viernes, 14 de diciembre de 2007

Autoengaño y justicia.


He terminado de leer el libro de José M. Castillo al que me referí en el post anterior. Ha resultado una excelente lectura en la que, entre muchos otros aspectos, se muestra que con escisiones entre teoría y praxis o dualismos a la griega entre lo terreno y lo celestial, el alma y el cuerpo, resulta una distorsión del cristianismo y la ética. Según el teólogo, los modelos éticos de inspiración estoica que enfatizan una ética de la virtud, o del perfeccionamiento del individuo, una suerte de pureza moral que no sale del propio sujeto, interiorista y espiritualista, estos modelos, digo, propenden al autoengaño y al colaboracionismo con el mal. Cultivando la virtud en un sentido platónico, el bien no sale de uno mismo, en una suerte de elitismo más o menos soterrado que no sólo no incide en la mejora del mundo, sino que contribuye a la perpetuación de las injusticias, eso sí, con la mejor conciencia. Es la paradoja de quien actúa de buena fe, de la persona muy “espiritual” que a la hora de combatir el mal, decide “ser prudente”, “moderada”, “atender a todas las partes”, etc. Castillo resalta la incongruencia de esta actitud, tan extendida, con el mensaje de los evangelios sinópticos, en cuanto escritos del Nuevo Testamento que no están contaminados de helenismo en exceso.

Hay que darle la razón a este coherente y comprometido teólogo respecto a, como he expresado en post anteriores, la enorme capacidad de autoengaño que llegamos a tener los seres humanos. Desde la virtud personal y la moderación se legitiman, de hecho, graves injusticias que en términos teológicos son el más puro mal, el pecado que mata. Las visiones dualistas promueven, en este sentido, sangrantes incoherencias que llegan a justificar los tan antievangélicos ejercicio del poder y el dinero. Sin necesidad de participar de la fe cristiana, cualquier persona que desee combatir la injusticia ha de percatarse de que no hay excusa en cuanto a la riqueza o el poder. De éste hablé someramente en el post anterior… y del dinero, ¿qué decir? Según Castillo, está probado que la riqueza, tal como está estructurada la economía, se hace a costa de la pobreza de otros. Ése es el mal asociado al dinero. Sorprendentemente, una persona puede ir a misa, asistir a ejercicios espirituales y retiros, así como manifestar una conducta dulce y exquisita, teorizando sobre el amor y creyendo que vive la caridad como el valor más elevado. Pero al mismo tiempo, en esta suerte de patología de la moral, aun con la mejor conciencia y bondad, está contribuyendo a que reine la injusticia, por lo tanto, está colaborando directa y eficazmente con el mal. La moral de la “virtud” puede poner el acento en lo sexual (causando graves patologías psíquicas en los desorientados creyentes), pero increíblemente, se olvida del grave pecado que supone no protestar airada y enérgicamente contra una guerra. Se dice “hay guerras justas”, “es cosa de políticos”, “hay que estar con todos y ser imparcial”, todo lo cual se traduce en la permisividad más escandalosa con aquello que manifiestamente combatió Jesús, desde la parcialidad en la que se situó siempre, es decir, la centralidad de los pobres, los últimos y la “escoria social” en el reino de Dios.

La visión escindida, por tanto, resulta miope y ocasiona graves e incoherentes colaboraciones con el mal y la injusticia. Y lo peor es que la mala conciencia que ésta causa, se cura con oraciones y retiros que hacen al ingenuo y virtuoso fiel creerse en el buen camino. Pero no hablaría de esto en el blog, si no fuera porque es aplicable a cualquier persona, creyente o no creyente. La paradoja es que se puede afirmar haber escapado de esta trampa abandonando la fe, pero continuar comportándose de la misma manera. Esto se constata ante la ceguera crónica que manifiestan muchas personas a la hora de percatarse del mal y el daño que hacen a otros, así como de la injusticia cuyo reino contribuyen a perpetuar. Se trata muchas veces de la cómoda y conformista resignación que se justifica de mil maneras, apelando a la "prudencia" y que evita las inseguridades y peligros de la coherencia en la lucha por la justicia.


Un abrazo.

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