jueves, 22 de noviembre de 2007

Un autor que no pasa de moda


Recuerdo una vez que alguien me impulsó a rectificar, amablemente, una opinión que expresé en una conferencia que dicté acerca de la tolerancia. Este buen amigo, una vez concluida la charla, me comentó que Erich Fromm, contra lo que yo había dicho en algún momento de mi exposición, está de actualidad. Es un hecho que sus libros se venden con facilidad, que es reeditado continuamente y que se elaboran trabajos y tesis doctorales sobre el mismo. Sus teorías son sugerentes y constituyen un buen instrumento para aproximarse a los fenómenos de fanatismo e intolerancia en las sociedades actuales. En efecto, al margen de su mayor o menor relevancia hoy día, creo que en Fromm tenemos un autor cultísimo, de muy buena prosa, que aúna distintas corrientes que van del ámbito de lo religioso a la filosofía, sociología y psicología. Yo lo suelo comentar e incluir en las clases que imparto sobre tolerancia y filosofía de la educación. Es un paso previo para la correcta comprensión de experiencias educativas como la escuela Summerhill o la pedagogía liberadora del genial educador brasileño Paulo Freire. Pero no sólo le interesa a futuros pedagogos o maestros, como son mis alumnos, sino a cualquier persona interesada en los asuntos humanos. Fue un autor tildado de conservadurismo por Reich o Marcuse, con quienes comparte la denominación de freudomarxista, que diluyó el eros o sexualidad en el amplio y difuso ámbito de la cultura, alejándose de la genitalidad presente en la visión presentada por Reich y concediéndole mayor importancia a la satisfacción sublimada y mediatizada de las pulsiones vitales. Lo específicamente humano es satisfacer las necesidades culturalmente.

Según Fromm, el cambio social viene dado por una transformación de las estructuras sociales y, al mismo tiempo, de la psique humana. Es el énfasis en esto último lo que lo caracteriza en especial. Sostiene que la configuración de la economía es capaz de reproducir personas cuyo carácter se acopla a las necesidades de los sistemas económicos, o sea, nuestro mundo capitalista nos configura como individuos consumidores en una confusión entre tener y ser que sugiere una criticable receta para la felicidad: a mayor posesión de bienes y cosas, mayor felicidad. Es la asunción de esta receta, creída e interiorizada, la que origina que además de consumir y mirar escaparates, seamos profundamente infelices. El origen de la neurosis es, por tanto, social. La sociedad enferma (o sea, no acorde con las auténticas necesidades de realización humana) nos hace enfermos. Esta enfermedad es descrita con el concepto de resonancias marxistas de alienación o enajenación, que no es sino el estado en el que el sujeto se deja llevar, inconscientemente, por los deseos y “órdenes” del propio sistema económico; por lógicas ajenas, en definitiva. Esta asunción de lógicas ajenas es facilitada y preparada, a su vez, por en atávico miedo a la libertad que sienten los seres humanos en su desarrollo. Esto quiere decir que, a lo largo del proceso de individuación, o conversión en sujeto adulto, separado del medio y responsable, por el cual nos hacemos capaces de analizar objetivamente y decidir autónomamente, podemos sufrir un pánico que se resuelve en retrocesos a los estadios de inmadurez previos, en los que las personas viven fusionadas con su medio. Esto explicaría, por ejemplo, el nazismo, las sectas, el fundamentalismo, etc. Se trataría, en suma, de la incapacidad para ser libres. Pero existe una manera de resolver este miedo sanamente, que es el amor, tal como lo define Fromm: un vínculo con los otros que no resulta enajenante, antes bien, supone una activación y mejora de la propia personalidad, un desarrollo ni solitario ni dependiente o pasivo, sino activo y en relación con el otro diferente.

Bien, sin habérmelo propuesto, resulta que he hecho una síntesis de las teorías de Fromm, que, al menos, puede dar una idea de su pensamiento, entre lo social y lo psicológico-individual. Espero no haberlo traicionado en exceso. Deseo decir ahora que, al margen de algunas simplicidades que pudieran verse en él, influencias de autores discutibles o de ciertas religiones, creo que merece la pena leerlo, en especial durante la juventud, para quienes deberán a fin de cuentas, enseñar a ser libres. Los educadores pueden tener en él una cierta orientación para enfocar la libertad, el crecimiento, la salud, todo eso que pretendemos cuando educamos. Fromm nos previene, además, de ciertas patologías en las relaciones humanas, también en la relación educativa, cómo no. Tal vez no haya que detenerse sólo en este enfoque del autor freudomarxista, pero sí es cierto que puede ser un buen comienzo para el “vuelo intelectual”. Numerosos alumnos míos (no todos) han disfrutado con su lectura, les ha hecho pensar, cambiar o ampliar su perspectiva y, sobre todo, prevenirse de algunas peligrosas tendencias existentes en nuestras sociedades, unas sociedades que nadie en su sano juicio podría calificar de humanas, felices o sanas. Desde luego, es difícil definir y manejar conceptos como “humano”, “salud” o “felicidad”, pero que algo anda mal en nuestro mundo (llámese como se quiera) salta a la vista. Erich Fromm no fue pesimista; al contrario, sus textos rebosan optimismo (casi ingenuo optimismo), pero no pudo silenciar lo evidente, como creo que tampoco debemos hacerlo nosotros. Es, si se quiere ver así, una tarea obligada.

Un abrazo.

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