el caso de la idea de sabio propia de la antigüedad clásica, a la que se asociaba una suerte de sabiduría práctica que incluía en manejarse bien en los menesteres propios de la existencia humana, incluyendo la fortaleza ética. Un sabio debía serlo, también, por sus obras, y demostrar su serio interés por la filosofía mediante la persecución de una vida correcta. Desde esta perspectiva, en numerosos autores antiguos, griegos y latinos, no existía esa escisión que a nosotros nos resulta tan habitual, por la que una persona puede decir unas cosas, en un bello y elocuente discurso, y hacer otras. Aunque los antiguos, como es lógico, también podían ser personas incoherentes. Para eso, para hacerlo ver y reflexionar sobre lo necesario de llevar una vida consecuente con el discurso, surgieron algunas figuras y escuelas de hondo arraigo. En anteriores post me he referido, por ejemplo, al empeño estoico en este sentido. Pero los filósofos estoicos (pertenecientes a la más longeva escuela filosófica, que duró, con gran éxito, unos quinientos años) no fueron los únicos que pretendieron esto. A partir de la línea comenzada por el maestro Sócrates, inmediatamente después, irrumpieron los llamados “cínicos”, que procuraron llevar al extremo la coherencia personal de que hizo gala el ateniense. Para ellos, lo más valioso aportado por él fue, precisamente, esta coherencia y fortaleza moral. Recogieron su estilo, que continuaron con ímpetu. Conocemos mucho de lo que estos filósofos hicieron gracias a historiadores posteriores que narraron su vida y andanzas. En clase suelo referirme a uno concretamente: Diógenes de Sínope. Este extravagante personaje no escribió, sino que se limitó a vivir según los principios, antes que escribir o teorizar sobre ellos. Llevó a su extremo la idea, tan griega, de que el ser no puede confundirse con el aparecer, y despreció todo lo que fuera atención por la apariencia o por bienes materiales. En verano no usaba ropa y apenas en invierno, vivía en un gran barril, rompió su escudilla de barro al considerarla inútil, entraba en los teatros justo cuando todos salían de ellos. Nos retrotrae a una visión, antigua, de la filosofía como forma de vida, a una filosofía hecha con gestos y con la renuncia a adoptar los valores usualmente seguidos por su sociedad. A la asignatura que imparto esta figura aporta esta perspectiva “vital” que ejerce de contrapeso del fuerte intelectualismo y las escisiones personales a que somos tan dados en nuestro tiempo. La filosofía puede implicar toda la vida de una persona, y es, según el cínico, mucho más que un conocimiento intelectual o mero saber erudito. En la actitud cínica hay una llamada de atención y, eso sí, un cierto exhibicionismo orgulloso que ya denunció Platón, quien cuentan que, tras increpar a Diógenes por haber orinado éste sobre su cara alfombra, escuchó cómo el cínico le decía: “humillo tu soberbia”. Pero su respuesta fue inteligente: “Sí, pero desde otra soberbia orgullosa”, respondió el fundador de la Academia y dueño de la alfombra maltratada. Quizás hubo algo, o bastante, de soberbia en las extravagancias y excesos de los cínicos (que, por cierto, eran muy admirados por los estoicos, a pesar de la moderación de estos últimos), pero, caramba, ¡contestarle a Alejandro Magno que se quedara sus riquezas y poder, y que hiciera el favor de apartarse para que Diógenes pudiera seguir tomando el sol tumbado junto a su barril…! No, no lo hace cualquiera. En efecto, los cínicos no estaban libres de las cosas humanas, por supuesto, pero hicieron algo que, en el fondo, es lo que había sacado a los hombres de las cavernas del mito (al menos hasta cierto punto). Jugaron fuerte. Creo que todavía hoy llaman la atención sobre la irracionalidad subyacente a una sociedad de discursos separados de las obras, profunda irracionalidad que nos puede teñir incluso a los que hablamos de racionalidad en las clases. La filosofía es una vocación de verdad asombrosa, que puede conducir incluso a vivir en un barril, o cosas peores. ¿Fanatismo? ¿libertad? Lo que sea nos lanza, desde la antigüedad un viejo y escueto mensaje: “haz lo que dices”, “predica con el ejemplo”.


Un abrazo

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