lunes, 19 de noviembre de 2007

La seducción de Kagemusha










Hace unos días he visto la película Kagemusha: la sombra del guerrero de Akira Kurosawa. Cuenta la historia de un bandido que es salvado de la pena de muerte para asumir la función de doble de un importante general. Cuando éste es herido en una batalla y muere, los oficiales subordinados, jefes de un ejército que controla una amplia zona de Japón y que tiene sometidos a otros territorios, deciden que el bandido finja durante dos años que es el original, ocultando durante ese tiempo la muerte del guerrero. Al principio el doble elude esta misión, pero cuando es abandonado a su albedrío, decide volver a la corte de los generales y colaborar con el plan, fascinado por la noble tarea que va a ejecutar y la aristocrática solemnidad del personaje que debe emular. De lo mucho que sugiere esta excelente narración cinematográfica, deseo destacar un aspecto: esta absorbente y magnética relación del doble con su modelo. Éste es ocultado, una vez muerto, en una gran tinaja, y es el cadáver del gran guerrero visto por su despavorido doble por casualidad el que ejerce la potente atracción. El gran general muerto y encerrado en la tinaja en posición sentado, se le asemeja a un enorme demonio, una figura hierática, de gesto aterrador y detenida en su solemnidad, fiel reflejo corpóreo de una sobrehumana divinidad procedente de los sueños, o, más exactamente, de las pesadillas de los hombres. Es esta visión, junto con el recuerdo de la corte y las maneras de gran guerrero que el doble debió aprender con anterioridad, reprimiendo sus risotadas exageradas y maneras vulgares, lo que ejerce esa fascinación de que es víctima, y que explica su vuelta para asumir del todo el papel que le había poseído fatalmente. El pobre bandido resulta conmocionado por el porte y la conducta, sobrehumana, que debe adoptar para fingir bien su papel. En las batallas debe mantenerse sentado estoicamente, en medio del terror de las matanzas y el peligro de muerte, impávido, como una estatua impasible e inmóvil, confortando así a sus soldados y manteniendo la calma justo cuando el pánico golpea a los combatientes. Debe situarse en un plano superior, elevado, paterno. Así, el papel le obliga a comportarse como algo superior. La influencia del teatro nô de la élite cortesana japonesa, con matices de contención budista, es patente a lo largo del filme. El doble es, en efecto, obligado por sí mismo a anularse como persona, a contener sus sentimientos y a adoptar una pose y maneras propias de un héroe épico, de un modelo adorado y querido por los soldados y los hombres de sus dominios.

Pueden hacerse varias lecturas de este acontecimiento que muestra la película, de esta metamorfosis que consiste en la conversión en la máscara que uno representa. Los seres humanos, en efecto, adoptamos modelos y actuamos, en gran medida, por imitación. Pero estos hieráticos modelos de la aristocracia aparecen envueltos en un halo de sacralidad que impulsan a la adoración. Resulta impresionante contemplar los movimientos del gran guerrero original cuando, vivo y real, dirige a sus soldados. Así, las grandes figuras nos seducen con una magia irresistible y ajena, alejada de lo cotidiano. Son visiones falsas, en la medida en que ningún hombre es exactamente el gran general que se presenta en ellas, que pueden cegar a quien las contempla y a quien las representa. Estas peligrosas estatuas en las que la vida parece ralentizarse, como de hielo, de envidiada elegancia, son imitadas y deseadas. Llenan, también, nuestros sueños y surgen, a veces de forma espantosa, en los lagos apacibles, como la figura que martiriza a su doble como venida de otro mundo, como un dios de viejas mitologías, y que trastorna al pobre bandido que se identifica con ella, queriendo ser ella para servirle. Y en esta servidumbre resulta muerto. La tarea ocupa completamente su persona, como una posesión, y siente que es parte de algo grande, de mayores proporciones que la vida corriente. Por eso sacrifica todo. Su vida miserable, a la luz de tan poderosa esfinge, parece cobrar importancia y merecerle la pena. La persona real se va ocultando, desapareciendo en un holocausto suicida dedicado a la divinidad que reina entre los samurais, el temible general que en vida soñaba con conquistar la capital Kyoto. Y la vida deja de serlo para ser, antes bien, epopeya, la epopeya que cubre la vida de un vulgar ser humano.

En la película se evidencia la peligrosa trampa que esconde todo este sacrificio. La seducción de la guerra acaba matando al propio guerrero y Kagemusha, en el fondo, no es más que una sombra. Porque no es humano, ya ha dejado de serlo. El espectador del filme puede preguntarse si tal sacrificio merece la pena. Hay autores que han buscado motivos psicológicos, o de otro tipo, en estas brutalidades cotidianas, en estas transformaciones de nigromante, en este aristocrático forzamiento de la realidad y auto-negación. En el altar humeante del dios al que sacrificamos todo yacen calientes los restos de la persona sacrificada. Los motivos de esta seducción alienante pueden ser muchos pero desde luego una cosa aparece clara en la película: en todo ello hay una cierta muerte de lo humano, una suerte de suicidio. En este sentido, la pretensión de que la existencia humana es una representación que obedece a un magnífico guión de dioses olímpicos es una creencia asesina. A veces, los hombres, que no soportan su vida corriente ni ser simples seres humanos, intentan transfigurarse extrañamente en lo que no son, y para eso, inventan que hay hombres mejores que en el fondo sólo son sombras de la nada. A estas sombras las siguen, hondamente fascinados, como los ratones de Hamelín, a un futuro que ¡Ay!, ya deja de pertenecerles.

Un abrazo.

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