jueves, 27 de diciembre de 2007

La amarga ironía de un irlandés


Borges decía que el destino de los hombres es incierto y que manifiesta, a menudo, una gran ironía. Solía poner de ejemplo de esto el destino del escritor Jonathan Swift. Habiéndose convertido hoy en autor de historias para niños, como las de Gulliver, su literatura supone una contundente y amarga reflexión sobre el género humano. Como lector, personalmente, no recuerdo haber leído páginas más lúgubres que expresen mayor amargura sobre nuestra especie. No ya los primeros viajes de Gulliver, tan conocidos, a Liliput y al país de los gigantes, sino los que vienen después en su libro “Los viajes de Gulliver”. Al optimismo de la modernidad opone una humanidad de locos que confían, por ejemplo, en las máquinas más inverosímiles y en su capacidad para producir alimentos a partir de… excrementos, revirtiendo el proceso de la digestión. Además de los detalles escatológicos, que los hay, y muchos, en los viajes se van desmontando todas las ilusiones optimistas y la fe en la incipiente ciencia, la tecnología, la capacidad de los hombres para autogobernarse, los distintos regímenes políticos y muchas otras religiones de la modernidad.
Desde luego, tampoco se salva la fe cristiana en una humanidad a imagen y semejanza del Creador. De hecho, el último relato, el más duro de todos, presenta a los hombres como monos (los yahoos) que avergüenzan a Gulliver ante unos refinados y bondadosos huéspedes de nombre impronunciable que son, realmente, caballos. El caso es que los caballos que nos presenta contrastan vivamente con el género humano, al que superan en todo. Son altruistas, cultos, respetuosos, pacíficos, muy inteligentes y, con todo esto, dan una seria lección a la arrogancia de quienes, según Swift, no somos más que monos peleones y ruidosos. Según esto, la fe en estos “monos” es insostenible. Swift viene a decir que no tenemos remedio. No hay utopías, progreso ni evolución que nos salve, y toda confianza rousseauniana en la bondad innata de los hombres estaría equivocada. La humanidad merece el exilio de uno mismo, exilio que en sus últimos días vivió literalmente Swift, arcipreste de Dublín, inmerso en la demencia. En la cama, agonizante, no hacía más que repetir, por lo visto, “yo soy el que soy”, la afirmación bíblica que Yaveh le dice a Moisés y que puede interpretarse como una afirmación de la realidad del mundo sustentada por lo único verdaderamente real: Dios.
En el otro lado de esta desconfianza radical, por supuesto, está la confianza en la realidad, el sí a la realidad (tal vez extensible al hombre y a Dios) que intenta fundamentar y defender (creo que a duras penas) Hans Küng en su libro “¿Existe Dios?”. Este sí implica una visión radicalmente distinta, por la que sería posible la esperanza para los yahoos. Rousseau, en el extremo del sí a la humanidad, revierte los papeles e interpretaría a los bondadosos caballos de Swift como los auténticos seres humanos, ya no condenados a la miseria moral y de todo tipo de los impresentables yahoos. De este modo, los regímenes políticos pueden aproximarse a las formas democráticas y es posible la utopía como desenvolvimiento de esta potencialidad para el bien y el altruismo de los seres humanos.
Puede pensarse, sin embargo, que somos un poco yahoos y caballos bondadosos a la vez. Los descubrimientos científicos apuntarían a ello, y psicólogos como Jung que hablan de la sombra que nos constituye junto a lo más luminoso lo suscribirían. El ser humano sería gris, una mezcolanza en la que, según esto, predominaría una faceta u otra de la realidad humana.
En cualquier caso, la ácida crítica del irlandés Swift nos previene contra las visiones ingenuas que se empeñan en seguir leyendo la historia humana como un progreso lineal y ascendente. Para él, bajo el ropaje de la civilización, encontramos siempre a los escandalosos y harapientos yahoos. Y quizás no ande descaminado. Desde una lógica acorde con las tendencias sociales y económicas de nuestra civilización y el colonialismo, llega a defender en cierto ensayo con rigor y lenguaje científico que los niños en los orfanatos se críen para ser sacrificados y vendidos como carne. Así se sacaría rendimiento a su mantenimiento. Emplea numerosos argumentos y estadísticas para apoyar sus conclusiones caníbales, que expresa con una jerga aséptica, de asesor financiero, en la que creo que es la ironía con más mala leche que he leído nunca.

Felices fiestas.

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