miércoles, 14 de noviembre de 2007

Paradojas que matan


Albert Camus estaba especialmente preocupado por los derroteros que las revoluciones podían tomar, por sus contradicciones y paradojas. Los discursos a menudo engañan, pues sugieren una cosa cuando en realidad se está practicando otra. La dialéctica impregna las palabras, de manera que puede ocurrir que los conceptos grandilocuentes encubran precisamente una realidad o intenciones contrarias. Esta ambigüedad del ser humano fue resaltada, entre otros muchos, por Freud, que enseñó, como buen maestro de la sospecha, a recelar de las apariencias. Por eso, un movimiento político o religioso que se plantea un bien concreto para una comunidad humana o, sencillamente, para la humanidad entera, pongamos por caso unos luchadores que pretendan buscar, y lo afirmen, la justicia, pueden estar hundiéndose en el abismo y hundiendo a otros. Unas veces por ignorancia, otras por efecto de oscuros mecanismos psicológicos relacionados con la aceptación de la libertad (Fromm), o tal vez por rabia pura y dura. Es el caso de los terroristas que nos presenta Camus en su pieza teatral Los justos. Lo importante en ella es ver hasta dónde puede llegar una persona convencida de la bondad de sus ideales. Éstos, los ideales, pueden cegar y ofuscar, en efecto, el entendimiento. Una idea “liberadora” puede pesar tanto que no sólo no libere, sino que oprima. Para que esto no ocurra, podría funcionar mirar a los ojos a quien se pretende sacrificar, pero para cuando se ha decidido la matanza quizás sea tarde. Todo se precipita en un remolino de muerte, en un baile macabro donde vence el más fuerte.

Camus nos sitúa en la Rusia del XIX, donde un grupo de revolucionarios planea un atentado contra un pariente del zar. Se dan algunos intentos, el primero fallido debido a la presencia de niños en la carroza que debía volar por los aires. Los rebeldes discuten y razonan. Unos de ellos, lleno de odio, afirma que los niños de hoy pueden y deben sacrificarse por los niños de mañana. No se molesta en mirarles a los ojos. ¿Cómo matar a la misma humanidad que se pretende liberar? La contradicción les abruma, discuten y otro personaje, menos conducido por el odio, pero implacable razonador, decide: la humanidad del futuro merece el sacrificio de la humanidad del presente. Y matan. Lamentablemente, la muerte se desata, la vida deja de importar y el bienintencionado razonador acaba aceptando su condena a muerte. En la víspera de la ejecución, alguien le recuerda que por encima de todo, cuando se mata, se mata a una persona. Supongo que las justificaciones de un verdugo no tienen fin, y que incluso en la otra vida, el benefactor seguirá buscando y creyendo a ciencia cierta las razones que lo llevaron a matar. Pero Camus, tan implicado y valiente en asuntos de ética, lucha contra el nazismo y en la búsqueda y anhelo de justicia, no aprobó esta conducta de los exaltados rusos. Es algo parecido a lo que narra, con mucha mayor hondura y finura psicológica Dostoyeski en su novela Los demonios, cuyo comentario inauguró el presente blog. Éste, también ruso, sabía bien de qué hablaba. Como personas profundas y buenas que eran, les inquietaba el mal que puede llegar a hacerse en nombre del bien. Estudiaron, por tanto, las razones, psicología y conducta de los que para salvar al hombre matan al hombre, y nos dejaron auténticos monumentos literarios y filosóficos donde expresan y narran sus conclusiones. A la pregunta, planteada por la obra Los justos, de cómo son capaces incluso de matar niños en nombre de la justicia y la libertad, la respuesta de Camus es espantosamente sencilla: no los miran.

Un abrazo.

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