jueves, 8 de noviembre de 2007

La vida de los otros


La vida de los otros es el significativo título, que merece recalcarse, de la excelente película alemana ganadora del oscar 2006 a la mejor película de habla no inglesa. Su protagonista es un capitán de la Stasi (policía política de la antigua RDA) que hace su trabajo con eficiencia, convencido del deber moral y político que le mueve a detener, espiar e “interrogar” a los elementos subversivos, o sea, a los oponentes a un gobierno que administraba el paraíso en la tierra, el cielo de los trabajadores. Él cree en esto y por ello se toma con profesionalidad la misión de investigar a un artista “subversivo”. En tales lares, subversivo era cualquier persona que supuestamente manifestara inclinaciones “capitalistas”, pro americanas, lo que quería decir en realidad cualquier ciudadano discrepante o crítico, que por tanto era considerado enemigo. Todo lo que se saliera de las interpretaciones o decisiones gubernamentales era combatido y perseguido tenazmente. La realidad era que, como presenta el filme, aquella "estación terminal" de la historia era una asfixiante dictadura, corrupta, y en la que se mantenían los privilegios para algunos, existiendo una compleja burocracia estatal que controlaba todo y vigilaba continuamente a sus súbditos como un Gran Hermano. Se dice que uno de cada cuatro o cinco ciudadanos era espía de sus propios conciudadanos. Pero a lo largo de la película (evitaré dar detalles para no destrozar el suspense) se produce un curioso proceso personal en el eficaz agente. Debido al seguimiento de los movimientos y a la escucha de todas las conversaciones de los artistas espiados, se puede decir que toma conciencia, abre los ojos. El contacto con los “otros” le cambia la mirada, por lo que éstos se transforman de enemigos en personas. Este contacto, sin que sus espiados lo supieran, le obliga a cuestionarse su oficio y el paraíso igualitario al que servía. Le descubre las evidentes mentiras de un régimen cuyo único objeto era autoperpetuarse y que jugaba cínicamente con las ilusiones utópicas y las palabras. Descubre nuestro confundido capitán que había vivido engañado hasta el momento, y cambia, a pesar de jugarse la carrera y el prestigio con ello, en un acto de heroico arrojo. Es, por tanto, la historia de una suerte de “conversión” que me ha venido a la memoria al leer algunos pasajes del teólogo Metz sobre la necesidad de ser interpelado por el otro, por su rostro. Según él, es precisamente esta radical heterogeneidad, o sea, lo fundamentalmente distinto a nosotros lo que nos descubre quiénes somos. Quiero decir, frente a la idea de dominio a la que subyace una visión monocéntrica del mundo, se propugna una coexistencia, mutuamente enriquecedora, con el diferente; hablando en plata, justo con quien tenemos poco en común, con quien se expresa en lenguas extrañas, profesa religiones distintas o incomprensibles herejías. Es precisamente el contacto con lo poco o lo casi nada parecido a nosotros lo que nos hace crecer, desde una mentalidad de encuentro y no de conquista. Sin buscar en el otro nuestro mismo dolor, nuestras mismas pasiones o, sencillamente, nuestros propios rasgos, precisamente por su lejanía puede aproximarnos a una mejor realización de lo propio. El otro nos rompe los esquemas y hace, también, que se tambalee nuestra seguridad. Por eso se le teme. Más allá de simple mano de obra barata o inmigrante, por ejemplo, el otro es persona que ejerce su magisterio en nosotros, aunque esto, como digo, es difícil de asumir por algunos. En este sentido, se puede interpretar el racismo y la xenofobia como una proyección de cierto odio a sí mismo o por la vida, en cuanto cambio y movimiento, según dicen algunos psicólogos. Y es cierto. Nos morimos en un estulto suicidio si nos falta la bocanada y el aliento del otro, su clamor, su dolor. El otro nos descoloca, nos inquieta, nos asusta, pero gracias a su continuo desafío nos mueve. Sitúa nuestras menudencias como lo que son, es decir, como menudencias, nos recuerda que no regimos nosotros el mundo y que tenemos mucho que aprender, como personas, como pueblos o como civilización. El dominio, en cambio, es ciego, ignorante, monótono, aburrido. Como recuerda también Metz, esto último es lo propio de las visiones fundamentalistas, de cualquier color, que se resisten a abrir las puertas a lo diferente. Falta en ellas el viento que oxigena y la necesaria interpelación cuestionadora. Así pues, no se trata de integrar al otro en cuanto extensión de uno mismo, que es lo propio de la lógica del poder, sino de amar al otro en cuanto extraño. Su rostro es otro rostro, su clamor y sus dolores son otros, pero nos desafían y se dirigen, exactamente, a nosotros. Gracias a estos dolores ajenos que hacemos dolorosamente también nuestros, por ejemplo, se descorren los velos que nos impiden ver, se nos abren los ojos, se derrumban las falsas seguridades y felicidades, a veces tan contradictorias y peligrosas, y el mundo se nos manifiesta un poco más como verdaderamente es.

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