lunes, 26 de noviembre de 2007

Dos revelaciones nocturnas


Una figura enormemente atractiva de la historia del pensamiento es Pascal. Éste, de manera opuesta a Descartes, es conducido por la ciencia no a la certidumbre, sino a la inquietud existencial. Como es sabido, Pascal fue un gran científico, precoz, que en un principio llevaba la trayectoria de Descartes, quien era mayor que él. Ambos, como señala Hans Küng, tuvieron dos respectivas revelaciones, en sendas noches, unas horas de nocturna lucidez de esas en que parece resplandecer, con sencilla obviedad, lo que tanto se andaba buscando. La revelación de Descartes, en una fría noche de noviembre, fue el descubrimiento de una columna sobre la cual edificaría un sistema filosófico y racional, aplicando la duda metódica para empezar de cero (supuestamente), un sistema en el que se fundamentaría racionalmente el mundo a partir de la duda y pasando por la certidumbre del cogito. No debió parecerle poco al sabio porque prometió, y lo cumplió, llevar a cabo una peregrinación al santuario de Loreto, creo que en Italia. Desde la base de un yo claro y evidente justificó un Dios que, a su vez, le sirvió para justificar el mundo: la realidad, bondad y perfección del mundo.
Menos suerte tuvo el bueno de Blaise Pascal. Éste no encontró en las certezas del yo o la razón la justificación de Dios ni consuelo para la existencia humana. El Dios de los filósofos, el divino sustentador del universo ex – machina de su maestro Descartes, no satisfacía su angustia existencial, y por tanto, su revelación particular fue por otros derroteros. En otra noche de noviembre, varios años después de la noche cartesiana, Pascal vino a descubrir que sólo un Dios cristiano, es decir, un Dios humano que responde a humanas inquietudes podía consolar su vacío. Antes, había escrito: “el silencio eterno de estos espacios infinitos me espanta.”, porque la ciencia, lejos de asegurarle la existencia y un sentido o certeza vital, le había inquietado profundamente. Con el infinito el horror también se hace infinito. Lo que la física, las matemáticas o la química le descubrían no era, precisamente, una realidad suave, abarcable, un manso trono para que reine el hombre, sino, antes bien, un brutal destronamiento. La ciencia lo corroía. El descubrimiento del vertiginoso mundo de lo minúsculo, tanto como el mundo de las enormes distancias y leyes cosmológicas, situaba al hombre en su miseria, como “gusano” cuya única grandeza es la de saberse miserable, miserables él y su orgulloso instrumento la razón descarnada. Pascal nos remite, pues, a una grandeza humana que consiste, precisamente, sólo en saber hasta qué punto no somos grandes y en conocer los límites del instrumento de conocer.
Dos maneras de entender y abordar la existencia humana. Merece la pena reflexionarlas. Descartes, tal vez, sobrevalora la ciencia y la razón; o, mejor, calla los aspectos que éstas no cubren. Por eso su Dios no responde a las necesidades vitales de los hombres “pensantes”. Mientras que para Pascal, la justificación de la existencia pasaba por una apuesta por el Dios que ofrece un rostro humano, propio del cristianismo, que sí responde a los anhelos más íntimos y humanos. Sólo así, sintió, se podía cubrir el vacío no cubierto por la ciencia racionalista, que en el fondo es lo que más nos interesa cubrir. Sobre todo esto no dejó escrito un sistema filosófico, ni siquiera una obra acabada, sino que apenas unos papeles descubiertos tras su muerte, parece que en el cajón de la mesita de noche. No había cumplido cuarenta años. Los papeles han pasado a la historia como los “Pensamientos”, una de las lecturas más inquietantes que pueden hacerse y que tuvieron la virtud de irritar tanto a ateos como a creyentes.

Un abrazo.

No hay comentarios: