domingo, 14 de octubre de 2007

Los molinos inconmensurables


Como señala Borges, en la percepción que los distintos y sucesivos lectores de El Quijote han tenido de los personajes y el propio entorno geográfico donde transcurre la acción, se ha dado un proceso de mitificación de lo que Cervantes pensó como realidad prosaica, vulgar y corriente. Para contrastar con el maravilloso paisaje y los lugares de la lujuriosa imaginación de las novelas de caballería, el escritor ubicó las andanzas del hidalgo en un páramo seco que para el lector de la época evocaba justamente lo contrario a cualquier novela de caballería. La llanura manchega era, entonces, lo menos parecido al exuberante entorno del Amadís de Gaula. El efecto debió ser chocante ¡una historia de caballería en los alrededores de Montiel o El Toboso! Sin embargo, el alma de los hombres, permanente constructora de mitos y sedienta de ellos, hizo de la meseta castellana del siglo XVII un paisaje de connotaciones caballerescas, que la imaginación lujuriosa y los ideales quijotescos acabarían cambiando para siempre. Lo prosaico se tornó realidad repleta de dioses, metáfora, símbolo que sustituiría en la imaginación de los hombres a las selvas y montañas de los caballeros andantes que el hidalgo quiso ser. Hoy día, los molinos se conservan como gigantes en la memoria de todos, y la desastrosa estampa del hidalgo y Sancho, suscitan mucho más que una mera imagen grotesca y fuera de lugar. La Mancha es, hoy, su hidalgo.

Y es que las personas teñimos de mitos el mundo, poblamos el páramo con nuestra imaginación y deseos. Así, un médico que quiere ser racional, una mente calculadora que diagnostica con lógica de matemático, como es el personaje de ficción Dr. House, de la popular serie de televisión, afirma que no le interesa lo invisible ni la especulación más allá de lo mensurable, hasta el punto de que desconfía de psicólogos y psiquiatras de su propio hospital (que tratan con lo que no se ve, según él). Se ubica dentro del límite de lo observable, de aquello que puede analizarse en un laboratorio, y efectúa sus diagnósticos infaliblemente, según razonamientos objetivos que eluden toda vinculación afectiva con los enfermos. Pero eso es lo que House afirma e intenta llevar a cabo. Otra cosa es lo que es realmente. El Doctor House acaba convirtiéndose no ya en psicólogo y psiquiatra, sino aún más, en un ser humano que se topa a menudo con la muerte a la que dice eludir, pero que le preocupa hondamente. Su actitud es, de hecho, una respuesta ante el propio misterio con el que debe tratar a diario. Vemos que está lleno de contradicciones y que en él los afectos tienen una importante presencia. Implícitamente, a veces reconoce lo sesgado de su estrecha ubicación dentro de los límites de lo captable científicamente y hay capítulos en los que la presencia de los enigmas de la existencia humana se hace vibrantemente constatable. House tiene, por ejemplo, un fuerte sentido ético y reacciona conmoviéndose cuando se manifiesta la infinita parcela de la realidad a la que no llega su alcance de aséptico examinador. Quiere ser un bisturí, pero el espectador se da cuenta de que es mucho más, es decir, un ser humano, rodeado del insondable universo, como todos los seres humanos. Él siente con fuerza la existencia y, aunque afirma ser un egoísta que no cree en el amor, reacciona vivamente ante los demás, con los que se va educando y viviendo.

Creo que el espectador, a veces de manera inconsciente, sabe todo esto y por eso, la triste figura del médico que no quiere saber de sentimientos acaba adquiriendo para él las redondas proporciones de un ser humano (porque Alonso Quijano nunca dejó de ser Alonso Quijano); y todavía más, adopta el magnetismo de un héroe mitológico que nos fascina en las noches de invierno. Entonces, el hospital de House es mucho más que un hospital.

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