martes, 28 de agosto de 2007

Franz Kafka



Adorno decía de Kafka, en algún lugar, que éste expresa con su obra una especie de fuga que estriba en sumergirse en lo más hondo de la estructura patológica (social) que causa la neurosis. Es decir, Kafka desarrolla una denuncia consistente en mostrar las consecuencias de lo que no es sino una descarnada exageración de las tendencias existentes de hecho en una forma de vida específica, la de nuestra sociedad enferma. Se trata de una reducción al absurdo por la que la neurosis social se extiende al infinito y se manifiesta como lo que es. Así, el aislamiento y la incomunicación propios del mundo burgués (dicho de manera simple, el "ir cada uno a lo suyo") convierten, literalmente, a las personas en “repugnantes insectos” (vid. La metamorfosis). La pesadilla se muestra como tal, sin rodeos. Y en ese mostrarse mismo, se niega a sí misma, se impugna como forma de vida válida para el ser humano. El arte es capaz de afirmar y negar al mismo tiempo de esta forma, como también creyó el bueno de Walter Benjamin.
Algo de eso capta el lector, incluso el no relacionado con la filosofía, a partir del contacto con la perturbadora obra del praguense tuberculoso. He comprobado que en mis alumnos, por ejemplo, Kafka provoca asco, un cierto mareo, un desconcierto vital que puede denominarse pesimismo si aun no se es consciente de cuan real y llena de sentido es la crítica kafkiana a una humanidad degenerada como sinceramente creo que es la nuestra. Pero también, como una flecha, atraviesa y cala hondo. La presencia de Kafka tiñe la clase ese día y creo que a muchos nos hace pensar. Yo suelo leer en clase el final de El Proceso (error que no pocos me reprochan). El impacto suele ser, salvo excepciones, tremendo, contundente. Pero al menos, al horror de un sistema tan laberíntico como cerrado, se le abre una leve luz esperanzadora en la brevísima imagen y escena que no voy a revelar ahora (entiendo más razonable que lo haga el propio Kafka a quien, con curiosidad, emprenda su lectura). Esto ocurre en El proceso, pero no en El castillo, que constituye una espantosa pesadilla sin final, o sea, el propio infierno.
Kafka, por tanto, nos conduce a contemplar directamente nuestra miseria, pero también, sorprendentemente, a un atisbo de esperanza. Al menos yo así lo interpreto en las clases y lo contrasto con los alumnos. Es necesario hacerlo, porque como decía Paulo Freire, no hay educación sin esperanza (en realidad, sin esperanza no hay ni educación, ni universidad ni nada).
¿Qué nos queda? ¿Continuar la carrera infernal sin apearnos del tren furioso por raíles interminables? Esto cierra toda posibilidad al ser humano. O, más bien, detener el tren como sea, tirando del freno de emergencia, desde la consciencia de estar en un infierno del que el hombre merece salir. No, la vida no es mala. La vida la hemos hecho mala. Esta imagen del tren, de clara resonancia benjaminiana, la empleaba Reyes Mate en un artículo publicado hará unos meses en El País. En él señalaba que quizás nos hemos equivocado con el progreso, que, quizás, llamamos progreso a lo que no lo es, y que haríamos mejor en considerar si el progreso, o sea, la mejora real de la vida humana, acaso consista más bien en detener esta furia suicida de la que nadie parece percatarse.
Kafka nos perturba porque nos vemos en él. Lo tememos. Y porque aún no sabemos si todo acabará en una última metamorfosis que nos convierta en un repugnante insecto.

Relatos de Kafka: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/kafka/fk.htm

Relatos en Wikipedia: http://es.wikisource.org/wiki/Franz_Kafka

El proceso: http://www.librosgratisweb.com/html/kafka-franz/el-proceso/index.htm


Un fuerte y nada kafkiano abrazo

lunes, 27 de agosto de 2007

Sapere aude!


