jueves, 29 de noviembre de 2007

¿Qué mundo es el primero?


Estoy leyendo a Jon Sobrino, un libro de título llamativo: “Fuera de los pobres no hay salvación. Pequeños ensayos utópicos-proféticos.”, publicado este año. En su primer ensayo-capítulo expresa la necesidad, presente también en Ellacuría, de “hacerse cargo de la realidad”, lo cual quiere decir, de su negatividad, del lastre de muerte que arrastra. En efecto, como muchos han resaltado y como los datos reflejan ineludiblemente, vivimos en un mundo que mata, que mata injustamente. Dice el teólogo vasco-salvadoreño, respecto a esa plusvalía macabra que produce la realidad social contemporánea: “A esa muerte, producto de la injusticia, acompaña la crueldad, el desprecio y, por otra parte, el encubrimiento.” Además, subraya, al pueblo que padece se le invisibiliza, o sea, se le ningunea. Según cuenta, había dicho Ellacuría que “el pueblo crucificado es como un espejo invertido en el cual, al verse desfigurado, el Primer Mundo se ve en su verdad, que intenta ocultar o disimular.” Algo similar, creo, al efecto literario producido por Kafka, que prácticamente nos arroja a la cara nuestra podredumbre. Es decir, el Tercer Mundo cuenta verdades, verdades incómodas. Pero me ha impresionado en el texto del teólogo la descripción de algo que avala mi modesta experiencia y la de muchas otras personas que he conocido. Se trata del efecto que el denominado Tercer Mundo ejerce en los europeos que viajan o hemos viajado a esos países. La experiencia es similar al despertar de un sueño, de manera que todo a la vuelta se torna, en la realidad de procedencia, irreal, y es esa verdad, por llamarla así, expresada y vivida en el Tercer Mundo la que ocupa el lugar que le corresponde, o sea, el de la realidad. El Tercer Mundo te regala con algo. Eres objeto de una generosa donación, sin arrogancia, que llega con la naturalidad de lo auténtico. Percibes que hay una riqueza que anda por allí y de la que se carece en el mundo rico, el mundo en que tenemos todo lo material cubierto. ¡En realidad, quienes malvivimos existencias precarias somos los primermundistas! Cita Jon Sobrino a un cierto clérigo que decía a los brutales encomenderos, tras echarles en cara los horrores que cometían con quienes también eran personas: “¿Cómo estáis en sueño tan letárgico dormidos?”. Y ésa es la sensación, en efecto, que uno tiene al regresar a la opulenta y autocomplaciente Europa. La de que caminan sonámbulos por sus calles. Es una sensación muy difícil de explicar, que he visto (o creído ver) reflejada en el cine cuando en cierta escena de “Diamante de sangre” alguien que procede del horror de las guerras civiles africanas, se detiene en una rica calle de Londres, ante el escaparate de una gran joyería. El Primer Mundo, entonces, parece un sueño, y todos, en efecto, "duermen" en el Londres de las tiendas de lujo.

Paradójicamente, y sin que esto suponga una exaltación romántica de la pobreza, ni extravagante idealización de lo horrible, en los pobres se puede encontrar una sabiduría y verdades imposibles de reconocer en la opulencia. Dice Sobrino: “en contacto con el Tercer Mundo muchos encuentran ‘algo’ que no encuentran en el mundo de la riqueza, y ese ‘algo’ es de una calidad humana superior al que éste produce.” Tal vez sea esa extraña mezcla antitética de muerte y vida, ambas con una intensidad casi insoportable. Es en medio del horror cuando los seres humanos se encuentran con los seres humanos, desarrollan una voluntad de vida y de compartir que, curiosamente, cuando nadamos en la abundancia no olemos siquiera. Así se ha visto en los refugiados de Rwuanda o supervivientes de las guerras y las masacres de Centroamérica, entre muchos otros sitios. Porque Autschwitz perdura y continúa sucediendo, constantemente. De manera extraña, justo ahí, cuando todo debería dejar de tener sentido, cuando la vida se torna supervivencia, se encuentra lo mejor del ser humano (se encuentra el ser humano).

Añade Jon Sobrino: “El lugar en que convergen como por necesidad profetismo y utopía es el Tercer Mundo, donde la injusticia y la muerte son intolerables, y donde la esperanza es como la quintaesencia de la vida.” Allí reluce la esperanza que nosotros, ahítos de nuestras bacanales, perdimos.

Un abrazo.

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