viernes, 26 de octubre de 2007

Un leve soplo



En el post anterior mencioné la “horizontalidad”, idea que puede asociarse a una forma (“freiriana”) de entender la educación y que implica, además, un posicionamiento concreto respecto al ser humano y la libertad. He escrito sobre ello en varios artículos aparecidos en revistas de filosofía y pedagogía, alguno de los cuales está on line y lo enlazo en los vínculos de la barra vertical de la derecha en el presente blog. Pero cada vez siento más que el desarrollo conceptual de un asunto teórico requiere un tratamiento paralelo en la forma de narración. Hay verdades que pueden (y a veces deben) abordarse narrativamente, aspecto sobre el que parte de la filosofía contemporánea ha discurrido a menudo y que es recogido por algunas perspectivas. Se trata del papel de la relectura y de la memoria de una tradición cuyo desarrollo puede ser temporal, biográfico, simbólico. Esta forma, propia del arte y la literatura, responde mejor a la ambigüedad que percibimos en la realidad, su problemática “oscuridad”, su caos y su orden. Esto es fácilmente comprensible cuando impartimos clases, pues la exposición didáctica requiere del ejemplo, la vivencia y la metáfora, para re-producir la conmoción que origina el pensar, unir la teoría con la praxis, matizar y vitalizar. Se trata, en especial si hay diálogo e intervenciones por parte de los alumnos, de una especie de juego en el que los matices y facetas de la compleja realidad se multiplican, perdiéndose, tal vez, en claridad expositiva (linealidad) pero ganándose, creo, en aproximación al mundo real y en fidelidad al acto de pensar, el cual seguramente es antes circular que lineal. Supongo que esto es una manera de enfocar el pensamiento y la didáctica discutible, pero antigua y reconocida como la filosofía, que según dicen algunos empezó como pedagogía y diálogo, y como crítica del mito desde el propio mito y a partir de él, sin llegar a salir del todo. Por eso, es bueno utilizar el cine. Comentar imágenes en movimiento, la narración cinematográfica, historias contadas por otros pero que compartimos, se parece a lo que quizás se hace al pensar, que no es sino, como digo, la confrontación y relectura de la tradición heredada. A partir de la tradición, uno se busca, se conoce y, si es oportuno, critica. Como afirma la película Blade Runner, historias y recuerdos nos componen, al fin y al cabo, por eso, perderlos es perder la identidad y el futuro.

En este sentido, pensar la libertad (¿mito? ¿utopía?¿fantasma? ¿postulado práctico? ¿ideal político? ¿prejuicio?) ha movilizado la imaginación, el deseo, la creatividad y la acción humana. Y, como he comenzado mencionando, se puede entender asociada a una “horizontalidad” que describo en algún artículo como una suerte de relación entre las personas de tipo horizontal, o sea, en la que nadie exige y pone (im-pone) metas al interlocutor en el desarrollo del diálogo en que consiste la cultura. Aunque esto no siempre es así, evidentemente. Pero si se da, superando dificilísimos obstáculos de todo tipo (psicológicos, sociales, económicos), si una comunidad o persona lo logra, entonces, brota lo mejor del ser humano que permanecía asfixiado, oculto. Se trata de una búsqueda, de un parto doloroso, como dice Paulo Freire, en el que nos jugamos mucho. Apostar por esta forma de estar en el mundo y de ser con los demás supone mucho esfuerzo y peligro, pero repito, en el intento algo especial brota, algo que merece la pena. El cine lo ha sugerido con la película Alguien voló sobre el nido del cuco, con Jack Nicholson, que hace un inolvidable papel. Polémica aparte, la del malentendido que pudo originar en relación con la psiquiatría y el fondo de anti-psiquiatría con que quiso verse, es mucho más. La película representa una honda reflexión sobre la libertad, a la que se describe en términos de horizontalidad. Este hecho al que me acabo de referir, el hecho de que cuando hay una interacción fuera del poder (de la forma de poder, de estructuración vertical, que todos conocemos y que todo lo impregna), algo brota. Jack Nicholson, su personaje, resulta una especie de brisa suave o leve soplo que produce vida en los locos internos en el manicomio que acostumbran a verse y actuar como le dicen, a veces, dentro de un fuerte espíritu autoritario que emplea en ocasiones una farsa de diálogo. Los mecanismos sutiles (y no tan sutiles) de la verticalidad producen aquietamiento y pereza en ellos, que dejan de ser personas sanas. (De hecho, según la tesis del filme, polémica y discutible, es esa opresión lo que está en el origen de su enfermedad). Esto se muestra en el filme, ya un clásico. Es una película fuerte, estridente, criticable, como digo, que expresa, con cierta simpleza pero con contundencia, las dos maneras básicas de entender las relaciones humanas y por ende, la verdadera libertad y salud.

Un abrazo.

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