Rizar el rizo, buscar tres pies al gato, convertirse, en definitiva, en un socrático tábano es, si nos atenemos a la tradición filosófica, una de las características propias del buen filósofo. Es cierto que a veces la filosofía se ha tornado una tarea solipsista, ególatra, propia de un saber profesional y gremial cerrado en sí mismo, y, desde luego, se ha teorizado mucho con la mirada puesta en el ombligo. Pero, repito, esto ni tiene por qué ser así ni, de hecho, siempre es así. Como decía Kant en el opúsculo al que me referí en un post anterior, filosofar resulta incómodo, pero resulta que en ello nos va la mayoría de edad. Cuando ejercitamos la capacidad de cuestionar y preguntar que todos tenemos, capacidad que es ya filosófica de por sí, brotan las preguntas y la realidad parece ensancharse. Porque el enigma anda por todas partes.
A poco que uno asuma esta actitud propia del filósofo, o de cualquier persona mayor de edad, que diría Kant, le pueden irritar las visiones que dan respuesta para todo, y en la que, sospechosamente, hay unánime acuerdo. Cuando tenemos encendido el piloto de la incógnita, es difícil aceptar que todos, absolutamente todos, piensen lo mismo. Es bastante sospechoso. Y máxime si la procedencia de las opiniones es, nada menos, que la prensa oficial. Así, me he preguntado por qué en España hay tal acuerdo en los medios en detestar la figura del presidente de Venezuela Hugo Chávez. No sé por qué, pero hay algo extraño en tal unanimidad en los medios de una opulenta nación europea. ¿Algún españolito no viajero conoce Venezuela? Mi enfado y sospecha han aumentado leyendo el número actual (142-agosto) del periódico Le Monde Diplomatique. En portada aparece un breve artículo firmado por el director, Ignacio Ramonet.Tú también, querido lector, puedes leerlo si lo deseas pinchando en el siguiente enlace:

http://www.monde-diplomatique.es/isum/

Desconcertante, en efecto, esto de contrastar opiniones. Y más si se percata uno de que la fuente que acabo de citar es citable en tesis doctorales, vaya, que no es un fanzine de tres al cuarto. Pero contrastar opiniones, además de pesado y molesto, es bueno y muy filosófico. Te acerca a la verdad y a lo justo, que no obstante, seguirá sin dejarse agarrar. En el mismo número del referido periódico tenemos una larga y suculenta entrevista a Noam Chomsky. Tentado estoy de insertar algunos párrafos, pero no quiero abusar de tu paciencia, amigo lector, y sólo cito: “El sistema de control de las sociedades democráticas es muy eficaz; administra casi imperceptiblemente la línea directiva como el aire que respiramos. Uno no se da cuenta, y se imagina a veces estar ante un debate muy duro. En el fondo es infinitamente más eficaz que los sistemas totalitarios.” En esta entrevista, este incómodo norteamericano explica precisamente los mecanismos de lo que podríamos denominar censura y control sutil propios de las democracias tal como las vivimos. Es difícil, bien es cierto, que en ellas lleguemos a los estados de sitio y esas cosas… pero. En cualquier caso, hay que estrujarse el cerebro, no nos queda más remedio. Como Kant decía: sapere aude!, que significa ¡Atrévete a saber!

Un abrazo.

domingo, 26 de agosto de 2007

Sobre la salud y la enfermedad



¿Es posible abandonar un suculento puesto en la universidad para fundar un banco sin el fin de lucrarse personalmente? Parece imposible, pero existe gente que lo hace. En el enlace que pongo a continuación el lector puede encontrar un reportaje sobre el último premio Nóbel de la Paz, al que, a juicio de Luis de Sebastián, prestigioso economista de ESADE, debería habérsele otorgado más bien el premio Nóbel de Economía y no el de la Paz. Al parecer, no es beneficencia ni limosna lo que se lleva a cabo con los bancos de pobres o de microcréditos, cuyo padre es este laureado ciudadano de Bangladesh, Muhhammad Yunus, sino la extensión de riqueza y bienestar al mayor número posible de personas, o sea, creación de riqueza, es decir, el logro ideal de toda economía. ¿No dicen eso? Bien, yo no soy economista y no me voy a meter en camisas de once varas. Simplemente aconsejo la lectura del reportaje que enlazo, claro, fácil y conciso sobre la trayectoria de este hombre, ofrecido en una revista on-line (llamada “Fusión”) que acabo de descubrir y que tiene muy buena pinta.

http://www.revistafusion.com/2000/octubre/repor85.htm

En estos días, debemos lamentar el horror de un terrible terremoto en Perú y un huracán en México que está asolando regiones vecinas del Caribe, más el Monzón en India o Nepal. Es difícil imaginar para quien no lo conoce, el tremendo pánico y la enorme catástrofe para las personas que supone un drama semejante.

Pero, por otro lado, creo que es para alegrarse la victoria contra Novartis en el pleito planteado en India entre dicha compañía farmacéutica y el Estado indio que fabrica medicamentos genéricos mucho más baratos y que salvan la vida de millones de personas para quienes los precios de Novartis son inaccesibles.

Creo que hay algo soterrado que relaciona las tres noticias. En este recorrido por la realidad se aprenden muchas cosas. Yo lo he caminado pensando a fondo lo que quieren decir realmente esas informaciones, lo que ocultan o lo que hay tras ellas. Y me ha ayudado no poco intentar empatizar, tratar de comprender y ponerme en pieles ajenas, para captar la terrible lección que nos dan.

En la Red hay informaciones y datos que ilustran estas noticias y me remito a ellas, escritas desde diversas tendencias, para que, lector, te formes una opinión respecto, si no la tienes aún formada. India y Novartis pleitean, aportando argumentos. Hay que atender a ellos. Pero sobre todo, creo que lo importante, si se quiere pensar bien, es esforzarse en no oír como si nada, sino en escuchar y digerir lentamente lo que se escucha. Por supuesto esto es más incómodo que limitarse a tragar la noticia ya masticada por otros. Si se quiere decir así, los datos aportados son datos que nos indigestan, pero que nos educan.

Tal vez sea cuestión de aplicarnos a percibir con objetividad, más allá de lo obvio. Porque, resulta obvio decir que un huracán es imprevisible, una especie de tragedia natural inevitable… En efecto, esto parece evidente, es casi una perogrullada… ¿O no? ¿Todo comienza y acaba en las malditas lluvias y vientos de destrucción? ¿O cabe elucubrar con que haya algo más que eso? Puede que no toda la culpa sea de la naturaleza. Quizás nos ayude en esta reflexión entrar en los siguientes enlaces:

http://www.msf.es/noticias/Emergencias/IndiayBangladeshenfermedadesdiarreicasyclera.asp

http://www.intermonoxfam.org/page.asp?id=2904


Y sobre el terremoto en Perú:

http://www.msf.es/noticias/entrevistas/PeruTerremotoLuisEncinas.asp

http://www.intermonoxfam.org/page.asp?id=2908

http://www.feyalegria.org/default.asp?caso=11&idrev=5&idsec=3601&idedi=6&idart=8854


También hay algo sobre el caso Novartis:

http://www.intermonoxfam.org/page.asp?id=2626

http://www.msf.es/varios/novartis/viralgracias.htm


Un dolor nada ajeno el de terremotos y huracanes, sí señor. Aunque parezca extraño, yo, al menos, lo siento como un dolor interno, propio, a pesar de estar ahora mismo a resguardo de vientos y lluvias asesinas. Me basta aguzar un poco el oído para escuchar el continuo roído de ese sufrimiento, bien hondo, en el mismísimo corazón de todo. Como sabes, amigo lector, este dolor viene de largo. Es bastante añejo. No es cosa de ahora. En cierto modo, ya hablaron de él Walter Benjamin, Th. W. Adorno o Max Horkheimer. Para éste último, por ejemplo,

“La cultura actual es el resultado de un pasado terrible. (…) Todos nosotros debemos unir con nuestra alegría y con nuestra felicidad el duelo: la conciencia de que tenemos parte en una culpa.”[1].

La civilización, decían, es un gigante con pies de barro, que se halla sustentado en el sufrimiento y la destrucción de millones de personas, de pueblos enteros. Ciertamente, aunque estoy bien a resguardo y escribo siendo de día en estos momentos, realmente es como si fuera de noche, terriblemente de noche.

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA:

Mate, Reyes, Medianoche en la historia. Comentarios a las tesis de Walter Benjamin “Sobre el concepto de historia”, Trotta, Madrid, 2006

Zamora, José Antonio, Th. W. Adorno. Pensar contra la barbarie, Trotta, Madrid, 2004

Se trata de dos excelentes trabajos sobre la filosofía de la historia de Walter Benjamin, el primero, y sobre el pensamiento de Adorno, el segundo. Más adelante, incluiré una recensión de ambos libros en un apartado del presente blog específico para recensiones.


[1] Horkheimer, Max, Anhelo de justicia. Teoría crítica y religión, Trotta, Madrid, 2000, p.120.

sábado, 25 de agosto de 2007

El nombre de la rosa II

Tal vez, amigo lector, nos ayude a entender el sentido del perturbador título de la novela que nos ocupó en el pasado post el siguiente poema de Jorge Luis Borges, que copio a continuación.





De las generaciones de las rosas

Que en el fondo del tiempo se han perdido

Quiero que una se salve del olvido,

Una sin marca o signo entre las cosas


Que fueron. El destino me depara

Este don de nombrar por vez primera

Esa flor silenciosa, la postrera

Rosa que Milton acercó a su cara,


Sin verla. Oh tú bermeja o amarilla

O blanca rosa de un jardín borrado,

Deja mágicamente tu pasado


Inmemorial y en este verso brilla,

Oro, sangre o marfil o tenebrosa

Como en sus manos, invisible rosa.

viernes, 24 de agosto de 2007

El nombre de la rosa


De los muchos aspectos que abarca esta magnífica novela, El nombre de la rosa de Umberto Eco, vertida al cine con excelente gusto por Annaud, el que compruebo que resulta más misterioso es, evidentemente, su título. Es un título extraño que a duras penas los lectores ubican. Pero merece dedicarle esfuerzo. El propio Umberto Eco no se hace cargo del deseo de muchos de sus lectores y sólo en las Apostillas a la novela dice algo, que más bien supone un rodeo casi indescifrable que una respuesta directa. Curioso y melancólico juego el de este autor. Yo llevo algunos años “usando” la obra literaria en las clases, de la cual leo algunos fragmentos cercanos al final, lo que me obliga a traducir los nombres que lo resuelven todo en letras; en vez de “Fulano”, pongamos por caso, digo X. Esto en ocasiones divierte a los alumnos, pero resulta evidente el fondo trágico de ese juego y eso acaba viéndose. Tampoco ahora voy a desvelar la solución de una novela que, como el mundo, no la tiene. Me sería más grato sacar a colación, lo cual de hecho también hago en la clase, alguna triste escena de la tenebrosa película Blade Runner, que aunque lóbrega y misteriosa, tal vez no llegue a tanto como la desafortunada rosa. Desde luego ambas ficciones hablan de un fracaso colosal, y de un borgesiano jardín de senderos que se bifurcan. Ninguna tiene final. Expresan una patética pérdida de las ilusiones que resume el latinazgo con que culmina el libro (nadie se asuste, que no le estropeo el suspense): “Es la rosa anterior al nombre, pero nada más que poseemos su nombre”. Ciertamente no sé si es una buena traducción, pero a fe, que si es así, lo explica todo. Si la cuestión se asemeja a lo que creo, la cosa es bien, bien triste. El hecho de que todo escape y de que no podamos sino aplicar símbolos, hipótesis y teorías a esa realidad en fuga, fórmulas que a duras penas la contienen, nos refiere una auténtica cura de humildad a los seres humanos nombradores. Resulta que comprender es difícil, mucho más difícil de lo que nos creemos.

En la película se insinúa también que la rosa es aquella mujer de la que se enamoró Adso y cuyo nombre nunca supo. Bueno, un intento de resolver el enigma que tal vez Eco no aprobara. Pero el dolor de no poder asir las cosas con los nombres creo que supera al dolor de la evocación de un amor perdido. Aunque ahora que lo pienso, son el mismo dolor.

Yo no he podido llegar más lejos. En realidad, quisiera pedir la ayuda del lector para en primer lugar, certificar si no me he desviado demasiado del sentido latino en la mala y seguramente errónea traducción que he hecho. El texto original lo puede encontrar en el libro. Y en segundo lugar, pido ayuda para continuar la resolución de esta trampa.

Un saludo.

jueves, 23 de agosto de 2007

El hundimiento





El nazismo ha sido estudiado profusamente desde que llevara a Alemania y Europa a la ruina en los años 40. Los filósofos y escritores que se han ocupado de interpretar el fenómeno e indagar en sus causas abundan. Por citar algunos, recordemos Th. W. Adorno, Hannah Arendt, Erich Fromm, Max Horkheimer, Karl Jaspers, Albert Camus, Wilhelm Reich. Se han publicado numerosas biografías e historias relacionadas con aquel triste periodo, siendo también notable, por su enorme interés, la literatura producida por quienes pasaron por los terribles lager, o campos de exterminio, como Primo Levi, Jean Amery o Paul Celan. Existe también abundante documentación en la Red, fragmentos de las filmaciones hechas por las tropas aliadas cuando liberaban los campos, y que pueden verse en http://www.youtube.com/.

Pero en los últimos años se ha rodado la primera película alemana, candidata a un premio de la Academia, que trata directamente tan turbio asunto. Se trata de El hundimiento, la cual narra los últimos quince días, aproximadamente, de Hitler y el último gobierno nazi pasados en el bunker de Berlín. Parece que el guión sigue fielmente las memorias y relatos fidedignos de algunos testigos importantes. En este sentido, tiene un papel fundamental la figura de una joven secretaria que sirvió a Hitler, junto con Eva Braum, en los últimos años del nazismo. Supongo que no será difícil imaginar para el lector de estas líneas que no la haya visto todavía, el clima de intenso dramatismo, terrible, de aquello que se ve y se narra. Yo la he visto dos veces, impresionado.

