domingo, 9 de diciembre de 2007

Sobre niños y parábolas


Me encuentro muy gratamente sorprendido por la lectura del libro del teólogo José María Castillo “El reino de Dios. Por la vida y la dignidad de los seres humanos”, publicado en su primera edición (lleva cinco) en 1999, Bilbao. Desarrolla con el lenguaje preciso, claro y sencillo al mismo tiempo, que le caracteriza, una visión del mensaje de Jesús, o sea, del núcleo del cristianismo que, además de suponer una excelente presentación del mismo, puede relacionarse en algunos aspectos con la vida social del hombre, más allá de la vivencia religiosa. Como hasta ahora he visto en pocos sitios, en lo que llevo leído, con contundencia desarrolla la problemática asociada al poder, cuando éste preside las relaciones humanas. Realiza una crítica de las relaciones de poder que cualquiera, creyente o no creyente, puede y debería meditar seriamente. En realidad, que el poder corrompe profundamente al ser humano que lo ejerce o que lo sufre, y que actúa enturbiando las relaciones sociales y, prácticamente, todo lo que toca, ha sido resaltado por numerosos pensadores a lo largo de la historia. La conocida crítica de Bakunin, independientemente de lo que se opine del movimiento anarquista, es razonablemente digna de ser suscrita, a la vista de lo que ha ocurrido en la historia humana: “Nada es tan peligroso para la moral privada del hombre como el hábito del mando. El hombre mejor, el más inteligente, el más desinteresado, el más generoso, el más puro, se echa a perder infaliblemente y siempre en ese oficio. Dos sentimientos inherentes al poder producen siempre esa desmoralización: el desprecio de las masas populares y la exageración del propio mérito.” En el plano religioso, afirma Castillo: “Lo que Jesús ponía en cuestión era la religión como poder.”, más precisamente, como poder que anula, poder que, aun con buenas intenciones, necesariamente rebaja a los demás, impidiendo su crecimiento, negando su alteridad. En términos teológicos lo expresa así, sintetizando su exposición anterior: “toda pretensión de situarse sobre los demás (o sobre cualquier persona) incapacita radicalmente para entender y vivir el reino de Dios. Y esto quiere decir que tal pretensión hace imposible encontrar al Dios de la vida y relacionarse con él.” (p. 124) El poder ciega para mirar al otro, y, por tanto, es tiránico por naturaleza. Según Castillo, es enemigo de la vida: “todas las agresiones contra la vida provienen de la pretensión de situarse unos por encima de otros.” (p. 133) Esta pretensión convierte al poderoso en sujeto de todos los derechos, exigiendo sometimiento en las relaciones con las demás personas, lo que, como dijo Fromm, puede trasladarse a cualquier ámbito de las relaciones humanas y los afectos. “Lo importante –dice Castillo- es que en cuanto uno quiere ‘hacerse el más grande’ o ‘ser el primero’, como dice el Evangelio, inevitablemente se produce la consiguiente agresión a la vida del otro o de los demás en general. Por eso, la condición primera y las más indispensable para tener acceso al Reino de Dios es hacerse como un niño.” (p. 133) Pero teniendo en cuenta que esto implica también a las estructuras de poder, no a la mera interioridad del sujeto. Por eso, “la estructura fundamental del Reino es precisamente la anulación de toda estructura que, de hecho, se convierta en agresión a la vida.”, o sea, toda estructura que ordene a los seres humanos en unos primeros, otros segundos, y otros últimos. ¡Qué lejos estamos de esto cuando echamos mano de nuestros tan amados rankings! Yo he, modestamente, estudiado el asunto, no desde el punto de vista teológico, pues no soy teólogo ni es ése mi propósito, en la exposición de la pedagogía de Paulo Freire y de Erich Fromm que he llevado a cabo en algunas publicaciones. Pueden encontrarse enlazadas en la barra vertical de la derecha del presente blog, en los enlaces titulados “artículos del autor”. Sé que no se debe simplificar y que conviene registrar bien los matices y razones específicas de cada pensador, pero, grosso modo, Castillo, Fromm y Freire dicen lo mismo acerca del poder. Para todos, en definitiva, el poder se relaciona con la muerte. Y no es cuestión de moralizar pensando que el poderoso es malo. No. Puede ser bueno y estar lleno de loables intenciones, pero el caso es que integrarse en la estructura basada en el ejercicio del poder ya mancha. Porque el poderoso puede autoengañarse, como enseña la psicología, creerse sus mentiras y justificaciones, para, en el fondo, alejarse de los demás, desde su incapacidad para verlos como personas.

Un abrazo.

No hay comentarios: