domingo, 7 de octubre de 2007

Próxima estación... esperanza.


Como tanto insiste Paulo Freire, en la pedagogía es necesaria la esperanza. La educación es una actividad que la presupone, por muchas razones. La espera activa resulta una lógica consecuencia de la natural apertura de lo humano, que en la medida en que nunca está acabado, siempre puede tornar o evolucionar en sentido más o menos novedoso. Es decir, tener esperanza se opone a la visión estática de los esencialismos que consideran todo hecho en el ser humano, explotadas todas sus posibilidades y acabada la forma que adquiere en el presente. Por eso, esperar es, de por sí, subversivo y crítico. Supone adoptar un “¿quién sabe?” que impugna lo que existe en su forma actual. Es como abrir una ventana y dejar que entre el aire fresco. En la concepción de Ernst Bloch, la esperanza es una suerte de principio por el que siempre se supone que es posible ir más allá. Esto pone en marcha, como un motor, el devenir humano. Bloch estudia distintos movimientos escatológicos en la filosofía, la política y la religión que avalan esto, aunque bien es cierto que ofrece su particular interpretación de los mismos. En el caso de la teología es posible que hubiera de completarse su visión, como dice Juan José Tamayo, pero sin duda tiene el enorme mérito de haber puesto de manifiesto la importancia de esta especie de principio que va incitando a la transformación en la historia, tanto para la teología como para la filosofía.

Si se eliminara la esperanza de manera absoluta, la historia se detendría. Por eso, la eliminación de la radical apertura de la historia y el futuro, suponen un serio peligro. Peligro de muerte, que podríamos decir. En este sentido, una pedagogía caracterizada por una ideología positivista que prime la descripción “empírica” de lo que hay, y que con la excusa de adquirir el rigor de la ciencia se limite a estudiar analíticamente el presente, sin pasado ni futuro (recordemos que el lugar propio de la esperanza es el futuro, pero un futuro que ejerce su acción benéfica y “salvadora” en el presente, un porvenir que ya se está realizando), resulta una cuestionable opción. La sacralización de la medición y la estadística podría acercarse, peligrosamente, a esto. No quiere decirse que estos valiosos instrumentos no tengan su importancia o mérito, sino que si su utilización se hace de manera absorbente, sin dejar el resquicio abierto que nosotros llamamos esperanza, pueden asfixiar no ya el futuro, sino el presente. El proceso educativo se fundamenta en la mutabilidad del ser humano y la historia, de manera que si hay educación (distinta de instrucción, según dicen) es porque todo cambia. Es en la fe de que existen nuevas e insospechadas posibilidades para lo humano, en que habría de concebirse una educación que fuera algo más que socialización. En realidad, la apertura siempre ha estado presente, en todas las culturas, pues no se sabe de ninguna que no cambie (Lèvi-Strauss). La historicidad del ser humano es, precisamente, esto. Por tanto, cuando se propone insuflar esperanza en la pedagogía se está propugnando la introducción en ella de un sano optimismo que no es, en absoluto, ingenuo (“en las nubes”), sino que partiendo de la realidad dinámica propia del hombre y su historia, apueste por un futuro que ya interviene en el presente, mejorando las condiciones actuales. Así entiendo que es posible decir de la educación que perfecciona o mejora. Frente a la cerrazón de las descripciones fatalistas ancladas en un presente estático, propias de un cientificismo corto de miras, estaría la más amplia visión en la que la ciencia incluye en sí misma un sano escepticismo que implica la esperanza en un futuro posible y mejor. O sea, lo distinto introducido en lo conocido.

La esperanza, pues, se cimenta en la conciencia de lo inaprensible de la vida, en su carácter inabordable, en última instancia. Y lejos de angustiarnos ante una tarea que tiene tintes de infinitud, es aquí donde encontramos la fuerza para seguir educando; en la convicción de que siempre habrá una próxima estación que, como dice el cantante Manu Chao, es la “esperanza”.

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