De lo que cuenta, para las clases de filosofía o simplemente para educadores en general son aprovechables varias cosas que se hacen patente a lo largo del desarrollo del filme. Enumero tan solo algunas:


1) Lo más evidente: el afán de muerte y destrucción que envolvió a toda la ideología nazi. Dice Hitler en un momento dado: “podemos hundirnos, pero nos llevaremos un mundo con nosotros”.

2) Las justificaciones de la secretaria ya anciana, la persona real, que aparece hablando al comienzo y al final. Tras los consabidos “no creía en eso realmente”, “era lo normal, todo el mundo lo hacía” o, aun más inverosímil: “no sabíamos nada de lo que estaba ocurriendo”, reconoce que hubo quien luchó y se opuso, mostrando que nada, absolutamente nada, es excusa.

3) Una antropología pseudonietzscheana que en un momento de exaltación explica el propio Hitler: la compasión es de los débiles, el fuerte crece sin necesidad de nadie, la prosperidad de un individuo (o un pueblo) requiere la destrucción de otros. Si el mundo no adquiere el propio “color”, no merece ser vivido (hasta llegar al extremo del asesinato de los propios hijos por parte de la esposa de Goebbels, hecho real y en absoluto exagerado por la película, según parece).

En síntesis, presenta muy bien elementos típicos del fanatismo. Y surge la inquietante pregunta acerca de por qué se llegó a ese nivel de degradación y decadencia de un continente (en casi todas partes en la Europa ocupada se colaboró activamente con el holocausto) considerado culto y civilizado (sic). A esto responde, hasta cierto punto, la Primera Escuela de Francfort, Walter Benjamin… Franz Kafka nos puso sobre aviso… La Ilustración que nació ya viciada, con el germen maldito de lo que habría de explotar en el siglo XX.

En clase se puede plantear la durísima cuestión de si aquello realmente acabó… ¿Existen aún posibilidades de nuevas formas de nazismo? ¿Qué elementos existentes en nuestras sociedades y formas de vida pueden propiciar de nuevo la caída en el abismo? Muchos de los autores que comencé citando arriba relacionaron la sociedad de consumo, individualista y competitiva, con elementos autoritarios y fascistas. Pero a mí me gusta destacar, para las clases, un elemento señalado por Hannah Arendt en su estudio sobre la banalidad del mal, tras el juicio al ingeniero del holocausto, Adolf Eichmann. De éste dijo que fue su negativa a cuestionarse los valores de su sociedad y la absoluta carencia de espíritu crítico lo que lo convirtió en un monstruo corriente. El obedecer sin pensar, que ya señalara Kant como propio de la minoría de edad, en su conocido opúsculo sobre la Ilustración.

En cualquier caso, considero que el nazismo es un evento digno de estudiarse con suma atención, desde el espíritu de que lo que se olvida puede repetirse en la historia. Y sobre el concepto de historia, por cierto, qué mejor orientación que las Tesis sobre el concepto de historia de Benjamin. Muy aconsejables.



Consultar: Mate, Reyes, Medianoche en la historia. Comentarios a las tesis de Walter Benjamin “Sobre el concepto de historia”, Trotta, Madrid, 2006.

Se trata de una excelente obra recientemente publicada sobre las tesis de Benjamin, con el texto de las mismas en alemán, francés y versión en castellano. Además, la editorial Abada está editando la obra completa del sugerente filósofo alemán, auténtica primicia en español, de la que ya ha lanzado a la venta dos tomos.

Las tesis, de difícil interpretación, pueden encontrarse también on line en los siguientes enlaces, entre otros:




De otros tiempos y mundos.


Me voy a atrever, una vez más, a aconsejar una lectura en este segundo post a mi paciente lector. Para quienes están vinculados con la pedagogía, y aun más si tienen algunos años, no será un nombre nuevo, pero sí rescatado del olvido. Mal conocido, polémico, vilipendiado, tal vez temido… En tiempos pasados, concretamente, en los lejanísimos años setenta, fue leído y comentado hasta la saciedad. Incluso la ONU se ocupó de sus teorías. No obstante, aun tiene numerosos lectores y dejó su poso. Por poner etiquetas, me vienen a la cabeza “contracultura”, “hippies”, “ecología”; pero, sobre todo, “desescolarización”. Me refiero a quien he calificado en algún escrito de combativamente inocente. Sí, es Ivan Illich. Un intelectual polémico, un hombre inquieto, al que se puede considerar un “maldito” en el mundo de la pedagogía, ya que elabora una crítica tan radical de la denominada “educación formal” que pone en cuestión a la propia figura del educador profesional y el ámbito principal en el que ejerce su profesión: la escuela. De hecho, casi nadie discute hoy el valor que ostentan la escolarización y los sistemas educativos para el correcto desarrollo de un país. Parece obvio. Lo normal ha sido desde hace décadas reclamar mayores inversiones para la educación formal con el fin de promover el bienestar general en la sociedad. Illich, sin embargo, puso en entredicho estas convicciones sólidamente arraigadas y que forman parte del sentido común. Tal vez por eso, tras un cierto auge en los años 70 del pasado siglo XX, su figura declinó y ha ido olvidándose, al contrario de lo que ha sucedido con otros autores cuya fama también surgió por aquel entonces, como por ejemplo Paulo Freire. Parece como si lo radical de sus conclusiones le hubiese acarreado el triste mérito de convertirse en un autor que “no debería ser tomado muy en serio”.


Sin embargo, creo que se obra mal cuando a Illich se le considera sólo por sus conclusiones, sin atenderse seriamente a sus razones y argumentos. Pienso que si procuramos eludir el rechazo visceral que puede acarrear su peculiar concepción, sería posible extraer ciertas ideas positivas para la pedagogía. No olvidemos que ese rechazo puede venir motivado por un cierto instinto de supervivencia que nos insta a aferrarnos como sea a aquello que, como se suele decir, nos da de comer. Pero ese rechazo, entonces, no se sustenta en argumentos racionales y convincentes, que buscaran desmontar una idea, ya que cuando uno sólo habla desde su barriga, los argumentos serán muy adecuados para esa persona, pero jamás generalizables. Se supone que por encima de la propia barriga, o sea, de criterios subjetivos, hay una búsqueda objetiva de la verdad y de lo bueno para todos. Se supone que estamos en ello como educadores y filósofos, ¿o no? Se trata de considerar por qué defendemos una opinión, y no de ponernos en guardia, como gatos con el pelo erizado, contra lo que hace bastante daño a nuestros intereses particulares.


El caso es que la contundente crítica y perspectiva utópica de Ivan Illich nos sirven, si accedemos a dialogar con ellas, para repensar toda nuestra sociedad y abordar el a veces ignorado problema de los fines que persigue toda acción educativa, lejos de una perspectiva meramente técnica tan sólo interesada en los medios. Nuestra sociedad administrada, como la denominó Horkheimer, en la que la razón se reduce a saber instrumental que manipula la realidad con automatismo y a ciegas, engloba enormes peligros que se vienen anunciando desde hace casi un siglo. Es con esta advertencia de los autores de la Primera Escuela de Francfort o de sugerentes filósofos de la historia como Walter Benjamin, con la que entronca Illich, pero a la que añade un talante desbordantemente optimista.


También me podría aventurar incluso a afirmar que, aun con la apariencia de propugnar soluciones educativas descabelladas, Illich puede estar planteándonos estrategias bastante cercanas a hechos que ya se dan en la realidad educativa. Es curioso; es como si estuviéramos más cerca de aquello que propuso de lo que suponemos (¡y a pesar del rechazo que suele provocar!). Porque, como afirma un buen estudioso de su pensamiento, Antoni Tort: “Hoy las posibilidades de aprendizaje han roto los límites escolares y una educación más respetuosa con el deseo de aprender implica necesariamente la aceptación de entornos diferenciados. El futuro educativo apunta, pues, a una fusión y diversificación de estructuras, redes e instituciones educativas, incluida la escuela. Para algunos, a inicios del siglo XXI, estamos muy lejos de la tesis desescolarizadoras; para otros, estamos mucho más cerca.”[1]. Sí, suele pasar.

Leonardo Boff, considera a nuestro hombre “uno de los grandes profetas latinoamericanos”, por su concepto de “convivencialidad”[2]. Su discurso, que pretende ser universal, parte y se elabora desde la realidad latinoamericana. Como ha ocurrido con tantos, América Latina le dio importantes claves para comprender, interpretar y cuestionar el tipo de sociedad (global) en que nos hallamos todos. Sus argumentos, apoyados en numerosas estadísticas y un conocimiento exhaustivo de la realidad, sobre todo del llamado Tercer Mundo, no voy a detallarlos en estas líneas. Prefiero, como siempre, aconsejar al lector la relación directa con el autor austríaco, o sea, ya que lamentablemente falleció, la lectura de sus obras. Al final de este post, enumero unos enlaces y bibliografía para facilitar este conocimiento, o re-conocimiento. Tan sólo deseo apuntar que, generalizando, la crítica de Illich es, sobre todo, una crítica a las instituciones que cuadriculan la existencia humana apropiándose de ella. Como afirma él mismo: “Al insistir en un ‘espacio’ interior me defiendo contra la geometrización de mi intimidad, contra su reducción a una noción algebraica equivalente a un espacio exterior que ha sido reducido a dimensiones cartesianas”[3]. Pretende esbozar, en este sentido, una sociedad que facilite la expresión y la participación de todas las personas, en espacios culturales aptos para ello. Y en todo esto no hace sino enlazar con una corriente autocrítica de la propia Modernidad. En efecto, la teoría desescolarizadora es, como los movimientos contraculturales de los años sesenta y setenta, una alternativa con raíces en la propia Modernidad, en sus planteamientos más radicales y autocríticos surgidos ya en el propio siglo XVIII. Creo que, por tanto, Illich es en realidad heredero de una Ilustración que se opone a las consecuencias alienantes de la propia Ilustración. Cuando dialogamos con Illich, lo hacemos con uno de los últimos pensadores utópicos que, desde luego, constituyen una herencia de la modernidad ilustrada, en cuanto representa una razón que se cuestiona a sí misma.


En cualquier caso, la lectura de Illich resulta un ejercicio bastante refrescante y que nos transmite esperanza, lo cual siempre es de agradecer. El hecho de que exista una visión como la suya nos dota de un bello horizonte hacia el que orientarnos como educadores. Qué duda cabe que nutrir con su lectura nuestra imaginación de educadores nos puede ayudar a entender lo que hacemos. Pero, quiero insistir en que él nunca pretendió decirnos con exactitud qué debemos hacer. Lo cual, aunque se ha visto como defecto, creo que es su mayor virtud. Lo que ocurre es que nunca quiso trazar un plano detallado del futuro ni decirle irrespetuosamente a nuestros hijos lo que tendrán que hacer. Él mismo lo expresa así: “De nada me serviría ofrecer una ficción detallada de la sociedad futura. Quiero dar una guía para la acción y dejar libre curso a la imaginación. La vida dentro de una sociedad convivencial y moderna nos reserva sorpresas que sobrepasan nuestra imaginación y nuestra esperanza. No propongo una utopía normativa, sino las condiciones formales de un procedimiento que permita a cada colectividad elegir continuamente su utopía realizable.”[4] Así pues, como última reflexión, deseo resaltar el profundo respeto a los seres humanos que esto muestra. La frescura y originalidad de la mirada de Ivan Illich le lleva a concebir la educación como antesala de un futuro que prefirió donar, amorosamente, a las personas que vendrán.

BIBLIOGRAFÍA EN CASTELLANO:

Illich, I.: La sociedad desescolarizada, Barcelona, Barral, 1974.
Illich, I.: “Conversando con Iván Illich”, Cuadernos de pedagogía, 7 (1975), pp. 16-23.
Illich, I.: La convivencialidad, Barcelona, Barral, 1978.
Illich, I.: H2O y las aguas del olvido, Madrid, Cátedra, 1989.
Illich, I. y Freire, P.: Diálogo, Buenos Aires, Búsqueda, 1975.
Illich, I., Gintis, H., Greer, C., Postman, N., Gross, R., Fairfield, R. P., et al.: Un mundo sin escuelas, México, Nueva Imagen, 1977.

Acaba de salir, además, el primer tomo de la reedición de su obra completa en la editorial Fondo de Cultura Económica (¡ya era hora!). En este primer volumen se encuentran sus títulos más conocidos, como La sociedad desescolarizada, La convivencialidad, Némesis médica, Energía y equidad, etc.

De todos modos, su obra también se encuentra accesible on line en varios idiomas. Ofrezco un par de buenos enlaces a continuación:

http://www.ivanillich.org/ (muy recomendable)

http://es.wikipedia.org/wiki/Ivan_Illich (entrada en Wikipedia con numerosos enlaces)

Un abrazo.





[1] Tort, A.: “Ivan Illich: la desescolarización o la educación sin la escuela”, en: Trilla, J. (coord.): El legado pedagógico del siglo XX para la escuela del siglo XXI, Barcelona, Graó, 2002, pp. 271-296. p. 295.
[2] Cfr. Boff, Leonardo: El cuidado esencial. Ética de lo humano. Compasión por la tierra, Madrid, Trotta, 2002, pp. 100-103.
[3] Illich, I.: H2O y las aguas del olvido, Madrid, Cátedra,1989, p. 47.
[4] Illich, I.: La convivencialidad, Barcelona, Barral, 1978, p. 32.

Los demonios, de Fedor Dostoyeski


De los muchos asuntos que podían abrir un blog sobre educación y filosofía me viene a la mente uno, motivado por la lectura reciente de la novela Los demonios de Fedor Dostoievsky. La novela, extensísima, me ha impresionado, como a cualquiera que la lea en el momento adecuado, pues el autor ruso requiere su tiempo y la disposición para digerir la tormenta que se le viene encima, casi subrepticiamente, al cuerpo del lector. Ya conocía Los hermanos Karamazov, y el potente efecto que como un mar de fondo, llega a conmocionar el tiempo que uno dedica al trato con Dostoyevski. Recomiendo su lectura, a sabiendas de ello. Y concretamente, la de Los Demonios, que tengo fresca, como digo, pero no sólo para quien busque experiencias fuertes. Hay mucho, mucho en ella. Baste añadir a todo lo que se ha escrito sobre la misma y su creador, algo que aunque forma parte de mi trato subjetivo con el mismo, ya se ha señalado como valoración objetiva. Yo tan sólo puedo limitarme a dar fe de lo mismo. ¿En qué consiste? Dicho en poquísimas palabras, no creo que nadie haya descrito mejor el comportamiento y la psicología del fanático. Mejor dicho, los fanáticos, pues hay muchos tipos y variedades. De todos, destacan algunos caracteres concretos. Inolvidable, aunque breve, la actuación del nihilista Kirilov. Él representa algo latente en todos ellos y que lleva al máximo extremo, en una orgía de destrucción y muerte. Hastiado, suicida, ¿loco?... no, loco no, sólo endemoniado. Dostoyevski, de hecho, comienza su novela con una cita de la Biblia, concretamente el episodio de los puercos que al recibir los demonios de un endemoniado se precipitan al vacío (Lucas, 8, 32-37).

Otro personaje supone un polo opuesto, dentro de la propia novela, que contrasta con tanta muerte: Stepan Trofimovich. Éste dice, en un momento dramático, lo siguiente:

"¡Oh, cuánto quisiera vivir mi vida de nuevo! -exclamó en un arranque de energía-. Cada momento, cada segundo de vida debieran ser una bendición para el hombre…, ¡debieran serlo, sí, debieran serlo! Es obligación del hombre hacer que lo sean. Es la ley de la naturaleza, que indiscutiblemente existe, aunque esté oculta…" [1]

Trofimovich es un hombre corriente, es decir, lleno de flaquezas, de miedos y contradicciones, pero que en un momento dado, afirma todo ello, se afirma, porque confía, después de todo, en la vida. Sabe que a lo largo de siglos, Rusia (¿todos somos Rusia?) ha acumulado desechos, que, como demonios, entran en las personas y los vuelven locos… En medio de estos dos polos, existe una galería de seres, atormentados la mayoría. Varios conforman un grupúsculo que persigue el establecimiento de un sueño en Rusia y Europa… pero un sueño que mata. Personas conducidas por otros que las manipulan vergonzosamente, consignas aprendidas que se repiten con automatismo, mucho miedo, un afán sádico de destruir un mundo para fabricar otro, aun cayendo inocentes por medio, seres humanos que han perdido la capacidad de reaccionar ante la mirada de otro ser humano, el peso de la idea, siempre de la gran idea a la que se deben, a la que sacrificar vidas y más vidas exigidas por no sé qué divinidad como último holocausto. El diálogo desaparece entre ellos, el pensamiento y la crítica no tienen lugar. Consignas, sólo consignas… Buenos contra malos…

Por supuesto que la novela no se agota en estas escasísimas apreciaciones, por lo que recomiendo encarecidamente su lectura para que mi lector pueda apreciarlo de primera mano. Aunque si parece excesivo el tamaño del libro, una buena alternativa, altamente recomendable también, es Los justos, de Albert Camus.

Me gustaría, además, recomendar la entrada “fanatismo” en la wikipedia, donde se esboza una interpretación de la naturaleza y causas del fanatismo. O, tal vez, “tolerancia”, donde en un parágrafo se relaciona la tolerancia y el mestizaje con el progreso, frente al estatismo de las sociedades que en la búsqueda de la pureza étnica han corrido el riesgo de anquilosarse. Las entradas son meros esbozos basados en exposiciones de autores que se ocupan de esos temas, pero lo bueno es que incitan a pensar, a seguir pensando, siempre a seguir pensando.

Un abrazo.


[1] Traducción directa del ruso de Juan López-Morillas, editorial Alianza, Madrid, 2005.